Descripción: Recientemente se han reportado "situaciones inusuales" en una escuela preparatoria por las noches. Originalmente no era un problema ya que solamente se trataba de ruidos, pero ahora cosas se han estado cayendo o cambiado de sitio y más recientemente, los guardias nocturnos han reportado "sentir que les respiran en el cuello". La situación ha empeorado gradual, pero rápidamente, por lo que los guardias se niegan a continuar laborando y la escuela ha solicitado apoyo de alguien, quien sea, que pueda ayudarles a detener esta situación.
Objetivos:
-Investigar la escuela por la noche.
-Descubrir qué es lo que está generado la situación.
-Detener los sucesos extraños.
Datos Extra:
-De acuerdo a una investigación preliminar, es altamente probable que haya una maldición en la escuela, misma que apenas llega a rozar o considerarse grado 4.
La verja de la preparatoria se abrió con un chirrido largo y áspero, como si el metal se resistiera a dejarlo entrar. Cyan Velt cruzó el umbral con paso firme. El patio, iluminado apenas por la luna, parecía vacío y al mismo tiempo expectante. Las sombras de los árboles se estiraban sobre el concreto como brazos deformes. El aire estaba cargado de humedad y de esa presión en la nuca que él reconocía de inmediato: algo lo observaba.
El edificio principal se erguía frente a él, con ventanas cerradas como ojos ciegos. Solo en el tercer piso, una persiana metálica vibró sin que hubiera viento. Entonces, un golpe resonó en el interior, seco y contundente, seguido de un eco anormalmente prolongado, como si los pasillos mismos hubieran querido repetirlo.
Empujó la puerta doble de la entrada. El marco metálico cedió con un crujido, y el interior lo envolvió en penumbras. El olor era una mezcla de yeso húmedo, tiza y hierro oxidado. Los tubos fluorescentes del pasillo parpadeaban con un ritmo irregular, proyectando sombras que se estiraban y encogían como si respiraran.
Avanzó unos pasos, la linterna iluminando el piso manchado. De pronto, un pupitre bloqueaba el pasillo. Estaba atravesado, arrastrado hasta allí hacía solo segundos. Cyan entrecerró los ojos y sonrió con ironía.
-Me tienes preparado un recibimiento. Qué atento - Con un gesto de la mano, el suelo vibró. El aire se volvió denso, y del piso emergieron cuatro esqueletos, huesos blanquecinos unidos por la energía maldita que crepitaba como cadenas invisibles. Se alinearon a su alrededor, dos delante y dos detrás, listos para obedecer. El pasillo ya no estaba vacío: la procesión de cráneos y costillas hacía retumbar el silencio con un crujido hueco.
Una risa infantil resonó desde el fondo, breve y aguda. Las ventanas se cerraron una tras otra, golpeando con violencia. El pupitre frente a él se deslizó varios centímetros, chirriando contra el suelo.
Cyan levantó la mano, y uno de sus esqueletos respondió de inmediato. Giró el cráneo hacia el obstáculo, arrancó con brusquedad parte de su propio radio astillado y lo cargó de energía maldita hasta que brilló como acero blanco. Con un movimiento seco lo lanzó hacia adelante. Bone Bullet. El proyectil atravesó el pupitre y lo partió en dos.
Del hueco brotó un humo gris que intentó escapar trepando por las paredes como una sombra líquida. Otro de los esqueletos se abalanzó sobre él, aplastándolo contra el suelo con sus costillas y clavando los huesos como estacas. El humo chilló en silencio, vibrando contra el piso.
De repente, las luces del pasillo estallaron. El lugar quedó sumido en oscuridad, salvo por el haz de la linterna que temblaba en la mano de Cyan. Fue entonces cuando lo sintió: un aliento húmedo y frío, pegado a su nuca, tan real como si alguien estuviera detrás de él. Se giró de golpe, iluminando solo el vacío.
Los esqueletos crujieron. Dos de ellos fueron arrojados contra la pared por una fuerza invisible, despedazados en el impacto.
La risa infantil volvió, esta vez multiplicada, resonando en todas direcciones. El aire se espesó como un líquido, y Cyan supo lo que significaba: no era un espíritu aislado, sino un enjambre de pequeñas maldiciones, unidas por un mismo hilo invisible.
Apretó la mandíbula, ajustó los guantes y avanzó un paso más, la linterna trazando un arco de luz en el polvo suspendido. El aula a su derecha se sacudió y la puerta se abrió de golpe. Desde dentro, pupitres volaron solos, libros se agitaron como aves negras, y en el techo una figura vaporosa se arrastró con extremidades torcidas.
