West Forest recibió al grupo con un silencio antinatural. No era la calma de un bosque dormido ni el murmullo normal de hojas agitadas por el viento. Era un vacío. Un hueco extendido entre troncos enormes, raíces cubiertas de musgo y senderos donde no se escuchaban pasos de Digimon pequeños ni cantos de aves digitales.
Dvalin fue el primero en notarlo.
—No hay ruido —dijo, bajando la voz mientras sus pequeñas alas se pegaban más a su cuerpo.
Dainsleif caminaba unos pasos delante de él, con las garras flexionadas y la mirada fija entre los árboles.
—Los Digimon se fueron —respondió, olfateando ligeramente el aire— O algo los hizo esconderse—.
Tatsuya avanzaba al frente, revisando el mapa holográfico cada pocos minutos. El brillo del dispositivo iluminaba sus ojos por encima del cubrebocas.
—Ambas opciones son malas —dijo, cerrando la proyección con un movimiento seco de los dedos.
Dvalin tragó saliva y miró hacia las copas de los árboles. Las ramas se mecían apenas, pero ninguna criatura se movía entre ellas.
—No me gusta este lugar —murmuró, acercándose un poco más a Dainsleif.
—No tiene que gustarte —respondió Dainsleif, sin apartar la vista del frente— solo tienes que prestar atención—.
Tatsuya levantó una mano, indicando silencio. Dainsleif se detuvo al instante Y Dvalin contuvo la respiración.
Durante unos segundos no se escuchó nada más que el crujido lejano de una rama. Luego, Tatsuya señaló el suelo. Había restos de data dispersos entre las raíces, tan finos que parecían polvo brillante.
—Primer rastro —dijo, agachándose frente a las partículas.
Dainsleif se inclinó a su lado. Sus ojos siguieron la línea de residuos hasta perderla entre los arbustos.
—Está degradada —dijo, tocando el suelo con una garra— No es reciente, pero tampoco vieja—.
Dvalin bajó un poco la cabeza, observando las partículas con incomodidad.
—¿Eso era… alguien? —preguntó, moviendo apenas las alas.
Tatsuya no respondió de inmediato. Se agachó frente a las partículas y las observó en silencio, cuidando de no tocarlas. El polvo de data brillaba débilmente entre las raíces, disperso y quebrado, como si apenas conservara la huella de lo que alguna vez había sido.
—Probablemente —dijo al fin, levantándose despacio.
Dvalin apartó la mirada. Sus dedos se cerraron con fuerza contra la tierra húmeda.
—Entonces sí pasó por aquí —murmuró, con la voz más pequeña.
Dainsleif se incorporó y miró hacia el interior del bosque.
—Y no pasó solo caminando —dijo, frunciendo el ceño.
Tatsuya siguió su mirada. Entre dos árboles había marcas profundas. No eran huellas comunes. Eran cortes cortos, violentos, como si algo se hubiera impulsado con fuerza sobre el terreno antes de saltar.
—Esos cortes los hizo a una velocidad alta —dijo Tatsuya, acercándose a las marcas.
Dainsleif pasó una garra sobre una de ellas, sin tocarla del todo.
—Demasiado alta para un Child normal —añadió, endureciendo la mirada.
—Arkadimon no es normal —respondió Tatsuya, sin dejar de obsevar el siniestro provocado por ese Digimon
Dvalin levantó la cabeza.
—Emile dijo que no debíamos subestimarlo —dijo, intentando sonar firme.
Tatsuya lo miró de reojo.
—Entonces no lo hagas —respondió, retomando el camino.
El grupo siguió avanzando hasta llegar a la primera aldea destruida antes del mediodía. O al menos, a lo que quedaba de ella.
Hojarasca Menor había sido una comunidad de Digimon pacíficos. Pequeñas casas hechas entre raíces, puentes de cuerda, almacenes de fruta digital y un pozo central donde los habitantes solían reunirse. Ahora solo quedaban estructuras vacías. Puertas abiertas. Cestas tiradas. Herramientas sobre mesas, como si sus dueños hubieran desaparecido a mitad de una tarea.
