+18 Danmachi: Thunder Era [Empezamos, aún hay cupos!]

Gennai

Eclipse Dynasty Member

—¿Eso fue un cumplido?—.

—No te acostumbres—.

—Lo voy a poner por escrito—.

—Hazlo —dijo Alleria, enderezándose—. Pero camina mientras escribes—.

Vince continuó detrás de ellas sin responder. Sylvana recuperó naturalmente la vanguardia y Alleria mantuvo unos pasos de distancia respecto a ella, mientras él cerraba la formación con aquella expresión relajada que parecía indicar que absolutamente nada de lo que ocurría a su alrededor merecía demasiada preocupación. La niebla del décimo piso se desplazaba lentamente alrededor de sus botas y las criaturas que encontraban en el camino apenas conseguían retrasarlos. Un monstruo caía, después otro, sus cuerpos se quebraban en fragmentos de luz y terminaban desapareciendo hasta no dejar más que alguna piedra mágica sobre el suelo. Vince contempló de reojo una de aquellas desapariciones sin detenerse. Había presenciado esa escena tantas veces que ya no debería significar nada; nacimiento, lucha, muerte, silencio. Sin embargo, mientras volvía la mirada hacia las espaldas de Alleria y Sylvana, algo muy antiguo emergió desde una parte de su memoria que rara vez visitaba.

No había ocurrido hacía algunos años.

Ni siquiera algunas décadas.

Había ocurrido hacía muchísimo, muchísimo tiempo.

Más de mil años atrás.





Flashback.​

El mundo era diferente entonces.

No necesariamente mejor. Tampoco peor, simplemente diferente.

Ciudades cuyos nombres ya no significaban nada para los hombres todavía levantaban sus murallas hacia el cielo. Caminos que ahora habían desaparecido bajo bosques, montañas o civilizaciones enteras eran recorridos diariamente por comerciantes. Reyes cuyos linajes terminarían olvidados discutían guerras que en aquel momento parecían capaces de decidir el destino del mundo. Los mortales hablaban de sus problemas como si fueran eternos porque todavía no habían descubierto la crueldad sencilla del tiempo: casi nada lo era.

Vince era diferente también. Más joven, aunque aquella palabra resultara extraña aplicada a un espíritu.

Estaba sentado sobre una elevación cubierta de hierba contemplando un pequeño asentamiento situado al pie de la colina. Había pasado allí algunos años. Conocía a algunas personas, había probado su comida, recorrido sus mercados, estudiado las peculiaridades de su magia y acumulado objetos que consideraba interesantes. No tenía intención de permanecer mucho más. Nunca la tenía. El mundo era demasiado grande para quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar.

Zeus estaba sentado a su lado. Durante un largo rato ninguno habló y Vince fue finalmente quien rompió el silencio.

—No entiendo por qué los mortales se complican tanto—.

Zeus giró ligeramente el rostro.

—Eso promete convertirse en una conversación interesante—.

Vince mantuvo los ojos sobre las pequeñas luces del asentamiento.

—Nacen sabiendo que van a morir. Tienen quizá sesenta años, ochenta si tienen suerte, algunos llegan más lejos... y aun así desperdician una parte enorme de ese tiempo discutiendo por cosas que desaparecerán poco después que ellos. Tierras, títulos, dinero, orgullo, reconocimiento. Dentro de mil años nadie recordará quién era dueño de aquella casa o quién ganó aquella discusión. Probablemente ni siquiera quede la casa— Zeus lo escuchó sin interrumpirlo —Yo prefiero hacer lo mío. Aprender lo que me interesa, viajar cuando quiera, estudiar magia, conseguir suficiente dinero para no depender de nadie y marcharme cuando un lugar deje de interesarme. Parece considerablemente más sencillo—.

Zeus sonrió.

—¿Y dentro de mil años?—.

—¿Qué?—.Vince lo miró.

—Has dicho que dentro de mil años nada de esto importará. Así que te pregunto qué estarás haciendo tú dentro de mil años—.

—Lo mismo, supongo. Habrá más lugares. Más magia. Nuevas cosas que aprender. Quizá finalmente tenga una torre propia.—
Vince regresó la mirada hacia el horizonte.

—¿Una torre?—.

—Grande—.

—Por supuesto—.

—Y cara—.

—Eso también lo daba por hecho—.

—No veo el problema— Vince permaneció serio.

Zeus dejó escapar lentamente el aire. Su expresión cambió. Aquella sonrisa despreocupada que tantas veces llevaba consigo se volvió más tenue mientras contemplaba junto a su hijo las luces del asentamiento.

—Porque estás hablando de mil años como un hombre habla del próximo invierno—.

—Para nosotros no es tanto.— Vince frunció ligeramente el ceño.

—Precisamente—.

El espíritu guardó silencio y Zeus apoyó los brazos sobre sus rodillas.

—Los dioses conocemos bien esa palabra, hijo mío. Eternidad. Los mortales la utilizan para describir aquello que quieren que nunca termine. Amor eterno. Gloria eterna. Reinos eternos. Promesas eternas. Resulta curioso escucharlos, porque quienes más hablan de eternidad son precisamente aquellos que menos pueden experimentarla. Para un hombre, cien años pueden contener una vida entera. Para nosotros, cien años pueden convertirse en un recuerdo que apenas conseguimos colocar correctamente en el tiempo—.

Vince escuchó ahora con mayor atención.

—¿Eso debería preocuparme?—.

—No. Todavía no—. Zeus mantuvo los ojos sobre las luces. —Pero algún día lo hará— El viento recorrió la colina y agitó la hierba alrededor de ambos.

—Tú eres un espíritu, Vince. Quizá todavía no hayas comprendido completamente lo que significa. Los dioses y los espíritus compartimos una crueldad que los mortales difícilmente pueden imaginar: podemos permanecer. El tiempo puede llevarse ciudades, imperios, lenguas, amigos, enemigos, hogares... y nosotros podemos continuar aquí para recordarlos. Mil años para un mortal son historia. Para ti podrían terminar siendo simplemente una parte de tu vida—.

Vince volvió la mirada hacia el pueblo. Por primera vez aquellas luces parecieron distintas.

—Entonces recordaré—.

Zeus lo observó.

—Sí. Y eso es precisamente lo difícil—.

—No entiendo— Vince frunció el ceño de nuevo.

—Lo harás—.

La respuesta no le agradó.

—Odio cuando dices eso—.

—Lo sé. Por eso lo digo tanto— Vince permaneció en silencio hasta que Zeus continuó. —Imagina que regresas aquí dentro de cien años. La mujer que vende pan en aquella esquina ya no estará. El hombre que siempre intenta cobrarte de más probablemente tampoco. Los niños que viste jugando esta mañana serán ancianos o habrán muerto. Quizá el pueblo siga existiendo. Quizá haya crecido. Quizá una guerra lo destruya dentro de veinte años y cuando regreses no encuentres absolutamente nada—.

Vince respondió con una serenidad casi fría.

—Entonces seguiré adelante—.

Zeus asintió lentamente.

—Sí. Al principio—. Aquellas dos palabras hicieron que Vince lo mirara. Zeus ya no sonreía. —Después ocurrirá otra vez. Encontrarás otro lugar. Conocerás otras personas. Algunas te agradarán aunque no quieras admitirlo. Pasarán cincuenta años. Cien. Doscientos. Seguirás adelante. Conocerás otras. También desaparecerán. Después de quinientos años quizá descubras que ya no recuerdas con claridad la voz de alguien que una vez fue importante para ti. Después de mil, quizá pases por el lugar donde enterraste a un amigo y encuentres una ciudad construida encima. Nadie sabrá su nombre. Nadie excepto tú—.

Vince bajó la mirada.

—Eso les ocurre también a los dioses—.

—Desde mucho antes de que tú nacieras—.

—Entonces ya deberían estar acostumbrados—.

Zeus permaneció callado. Aquella ausencia de respuesta resultó mucho más inquietante que cualquier explicación.

Finalmente habló.

—Uno no se acostumbra. Aprende a cargarlo. Hay una diferencia—.

Vince no respondió.

Zeus extendió una mano y arrancó una pequeña brizna de hierba. La sostuvo entre los dedos mientras hablaba.

—Ese es el engaño de la eternidad. Cuando eres joven crees que significa que tienes tiempo infinito. Piensas que siempre habrá otra oportunidad, otro lugar, otra persona, otro siglo. Y quizá sea verdad. Pero después descubres que la eternidad no consiste solamente en que tú continúes. Consiste en ver cómo todo aquello que amas tiene derecho a cambiar aunque tú quieras conservarlo—.

Vince observó la hierba entre los dedos de Zeus.

—Entonces conservar algo para siempre es imposible—.

—Exactamente—.

—Eso parece un defecto bastante importante de la eternidad—.

Una pequeña sonrisa regresó al rostro de Zeus.

—Ahora empiezas a entenderla— Vince permaneció pensativo durante un largo rato.

—Entonces quizá sea mejor no aferrarse demasiado a nada—.

Zeus volvió la mirada hacia él.

—No.— La respuesta fue tan inmediata que Vince levantó las cejas.

—¿No?—.

—Ese es el otro error— Zeus soltó la brizna de hierba y dejó que el viento se la llevara. —Llegará un momento en que sentirás esa tentación. Después de perder suficientes cosas pensarás que has encontrado la solución. No acercarte demasiado. No necesitar demasiado. No querer demasiado. Mantener a todos a una distancia cómoda para que, cuando desaparezcan, puedas seguir caminando sin mirar atrás. Te convencerás de que es sabiduría. Incluso podrás llamarlo libertad— Vince no dijo nada —Pero no será libertad, hijo mío. Será miedo—.

La expresión del espíritu se endureció ligeramente.

—No tengo miedo de estar solo.—

—Nunca dije que lo tuvieras—. Zeus sostuvo su mirada. —Dije que algún día podrías tener miedo de dejar de estarlo—.

El viento volvió a recorrer la colina. Esta vez Vince no encontró una respuesta inmediata y Zeus miró nuevamente hacia el asentamiento.

—Los mortales tienen algo que nosotros olvidamos con facilidad. Precisamente porque saben que su tiempo termina, cada vínculo exige una decisión. Cada vez que aman a alguien aceptan, aunque no quieran pensarlo, que un día pueden perderlo. Nosotros tenemos la arrogancia de creer que podemos evitar esa elección. Podemos marcharnos. Podemos esperar cien años. Podemos decir que habrá otra oportunidad. Podemos observar desde lejos y convencernos de que no necesitamos participar—.

Vince bajó lentamente la mirada.

—¿Y cuál es la alternativa? ¿Encariñarme con personas que sé que voy a perder?—.

—Sí—.

Vince lo miró como si acabara de escuchar una estupidez. Y Zeus sonrió.

—Te dije que la inmortalidad no era un camino fácil —.

—Eso no parece difícil. Parece absurdo—.

—Muchas de las cosas que hacen que una vida merezca la pena lo parecen cuando intentas reducirlas a lógica—.

—Eso tampoco es un argumento—.

—No. Es experiencia—. Zeus permaneció unos momentos contemplando el horizonte antes de continuar. —Quizá vivas mil años más, Vince. Quizá dos mil. Quizá diez mil. No lo sé. Tal vez algún día contemples un mundo donde no quede una sola piedra de este pueblo. Quizá nadie recuerde mi nombre. Tal vez incluso llegue un momento en que tú mismo tengas dificultades para recordar exactamente cómo era esta noche—.
Vince abrió la boca para responder, pero Zeus no había terminado. —Y aun así habrá cosas que permanecerán contigo. No porque hayan sido eternas, sino precisamente porque no lo fueron. Una comida que compartiste con alguien. Una discusión absurda. Una persona que te esperaba cuando regresabas. Alguien que te hizo enfadar. Alguien que te necesitó. Alguien a quien tú necesitaste aunque jamás tuvieras el valor de admitirlo. Un día comprenderás que la eternidad no obtiene su valor de aquello que consigues conservar para siempre. Lo obtiene de todas las cosas que aceptaste amar aun sabiendo que no podías conservarlas—.

Vince permaneció inmóvil. Abajo, las luces seguían encendidas, pequeñas, frágiles, temporales.

—¿Y cuando desaparezcan?—.

Zeus tardó unos segundos en responder.

—Dolerá—. No intentó suavizarlo.

