Gennai
Eclipse Dynasty Member
—¿Eso fue un cumplido?—.
—No te acostumbres—.
—Lo voy a poner por escrito—.
—Hazlo —dijo Alleria, enderezándose—. Pero camina mientras escribes—.
Vince continuó detrás de ellas sin responder. Sylvana recuperó naturalmente la vanguardia y Alleria mantuvo unos pasos de distancia respecto a ella, mientras él cerraba la formación con aquella expresión relajada que parecía indicar que absolutamente nada de lo que ocurría a su alrededor merecía demasiada preocupación. La niebla del décimo piso se desplazaba lentamente alrededor de sus botas y las criaturas que encontraban en el camino apenas conseguían retrasarlos. Un monstruo caía, después otro, sus cuerpos se quebraban en fragmentos de luz y terminaban desapareciendo hasta no dejar más que alguna piedra mágica sobre el suelo. Vince contempló de reojo una de aquellas desapariciones sin detenerse. Había presenciado esa escena tantas veces que ya no debería significar nada; nacimiento, lucha, muerte, silencio. Sin embargo, mientras volvía la mirada hacia las espaldas de Alleria y Sylvana, algo muy antiguo emergió desde una parte de su memoria que rara vez visitaba.
No había ocurrido hacía algunos años.
Ni siquiera algunas décadas.
Había ocurrido hacía muchísimo, muchísimo tiempo.
Más de mil años atrás.
Flashback.
El mundo era diferente entonces.
No necesariamente mejor. Tampoco peor, simplemente diferente.
Ciudades cuyos nombres ya no significaban nada para los hombres todavía levantaban sus murallas hacia el cielo. Caminos que ahora habían desaparecido bajo bosques, montañas o civilizaciones enteras eran recorridos diariamente por comerciantes. Reyes cuyos linajes terminarían olvidados discutían guerras que en aquel momento parecían capaces de decidir el destino del mundo. Los mortales hablaban de sus problemas como si fueran eternos porque todavía no habían descubierto la crueldad sencilla del tiempo: casi nada lo era.
Vince era diferente también. Más joven, aunque aquella palabra resultara extraña aplicada a un espíritu.
Estaba sentado sobre una elevación cubierta de hierba contemplando un pequeño asentamiento situado al pie de la colina. Había pasado allí algunos años. Conocía a algunas personas, había probado su comida, recorrido sus mercados, estudiado las peculiaridades de su magia y acumulado objetos que consideraba interesantes. No tenía intención de permanecer mucho más. Nunca la tenía. El mundo era demasiado grande para quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar.
Zeus estaba sentado a su lado. Durante un largo rato ninguno habló y Vince fue finalmente quien rompió el silencio.
—No entiendo por qué los mortales se complican tanto—.
Zeus giró ligeramente el rostro.
—Eso promete convertirse en una conversación interesante—.
Vince mantuvo los ojos sobre las pequeñas luces del asentamiento.
—Nacen sabiendo que van a morir. Tienen quizá sesenta años, ochenta si tienen suerte, algunos llegan más lejos... y aun así desperdician una parte enorme de ese tiempo discutiendo por cosas que desaparecerán poco después que ellos. Tierras, títulos, dinero, orgullo, reconocimiento. Dentro de mil años nadie recordará quién era dueño de aquella casa o quién ganó aquella discusión. Probablemente ni siquiera quede la casa— Zeus lo escuchó sin interrumpirlo —Yo prefiero hacer lo mío. Aprender lo que me interesa, viajar cuando quiera, estudiar magia, conseguir suficiente dinero para no depender de nadie y marcharme cuando un lugar deje de interesarme. Parece considerablemente más sencillo—.
Zeus sonrió.
—¿Y dentro de mil años?—.
—¿Qué?—.Vince lo miró.
—Has dicho que dentro de mil años nada de esto importará. Así que te pregunto qué estarás haciendo tú dentro de mil años—.
—Lo mismo, supongo. Habrá más lugares. Más magia. Nuevas cosas que aprender. Quizá finalmente tenga una torre propia.—
Vince regresó la mirada hacia el horizonte.
—¿Una torre?—.
—Grande—.
—Por supuesto—.
—Y cara—.
—Eso también lo daba por hecho—.
—No veo el problema— Vince permaneció serio.
Zeus dejó escapar lentamente el aire. Su expresión cambió. Aquella sonrisa despreocupada que tantas veces llevaba consigo se volvió más tenue mientras contemplaba junto a su hijo las luces del asentamiento.
—Porque estás hablando de mil años como un hombre habla del próximo invierno—.
—Para nosotros no es tanto.— Vince frunció ligeramente el ceño.