Uno de sus invocados se lanzó hacia ella. Cyan canalizó un pulso de energía maldita, cargando al esqueleto como un proyectil viviente. Kamikaze Skeleton. La criatura ósea se aferró a la figura y explotó en un estallido seco. El pasillo se sacudió, las ventanas vibraron, y la maldición chilló antes de disolverse en jirones oscuros que se dispersaron como cenizas en el aire.
El silencio volvió, denso y sofocante. Cyan permaneció inmóvil unos segundos, los restos de sus invocados desparramados a su alrededor. El cosquilleo en la nuca persistía, ahora más fuerte. No era una sola respiración: eran varias, cercanas, susurrantes, como si cada sombra al acecho esperara el momento para abalanzarse.
La misión apenas comenzaba. Y la escuela entera, como un animal recién despertado, se disponía a probarlo.
El pasillo permaneció en silencio solo un instante, el suficiente para que Cyan intuyera la calma falsa antes de la tormenta. La linterna colgaba floja en su mano, y la vibración de sus prótesis le recordaba que el aire mismo estaba infestado de energía maldita.
Un golpe seco quebró la quietud: tres puertas se abrieron al mismo tiempo, liberando una ráfaga de viento helado que barrió el polvo. De las aulas emergieron figuras vaporosas, deformes, semejantes a niños de uniforme pero con rostros alargados y bocas cosidas con sombras. Se arrastraban por las paredes y el techo como insectos enloquecidos.
Cyan levantó la barbilla, con sus ojos brillando en la penumbra.
-Así que no estabas solo- Sus dedos se cerraron en un gesto seco. El suelo volvió a crujir, y de él emergieron dos nuevos esqueletos, reemplazando a los que habían sido destrozados minutos antes. Se alzaron chirriando, con las mandíbulas abiertas en un silencio macabro.
Las figuras malditas atacaron sin orden, trepando por los muros y lanzándose desde el techo. Un rugido colectivo resonó, como si compartieran una misma garganta invisible. Cyan dio un paso atrás, evaluando cada movimiento con frialdad quirúrgica.
Uno de los espectros cayó directo hacia él. No levantó la linterna ni se movió. Solo levantó dos dedos. El esqueleto a su derecha reaccionó al instante, arrancando parte de su húmero astillado y lanzándolo como una lanza de marfil. Bone Bullet. El proyectil atravesó al espíritu en pleno salto; su silueta se disolvió en jirones de bruma.
Otro espíritu descendió desde el techo, buscando su espalda. Cyan lo percibió antes de que llegara.
-Atrápalo-.
El segundo esqueleto obedeció, abalanzándose con un abrazo de costillas y clavando las falanges en la criatura. Cyan cargó el aire de energía maldita y el invocado se encendió como una trampa viviente. Kamikaze Skeleton. La explosión llenó el pasillo de polvo y astillas, arrancando gritos distorsionados de las sombras.
Pero la presión no cedió. Al contrario: aumentó. Desde el extremo del pasillo, los lockers comenzaron a retumbar uno tras otro, como si alguien los golpeara desde dentro. Las puertas se abrieron violentamente, y de su interior surgieron nuevas formas: brazos espectrales que buscaban sujetar, torsos desfigurados que se arrastraban con uñas invisibles.
Por primera vez, Cyan frunció el ceño. Era demasiada dispersión, un enjambre de nodos unidos, como había sospechado. Sus cuatro invocados se lanzaron en distintas direcciones, luchando por contener el caos. El pasillo se convirtió en un campo de batalla estrecho, lleno de golpes secos, chillidos mudos y explosiones de hueso.
Una de las criaturas logró escapar al control del enjambre y se abalanzó sobre él por la espalda. El aliento helado volvió a rozarle la nuca, tan intenso que le erizó la piel bajo el abrigo. Cyan giró en seco, la linterna en alto, y el haz iluminó el rostro deforme de la maldición. Por un segundo, los ojos huecos brillaron con un resplandor rojo. En lugar de atacar de inmediato, Cyan inclinó la mano hacia el suelo y cogió un fragmento de escombro caído. Lo sostuvo apenas un instante entre sus dedos enguantados y lo lanzó hacia un costado con un movimiento milimétrico. La criatura, como un animal atado al instinto, desvió la atención hacia el proyectil.
Ese segundo bastó. A su señal, uno de sus esqueletos arrancó un hueso de su propio brazo y lo disparó con fuerza. Bone Bullet. El proyectil atravesó el cráneo del espectro y lo deshizo en una nube de humo oscuro que se dispersó con un chillido apagado.
El espíritu siguió el movimiento. Y en ese instante, Cyan levantó la mano y uno de sus esqueletos lanzó un proyectil óseo con precisión quirúrgica. El cráneo del espectro se partió en dos, liberando humo oscuro que se dispersó con violencia.