—¿Durante cuánto tiempo?—.

—A veces cien años—. Vince lo miró. Zeus continuó con una serenidad extraña. —A veces mil. Algunas pérdidas quizá te acompañen mientras existas. No puedo prometerte que el tiempo cure todo. Los dioses que dicen eso mienten o han olvidado demasiado. Pero puedo decirte algo distinto: el dolor cambia. Al principio recordarás a alguien y solamente sentirás que ya no está. Mucho tiempo después quizá pronuncies su nombre y, antes que su ausencia, recuerdes que alguna vez estuvo—.

Vince volvió los ojos hacia el pueblo.

—No parece una gran recompensa—.

—No lo es.—.

—Entonces sigues siendo pésimo intentando convencerme—.

—No estoy intentando convencerte. Estoy intentando prepararte— Zeus colocó una mano sobre el hombro de su hijo —Porque algún día encontrarás algo que no querrás abandonar—.

Vince mostró una expresión escéptica.

—¿Una torre?—.

—Espero que no sea solamente una torre—.

—Podría ser una torre excelente—.

—Vince—.

—Está bien—.

Zeus negó con la cabeza, aunque una sonrisa cansada apareció brevemente en su rostro.

—Quizá sea un hogar. Quizá una Familia. Quizá un grupo de idiotas insoportables que consiga hacerte regresar una y otra vez aunque jures que prefieres estar solo. Tal vez un día mires alrededor y descubras que, sin darte cuenta, acumulaste personas en lugar de artefactos—.

—Los artefactos ocupan menos espacio—.

—Y hablan menos—.

—Otra ventaja—.

—Pero no pueden quererte—.

Vince guardó silencio. Luego Zeus retiró lentamente la mano de su hombro.

—Cuando llegue ese día, no cometas el error de creer que la eternidad significa conservar ese momento sin cambios. Nada permanece inmóvil para siempre. Ni siquiera nosotros. Si intentas detener el mundo porque tienes miedo de perder aquello que amas, terminarás destruyendo precisamente aquello que intentabas proteger. Déjalos cambiar. Déjalos elegir caminos que no comprendas. Déjalos alejarse cuando necesiten hacerlo. Y cuando regresen, si todavía puedes caminar junto a ellos, hazlo—.

Vince contempló las luces durante largo tiempo.

—Suena agotador—.

Zeus soltó una pequeña risa.

—Lo es—.

—Sigo prefiriendo mi torre—.

—Constrúyela—.

—Lo haré—.

—Llénala de libros—.

—Obviamente—.

—Hazte rico—.

—Ese era el plan—.

—Viaja. Aprende. Come todo lo que puedas. Discute con gente más inteligente que tú y procura no matar a todos los que sean más estúpidos. Haz todas esas cosas, Vince. Tienes más tiempo que la mayoría para descubrir quién quieres ser— Zeus hizo una pausa. —Pero no confundas tener una eternidad por delante con tener que recorrerla solo—.

Vince no respondió. Tal vez en aquel momento no podía hacerlo.

Frente a ellos, una a una, las luces del pequeño asentamiento comenzaron a apagarse conforme sus habitantes se retiraban a dormir. Vince las contempló sin saber que siglos después no quedaría nada de aquel lugar. No sabía cuántas personas conocería. Cuántas perdería. Cuántas veces cambiaría el mundo mientras él continuaba caminando.

Zeus sí comprendía una parte de aquello.

Por eso, cuando Vince finalmente se levantó y comenzó a bajar la colina, Zeus permaneció sentado observándolo alejarse.

Su hijo todavía caminaba con aquella seguridad despreocupada de quien pensaba que cualquier obstáculo podía estudiarse, comprenderse y finalmente superarse. Si aparecía un enemigo, tendría magia. Si aparecía un problema, encontraría una solución. Si un camino se cerraba, tomaría otro.

Zeus sonrió con tristeza.

Había cosas para las que ningún hechizo sería suficiente.

"Espero que estés preparado, hijo mío".

Observó la pequeña figura de Vince descender hacia aquellas luces condenadas, como todas las luces del mundo, a apagarse algún día.

"Te espera un camino muy largo. Mucho más de mil años, quizá. Verás nacer cosas que creerás eternas y vivirás suficiente para contemplar su final. Perderás personas que ahora ni siquiera conoces. Encontrarás otras por las que estarás dispuesto a enfrentarte al mundo entero. Y habrá días en los que desearás no haberlas conocido, solamente para no saber cuánto duele perderlas".

Zeus cerró los ojos.

"Pero espero que, cuando llegue ese momento, no elijas convertir tu eternidad en una jaula vacía".

El viento recorrió nuevamente la colina.

"Porque no todo podrás resolverlo con magia".


Fin del Flashback​

Una criatura cayó algunos metros delante de Vince y se convirtió en partículas.

El recuerdo desapareció. Durante un instante, Vince no vio la niebla del décimo piso. No vio las paredes húmedas ni las piedras mágicas dispersas. Vio las luces de aquel pueblo cuyo nombre ya no recordaba.

Habían pasado más de mil años y Zeus había tenido razón.

Vince levantó lentamente la mirada. Alleria y Sylvana se habían adelantado varios metros mientras él reducía el paso sin darse cuenta. Las contempló desde atrás, dos figuras avanzando entre la niebla hacia un lugar que ninguno de ellos podía ver todavía.

Un grupo de idiotas insoportables.

La expresión de Vince permaneció prácticamente igual. Pero durante un instante muy breve, algo se suavizó en sus ojos. La voz de Sylvana llegó desde delante y eso enderezó su mirada de nuevo.

—Vince. Si has terminado de contemplar cadáveres como si fueran a revelarte los secretos del universo, apresúrate. Tenemos que llegar al undécimo—.

Vince volvió completamente al presente. Ajustó el cinturón, recuperó el ritmo y comenzó a cerrar la distancia que sus hermanas habían abierto.

—Ya voy—.

Sylvana no insistió ni Vince tampoco explicó por qué se había quedado atrás.
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Shulman Shulman , Hathaway Hathaway recuerdo de Vince, no afecta nada continua porito >,<
 
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Shulman

Moderador


El descenso hacia el undécimo piso no ofreció la más mínima tregua, ni el alivio que normalmente seguiría tras haber sobrevivido a una purga de monstruos de aquel calibre. La densa y gélida niebla del nivel anterior se había disipado por completo, dejando al descubierto una caverna de proporciones verdaderamente titánicas. El techo abovedado se alzaba a decenas de metros por encima de sus cabezas, perdiéndose en una penumbra perpetua, sostenido por columnas de roca estriada que parecían los colmillos entrelazados de una bestia colosal. El aire aquí era reseco, con un sabor rancio a polvo viejo y piedra caliza que se adhería a la garganta con cada respiración.

Tras el caótico combate en el estrecho túnel y la humeante vaporización de los Orcs, el trío había retomado su formación habitual sin necesidad de cruzar una sola palabra. Sylvana volvía a abrir la marcha como una sombra letal que cortaba el aire; Alleria controlaba el centro con la cadena de su arma estratégicamente recogida, atenta a cualquier flanco, mientras Vince cubría la retaguardia, sumido en murmullos indescifrables.

—El flujo de maná residual aquí abajo es un absoluto desastre estructural —se quejó el mago de pronto, observando con fastidio la luz errática de un pequeño cristal en su mano—. No hay un patrón de regeneración estable. Quien sea que gestione el ecosistema de este nivel merece un despido inmediato.
—Mantente alerta de todos modos —
la voz de Alleria sonó firme, autoritaria, aunque sus ojos no se apartaban de la espalda de la elfa que caminaba frente a ella—. Si los pisos inferiores están evacuando hacia arriba, la anomalía no respetará los mapas ni las reglas del Gremio.

Apenas las palabras abandonaron sus labios, un rugido gutural rebotó contra las inmensas columnas. Desde la oscuridad de un corredor lateral derecho, dos enormes Silverbacks irrumpieron en la caverna principal. Normalmente, aquellos simios de pelaje plateado operarían con cierta inteligencia táctica, buscando rodear a sus presas. Pero no esta vez. Sus pupilas estaban dilatadas por el pánico; no buscaban emboscar, solo huir ciegamente de lo que fuera que los acechara desde las profundidades.

Sylvana no frenó su avance. Se deslizó por debajo del alcance de la primera bestia, desapareciendo de su punto ciego para reaparecer en su flanco. Las dagas de mithril dibujaron un arco venenoso que seccionó los tendones del monstruo y lo disolvió en polvo negro antes de que pudiera intentar aplastarla. El segundo simio, cegado por la inercia, chocó de frente con la línea defensiva de Alleria. Con un giro brutal y medido de cadera, la elfa oscura usó la cadena de su kusarigama para envolver el cuello de la criatura, estampándola con una fuerza devastadora contra una estalagmita masiva. La piedra mágica se hizo añicos por el impacto.

—Eran especímenes robustos, y en su patético frenesí lograron destruir su propio botín al caer —suspiró Vince con pesadez, envainando su daga tras haber estado a punto de lanzar una chispa eléctrica—. Este piso es un insulto a la economía básica. Deberíamos pasarle factura a Zeus por daños emocionales ante tal desperdicio.
—Avanza, Vince. Y en silencio —
ordenó Alleria, recomponiendo el agarre de su arma con frialdad.

El ritmo de la marcha se estabilizó de nuevo, pero algo dentro de Noir se había desencajado por completo. Su cuerpo funcionaba con la perfección de un mecanismo bien engrasado, reaccionando a la Mazmorra con el instinto asesino que tantos años de mercenaria le habían forjado, pero su mente se había quedado atascada un piso más arriba. En las palabras cortantes de la mujer frente a ella.

«
Las Casas eran de sangre... Se sostenían solas, o no se sostenían. Lo que hoy llaman 'cultura de los elfos oscuros' es lo que quedó cuando las Casas dejaron de existir. Ruinas».

Alleria tragó grueso, ignorando la sequedad que repentinamente le arañaba la garganta. Sus ojos carmesí bajaron instintivamente hacia el cabello plateado de Sylvana, buscando el leve destello de aquellas diminutas piezas de oro incrustadas en la trenza. Un fragmento por cada nombre que no debía olvidar. El peso de aquella verdad se instaló en el centro de su pecho como una losa de plomo. Sylvana llevaba consigo un cementerio de recuerdos, el testamento tangible de un linaje que había caído, pero que alguna vez tuvo tierras, cantos, orgullo y enemigos dignos a los cuales odiar.

Ella, en cambio, no tenía nada. Absolutamente nada.

Un vacío doloroso y gélido comenzó a abrirse paso en sus entrañas. Era una herida inmensa que había permanecido sedada durante siglos, silenciada por la necesidad de sobrevivir un día a la vez, y que ahora escocía con la brutalidad de un corte limpio. A los tres años la habían arrancado de su origen. A esa edad, el mundo entero le había sido amputado.

No recordaba el rostro de sus padres. No recordaba las voces de su gente. No conocía a qué dioses le rezaban en la oscuridad antes de que los habitantes del Cielo bajaran a Orario. Sus primeros recuerdos reales estaban plagados de olores empalagosos a perfumes caros, la fricción de la seda pura contra su piel y el frío implacable de las barras doradas de una jaula inmensa. Sus captores, aquella adinerada familia humana, no la habían torturado con látigos; la habían destrozado de una forma mucho más perversa, convirtiéndola en un objeto de exhibición.

Había sido una mascota exótica. Un animalito de piel ceniza y ojos rojos al que le enseñaron a caminar con elegancia, a hacer acrobacias y a fingir sonrisas para deleitar a los invitados de la nobleza en cenas aburridas. Todo lo que Alleria era en ese instante —su postura erguida, su manera articulada de hablar, la contención milimétrica de sus emociones, e incluso su gusto por liderar las conversaciones— era una obra de teatro ensayada hasta la náusea. Una armadura forjada por amos que habían borrado cualquier rastro de la elfa oscura que debió ser.

No tenía ruinas que reclamar porque ni siquiera le habían permitido construir algo propio antes de destruirla. Era un lienzo en blanco garabateado por los caprichos humanos.

Sus dedos se apretaron alrededor del mango revestido en cuero de su arma con tanta fuerza que los nudillos le crujieron bajo la tela.