—Precisamente—.
El espíritu guardó silencio y Zeus apoyó los brazos sobre sus rodillas.
—Los dioses conocemos bien esa palabra, hijo mío. Eternidad. Los mortales la utilizan para describir aquello que quieren que nunca termine. Amor eterno. Gloria eterna. Reinos eternos. Promesas eternas. Resulta curioso escucharlos, porque quienes más hablan de eternidad son precisamente aquellos que menos pueden experimentarla. Para un hombre, cien años pueden contener una vida entera. Para nosotros, cien años pueden convertirse en un recuerdo que apenas conseguimos colocar correctamente en el tiempo—.
Vince escuchó ahora con mayor atención.
—¿Eso debería preocuparme?—.
—No. Todavía no—. Zeus mantuvo los ojos sobre las luces. —Pero algún día lo hará— El viento recorrió la colina y agitó la hierba alrededor de ambos.
—Tú eres un espíritu, Vince. Quizá todavía no hayas comprendido completamente lo que significa. Los dioses y los espíritus compartimos una crueldad que los mortales difícilmente pueden imaginar: podemos permanecer. El tiempo puede llevarse ciudades, imperios, lenguas, amigos, enemigos, hogares... y nosotros podemos continuar aquí para recordarlos. Mil años para un mortal son historia. Para ti podrían terminar siendo simplemente una parte de tu vida—.
Vince volvió la mirada hacia el pueblo. Por primera vez aquellas luces parecieron distintas.
—Entonces recordaré—.
Zeus lo observó.
—Sí. Y eso es precisamente lo difícil—.
—No entiendo— Vince frunció el ceño de nuevo.
—Lo harás—.
La respuesta no le agradó.
—Odio cuando dices eso—.
—Lo sé. Por eso lo digo tanto— Vince permaneció en silencio hasta que Zeus continuó. —Imagina que regresas aquí dentro de cien años. La mujer que vende pan en aquella esquina ya no estará. El hombre que siempre intenta cobrarte de más probablemente tampoco. Los niños que viste jugando esta mañana serán ancianos o habrán muerto. Quizá el pueblo siga existiendo. Quizá haya crecido. Quizá una guerra lo destruya dentro de veinte años y cuando regreses no encuentres absolutamente nada—.
Vince respondió con una serenidad casi fría.
—Entonces seguiré adelante—.
Zeus asintió lentamente.
—Sí. Al principio—. Aquellas dos palabras hicieron que Vince lo mirara. Zeus ya no sonreía. —Después ocurrirá otra vez. Encontrarás otro lugar. Conocerás otras personas. Algunas te agradarán aunque no quieras admitirlo. Pasarán cincuenta años. Cien. Doscientos. Seguirás adelante. Conocerás otras. También desaparecerán. Después de quinientos años quizá descubras que ya no recuerdas con claridad la voz de alguien que una vez fue importante para ti. Después de mil, quizá pases por el lugar donde enterraste a un amigo y encuentres una ciudad construida encima. Nadie sabrá su nombre. Nadie excepto tú—.
Vince bajó la mirada.
—Eso les ocurre también a los dioses—.
—Desde mucho antes de que tú nacieras—.
—Entonces ya deberían estar acostumbrados—.
Zeus permaneció callado. Aquella ausencia de respuesta resultó mucho más inquietante que cualquier explicación.
Finalmente habló.
—Uno no se acostumbra. Aprende a cargarlo. Hay una diferencia—.
Vince no respondió.
Zeus extendió una mano y arrancó una pequeña brizna de hierba. La sostuvo entre los dedos mientras hablaba.
—Ese es el engaño de la eternidad. Cuando eres joven crees que significa que tienes tiempo infinito. Piensas que siempre habrá otra oportunidad, otro lugar, otra persona, otro siglo. Y quizá sea verdad. Pero después descubres que la eternidad no consiste solamente en que tú continúes. Consiste en ver cómo todo aquello que amas tiene derecho a cambiar aunque tú quieras conservarlo—.
Vince observó la hierba entre los dedos de Zeus.
—Entonces conservar algo para siempre es imposible—.
—Exactamente—.
—Eso parece un defecto bastante importante de la eternidad—.
Una pequeña sonrisa regresó al rostro de Zeus.
—Ahora empiezas a entenderla— Vince permaneció pensativo durante un largo rato.
—Entonces quizá sea mejor no aferrarse demasiado a nada—.
Zeus volvió la mirada hacia él.
—No.— La respuesta fue tan inmediata que Vince levantó las cejas.
—¿No?—.