El pasillo vibraba con cada choque. Las paredes, agrietadas, parecían expandirse y contraerse como pulmones. Cyan respiraba con dificultad, no por miedo, sino por el drenaje de energía maldita. Cada invocación, cada restauración de hueso le costaba. Y sin embargo, sus ojos brillaban con intensidad: estaba recopilando datos, observando cada patrón, cada reacción.
-Así que juegan con el espacio -murmuró, entre dientes- Pero todo enjambre tiene un núcleo-.
El eco de la risa infantil regresó, ahora en coro, multiplicada por decenas de gargantas. El aire helado se arremolinó a su alrededor, y Cyan supo que aquello apenas era la antesala.
El corredor se estremecía con el eco de las risas infantiles, un coro grotesco que no venía de ninguna garganta visible. Los lockers abiertos parecían respirar, exhalando un aire gélido que arañaba la piel. Cyan avanzó sin prisa, con la linterna baja, dejando que sus invocados ocuparan las sombras a su alrededor.
Al final del pasillo, una doble puerta encadenada marcaba el destino. El letrero oxidado decía "Laboratorio de Ciencias". Incluso la luz se negaba a atravesar ese umbral. Cyan ladeó la cabeza, y su sonrisa amarga rompió la tensión.
-Así que aquí está tu nido- Las cadenas se resquebrajaron al contacto de su energía maldita, como si se hubieran podrido en cuestión de segundos. La puerta cedió con un lamento metálico.
El laboratorio estaba destrozado: mesas volcadas, frascos rotos, pupitres arrinconados. Pero lo más inquietante eran los objetos personales dispersos en cada mesa: mochilas rasgadas, cuadernos abiertos, bufandas olvidadas. Habían sido reunidos como si alguien quisiera atesorar los recuerdos de todos esos alumnos.
En el centro del aula latía una masa oscura, una maraña de sombras pegajosas que envolvían un pupitre quebrado. De esa maraña surgían hilos negros que trepaban las paredes y se extendían hasta los pasillos, como raíces húmedas. Cada vez que un hilo palpitaba, aparecía una criatura menor, reía con voz distorsionada y se deshacía en bruma.
-Es de grado cuatro… todavía en desarrollo- Cyan entrecerró los ojos.
No era un monstruo completo. Su forma se contraía y expandía de manera irregular, como si aún buscara estabilidad. Aun así, la presión que emitía era real. Dos de sus esqueletos se doblaron bajo la onda de energía que emanaba del centro, y Cyan sintió cómo sus prótesis crujían bajo la tensión.
El primer ataque llegó de inmediato: los pupitres del aula se elevaron como marionetas y fueron lanzados en masa hacia él. Cyan no se movió. Un gesto breve, y dos esqueletos interceptaron la lluvia de madera, partiéndola con choques secos. Otro invocado arrancó parte de su fémur y lo lanzó cargado de energía maldita. El proyectil impactó en el centro de la maraña.
El núcleo maldito se agitó, estremeciéndose como agua en un cubo. No contraatacó de forma precisa: simplemente liberó una ráfaga de energía descontrolada que sacudió el aire y arrojó a un esqueleto contra la pared. Era fuerte, pero torpe. Una bestia que aún no sabía usar su propio poder.
Cyan bajó la linterna, sudando frío en la frente. Ese temblor en la nuca era idéntico al de aquella noche en que perdió a su madre. El recuerdo le atravesó el pecho por un instante, pero apretó los dientes y se obligó a pensar.
-No eres un monstruo completo… pero sí lo bastante fuerte para matarme si me descuido -.
Sus invocados se reagruparon, huesos tensos bajo el brillo pálido. Cyan sabía que enfrentaba un núcleo de grado cuatro incompleto, peligroso por su agresividad desordenada, no por su madurez. Lo que estaba delante de él no era un rival imposible, pero sí una prueba definitiva de si merecía sobrevivir como hechicero.
La maraña palpitó otra vez, lanzando una oleada oscura que hizo crujir las ventanas. El enfrentamiento en el laboratorio había comenzado.
El laboratorio no estaba en silencio; respiraba. Cada pared exhalaba como un pulmón invisible, empujando ráfagas de aire helado que rozaban la piel de Cyan bajo el abrigo. La maraña oscura palpitaba en el centro de la sala, y cada latido reverberaba como un tambor de guerra, marcando un ritmo que no era el suyo.
Cyan no retrocedió, pero sus ojos se clavaron en los objetos que rodeaban al núcleo. Una bufanda tejida a mano, un cuaderno con corazones dibujados en los márgenes, una mochila con parches infantiles. Cada recuerdo atrapado allí lo devolvía a un instante de su propia infancia, una que él había aprendido a enterrar.