Y entonces, un pensamiento la golpeó. Un impacto certero y venenoso que le robó el aliento y amenazó con romper su inalterable fachada.

Alleria.

¿Era ese siquiera su verdadero nombre?

Una repentina sensación de náusea le revolvió el estómago. Escudriñó frenéticamente los rincones más profundos y oscuros de su memoria, buscando desesperadamente el eco de una voz distinta pronunciándolo, un canto de cuna, una inflexión diferente... pero solo encontró el acento refinado, agudo y condescendiente de la matrona humana acariciándole la cabeza. «Mira a nuestra pequeña Alleria, ¿no es una criatura fascinante?».

El terror, mudo y asfixiante, se mezcló con la rabia. Probablemente ni siquiera se llamaba así. Probablemente, "Alleria" era solo un nombre que aquella familia de nobles había elegido de algún libro de cuentos de la superficie porque sonaba exótico, dócil y fácil de pronunciar para sus estúpidas lenguas. Había pasado toda su vida respondiendo, luchando, huyendo, asesinando y sangrando bajo una etiqueta impuesta por las mismas personas que la habían esclavizado. Le habían robado hasta el derecho a nombrarse a sí misma.

Levantó la mirada, casi por inercia, y la clavó en la espalda de la mujer que caminaba unos pasos por delante.

Sylvana Duskthorn.

Serena, intocable, conectada con hilos oscuros e invisibles a una historia que se negaba a dejar morir. Ella era la única puerta que Alleria tenía hacia ese mundo extinto. La única persona capaz de devolverle un ápice de lo que le correspondía por sangre. En medio de aquella caverna polvorienta, Alleria tomó una decisión silenciosa, pero tan firme como el acero de sus cuchillas: no iba a alejarse de ella. Nunca.

Ahora... tenía una necesidad visceral de permanecer a su lado. Necesitaba observarla, escucharla, absorber cada detalle, cada movimiento de manos, cada verdad a medias que la peliplateada quisiera soltar. Era su única forma de empezar a llenar ese insoportable agujero existencial; su único puente hacia un pasado que nunca le dejaron vivir.

—El corredor principal se divide a ochenta metros —la voz de Sylvana rasgó el silencio de la marcha, fría y clínica, sacando a Alleria de su pozo mental—. La corriente izquierda está muerta. La derecha arrastra un olor pesado a azufre y sangre estancada.
—Conociendo nuestra impecable tendencia a buscar siempre la peor opción disponible, asumo que tomaremos la ruta de la masacre —
masculló Vince desde el fondo, deteniéndose un segundo para acomodar los cristales en su cinto—. Solo espero que el esfuerzo rinda algún dividendo. Adelante.

Alleria exhaló despacio. Dejó que el aire seco le limpiara los pulmones y obligó a su rostro a recomponer la máscara de control absoluto. Aceleró un poco el paso, lo justo para acortar la distancia entre ella y la vanguardia, colocándose casi en paralelo a la otra elfa. Dejó que el sonido de sus pasos se acompasara lentamente con los de Sylvana.

Caminaron así por varios metros en la penumbra del inmenso pasillo. Alleria mantuvo la vista al frente, sus ojos carmesí fijos en la oscuridad, buscando la manera exacta de formular lo que le quemaba por dentro. No quería exponer toda la fractura que acababa de descubrir en sí misma, detestaba sentirse vulnerable frente a nadie, pero la duda le desgarraba la garganta.

—Sylvana... —El tono fue sumamente bajo, sutil, desprovisto de la autoridad militar que solía usar para dar órdenes. Fue un sonido casi tímido, íntimo, midiendo el volumen para asegurarse de que la amplitud de la caverna devorara sus palabras antes de que pudieran llegar a los oídos analíticos de Vince.

Viper no giró el rostro, pero Alleria notó de inmediato cómo la ligera inclinación de su oreja indicaba que tenía toda su atención.

La elfa más alta humedeció sus labios. La cadena de su arma tintineó suavemente cuando sus dedos ajustaron el agarre una vez más, delatando una tensión física que rara vez mostraba.

—Cuando estábamos arriba... mencionaste que los sobrevivientes de las Casas cargaban con los nombres para no olvidarlos —comenzó, pronunciando cada sílaba con extremo cuidado, tanteando el terreno—. Si yo hubiera crecido en uno de esos linajes... si no me hubieran arrancado de mi gente a los tres años... —Hizo una pausa breve, pasando saliva para deshacer el doloroso nudo que amenazaba con rasparle la voz, y por fin giró el rostro para que su mirada carmesí encontrara el perfil imperturbable de su homóloga—. ¿Cómo se elegían esos nombres? ¿Crees que... el que llevo ahora significa algo en nuestra antigua lengua?

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Un poquito de desarrollo para mi bebé gracias a lo contado por Sylvana[?
Hathaway Hathaway your turn ma beibi
Gennai Gennai
 

Hathaway

· · ─ ·✶· ─ · ·
Moderador

Sylvana no respondió de inmediato. Ni siquiera redujo el paso. Seguía con la espalda recta y el mismo ritmo sobre la piedra seca, y a cualquiera que la hubiera visto desde atrás le habría parecido que la pregunta se perdió entre las columnas antes de llegar a sus oídos. Pero la había oído perfectamente, y también lo que venía debajo: la forma de la pregunta, que ya no era la de una mercenaria que averigua cómo funciona algo, sino la de alguien que pregunta por sí misma y espera, sin atreverse a admitirlo, que la respuesta no le duela.

Lo que Sylvana sentía no era una sola cosa, y le habría costado nombrarlo aunque quisiera. Era una acumulación, como las capas de ceniza que se asientan en el fondo de un pozo:

Lo primero era vértigo. Hacía dos mil años que no hablaba de aquello con alguien capaz de entenderlo. Dos mil años de tratar a las Casas como un hecho cerrado, un cadáver sepultado bajo tanto tiempo que ya no olía. Y de pronto una desconocida con sus mismas orejas y el mismo tono en la piel le preguntaba cómo se elegían los nombres. Era como si una puerta que ella había cerrado hacía siglos se abriera desde el otro lado, sin aviso, empujada por alguien que ni siquiera sabía que estaba empujando.

La segunda era el peso de ser la única. Conocía con exactitud el vacío que Alleria cargaba, porque ella había vivido dentro de uno parecido, y cada pieza de oro era un intento de rellenarlo con algo que pesara lo suficiente para que no se hundiera todo. Reconocía en la manera en que Alec acababa de apoyarse en ella lo que ella misma hubiera hecho en su lugar: cuando solo hay una puerta en un muro, uno decide que esa es la única y se aferra. Y sabía, por experiencia propia, lo que les ocurre a quienes cuelgan todo su peso de un solo hilo: o el hilo se rompe, o las estrangula.

La tercera era su propia mentira. No hacía mucho había ocultado que su magia no venía de ningún linaje élfico. No sintió remordimiento entonces, y tampoco ahora, pero entendió que quien carga con un secreto así no puede convertirse en la fuente única de nadie. Todo lo que dijera, cierto o falso, sería creído sin examen. Alleria acababa de pedirle, con toda su cautela, que le dijera que su nombre significaba algo. Y no podía.

—
¿Por qué quieres saberlo ahora?

La contrapregunta salió como método de escape.

—
Porque nunca antes lo había pensado —respondió la ojirubí—. Me parecía una pregunta que le tocaba solo a otras personas.
—Y ahora te toca a ti.
—Ahora me parece que sí.

Sylvana tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz había perdido el filo habitual y sonaba casi cansada.

—
Es el único motivo honesto que he oído en mucho tiempo. No lo desperdicies preguntándome a mí…
—Entonces dime lo que puedas.
—No se elegían —Una pausa mínima—. Se escuchaban.
—¿Qué se escuchaba?
—La fuerza de la naturaleza... El agua, el aire...

Y nada más.

Alleria esperó, que era lo que mejor sabía hacer. Esperó con la misma paciencia con la que había aprendido a quedarse quieta cuando los invitados de sus carceleros la miraban, y Sylvana sintió ese silencio sobre la nuca como una mano apoyada con suavidad. Pensó en el sonido de la ciénaga a medianoche, en las voces de los cantores que anotaban qué dibujaba el agua alrededor de un bebe. Pensó en el nombre que le correspondió a ella, y en la forma en que ese sonido, en algún lugar muy hondo, seguía vibrando. Lo apartó con la misma firmeza con que se aparta una daga del cuello.

—
¿Y el mío? —preguntó al fin Alleria—. ¿Significa algo?
—No sé qué te dijo la naturaleza, Alleria. Y no estoy dispuesta a hablar por ella.
—Entiendo —dijo Noir. Hizo una pausa—. Es más honesto que lo contrario.

Lo dijo con la voz firme. Pero la cadena, que había tintineado contra su muslo con cada paso, dejó de sonar.

Sylvana lo notó, y comprendió con la claridad desagradable de quien ve venir un golpe cuando ya es tarde que acababa de decir la verdad y que la verdad había sido lo más cruel que podía ofrecer. No había mentido. No había suavizado nada. Y aun así Alleria, con su disciplina de hierro, la había recibido como quien recibe una puerta cerrada en la cara.

Cualquier otro día habría dejado que el silencio hiciera su trabajo. Lo había hecho mil veces, con mil personas, y casi siempre funcionaba. Pero esta vez sintió que si se quedaba un segundo más en esa quietud iba a tener que sostener algo que no estaba lista para sostener, y su cuerpo, antes que su mente, tomó la decisión. Giró apenas la cabeza hacia atrás.

—
Vince. Ven.

Vince levantó la vista del cristal. Llevaba un rato caminando en silencio, con el pulso azul latiéndole en la palma, y desde el piso anterior sabía que había algo entre esas dos que no era asunto suyo. Ahora, por lo visto, sí lo era.

—
Hay formas más amables de convocar a alguien. La mayoría empieza con «por favor».
—Ven aquí.

Se acercó de todos modos. Pasó junto a Alleria sin mirarla de frente y quedó entre ambas.

Habría sido fácil decir que Sylvana lo llamó por crueldad, o por capricho, o por la simple necesidad de huir. Había algo de las tres cosas. Pero también había razones más limpias, de las que se daba cuenta mientras las ejecutaba.

Vince era el único miembro de la Familia a cuyo lado Sylvana no sentía la necesidad de medir la distancia. No sabía cuándo había ocurrido ni por qué con el tiempo. Quizá porque él, como ella, había visto pasar demasiados siglos para tomarse en serio los dramas pequeños. Quizá porque no le exigía nada. Los dos habían vivido lo suficiente como para saber lo que costaba recordar, y esa comprensión silenciosa los acercaba sin que ninguno tuviera que reconocerla. Con él podía estar callada. Con él podía ser, aunque fuera por unos minutos, alguien que no necesitaba ocultar nada.

Además, era cierto que Vince podía saber también del tema. Era un espíritu, había recorrido más ruinas y bibliotecas hundidas que cualquier mortal, y su memoria no se limitaba a lo que un solo siglo podía contener. Llamarlo no era solo una evasión. Era darle a Alleria una segunda fuente, una que no dependiera de una mujer que ya le había mentido una vez y que volvería a hacerlo.

Y estaba, por último, lo que Sylvana habría admitido solo bajo tortura: no había podido sostenerlo sola. Las preguntas que hacía la otra elfa pesaban más de lo que estaba dispuesta a cargar delante de alguien, y llamar a Vince era la forma más rápida de repartir ese peso. No pensaba disculparse. Disculparse habría sido confesar que existía un problema.

—
Tú has pasado más tiempo entre ruinas que cualquiera de nosotros —dijo—. Las de las ciénagas, las más antiguas. ¿Había algo escrito?
—Esto no es una pregunta sobre ruinas —murmuró Vince.
—
Responde de todos modos.

Vince la miró un instante largo. Hacía mucho, cuando todavía creía que una torre llena de libros era destino suficiente, había pasado años recorriendo ciudades hundidas bajo agua negra.

—
Mucho. Hace miles de años, al sur. Los muros seguían en pie bajo el agua y estaban cubiertos de símbolos tallados en filas. Debajo de cada uno había un hueco pequeño, del tamaño de una moneda, siempre vacío —Sus ojos bajaron, apenas un instante, al oro de la trenza—. Creí que lo habían saqueado. Hoy no estoy tan seguro.
—No fue saqueo.
—¿Entonces qué fue?
—Una forma de que nadie se quedara a oscuras.