—Ese es el otro error— Zeus soltó la brizna de hierba y dejó que el viento se la llevara. —Llegará un momento en que sentirás esa tentación. Después de perder suficientes cosas pensarás que has encontrado la solución. No acercarte demasiado. No necesitar demasiado. No querer demasiado. Mantener a todos a una distancia cómoda para que, cuando desaparezcan, puedas seguir caminando sin mirar atrás. Te convencerás de que es sabiduría. Incluso podrás llamarlo libertad— Vince no dijo nada —Pero no será libertad, hijo mío. Será miedo—.
La expresión del espíritu se endureció ligeramente.
—No tengo miedo de estar solo.—
—Nunca dije que lo tuvieras—. Zeus sostuvo su mirada. —Dije que algún día podrías tener miedo de dejar de estarlo—.
El viento volvió a recorrer la colina. Esta vez Vince no encontró una respuesta inmediata y Zeus miró nuevamente hacia el asentamiento.
—Los mortales tienen algo que nosotros olvidamos con facilidad. Precisamente porque saben que su tiempo termina, cada vínculo exige una decisión. Cada vez que aman a alguien aceptan, aunque no quieran pensarlo, que un día pueden perderlo. Nosotros tenemos la arrogancia de creer que podemos evitar esa elección. Podemos marcharnos. Podemos esperar cien años. Podemos decir que habrá otra oportunidad. Podemos observar desde lejos y convencernos de que no necesitamos participar—.
Vince bajó lentamente la mirada.
—¿Y cuál es la alternativa? ¿Encariñarme con personas que sé que voy a perder?—.
—Sí—.
Vince lo miró como si acabara de escuchar una estupidez. Y Zeus sonrió.
—Te dije que la inmortalidad no era un camino fácil —.
—Eso no parece difícil. Parece absurdo—.
—Muchas de las cosas que hacen que una vida merezca la pena lo parecen cuando intentas reducirlas a lógica—.
—Eso tampoco es un argumento—.
—No. Es experiencia—. Zeus permaneció unos momentos contemplando el horizonte antes de continuar. —Quizá vivas mil años más, Vince. Quizá dos mil. Quizá diez mil. No lo sé. Tal vez algún día contemples un mundo donde no quede una sola piedra de este pueblo. Quizá nadie recuerde mi nombre. Tal vez incluso llegue un momento en que tú mismo tengas dificultades para recordar exactamente cómo era esta noche—.
Vince abrió la boca para responder, pero Zeus no había terminado. —Y aun así habrá cosas que permanecerán contigo. No porque hayan sido eternas, sino precisamente porque no lo fueron. Una comida que compartiste con alguien. Una discusión absurda. Una persona que te esperaba cuando regresabas. Alguien que te hizo enfadar. Alguien que te necesitó. Alguien a quien tú necesitaste aunque jamás tuvieras el valor de admitirlo. Un día comprenderás que la eternidad no obtiene su valor de aquello que consigues conservar para siempre. Lo obtiene de todas las cosas que aceptaste amar aun sabiendo que no podías conservarlas—.
Vince permaneció inmóvil. Abajo, las luces seguían encendidas, pequeñas, frágiles, temporales.
—¿Y cuando desaparezcan?—.
Zeus tardó unos segundos en responder.
—Dolerá—. No intentó suavizarlo.
—¿Durante cuánto tiempo?—.
—A veces cien años—. Vince lo miró. Zeus continuó con una serenidad extraña. —A veces mil. Algunas pérdidas quizá te acompañen mientras existas. No puedo prometerte que el tiempo cure todo. Los dioses que dicen eso mienten o han olvidado demasiado. Pero puedo decirte algo distinto: el dolor cambia. Al principio recordarás a alguien y solamente sentirás que ya no está. Mucho tiempo después quizá pronuncies su nombre y, antes que su ausencia, recuerdes que alguna vez estuvo—.
Vince volvió los ojos hacia el pueblo.
—No parece una gran recompensa—.
—No lo es.—.
—Entonces sigues siendo pésimo intentando convencerme—.
—No estoy intentando convencerte. Estoy intentando prepararte— Zeus colocó una mano sobre el hombro de su hijo —Porque algún día encontrarás algo que no querrás abandonar—.
Vince mostró una expresión escéptica.
—¿Una torre?—.
—Espero que no sea solamente una torre—.
—Podría ser una torre excelente—.
—Vince—.
—Está bien—.
Zeus negó con la cabeza, aunque una sonrisa cansada apareció brevemente en su rostro.
—Quizá sea un hogar. Quizá una Familia. Quizá un grupo de idiotas insoportables que consiga hacerte regresar una y otra vez aunque jures que prefieres estar solo. Tal vez un día mires alrededor y descubras que, sin darte cuenta, acumulaste personas en lugar de artefactos—.