No había sangre, no había cuerpos. Solo polvo de data flotando en algunos rincones.
Dvalin se quedó inmóvil al ver una pequeña pelota de madera junto a una casa. La miró durante varios segundos antes de atreverse a hablar.
—Aquí vivían niños —susurró, apretando sus garras.
Dainsleif no respondió. Se agachó y tocó el suelo con una garra, siguiendo varias marcas finas alrededor de la plaza central.
Tatsuya caminó hacia una mesa derribada. Sobre ella todavía había frutas cortadas, ya empezando a descomponerse en datos.
—No hubo evacuación —dijo, observando los objetos abandonados.
Dvalin se giró hacia él con inquietud.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, dando un paso entre los restos.
Tatsuya señaló las casas abiertas, las herramientas sobre las mesas y las bolsas sin recoger.
—Nadie deja todo así si tiene tiempo de huir —respondió, mirando hacia una de las puertas rotas.
Dainsleif se levantó despacio. Sus garras estaban manchadas con polvo digital.
—Fue rápido —dijo, mirando el centro de la aldea— muy rápido—.
Tatsuya se acercó a él.
—¿Persecución? —preguntó, inclinándose para observar las marcas.
Dainsleif negó con la cabeza. Su expresión se volvió más dura.
—No —respondió con seriedad — realizó ataques breves. Entró, golpeó, saltó, volvió a golpear. No dio tiempo a organizar defensa—.
Dvalin miró alrededor con angustia. Sus ojos se detuvieron en varias puertas cerradas desde dentro.
—¿Ni siquiera pudieron esconderse? —preguntó, apretando las pequeñas garras.
Tatsuya caminó hacia una de las casas. La pared trasera tenía un agujero pequeño, redondo, rodeado de data cristalizada.
—Algunos lo intentaron —dijo, agachándose frente a la marca.
Dainsleif se acercó a su lado y observó el borde perforado.
—Aquí utilizó su guijón —dijo, bajando la voz.
Tatsuya asintió. Sus ojos se afilaron al imaginar la trayectoria del ataque.
—Atravesó la pared para alcanzar a alguien escondido detrás —dijo, pasando los dedos cerca del agujero sin tocarlo.
Dvalin retrocedió medio paso. Sus alas temblaron apenas.
—Eso es horrible —murmuró, mirando la casa vacía.
Dainsleif apretó las garras.
—No está cazando enemigos —dijo, girándose hacia la plaza— está cazando comida—.
Tatsuya no respondió. Avanzó hacia el centro de la aldea y se detuvo junto al pozo vacío. Sus ojos recorrieron las puertas abiertas, las mesas abandonadas, las marcas en el suelo y los restos de data que flotaban entre las casas. Dainsleif lo siguió unos pasos atrás, atento a cualquier movimiento entre los tejados.
—No hubo una pelea —dijo Tatsuya, bajando la mirada hacia los surcos marcados en la tierra.
Dvalin se abrazó a sí mismo con las alas, incómodo ante el silencio del lugar.
—Entonces… ¿qué fue esto? —preguntó, mirando las casas vacías.
Tatsuya tardó un segundo en responder. Sus ojos se quedaron fijos en los restos de data suspendidos en el aire.
—Una comida —dijo, con voz baja.
Durante casi una hora revisaron el lugar. Siguieron las marcas dejadas en la madera, la tierra removida, las puertas atravesadas y los residuos de data pegados a las paredes. Cada rastro contaba una parte de lo ocurrido.
Dainsleif encontró cortes profundos cerca de los accesos principales, como si algo hubiera entrado y salido de las casas con movimientos bruscos. Dvalin, con más cuidado, halló pequeñas acumulaciones de data detrás de algunos muebles volcados, lugares donde varios Digimon seguramente intentaron esconderse.