Vince asintió despacio. En su rostro no hubo sorpresa, sino una especie de reconocimiento tardío, como quien por fin entiende una frase que lleva siglos escuchando mal. Pensó, sin decirlo, en lo extraño que era haber pasado años contemplando muros que alguien había vaciado con tanto cuidado, y no haber comprendido que lo que faltaba era precisamente lo que más importaba.

—
Siempre me pareció que quien talla un nombre y deja un hueco debajo está esperando que algo lo llene —dijo al fin—. No sé leer los símbolos, pero tengo copias en mis cuadernos, y reconocería la escritura si la viera.
—¿Cuántos huecos había? —preguntó Alleria.
—
Cientos. En una sola pared.
—¿Recuerdas alguno?
—Varios. Puedo ojear mis diarios cuando salgamos de aquí.
—Gracias, Vince.

Alleria lo dijo con educación y sin una pizca de calidez. Vince la miró un segundo de más. Había algo exacto en esa voz que no le gustó, la de alguien que guarda lo que le dan y no pide nada más.

Sylvana lo notó también, y lo que sintió fue una incomodidad distinta. La había visto reír por lo bajo, ruborizarse sin querer, tenderle un pañuelo con gajos de pomelo. Había visto cómo, en el umbral del piso anterior, la más alta bajaba la guardia un milímetro cada vez que se creía a salvo. Y ahora esa misma mujer había bajado una persiana entre las dos. No de golpe, sino con la lentitud con que se cierra una puerta cuyo mecanismo uno conoce bien.

Alleria giró hacia ella.

—
¿Tú sabes leerlos?
—Lo bastante para no recomendarme como maestra.
—Una respuesta curiosa.
—Es la que tengo.

Alleria sostuvo su mirada un segundo. Cuando habló, su voz era la de quien explica algo evidente a alguien que prefiere no verlo.

—
Entiendo lo que acabas de hacer. Cuando una pregunta pesa más de lo que quien la recibe quiere sostener, lo prudente es pasársela a alguien con las manos más libres. No te preocupes. Aprendí temprano a no apoyarme en lo que se mueve.
—No lo hice por eso.
—¿Entonces por qué?
—Quería ver si sabías escuchar a alguien más.
—Ahora ya lo sabes.

No hubo reproche en la frase. Eso era lo peor. Sylvana había esperado enojo, o que Alleria se incomodara tal vez, cualquier cosa a la que agarrarse para rechazar con firmeza tener que volver a tocar esos temas. Pero lo que recibió fue calma, y ninguna de sus herramientas servía contra eso. Reconoció la técnica con una punzada de irritación: era la misma frialdad con la que ella desviaba una daga, la misma contención con la que había aprendido a sobrevivir. Alleria la había observado durante tantos pisos que había aprendido a devolvérsela.

No se arrepentía. Pero tampoco le gustó cómo se sentía.

—
Lo que sea que esté debajo de nosotros no va a esperar a que terminen de entenderse —dijo Vince—. Les propongo que continúen esto en un piso donde nada intente matarnos. Si existe.

No era una queja. Era lo más cerca que él podía estar de intervenir, y las dos lo entendieron. Sylvana asintió una vez y retomó la delantera con fiereza. Alleria dejó que Vince caminara entre ambas. Ya no avanzaba a la altura de ninguno: iba un paso atrás, con la mirada al frente y la cadena recogida.

Durante varios metros, el grupo caminó sin decir nada, con todos los sentidos fijos en el corredor y pero con la mente muy lejos de él.

Lo que le molestaba no era haber hecho daño. Ya había hecho daño antes, a personas que lo merecían y a otras que no, y sabía cargar con eso. Lo que le molestaba era la certeza de que, en el fondo, había querido una reacción también de la elfa más alta. Era admirable. Era también incómodo. Lo más desconcertante era que, debajo de la irritación, había algo más quieto y más difícil de clasificar. Una atención que ya no podía fingir que era solo táctica. Una curiosidad sin objetivo, de las que no saben qué quieren hasta que las pierden. Le intrigaba más lo que Alleria callaba que lo que decía. Le intrigaba cómo se cerraba. Le intrigaba, y eso era lo que menos quería admitir, la ausencia de aquella sonrisa pequeña y verdadera que le había visto hacía un rato.

Y debajo de todo, apenas un rumor, algo que no se permitió examinar. Hacía dos mil años que no escuchaba el agua de su ciénaga. A su lado caminaba alguien que nunca había escuchado la suya. Era un parentesco extraño, hecho de ausencias.

En la palma de Vince, el cristal seguía latiendo con el mismo pulso lento, como el corazón de algo que dormía muy abajo. Miró a las dos mujeres que caminaban sin tocarse ni hablarse, separadas por un espacio que no existía una hora antes, y por primera vez en toda la jornada no apartó la vista.

Siguieron bajando.

​

Gennai Gennai
Shulman Shulman
 
OP
OP
Blair

Blair

So tired.
Administrador

Los hijos de Zeus siguieron descendiendo por la mazmorra con rapidez, rompiendo cualquier duda que aún hubiera sobre ellos; el hecho de que estuvieran llegando al piso 15 en el tiempo en el que lo estaban haciendo no era normal. El que salieran vivos sería una declaración definitiva: la familia Zeus había vuelto para quedarse.
— ¡No bajen la guardia! Y busquen sobrevivientes… — Lo último lo dijo con una voz en extremo seria, sin embargo algo le decía que no habría sobrevivientes, aunque esperaba estar equivocado.
— Esas cosas están más grandes de lo que me imaginaba. — Lily respiraba ligeramente agitada, se había esforzado descomunalmente por seguirle la pista al grupo de Fulgur Bestia, alcanzándolos casi de milagro en la neblina. El cuarteto ahora se encontraba en la entrada del vigesimoquinto piso, observando la imponente criatura que amenazaba con voltear el laberinto de cabeza.
— Llegaron ellos también… — Ren alzó la vista, detectando gracias a sus sentidos a otros de sus familiares. Sylvana tenía cara de estar analizando todo con lujo de detalle cuando una gran raíz golpeó el suelo, levantando polvo en todas direcciones y provocando un temblor a gran escala. Si bien la Viscum era lenta, sus pesadas e inmensas raíces eran capaces de provocar terremotos, incluso aplastar a los aventureros; aunque el único problema no eran las gigantescas plantas, sino también las Violas que producían.

Debido a la cantidad, el protegerse de las Violas y además estar al pendiente de los movimientos de las Viscums era algo abrumador para aventureros poco coordinados, de bajo nivel o que simplemente no estaban preparados para ese tipo de enfrentamiento. Los hijos del rayo se prepararon para el combate en un abrir y cerrar de ojos, entre los que empuñaban armas y los que comenzaban algún cántico, era evidente que todos eran versos en combate, muy a pesar de no haber subido de nivel utilizando la mazmorra, como comúnmente se hacía.

Una Viola cayó, seguida de otra. Las llamas cruzaron el aire y golpearon las plantas que parecían reproducirse cual Hidra; parecía que por cada una que destruían, otras tres se abalanzaban en su contra. Al mismo tiempo, las plantas de mayor tamaño se movilizaban lentamente, adueñándose de los pilares y las paredes, convirtiendo todo en un color verdoso que se asimilaba a un parásito reproduciéndose y adueñándose de lo que lo rodeaba.

Las plantas cayeron una tras otra, sin embargo, esto solo pareció empeorar la situación. Hubo un silencio repentino e incómodo, que hizo sentir a más de uno como si estuvieran en el ojo del huracán.
— Algo no está…. — Ni siquiera tuvo tiempo de terminar lo que iba a decir, puesto que las Violas se movieron de manera repentina y agresiva, estampando sus "dientes" contra el suelo en un intento de atrapar a los aventureros. En el instante siguiente, los tentáculos/raíces de las Viscums se movieron rápidamente, mucho más rápido que antes; las paredes crujieron y el suelo tembló.

Una gran nube de tierra se levantó a causa de las piedras que cayeron y las grietas que se habían abierto, todo el piso 15 parecía perder estabilidad con cada segundo que pasaban en combate. Un sonido como de un crujido, acompañado de líquido, invadió los sentidos de Ren; el hombre gato hubo sido empujado violentamente, mas no por el enemigo.

— ¿Suga? — Sintió su voz atorarse en su garganta y volver hacia su pecho, Fulgur Bestia se encontraba sosteniendo el cuerpo de Igarashi, bajándolo lentamente hasta que la espalda de éste tocó el suelo. Su armadura estaba destrozada y sangre brotaba desde un agujero en su pecho, misma que ahora manchaba el suelo y había dejado evidencia en las manos y los brazos del de mayor nivel.
— …Fulmen Bestia — la voz del capitán siguió, aunque para oídos de Ren era casi inexistente en ese momento —… este es mi dominio. ¡Fulmen Regnum! — Una zona mágica lo rodeó y en un instante su cuerpo pareció desaparecer, aunque realmente se hubo movido a una velocidad aterradora. Rai fulminó 5 Violas en una ofensiva fluida, tras lo que atravesó el tallo de una Viscum, haciéndola desaparecer en una nube de humo.
​

Shulman Shulman blahblah drama, ponte a chambiar, no quiero quedarme fuera de mi propio colectivo (???)
Hathaway Hathaway Gennai Gennai ya todos estamos en el piso 15, a quemar plantitas (Yaya, métele fierro a la herrera, ahí anda con el Ren shockeado y Suga necesita otra armadura, la de él era marca patito 🤣 )
Belgium Belgium Everyday Everyday Aslan Aslan cuando quieran revivir, no hay prisa (???)
 

Shulman

Moderador


La mirada de Ren era de absoluto horror. Si bien su inocencia recaía en una ingenuidad total que lo alejaba de múltiples tipos de temas que su mente parecía evitar a propósito, como si de un sistema de defensa se tratara… la muerte no era algo desconocido para él.

—No entiendo qué es lo que quiere de mí.
— ¿Qué
quiero yo de ti? —
Zeus enarcó una ceja, mostrando una mirada completamente desconcertada. Luego, rió—. Es una pregunta interesante, ciertamente.

Se arrodilló al lado del cuerpo inerte de Asuga. Posó sus manos sobre su pecho y, por instinto, lo sacudió. Intentó hacerlo despertar, al mismo tiempo que sus labios se torcían, mostrando una expresión de tristeza y culpa. ¿Cómo es que había sido tan estúpido y descuidado como para que su compañero tuviera la tonta idea de apartarlo porque iba a ser él una víctima de aquellos monstruos?

—... ¡Ren, muévete…!

La voz de Kenmaru llegó a él, pero se escuchó como un eco. Detrás de sí ocurría una batalla que él no parecía querer apreciar. En su mente, en cambio, escuchaba constantemente aquella anécdota que Zeus le había contado una vez.

—Quiero que formes parte de mi familia —la sinceridad de Zeus escondía un dejé de tristeza que Ren, en aquel momento, no pudo apreciar.
— ¿Y por qué yo? —Una pregunta que resultaba muy sencilla. El gato no entendía por qué el mayor de los Dioses querría que él fuera parte del grupo tan particular que estaba formando. Y el concepto de una “Familia” era algo que hacía mucho tiempo había quedado olvidado para él. Todo, absolutamente todo lo que hubiera vivido antes de ese momento, en el que hablaba con Zeus, era desconocido para él—. No sé quién soy, ni de dónde vengo. Apenas sé cuál es mi nombre por esto —entonces, mostró una placa de titanio al Dios, donde estaba grabado su nombre y unos símbolos extraños que el más joven desconocía—. ¿Por qué tendría valor para un Dios un joven que ni siquiera recuerda cómo llegó con él?

Cuatro enredaderas se dirigieron con rapidez hacia la posición del muchacho. Sin necesidad de decir una palabra, Alleria y Sylvana se dispusieron a defenderlo de dos de ellas con sus armas; Noctvale sostenía una de ellas con su kusagirama, mientras que Viper usaba sus dagas para bloquear otra.

Vince imitó a Duskthorn, impidiendo que la tercera de las enredaderas llegara a tocar a Ren. Y un proyectil mágico, una flecha recubierta por ácido atravesó la última, obligándola a retroceder por el dolor.