La imagen lo golpeó sin permiso: su madre inclinada sobre su cama, dándole de comer cuando aún no tenía prótesis, cuando solo podía mirar desde la impotencia. La misma sensación de fragilidad que lo había consumido entonces se filtró ahora entre las grietas de su orgullo. El aliento helado en la nuca se intensificó, como si la maldición supiera dónde hurgar.
Cyan apretó los dientes. El sudor frío descendía por su sien, pero no parpadeó.
-No voy a quebrarme. No otra vez-.
Los esqueletos se tensaron a su alrededor, como si compartieran el peso de esa declaración. El murmullo de las risas infantiles se alzó, burlón, ensordeciendo cualquier pensamiento. Cada carcajada era un eco distorsionado del niño que alguna vez fue, del chico que no pudo proteger ni a su madre ni a sí mismo.
Por un instante, sintió las piernas ceder, un reflejo que no pertenecía a sus huesos de cadáver, sino a su memoria de un cuerpo incompleto. El mundo giró alrededor de él, borroso, como si el laboratorio entero lo empujara al suelo.
Pero entonces levantó la linterna y la enfocó directo en el corazón del nido.
La maraña tembló, encogida por un destello que no era de luz, sino de voluntad.
-Si quieres mostrarme mi pasado… voy a usarte para enterrarlo aquí- Cyan recuperó el aliento.
La masa oscura lanzó el primer ataque: un estallido de pupitres que volaron como proyectiles descontrolados. Cyan levantó la mano, y dos de sus invocados los destrozaron en pleno vuelo con crujidos violentos. El tercero arrancó parte de su brazo y lo lanzó directo al núcleo. El impacto atravesó la maraña, que chilló como vidrio quebrándose.
El núcleo respondió con torpeza brutal: liberó una ola de energía que arrastró a todos los esqueletos contra las paredes. Tres se desmoronaron en pedazos. Cyan sintió cómo el drenaje de energía maldita lo golpeaba en el estómago, haciéndolo tambalear. Aun así, extendió el brazo y convocó a otros dos esqueletos del suelo, apenas más frágiles, pero suficientes para seguir luchando.
-¡Levántense! -rugió, con la voz quebrada por la tensión.
Los nuevos invocados se lanzaron hacia adelante. Uno se arrojó contra un hilo del núcleo y lo desgarró con su propio cuerpo, explotando en una llamarada de energía. El otro arrancó parte de sus costillas y disparó tres proyectiles seguidos. Las ráfagas hicieron estremecer la masa oscura, debilitando sus raíces.
Cyan dio un paso al frente, con la linterna en alto, su respiración cortada. Cada orden era un desgaste; cada invocación le drenaba el alma. El aire le ardía en los pulmones, pero su mirada seguía fija en el centro.
La maraña, herida, lanzó su último ataque: una lluvia de sombras descendió desde el techo, buscando aplastarlo como un manto vivo. Cyan no retrocedió.
-Ahora - El último de sus invocados apenas podía sostenerse. No era ya un esqueleto completo, sino un amasijo de huesos astillados unidos por hilos de energía maldita. Su cráneo estaba partido, un brazo colgaba por un tendón ilusorio, y cada paso que daba sonaba como el eco de una marioneta a punto de romperse.
Aun así, Cyan levantó la mano y cargó la orden con todo lo que quedaba en sus venas. -¡Kamikaze Skeleton!-.
El ser destrozado obedeció. Avanzó tambaleante, arrastrando fragmentos que se caían a cada paso, recomponiéndose en el aire solo para volver a fracturarse. Cuando alcanzó la maraña oscura, no la golpeó: se aferró con lo poco que quedaba de su caja torácica, clavando astillas de costillas como garras.
El vaquero cerró el puño. La energía maldita estalló en un destello seco. El esqueleto fragmentado se desintegró en una explosión brutal que atravesó el laboratorio, sacudiendo ventanas y rompiendo las raíces negras del núcleo. La maraña chilló, debilitada, hasta disolverse en jirones de humo oscuro.
Cyan cayó de rodillas, apoyando una mano enguantada en el suelo. Sus invocados habían desaparecido, el aire estaba pesado, y cada músculo de su cuerpo temblaba con la fatiga. El laboratorio quedó en silencio. Solo quedaba él, su linterna y el polvo suspendido.
-Un grado cuatro… apenas desarrollado -murmuró, con una sonrisa amarga -Y casi me mata-.
Se incorporó con esfuerzo, cubrió sus prótesis bajo el abrigo, y caminó hacia la salida. La escuela había recuperado el silencio de la noche, un silencio verdadero esta vez. Cyan sabía que nadie entendería lo que había ocurrido allí. Pero él lo entendía demasiado bien: cada victoria, por pequeña que fuera, lo acercaba un paso más al límite de sí mismo.
Reclamo la recompensa por mision: 1000 Yens y 3 puntos de stats a distribuir: 2 a velocidad y 1 a fuerza porfa