Ningún rastro mostraba una batalla larga. No había señales de resistencia organizada. No había barricadas reales. No había armas usadas más de una vez. Solo marcas rápidas, trayectorias cortas y residuos dispersos donde antes debieron estar los habitantes.
Dvalin se quedó frente a una puerta partida por la mitad. Sus ojos siguieron la línea del golpe hasta el interior de la casa.
—Entró por aquí —dijo, tocando apenas el borde astillado con una garra temblorosa.
Dainsleif se acercó y observó el corte. Su mirada bajó luego hacia el suelo, donde había tres marcas profundas separadas por poca distancia.
—No caminó —dijo, flexionando las garras— saltó. De una casa a otra. De una presa a otra—.
Tatsuya miró hacia la plaza central. En su mente, las rutas empezaban a unirse: una sombra pequeña atravesando la aldea, ataques breves, gritos interrumpidos antes de convertirse en alarma, el aguijón alcanzando incluso a quienes intentaron ocultarse.
—La mayoría ni siquiera supo de dónde venía —dijo, con los ojos entrecerrados.
Dvalin bajó las alas.
—Eso no parece una pelea contra un Child —murmuró, apartando la mirada.
Dainsleif observó una marca redonda en una pared cercana, rodeada de data cristalizada.
—Lo es —respondió, con la voz más grave— pero Emile tenía razón. El nivel no importa—.
Tatsuya miró hacia el borde norte de la aldea.
—Se alimentó aquí, luego se movió hacia el noroeste —dijo, caminando hacia la salida del asentamiento.
Dvalin lo siguió con cautela.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, intentando no pisar los restos de data.
Tatsuya señaló el suelo. Había una línea casi invisible de data residual extendiéndose entre los árboles.
—No absorbió todo —respondió, agachándose para observar el rastro— dejó migas—.
Dainsleif miró la ruta marcada por las partículas. Su expresión se ensombreció.
—¿Fue ntencional? —preguntó, mirando a Tatsuya.
Tatsuya negó ligeramente con la cabeza.
—No —contestó mirando el rastro — está saturado. Devora más de lo que puede procesar de inmediato—.
Dvalin levantó la cabeza. El miedo en sus ojos fue reemplazado por una comprensión todavía peor.
—Entonces… ¿está cerca de digievolucionar? —preguntó, con las alas tensas.
Tatsuya guardó silencio unos segundos. Luego cerró la proyección del mapa.
—Más cerca de lo que quisiéramos —respondió, poniéndose de pie.
Un crujido se escuchó entre los árboles. Dainsleif se puso frente a Tatsuya al instante, garras listas. Dvalin abrió las alas, preparando una corriente de viento. Tatsuya no se movió, pero su mano fue hacia el dispositivo en su cinturón.
—Algo viene —dijo Dainsleif, bajando el centro de gravedad.
Los arbustos se agitaron. Dvalin tragó saliva, pero no retrocedió.
—¿Es él? —susurró, concentrando viento alrededor de sus alas.
Tatsuya entrecerró los ojos, siguiendo el movimiento entre las hojas.
—No ataques hasta verlo —ordenó, sin levantar la voz.
De entre los arbustos salió un pequeño Floramon temblando.
—¡No ataquen! —gritó, cayendo al suelo con las manos sobre la cabeza.
Dvalin disipó el viento de golpe. Sus alas bajaron de inmediato.
—Está vivo… —dijo, dando un paso hacia él.
Dainsleif no bajó la guardia por completo. Sus garras seguían listas, aunque su postura se relajó apenas.
Tatsuya se acercó despacio al Floramon, manteniendo una distancia prudente para no asustarlo más.
—¿Eres de esta aldea? —preguntó, observándolo con atención.
Floramon negó con la cabeza, sacudiéndose. Su cuerpo temblaba tanto que algunas hojas de su cabeza dejaban caer pequeñas partículas.