Durin trazó una línea con su mirada hasta la bestia responsable del ataque a Ren, ubicando con rapidez a la Viscum que pretendía deshacerse de él, que en este momento era el eslabón más débil debido a su estado de shock. Eran inteligentes. Aquellas plantas monstruosas no atacaban solo por hacerlo. Observando sus movimientos y el cómo había ocurrido la muerte de Asuga, era obvio que habían trazado un tipo de estrategia, muy básica, pero al fin y al cabo había dado resultados.

Continuó observando a su alrededor. Una vez que la enredadera que bloqueaba decidió retraerse, su mirada se encontró con la de Alleria. Ella había notado exactamente lo mismo que él. Sin embargo, los ojos del espíritu se abrieron de par en par cuando una enorme y gruesa raíz afilada emergió del suelo, atravesando limpiamente el estómago de la elfa oscura.

Los ojos de Sylvana permanecieron completamente abiertos al ver tal escena, y solo por un instante sintió que sus dagas iban a resbalar de sus manos debido a la conmoción que sintió cuando el cuerpo de su homóloga amenazó con caer al suelo.

Kenmaru se aproximó rápidamente hacia Alleria, impidiendo que cayera al suelo de inmediato. Sus ojos se enfocaron en los de la elfa oscura, los cuales estaban comenzando a apagarse debido a la rápida pérdida de sangre.


—Alleria, no te duermas. —Kenmaru le dió unas cuantas y rápidas bofetadas suaves a la elfa. Su tono era desesperado, urgente, pero ella no lo alcanzó a oír—. ¡Alleria!

Sylvana y Vince, por más aturdidos que estuvieran por lo que acababa de ocurrir, no se dieron el tiempo para detenerse: ambos trabajaron juntos para desviar los ataques de una de las Violas para abrirse paso y acabar con ella. Un peligro menos, pero aún quedaban dos de las plantas más problemáticas.

Lirael cruzó miradas con Raikhan cuando éste volvió cerca de ellos. El Capitán del equipo entendía que la situación, poco a poco, se les estaba saliendo de las manos. Fulgur Bestia estaba enojado consigo mismo, ¿acaso había sido demasiado avaricioso al aceptar aquella misión, sabiendo que aún su familia necesitaba algo más de preparación? Aunque Zeus confiaba plenamente en sus capacidades, era una realidad que nunca antes habían afrontado los peligros de la mazmorra.

Antes de que pudieran emitir una palabra, un nuevo ataque tuvo lugar. Una de las Viscum utilizó una de sus grandes enredaderas como un látigo que no dudó en azotar la ubicación en la que se encontraba el grupo reunido. Todos se dispersaron para evitar el impacto; todos exceptuando a Ren, quien abrazó instintivamente el cuerpo inerte de su compañero. En consecuencia, gracias al levantamiento del mismo suelo, Ren voló por los aires sin permitirse soltar en ningún momento al joven que siempre lo había protegido.


—No se trata de tener valor o no —Zeus habló con un tono suave, bajo, que rayaba en lo comprensivo, pero no dejaba de ser serio—. El valor propio es… algo que solamente tú te puedes dar, Ren —continuó, notando cómo el joven gato agarraba su propia cola y se abrazaba a ella, con timidez y con mucha tristeza. Parecía que el solo pensar en algo de sí mismo lo ponía tenso—. Pero lo que sí creo es que tienes un potencial que, quienes se conviertan en tus compañeros, agradecerán tener de su lado —sus miradas se cruzaron por un instante—. A mí, realmente, no me gustaría que mis hijos vuelvan a morir por no saber sobre algo —aquello llamó la atención de Ren—, ni tampoco por no estar preparados, o por no tener a alguien que pueda dedicarse a apoyarlos, a sanarlos o a brindarles una salida segura —las orejas de Ren, antes completamente tensas, se relajaron e, incluso, bajaron poco a poco, mostrando algo de vulnerabilidad—. Ren. No sé en qué tipo de aventurero puedas convertirte. Pero te he estado viendo desde antes que tú llegaras a mí, y estoy seguro de que tú podrías ser alguien que le dé a mi familia una segunda oportunidad.

Al estar a punto de chocar contra el suelo, Ren (y por consiguiente, Suga) fue atrapado por Raikhan. Los ojos del gato estaban cerrados, derramando lágrimas tanto por el dolor como por el hecho de no querer perder a sus compañeros. Sus ojos solo se abrieron para presenciar cómo, en un intento de esquivar un nuevo asalto, Alix era atrapado por una de las enredaderas y azotado fuertemente contra el suelo, y Himawari era atrapado en una nube de veneno letal que lo paralizó instantáneamente, permitiendo que su corazón fuera atravesado por una enredadera sólida.

La mirada de Ren viajó instintivamente hacia Sylvana. Al observarla, notó un cambio apenas sutil en su actitud. Incluso Vince, que peleaba a su lado, no podía seguirle el ritmo a la violencia creciente de la elfa oscura. Era algo atrayente y, de alguna manera, inusual verla combatir de aquella manera; como si estuviera tomando venganza por algo, o por alguien.
Y cruzaron miradas.

Los ojos de la elfa fueron a parar, por apenas un instante, directamente a los suyos. Compartió su sentimiento por un momento, que fue suficiente para que Ren entendiera la diferencia entre ellos dos. Sylvana no iba a detenerse, no era de quienes se quedaban de brazos cruzados; y Ren, en aquel momento, sentía que no tenía razones para luchar por el sentimiento de fallarles a aquellos a quienes se suponía que tenía que ayudar, a quienes debía cuidar y proteger. Pero él siempre era a quien salvaban. Y eso, en aquella oportunidad, le había costado la vida no solo a Suga, también a Alleria, Alix y a Himawari.


—No estoy seguro de qué quiero hacer con mi situación —fue lo primero que salió de la boca del joven gato—. La verdad, siento que hay algo que no quiero recordar. Quizás incluso usted sabe eso; solo es una alegación en mi ignorancia —adoptó, entonces, una postura corporal más cómoda y permisiva, una con la que al menos parecía aceptar el acercamiento paternal de Zeus, dejando de esconder sus orejas, su cola, evitando cruzar los brazos—. Pero… me ha convencido —confesó—. No sé lo que es tener una familia. Quisiera experimentarlo, de verdad. Y no quiero… pensar en la posibilidad de que algo como lo que usted dice que ocurrió, vuelva a suceder —hizo una pausa, dejando ver una pequeña sonrisa de lado—. No sé cómo lo haré… Pero le prometo que no permitiré que la familia de Zeus —nuevamente se detuvo, aceptando su destino, y corrigió:—... Que ningún miembro de mi, apartir de ahora, familia… pierda la vida.

Sus ojos nuevamente viajaron hacia el cuerpo de Asuga. Lo abrazó con más fuerza. No quería que Asuga muriera. No quería que ninguno de sus compañeros perdiese la oportunidad de vivir las aventuras que les esperaban juntos. No quería fallarles, ni a ellos, ni a Zeus… Y sobre todo, no quería fallarse a sí mismo en uno de los únicos propósitos de vida que había decidido para sí mismo.

“No hay nada mejor para devolverle la vida a una fiesta, que una buena canción…”​


—Bajé hasta la niebla, buscando un latido… Aquel que en el frío se había perdido… —hundió su rostro en el pecho del muchacho, sin querer soltarlo, sintiendo el aire a su alrededor entibiarse poco a poco. Escuchaba el sonido de los choques de armas de fondo, pero en aquel momento no le importaba; su ruego necesitaba ser escuchado—. Clemente tirso que vence el averno… Por favor, rompe su sueño eterno…

Sylvana, que continuaba en una lucha sin cuartel contra las Violas, al lograr ponerle fin a una de ellas junto a Vince, volvió su mirada hacia el joven gato que abrazaba con fuerza a Asuga. Inhaló levemente un extraño aroma a tierra húmeda que no se sintió invasivo, y mucho menos incómodo; su cuerpo se relajó por un instante, como si supiera que algo, fuera lo que fuera, estaba bien en aquel momento.

—Que la sangre tibia regrese a su cauce, que se cierren sus heridas a la sombra del sauce… —su tono de voz se mantenía ligero, suave y desesperado a partes iguales. Confiaba ciegamente en sus instintos en aquel momento. No sabía por qué aquella voz, quien fuera que sea, le pedía una canción. Pero si con ello conseguía lo que quería… Si había aunque fuera una minúscula esperanza que, con ello, sus compañeros pudieran volver a la vida… No le importaba dejar cualquier cosa de lado. Quería aferrarse a esa posibilidad.

Kenmaru, que resguardaba el cuerpo inerte de Alleria mientras buscaba darle una nueva forma a su arco, queriendo fabricar algo más útil para aquella situación, sintió una brisa refrescante en el rostro; un respiro. Su mirada, entonces, se dirigió a la elfa oscura. Luego, con sorpresa, volvió su mirada nuevamente hacia Ren.


—No beban del agua que borra las mentes, recuerden mi arrullo que sigue presente —Ren tosió, sintiendo sus músculos mermados. Pero no iba a detenerse—. Que la hiedra despierte en la piedra sombría, y abrace el camino que el alma les guía. Por más que la bruma los quiera ocultar, mi voz no descansará de salir a buscar…

Incluso Vince estaba sorprendido con el cambio atmosférico. La forma en que Sylvana recuperó su estado frívolo y comenzó a pelear de nueva cuenta con más cabeza (y menos violencia y molestia) fue una señal de que algo había cambiado; sabía que la elfa había recuperado, de alguna manera, una esperanza que parecía haber perdido antes. Y el hecho de que ahora se enfocase exclusivamente en proteger a Ren demostraba que ella había entendido algo que él aún no lograba discernir.

—Atraviesa el campo, deshaz el temblor, y abriga a los míos con mi propio calor —Ren sintió que el mundo le daba vueltas. Sus manos apretaron fuertemente la franela de Suga, como si quisiera sostenerse de algo para no caer; no quería hacerlo—. Si el paso les pesa, les doy mi energía… Les presto mi pulso para que burlen la umbría… —sonrió, pues, por alguna razón, se sentía en paz—. Abran los ojos, la copa está llena… Dejen la orilla, desaten la pena —inhaló hondo y, después, dejó escapar un suspiro profundo:—. Tomen mi aliento, la fiesta aún no acaba… Vuelvan conmigo… Aquí los espero…

Después de terminar el canto, el lugar quedó en silencio por unos segundos. Todos sintieron el tiempo paralizarse por un instante, visualizando cómo el joven gato caía inconsciente tras entonar su última palabra.

Y, al mismo tiempo, algo inédito ocurrió.


— ¿Por qué tienen las caras tan largas?
​



Blair Blair Hathaway Hathaway Gennai Gennai Maka Maka Everyday Everyday Belgium Belgium Aslan Aslan
Pensé en usar más personajes, pero el post ya me estaba quedando larguísimo; literal borré texto y participaciones que tenía pensadas. En fin, la Divina de Ren está lista. No editaré aún la ficha, pero le hechizo que Ren utilizó es este:

El Retorno de Sémele.

Una plegaria íntima en forma de arrullo, inspirada en su descenso al inframundo, que apela al ciclo de renacimiento de Dionisio. Ren entona un ruego cantado, frágil y desprovisto de orgullo que viaja en un radio de 150m, guiando las almas de sus aliados caídos de vuelta a sus cuerpos.

El canto resucita progresivamente a sus aliados caídos, limpiando cualquier tipo de efecto o estado negativo, cerrando heridas mortales, reponiendo cualquier tipo de pérdida sufrida (sangre, desmembramiento, etc.), retornando al cuerpo a un estado óptimo y mejorado, finalmente devolviéndoles la consciencia. Tras ser resucitados, los objetivos, también, gozarán de un pequeño lapso de tiempo (10 segundos) de un aumento estadístico considerable.

El uso del conjuro fatiga al cantor de manera acumulativa, pero no letal: revivir a un aliado reduce la velocidad y reflejos de Ren durante el combate actual; salvar a un grupo pequeño lo deja incapaz de realizar hechizos por un par de horas y con visión borrosa momentánea; extenderlo a todo el grupo presente le provoca un desmayo inmediato de varias horas al terminar de ejecutar el canto.

Canto: Se los debo, lo leyeron en el post, luego lo acomodo, muacks.

Dejo a su interpretación (a quien quiera postear a continuación) quién hizo, de los resucitados, la pregunta de las caras largas.
 