—Los artefactos ocupan menos espacio—.
—Y hablan menos—.
—Otra ventaja—.
—Pero no pueden quererte—.
Vince guardó silencio. Luego Zeus retiró lentamente la mano de su hombro.
—Cuando llegue ese día, no cometas el error de creer que la eternidad significa conservar ese momento sin cambios. Nada permanece inmóvil para siempre. Ni siquiera nosotros. Si intentas detener el mundo porque tienes miedo de perder aquello que amas, terminarás destruyendo precisamente aquello que intentabas proteger. Déjalos cambiar. Déjalos elegir caminos que no comprendas. Déjalos alejarse cuando necesiten hacerlo. Y cuando regresen, si todavía puedes caminar junto a ellos, hazlo—.
Vince contempló las luces durante largo tiempo.
—Suena agotador—.
Zeus soltó una pequeña risa.
—Lo es—.
—Sigo prefiriendo mi torre—.
—Constrúyela—.
—Lo haré—.
—Llénala de libros—.
—Obviamente—.
—Hazte rico—.
—Ese era el plan—.
—Viaja. Aprende. Come todo lo que puedas. Discute con gente más inteligente que tú y procura no matar a todos los que sean más estúpidos. Haz todas esas cosas, Vince. Tienes más tiempo que la mayoría para descubrir quién quieres ser— Zeus hizo una pausa. —Pero no confundas tener una eternidad por delante con tener que recorrerla solo—.
Vince no respondió. Tal vez en aquel momento no podía hacerlo.
Frente a ellos, una a una, las luces del pequeño asentamiento comenzaron a apagarse conforme sus habitantes se retiraban a dormir. Vince las contempló sin saber que siglos después no quedaría nada de aquel lugar. No sabía cuántas personas conocería. Cuántas perdería. Cuántas veces cambiaría el mundo mientras él continuaba caminando.
Zeus sí comprendía una parte de aquello.
Por eso, cuando Vince finalmente se levantó y comenzó a bajar la colina, Zeus permaneció sentado observándolo alejarse.
Su hijo todavía caminaba con aquella seguridad despreocupada de quien pensaba que cualquier obstáculo podía estudiarse, comprenderse y finalmente superarse. Si aparecía un enemigo, tendría magia. Si aparecía un problema, encontraría una solución. Si un camino se cerraba, tomaría otro.
Zeus sonrió con tristeza.
Había cosas para las que ningún hechizo sería suficiente.
"Espero que estés preparado, hijo mío".
Observó la pequeña figura de Vince descender hacia aquellas luces condenadas, como todas las luces del mundo, a apagarse algún día.
"Te espera un camino muy largo. Mucho más de mil años, quizá. Verás nacer cosas que creerás eternas y vivirás suficiente para contemplar su final. Perderás personas que ahora ni siquiera conoces. Encontrarás otras por las que estarás dispuesto a enfrentarte al mundo entero. Y habrá días en los que desearás no haberlas conocido, solamente para no saber cuánto duele perderlas".
Zeus cerró los ojos.
"Pero espero que, cuando llegue ese momento, no elijas convertir tu eternidad en una jaula vacía".
El viento recorrió nuevamente la colina.
"Porque no todo podrás resolverlo con magia".
Fin del Flashback
Una criatura cayó algunos metros delante de Vince y se convirtió en partículas.
El recuerdo desapareció. Durante un instante, Vince no vio la niebla del décimo piso. No vio las paredes húmedas ni las piedras mágicas dispersas. Vio las luces de aquel pueblo cuyo nombre ya no recordaba.
Habían pasado más de mil años y Zeus había tenido razón.
Vince levantó lentamente la mirada. Alleria y Sylvana se habían adelantado varios metros mientras él reducía el paso sin darse cuenta. Las contempló desde atrás, dos figuras avanzando entre la niebla hacia un lugar que ninguno de ellos podía ver todavía.
Un grupo de idiotas insoportables.
La expresión de Vince permaneció prácticamente igual. Pero durante un instante muy breve, algo se suavizó en sus ojos. La voz de Sylvana llegó desde delante y eso enderezó su mirada de nuevo.
—Vince. Si has terminado de contemplar cadáveres como si fueran a revelarte los secretos del universo, apresúrate. Tenemos que llegar al undécimo—.
Vince volvió completamente al presente. Ajustó el cinturón, recuperó el ritmo y comenzó a cerrar la distancia que sus hermanas habían abierto.
—Ya voy—.
Sylvana no insistió ni Vince tampoco explicó por qué se había quedado atrás.
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