—De la siguiente —respondió, mirando alrededor como si esperara que algo saltara desde las casas vacías—. Hojarasca Gris. Vine a traer fruta ayer, pero cuando llegué… cuando llegué ya no había nadie—.
Dvalin se agachó frente a él, intentando parecer menos intimidante.
—¿Viste qué pasó? —preguntó, con cuidado.
Floramon apretó los ojos. Sus manos se cerraron contra la tierra.
—No todo —dijo, respirando con dificultad— me escondí. Vi algo entre los árboles. Era algo pequeño, algo que respiraba como si tuviera hambre—.
Dainsleif dio un paso hacia él, manteniendo la voz firme pero no agresiva.
—¿Lo viste irse? —preguntó, clavando una garra en el suelo.
Floramon asintió varias veces.
—Hacia nuestra aldea… pero se detuvo —respondió, levantando la mirada con angustia— como si hubiera sentido algo más grande. Luego cambió de dirección—.
Tatsuya frunció apenas el ceño. Sus dedos se movieron sobre el dispositivo, desplegando el mapa.
—Una concentración de data —dijo, revisando las rutas cercanas.
Floramon se aferró a una raíz. Sus ojos se llenaron de pánico.
—En Hojarasca Gris están reuniendo a todos para evacuar —dijo, casi tropezando con sus propias palabras— hay muchos Digimon juntos. Si esa cosa vuelve…
Dainsleif terminó la frase sin apartar la mirada del mapa.
—Será un banquete —dijo, endureciendo la voz.
Dvalin bajó la cabeza, pero enseguida apretó las garras y volvió a levantarla.
—Tenemos que avisarles —dijo, mirando a Tatsuya.
Tatsuya no respondió de inmediato. El mapa brilló frente a él. Hojarasca Gris estaba a varias horas siguiendo el sendero principal. Menos si cruzaban la zona pantanosa, pero eso los expondría a emboscadas y terreno inestable.
Dainsleif miró hacia la ruta más corta. Sus ojos se estrecharon.
—El pantano —dijo, entendiendo el cálculo.
Dvalin giró hacia él.
—¿Es peligroso? —preguntó, aunque la respuesta era evidente en su expresión.
Dainsleif flexionó las garras.
—Mucho —respondió con seriedad— por eso es más rápido—.
Tatsuya cerró el mapa y miró hacia el bosque.
—Dain, toma el rastro —ordenó, ajustando el D-Arc en su cinturón.
Dainsleif asintió y se adelantó unos pasos, olfateando el aire y observando las partículas residuales.
—Lo tengo —dijo, inclinándose hacia la línea de data.
Tatsuya levantó la vista hacia Dvalin.
—Dvalin, mantente arriba, pero no te alejes —ordenó, señalando las copas de los árboles— si ves movimiento, no ataques solo—.
Dvalin abrió las alas. La seriedad de su rostro contrastaba con el temblor leve de su cuerpo.
—Entendido —respondió, elevándose con cuidado.
Floramon se quedó arrodillado junto a la raíz, mirando a los tres con desesperación.
—¿Van a matarlo? —preguntó, con la voz rota.
Tatsuya lo miró de reojo. Sus ojos no mostraron crueldad, pero tampoco duda.
—Vamos a impedir que llegue a tu aldea —respondió, girándose hacia el rastro.
No fue una respuesta directa. Pero fue suficiente. Floramon bajó la cabeza y apretó los dientes, intentando contener el llanto.
Dainsleif comenzó a avanzar entre los árboles. Dvalin lo siguió desde arriba, sin alejarse demasiado. Tatsuya caminó detrás de ambos, con una mano cerca de su dispositivo y la mirada fija en el rastro brillante que se perdía en el corazón de West Forest. El bosque seguía en silencio.
Pero ahora ese silencio ya no parecía vacío, parecía estar esperando el siguiente ataque.