Última edición:

Everyday

Administrador
Cuando puso un píe en el piso quince este ya era un campo de batalla. Las paredes y suelo retumbaban con cada hechizo materializado, olía a maleza quemada y por supuesto, a sangre. Con un rápido vistazo ubicó a varios integrantes de la familia ya enfrascados en sus propios asuntos, lidiando con esos monstruos invasores con apariencia de plantas y que encarnaban la razón por la cual fueron movilizados hasta ahí en primer lugar.

Pero de entre todas una figura fue la que captó su atención, o más bien se trataban de dos: un Suga con una expresión compleja en su rostro y un inconsciente Ren en el piso. La conclusión a la cual llegó era bastante evidente, después de todo ya la había previsto desde hacía tiempo.


«—El chico gato está muerto... —su atención pasó del rubio a la figura que se movía a toda velocidad hacía este, desde su espalda—. Y ahora, ese otro idiota morirá por llorar en lugar de luchar...»

Una Viola se movió cual serpiente por el suelo y pronto arribó al punto donde Suga y Ren se encontraban. Desde la perspectiva de la criatura aquello sería un ataque sorpresa, demasiado veloz y realizado desde un punto ciego del rubio, aquello seria imposible de eludir. La verdad es que Suga estaba bastante consciente de su presencia del monstruo y de sus intenciones, solo que estaba esperando el momento idóneo para lanzar su contraataque, el cual nunca se efectuó, pues un rayo atravesó la cabeza de la criatura y la hizo convertirse en fina arena.

—Ya podrás enterrarlo después, deberías estar más atento a tu alrededor —fue el regaño de Arsh cuando Asuga se giró hacía donde se encontraba e hicieron contacto visual.

—Lo mismo deberías hacer tú —fue la respuesta que recibió del rubio, mientras este miraba algo a sus espaldas.

Un par de Violas emergieron de la tierra con las fauces abiertas. Ingram ni siquiera se inmutó, le hubiese gustado girarse para ver cómo aquella grácil figura se interponía entre los monstruos y él, solo para cortar sus retorcidos cuerpos con múltiples tajos de su arma que, para un ojo poco entrenado solo se percibirían como un solo corte. Pero sabía que solo sería una pérdida de tiempo siquiera intentarlo, todo aquél espectáculo había terminado en cuestión de un parpadeo.


—Se nos hizo tarde —Melle agitó su espada, limpiando la baba verdusca que se le adhirió. Sus ojos se posaron en el chico felino. Sus siguientes palabras sonaron atropelladas—. ¿Ren está…?

—No, no
—se apresuró a agregar Suga, quien llevó una mano al pecho de Tsukikage, a la altura del corazón—. É-él está vivo —se esforzó en sonreír, pero la mueca apenas duró un instante—. Solo parece haberse esforzado de más, eso es todo. Él que murió fui yo, pero de alguna forma Ren pudo traerme de vuelta…

—¿Ren… te revivió?
—Ingram arqueó una ceja—. ¿Desde cuándo puede hacer algo así? —negó la cabeza con fuerza—. Ni siquiera debería ser esa mi pregunta, ¡¿moriste?!

—S-sí…
—Suga se levantó de golpe y se palpó el pecho y torso—. Una raíz me alcanzó y me perforó… destruyó mi armadura, ¿ves?

Arsh y Melle observaron como, en efecto, la armadura del rubio había sido hecha añicos junto con la ropa debajo de la misma, al punto de que el chico estaba prácticamente semidesnudo de cintura para arriba. Melle se percató de este hecho y se sonrojó ligeramente, apartando pronto la mirada. Arsh a su vez notó la reacción de la chica y frunció el ceño.

—¡Indecente!, cúbrete —se apresuró a quitarse la gabardina, la hizo bola y se la lanzó en la cara a Suga—. ¡Toma!

El chirrido de una Vascum cercana llamó la atención del trío. Esta usó sus raíces para aferrarse a una columna de piedra y después las hizo retorcerse para que treparan por la roca, fungiendo como una polea para elevar el resto de su colosal cuerpo. A medida que la criatura dejaba el suelo, un puñado de Violas fueron regurgitadas, como si la criatura se burlase de los aventureros por haber liquidado solo a un par de sus vástagos.

—No dejaré que toquen a Ren —la mirada de Asuga pareció emanar chispas al ver aquella masa de Violas.

Arsh lanzó una mirada al chico inconsciente. Siempre había pensado que Ren era una carga y para su desgracia, en ese mismo momento el destino parecía darle la razón. Además, estaba arrastrando consigo a Suga, pues sería incapaz de alejarse del muchacho hasta no ser capaz garantizar su seguridad. Arsh podía tener sus quejas sobre Igarashi, pero al final del día era un buen elemento, quedarse como un simple guardián en la retaguardia era una pérdida para el equipo.


—Si quieres perder el tiempo protegiéndolo, hazlo —Asuga miró confundido al pelirrojo—. Nosotros haremos lo que nos ordenó el capitán —Arsh miró a Melle y luego a la Vascum—. Vamos

Y sin más, el pelirrojo comenzó a correr hacía la colosal planta y sus vástagos, aún retorciéndose en el piso, tratando de apartarse unas de las otras para ponerse en movimiento. Asuga seguía tratando de comprender al pelirrojo cuando Melle se interpuso en su línea de visión.

—Cuida de Ren, por favor —la chica se acuclilló y acarició los cabellos del chico felino—. Nos encargaremos de que esta zona sea un poco más segura.





Las Violas se lanzaron al ataque apenas divisaron a Arsh acercándose a su posición, se arrastraron por el suelo moviéndose con una destreza singular, sus cuerpos ignoraban cualquier irregularidad en el camino. Parecían máquinas diseñadas solo a perseguir y alcanzar su objetivo.

—De acuerdo, vengan.

El pelirrojo en lugar de cambiar de dirección, siguió corriendo en línea recta hacía el tumulto de criaturas. Ni siquiera se tomó la molestia de desenfundar sus dagas, sin importar su dominio en estas, resultarían inútiles en contra de las Violas. Sin embargo, había un tipo de arma que era ideal contra ellas… Y por fortuna conocía a alguien que la usaba.

Las Violas siguieron en su persecución ciega, centradas solo en en el pelirrojo que tenían delante. Fue esto lo que les hizo ignorar a la chica de cabellos negruzcos que les interceptó desde otra dirección, percatándose de su existencia solo cuando de sus labios emanaron palabras.


—Conviértete en una espada —corrientes de aire azotaron a las Violas y se arremolinaron alrededor de Melle mientras extendía su mano—, devoto corazón de acero. Usko Nori.

Las Violas abrieron sus fauces dispuestas a morder a su nuevo objetivo, pero ya era tarde. Sus cabezas comenzaron a rodar una a una por el suelo, mientras la fémina de cabellos azabaches danzaba entre ellas sosteniendo una espada invisible, pero que con cada estocada rugía con la fuerza de una tormenta.

Arsh la alcanzó y continuó corriendo, obligando a la chica a seguirle.


—¿Cuál es la idea cuando lleguemos delante de la Vascum? —cuestionó Melle, parecía haber concluido que el pelirrojo había ideado algo, o de lo contrario no se hubiera lanzado sin más a la batalla contra esa colosal criatura.

Después de todo, habían viajado juntos hasta ahí. Catorce pisos de la mazmorra fueron suficientes para conocerse, aunque fuese en cómo operaban al momento de lanzarse a un combate.


—Creo que puedo derribarla. Pero si no es suficiente, tú tendrás que darle el golpe de gracia, ¿entiendes, Melle? —El pelirrojo le lanzó una mirada esperando una confirmación de su parte.

Trabajo en equipo… Depender de alguien más para alcanzar un objetivo. Aquello era una verdadera punzada en el trasero para Arsh ¿Por qué alguien en su sano juicio debería de confiar en otro ser vivo que no fuese él mismo? En ese mismo momento podría estar corriendo directo hacía una muerte segura si resultaba que Melle decidía dar media vuelta y abandonarlo, o si por el contrario había sobrevalorado las habilidades de la chica.


«—Después de todo, las personas solo buscamos nuestro propio beneficio —recitó su mantra, aquella frase que siempre le hizo levantarse del piso, el arma que blandió una y otra vez para abrirse paso hasta el presente—. Entonces, ¿por qué…? ».

La imagen de Suga protegiendo a Ren se proyectó en su mente. La voz del rubio asegurándole que Ren había caído inconsciente después de salvarle la vida resonó como un eco distante. Eso no tenía sentido. Tanto Suga como Ren… Ninguno de ellos estaba siguiendo la lógica que Arsh creía gobernaba al mundo…

—Lo haré —la voz de Melle le trajo de vuelta al presente, la chica no solo seguía su ritmo, sino que ya parecía estar lista para hacer frente al muro de Violas que se interponían entre ellos y su objetivo—. Déjamelo a mí. Te abriré el camino y acabaré con cualquier cosa que te estorbe.

El viento volvió a agitarse, Melle se movió cual bailarina, saltando de un extremo a otro, arremetiendo contra las Violas, cortándolas en múltiples puntos. Arsh se quedó pasmado un instante observándola, antes de recordarse que todo aquel esfuerzo de su compañera sería en vano si dejaba pasar la oportunidad.

Arsh logró llegar a la base del colosal pilar de piedra que la Vascum seguía escalando usando sus raíces, ¿buscaba alejarse lo más posible del suelo para evitar ser alcanzada tan fácilmente? De ser ese el caso, podría haber encontrado una estrategia temible. Seguía lanzando Violas, esta vez caían como proyectiles debido a la altura, algunas incluso no sobrevivían el impacto de caída y las que sí lo conseguían pronto eran blanco de la espada invisible de Melle.

Arsh frunció el ceño.


—Ábrete, quinto jardín —la figura del Vascum se reflejó en sus ojos—. Resuena, novena canción.

Diez círculos mágicos de tono morado y negro se materializaron en el aire, rodeando a la Vascum por completo. La criatura detuvo su avance en ese momento, consciente de la presencia de los mismos.

—Diaval Dis.

Las palabras salieron arrastradas de su boca, como si cada letra pronunciada tuviera un mayor peso que la anterior. Pero cuando aquel nombre hubo sido pronunciado los círculos reaccionaron al instante: cada uno de ellos expelió un pilar de llamas, azotando sin piedad a la Vascum, arrancándole un rugido de dolor mientras era devorada viva por el fuego.

Las raíces se quemaron y pronto la colosal criatura perdió su método de apoyo. La Vascum se precipitó al suelo y se estrelló sin más donde momentos antes también lo hicieron sus vástagos.

Al principio la expresión en el rostro de Arsh fue de incredulidad, la cual pronto se convirtió en felicidad y después volvió a ser una mueca neutra. Había estado practicando ese hechizo, pero nunca había llegado a emplear el total de diez círculos. Sin duda era un logro digno de reconocimiento…

La masa de llamas y humo en la cual se convirtió la Vascum se agitó y algo emergió a toda velocidad de la misma: una raíz aún intacta. Desvaneció la distancia entre ella y Arsh en cuestión de un parpadeo, a una velocidad ridícula…

Y antes de que la raíz atravesara la cabeza del pelirrojo algo la cortó, un torrente de aire, una espada invisible.


—Melle… —fue lo único que salió de la voz de Ingram al ver a la pelinegra delante suya, aún blandiendo aquella espada, con sus cabellos azabaches agitados. Era como si se hubiera materializado ahí mismo.

Melle no dijo nada en ese momento, solo se limitó a apuntar el filo de su arma hacía la Vascum.


—¡Tuvalo!

Una explosión se tragó a la Vascum y la convirtió en una mera nube de polvo.

—Te dije que acabaría con cualquier cosa que te estorbase —Melle se giró por fin y le regaló una fina sonrisa. Agitó su mano, revelando que la espada de aire ya no estaba más con ella.

Arsh miró a la chica delante suya.
Ella tampoco parecía seguir aquella regla. Al contrario, parecía feliz de poder ayudarle.



Blair Blair Arsh y Melle llegaron un momento después de que Suga despertase, por eso no saben nah de na.
Shulman Shulman que ya entierren al niño gato (?)
Belgium Belgium la Melle toda ope(?)
 

Gennai

Eclipse Dynasty Member
La Eternidad no concede segundas oportunidades.​

Arsh permaneció inmóvil durante unos instantes, contemplando a Melle mientras las últimas partículas de la Viscum desaparecían entre las columnas de piedra. El calor residual de su hechizo todavía impregnaba el ambiente, y las corrientes de aire que la muchacha había utilizado para salvarle la vida comenzaban a disiparse lentamente. Había estado a punto de morir. Aquella raíz había surgido de las llamas con una velocidad imposible de anticipar y, de no haber sido por la intervención de su compañera, probablemente habría terminado con el cráneo atravesado antes de comprender lo que estaba ocurriendo. Lo verdaderamente desconcertante no era la cercanía de la muerte, sino la naturalidad con la que Melle había cumplido su promesa. No había vacilado, no había considerado retirarse cuando las circunstancias se volvieron peligrosas y, sobre todo, no había exigido absolutamente nada a cambio. Simplemente había permanecido a su lado porque eso era lo que había dicho que haría.

—¿Qué ocurre? —preguntó Melle, inclinando ligeramente la cabeza al advertir que el pelirrojo continuaba observándola—. ¿Tienes alguna herida? Esa última raíz pasó bastante cerca. Si te alcanzó, deberíamos revisar antes de continuar—.

Arsh apartó la mirada con una expresión que pretendía recuperar su habitual indiferencia, aunque el esfuerzo resultaba evidente para cualquiera que lo conociera suficientemente.

—No estoy herido. Solamente estaba pensando que, si no hubieras intervenido, probablemente habría terminado convertido en otro cadáver de esta maldita caverna. No es precisamente una conclusión agradable, considerando que acababa de utilizar uno de mis mejores hechizos para acabar con esa cosa—.

Melle lo contempló unos segundos antes de responder con absoluta naturalidad.

—Pero no ocurrió. Me pediste que terminara el trabajo si tu ataque no era suficiente, y eso fue exactamente lo que hice. No tienes que darle tantas vueltas, Arsh. Tú confiaste en que podría protegerte y yo confié en que conseguirías derribarla. Así es como se supone que debemos trabajar juntos, ¿no?—

Arsh frunció ligeramente el ceño. Aquella explicación resultaba irritantemente sencilla. Durante años había considerado la confianza una debilidad que otros podían aprovechar, una invitación a que alguien terminara traicionándote cuando dejabas de resultarle útil. Sin embargo, mientras contemplaba a Melle, comenzó a preguntarse si no habría confundido durante demasiado tiempo la prudencia con la incapacidad de aceptar ayuda. No estaba dispuesto a reconocerlo en voz alta, mucho menos en medio de una batalla, pero aquella pequeña victoria había conseguido alterar algo que ni siquiera él sabía que podía cambiar.

—Supongo que esta vez funcionó. No significa que debas acostumbrarte a salvarme—.

—Entonces procura no colocarte delante de otra raíz gigante sin comprobar que realmente está muerta.—.

—Qué considerada—.

Melle sonrió ligeramente antes de volver la mirada hacia el resto del campo de batalla. Todavía podían escuchar los rugidos de las criaturas y el estruendo de los hechizos que iluminaban las zonas más profundas del piso. Su pequeña victoria no había terminado con el enfrentamiento, y ambos lo comprendieron sin necesidad de intercambiar otra palabra. Arsh recuperó sus armas, Melle se colocó a su lado y comenzaron a regresar hacia la posición donde sus hermanos continuaban resistiendo.




A cierta distancia, Vince Durin observaba cómo una de las enormes raíces de otra Viscum se estrellaba contra el suelo, levantando una cortina de polvo que ocultó temporalmente a varios de sus compañeros. El espíritu retrocedió dos pasos para evitar una grieta que acababa de abrirse bajo sus botas y dirigió una mirada calculadora hacia las columnas que sostenían el techo de aquella inmensa caverna. Las criaturas no solamente estaban atacando a los aventureros; estaban utilizando el propio terreno como una extensión de sus cuerpos, aferrándose a las estructuras y modificando constantemente los puntos desde los que podían lanzar sus ofensivas. Aquello representaba un inconveniente mucho más importante que su tamaño. Si continuaban destruyendo las columnas, tarde o temprano el piso entero podría volverse inestable.
Vince había dejado de preocuparse por recuperar las piedras mágicas. No porque hubiera perdido interés en ellas, sino porque la cantidad de variables que debía considerar había aumentado hasta el punto en que distraerse por un pequeño beneficio económico resultaba sencillamente estúpido. Sus ojos azules recorrieron la caverna, identificando la posición de Raikhan, la zona donde Asuga protegía al inconsciente Ren y, finalmente, a sus dos hermanas elfas, que permanecían relativamente cerca de Kenmaru y Alleria.

Alleria estaba viva. Aquello seguía siendo extraño de contemplar. Vince había visto cómo aquella raíz la atravesaba. Recordaba con precisión la velocidad del ataque, la trayectoria y la expresión que había aparecido en sus ojos cuando comprendió que no llegaría a tiempo para impedirlo. Y ahora la veía nuevamente de pie, respirando, sosteniendo su kusarigama y preparándose para continuar el combate.

La magia de Ren había conseguido algo extraordinario. Sin embargo, la existencia de un poder capaz de devolver la vida no convertía la muerte en un inconveniente menor. Vince conocía demasiado bien los peligros de confiar en un recurso cuya naturaleza todavía no comprendían. Ren había quedado inconsciente después de utilizarlo, y nadie podía asegurar que fuera capaz de repetir semejante milagro.

—Alleria, no te alejes demasiado de Kenmaru. Esas criaturas están intentando atacar desde debajo del suelo y todavía no sabemos si pueden repetir el mismo movimiento sin necesidad de preparar sus raíces. Prefiero que mantengamos una distancia desde la que podamos apoyarnos mutuamente hasta que Raikhan consiga reorganizar la formación—.Alleria giró ligeramente el rostro hacia él. Su expresión recuperó aquella firmeza característica que tantas veces había utilizado para dirigir operaciones en circunstancias mucho menos favorables.

—Ya lo había considerado. La última vez cometí el error de concentrarme demasiado en lo que tenía delante y descuidé el terreno bajo mis pies. No volverá a ocurrir. Pero tampoco pienso quedarme detrás de ustedes mientras los demás continúan luchando, Vince. Estoy en condiciones de combatir y todavía puedo ser útil.—.

—No te he pedido que te retires. Te estoy pidiendo que no confundas haber sobrevivido con haberte vuelto invulnerable. Son conceptos bastante diferentes y, considerando lo que acabamos de presenciar, agradecería que no tuviéramos que comprobarlo por segunda vez—.

Sylvana escuchó el intercambio mientras limpiaba con un movimiento breve los restos de vegetación que permanecían adheridos a una de sus dagas. Sus ojos dorados se detuvieron sobre Alleria durante un instante algo más prolongado de lo habitual. La expresión de la elfa plateada permanecía serena, pero había algo en su mirada que no había estado allí antes de que su compañera cayera. No era temor en el sentido convencional. Era una atención más rigurosa, casi incómoda, hacia cualquier amenaza que pudiera aproximarse a la otra elfa.

—Vince tiene razón en una cosa —intervino Sylvana con tranquilidad—. La próxima vez que una de esas plantas intente atravesarte, preferiría que estuvieras suficientemente cerca para cortarla antes de que consiga hacerlo. No tengo ningún interés en descubrir cuántas veces Ren puede repetir semejante hazaña—.

Alleria volvió la mirada hacia ella.

—¿Estás preocupada por mí, Sylvana?— La pregunta fue pronunciada con naturalidad, pero contenía una curiosidad que no había desaparecido desde su conversación en el undécimo piso.

Sylvana sostuvo su mirada sin alterar la postura.

—Estoy preocupada por la eficiencia del grupo. Perder a una combatiente competente en medio de una batalla representa un inconveniente considerable—.

Alleria arqueó ligeramente una ceja.

—Por supuesto. La eficiencia.—

—Me alegra que lo entiendas—.

Vince contempló a ambas durante un segundo, percibiendo nuevamente aquella extraña tensión que las había acompañado desde los pisos superiores. Había notado suficientes detalles para comprender que existía algo entre ellas que no terminaba de resolverse, pero no encontró ninguna razón para intervenir. Mientras aquello no perjudicara su capacidad de combatir, seguía siendo un asunto exclusivamente suyo.

—Magnífico. Ahora que hemos establecido que todos estamos profundamente preocupados por la eficiencia, sugiero que nos concentremos en las plantas gigantes que intentan matarnos. Preferiblemente antes de que destruyan otra columna—.

Sylvana dirigió hacia él una mirada de soslayo.

—Por una vez, Vince, tu sentido práctico resulta oportuno—.

—¿Eso fue un cumplido?— Preguntó el espiritu levantando una ceja.

—No te acostumbres—.

—Lo voy a poner por escrito—.

Alleria ajustó la cadena de su arma y recuperó su posición.

—Hazlo. Pero camina mientras escribes—.

Vince dejó escapar un suspiro resignado y comenzó a avanzar detrás de ambas.

Mientras los tres se desplazaban hacia una zona donde varias Violas habían comenzado a concentrarse, Vince observó de reojo los restos de las criaturas destruidas. Sus cuerpos se desintegraban lentamente sobre el suelo, convirtiéndose en partículas que desaparecían sin dejar prácticamente ningún rastro de su existencia. Resultaba un espectáculo habitual en la Dungeon, uno que había contemplado innumerables veces desde su llegada.

Sin embargo, por alguna razón, aquella vez su mirada permaneció sobre los restos un poco más de lo necesario. Había algo profundamente extraño en la facilidad con la que una existencia podía desaparecer. Incluso para un espíritu. Y entonces recordó una conversación.

No una de las innumerables discusiones que había mantenido con Zeus durante los últimos años, ni alguna de las extravagantes lecciones que su padre acostumbraba impartir a sus hijos cuando consideraba que necesitaban aprender algo importante.

Era un recuerdo mucho más antiguo. De hacía más de mil años. Una conversación sobre la eternidad.

Vince redujo ligeramente el paso sin darse cuenta, mientras las palabras de Zeus comenzaban a regresar desde un rincón de su memoria que había permanecido silencioso durante siglos.

«La eternidad no es un regalo que se recibe una sola vez, hijo mío. Es una decisión que tendrás que tomar todos los días mientras continúes existiendo».

Durante un instante, el estruendo de la batalla pareció alejarse.Pero Vince no llegó a perder de vista a sus hermanas. La voz de Sylvana lo devolvió inmediatamente al presente cuando la elfa advirtió que se había quedado algunos pasos atrás.

—Vince. Apresúrate. No tenemos toda la eternidad para terminar con estas criaturas—.

El espíritu levantó la mirada hacia ella. Por alguna razón, aquellas palabras le parecieron extraordinariamente irónicas.

—Eso es discutible, Sylvana—.

La elfa plateada arqueó apenas una ceja.

—Entonces podrás discutirlo conmigo cuando salgamos vivos de aquí. Ahora muévete—.

Vince recuperó el paso, acomodó su daga y volvió a concentrarse en la batalla. El recuerdo permaneció con él. Y, por primera vez en mucho tiempo, se preguntó si Zeus había comprendido desde el principio algo sobre su hijo que él mismo todavía se resistía a reconocer.



La caverna volvió a estremecerse cuando una de las Viscum descargó sus enormes raíces contra el suelo, abriendo una grieta que se extendió entre las columnas y obligó a varios aventureros a modificar sus posiciones. El estruendo se mezcló con los rugidos de las Violas, cuyos cuerpos serpenteaban entre los escombros buscando cualquier oportunidad para atacar. La batalla estaba lejos de concluir, aunque la intervención de Raikhan y las victorias obtenidas por distintos miembros de la Familia Zeus habían comenzado a reducir considerablemente el número de enemigos. Vince observó el terreno con detenimiento mientras recuperaba su lugar detrás de Sylvana y Alleria. Sus pensamientos regresaron por completo al presente, dejando de lado cualquier recuerdo que pudiera distraerlo. Aquella no era una situación que pudiera resolver limitándose a lanzar hechizos poderosos desde una posición segura. Las criaturas se movían de forma coordinada, utilizaban el terreno a su favor y, lo más importante, parecían capaces de identificar qué aventureros representaban una amenaza mayor. Si querían terminar con aquello sin sufrir nuevas bajas, tendrían que responder con una coordinación semejante.

—Tenemos una Viscum aferrada a la columna del fondo y otras seis Violas desplazándose por los corredores laterales —comentó Vince, señalando discretamente con dos dedos—. Las pequeñas están protegiendo la base de la planta principal. Si intentamos acercarnos directamente, nos obligarán a dividir nuestra atención. Y si utilizo un hechizo demasiado grande, probablemente termine destruyendo la columna antes que a la criatura. No creo que Raikhan aprecie que provoquemos un derrumbe sobre nuestros propios hermanos—.

Sylvana siguió la dirección de su mirada. Sus ojos dorados recorrieron las raíces que se extendían por la roca, identificando los puntos donde la criatura se encontraba mejor protegida. A diferencia de las Violas, aquella Viscum había abandonado parcialmente el suelo y utilizaba sus apéndices para mantenerse suspendida a varios metros de altura. Desde aquella posición podía lanzar ataques contra cualquiera que intentara aproximarse, mientras sus vástagos mantenían ocupados a los aventureros. Era una estrategia relativamente sencilla, pero eficaz contra grupos que carecieran de movilidad o capacidad para atacar a distancia.

—Las Violas están distribuidas en dos grupos —observó Sylvana—. Cuatro permanecen cerca de la columna y las otras dos patrullan el corredor derecho. Si eliminamos primero a las que están alejadas, las restantes intentarán cubrir el espacio que dejen. Eso obligará a la Viscum a redistribuir sus raíces y perder parte de su estabilidad—.

Alleria contempló la disposición de las criaturas mientras hacía girar lentamente el peso de su kusarigama. La cadena produjo un sonido metálico que quedó prácticamente oculto por los ruidos del combate. Sus ojos carmesí siguieron los movimientos de las Violas durante varios segundos, hasta descubrir que aquellas criaturas reaccionaban con particular rapidez a cualquier presencia que se aproximara a la zona central.

—Podemos aprovecharlo. Yo puedo atraer a las dos del corredor derecho y obligarlas a perseguirme hacia el espacio abierto. Sylvana se encargará de interceptarlas cuando intenten rodearme. Una vez eliminadas, las otras cuatro deberían abandonar sus posiciones para proteger a la Viscum. Entonces Vince podrá atacar las raíces que sostienen su cuerpo—.

Vince ladeó ligeramente la cabeza.

—Es una propuesta razonable, aunque hay un detalle que preferiría modificar. Si las atraes demasiado lejos, Sylvana tendrá que abandonar su posición y perderemos la oportunidad de atacar inmediatamente. Podemos hacerlo de otra manera: yo provocaré a las criaturas desde aquí. Alleria, utiliza tu cadena para impedir que retrocedan cuando comiencen a perseguirme. Sylvana, tú decides cuándo eliminarlas. Después nos ocuparemos de las restantes—.

Sylvana contempló al espíritu durante un instante.

—¿Estás proponiendo convertirte voluntariamente en el objetivo de esas cosas?—.

—Preferiría describirlo como una redistribución estratégica de su atención—.

—Qué manera tan elaborada de decir que vas a utilizarlas como cebo—.

—La precisión terminológica es importante—.

Alleria dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Entonces procura no convertirte en un cebo demasiado convincente. No pienso perseguirte por toda la caverna si decides salir corriendo—.

—Me conmueve tu confianza, Alleria—.

—No he dicho que confíe en ti—.

—Eso me conmueve todavía menos—.

Sylvana levantó ligeramente una mano, interrumpiendo el intercambio antes de que pudiera prolongarse.

—Basta. Vince, atrae a las dos primeras. Alleria, bloquea su retirada cuando crucen aquella grieta. Yo me encargaré del resto. Y, por favor, intentemos terminar esto antes de que esas criaturas decidan que somos demasiado entretenidos para matarnos rápidamente—.

Los tres intercambiaron una última mirada. Después comenzaron a moverse.

Vince avanzó hacia el corredor derecho con una tranquilidad que contrastaba notablemente con el caos de la caverna. Su capa se agitaba ligeramente a causa de las corrientes de aire producidas por los hechizos cercanos, mientras una pequeña chispa azulada comenzaba a recorrer sus dedos. Las dos Violas detectaron su presencia casi inmediatamente. Sus cuerpos se elevaron sobre las raíces inferiores y sus enormes fauces vegetales se abrieron, dejando al descubierto varias hileras de estructuras afiladas que recordaban dientes. Vince se detuvo a una distancia prudente, observándolas con una expresión que habría resultado más apropiada para alguien examinando una mercancía defectuosa.

—Bien. Dos especímenes particularmente desagradables. Supongo que no debería sorprenderme considerando la reputación de este lugar—.
Extendió la mano y liberó una descarga eléctrica de escasa potencia contra el suelo, justo delante de las criaturas. La piedra estalló en pequeños fragmentos y las Violas reaccionaron inmediatamente, lanzándose hacia él con una velocidad considerable. Vince retrocedió mientras calculaba sus trayectorias, evitando deliberadamente utilizar un hechizo capaz de destruirlas. Su objetivo no era eliminarlas, sino conseguir que abandonaran el corredor y avanzaran hasta la posición donde sus hermanas aguardaban.
Las criaturas recorrieron varios metros en cuestión de segundos. Una de ellas intentó adelantarse utilizando una pequeña elevación del terreno, mientras la otra continuaba avanzando directamente hacia el espíritu. Vince identificó la maniobra y modificó ligeramente su dirección, permitiendo que ambas creyeran tener una oportunidad de alcanzarlo. Cuando la primera abrió las fauces para atraparlo, el espíritu se desplazó hacia un costado con un movimiento preciso, dejando que la criatura chocara contra el suelo a escasa distancia de sus botas. —Demasiado predecible—.

La segunda Viola intentó aprovechar aquella aparente distracción. Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarlo, una cadena metálica surgió desde el flanco izquierdo y se enroscó alrededor de su cuerpo. Alleria tiró con fuerza y la criatura fue arrancada de su trayectoria y estrellada contra una formación rocosa, mientras la primera intentaba retroceder al advertir que había caído en una emboscada. La elfa oscura no le concedió semejante oportunidad. Con un giro de muñeca, recuperó parcialmente su cadena y lanzó el extremo afilado de su arma contra el suelo, obligando a la Viola a modificar su dirección y exponiendo uno de sus costados.

Sylvana apareció en aquel preciso instante. Sus dagas de mithril describieron dos arcos consecutivos, cortando primero los apéndices que permitían a la criatura desplazarse y después atravesando la parte central de su cuerpo. La Viola se desintegró antes de que pudiera emitir otro rugido. Sylvana continuó su movimiento sin detenerse, aprovechando la inercia para aproximarse a la segunda criatura, que todavía forcejeaba contra la cadena de Alleria.

—Sujétala un instante más—.

—La tengo—. Alleria tensó el arma y modificó la posición de sus pies para impedir que la Viola recuperara el equilibrio. Sylvana se deslizó por debajo de sus fauces y hundió ambas dagas en la unión de su tallo principal. Un movimiento cruzado terminó de seccionar la estructura, convirtiendo al monstruo en una nube de partículas oscuras. Las dos criaturas desaparecieron casi simultáneamente.

Vince contempló el resultado y asintió con evidente satisfacción.

—Excelente. Mucho más eficiente que desperdiciar una cantidad absurda de maná para obtener exactamente el mismo resultado—.

Sylvana limpió una de sus dagas.

—Y bastante más rápido de lo que esperaba—.

Alleria recuperó su kusarigama y dirigió una mirada hacia la columna del fondo.

—Todavía quedan cuatro—.

—Lo sé —respondió Vince—. Y acaban de darse cuenta de que hemos eliminado a sus compañeras—.

Las Violas restantes comenzaron a desplazarse. Tal como Sylvana había previsto, dos abandonaron la base de la columna y avanzaron hacia el corredor, mientras las otras dos permanecían cerca de la Viscum. La criatura principal respondió extendiendo una de sus raíces hacia el suelo, preparándose para intervenir si sus vástagos encontraban dificultades.

Vince observó aquel movimiento.

—Ahí está— Una sonrisa discreta apareció en sus labios. —Sylvana, necesito que te acerques a la base de la columna, pero no ataques todavía. Espera hasta que la Viscum intente recuperar su raíz principal. Alleria, mantén ocupadas a las dos Violas que vienen hacia nosotros, pero no necesitas destruirlas inmediatamente. Quiero que la criatura principal continúe creyendo que puede alcanzarnos—.

Alleria arqueó ligeramente una ceja.

—¿Pretendes obligarla a exponerse?—.

—Exactamente. Su cuerpo es demasiado grande para sostenerse únicamente con las raíces que mantiene sujetas a la parte superior de la columna. Si conseguimos que utilice las inferiores para atacar, perderá estabilidad. Entonces bastará con interrumpir uno de sus puntos de apoyo para obligarla a descender—.

Sylvana examinó la posición de la Viscum y comprendió inmediatamente lo que pretendía.

—Y cuando descienda, podremos atacarla sin preocuparnos por destruir la columna—.

—Preferiblemente— agregó el espíritu.

—¿Preferiblemente?—.

—La arquitectura de la Dungeon no es precisamente mi especialidad—.

Alleria negó ligeramente con la cabeza.

—Espero que tus cálculos sean mejores que tus explicaciones—.

—Mis cálculos son excelentes y mis explicaciones dependen de cuánto me paguen por ofrecerlas—.

Sylvana no respondió, aunque una pequeña sonrisa irónica apareció en sus labios antes de desaparecer entre las sombras de una formación rocosa.
Alleria avanzó hacia las Violas. Su kusarigama comenzó a girar alrededor de su cuerpo, describiendo círculos cada vez más amplios. Las criaturas reaccionaron inmediatamente, intentando aproximarse desde direcciones opuestas. La elfa oscura se desplazó hacia la izquierda, obligando a una de ellas a perseguirla, mientras utilizaba el extremo de su cadena para mantener a la otra a suficiente distancia. Sus movimientos eran firmes, seguros y perfectamente calculados. No había olvidado lo ocurrido cuando una raíz la atravesó, pero tampoco permitiría que aquella experiencia la convirtiera en una combatiente temerosa.

Una de las Violas consiguió aproximarse demasiado. Alleria reaccionó con rapidez, utilizando la cadena para envolver parcialmente su cuerpo y arrastrarla hacia la trayectoria de su compañera. Ambas criaturas chocaron violentamente, enredando sus apéndices durante unos segundos.

—¡Vince, ahora!—.

El espíritu extendió su mano derecha. Una descarga eléctrica recorrió el suelo hasta alcanzar la base de la columna, donde la Viscum acababa de extender otra raíz para atacar a Alleria. La electricidad no estaba dirigida contra su cuerpo principal, sino contra los apéndices que utilizaba para sostenerse. El impacto provocó una contracción inmediata de sus tejidos y la criatura respondió retirando instintivamente una de sus raíces.
Aquello fue suficiente.

—Sylvana—.

La elfa plateada ya estaba en movimiento. Desde su posición, había esperado exactamente aquel instante. Sus ojos dorados identificaron la raíz que permanecía aferrada a la parte inferior de la columna y sus labios pronunciaron el nombre de uno de sus hechizos.

—Intense Heat—. El calor se concentró alrededor del punto de contacto, debilitando rápidamente la estructura vegetal. Sylvana aprovechó la reacción de la criatura para avanzar y descargar ambas dagas sobre la zona afectada. El tejido, debilitado por la magia, cedió bajo el filo del mithril.
La Viscum perdió uno de sus apoyos principales, su enorme cuerpo comenzó a inclinarse y un rugido estremecedor recorrió la caverna mientras la criatura intentaba aferrarse desesperadamente a la columna con las raíces restantes. Sin embargo, Vince ya había previsto aquella reacción.

—Alleria, retírate hacia la izquierda. Sylvana, aléjate de la base. Voy a derribarla—. Ambas obedecieron sin vacilar, luego Vince extendió nuevamente su mano. —Thunder Ray—. Un relámpago concentrado atravesó el espacio y alcanzó directamente la última raíz que mantenía estabilizada a la criatura. La descarga provocó una violenta contracción que terminó por desprenderla de la roca. La Viscum cayó desde varios metros de altura y se estrelló contra el suelo con un estruendo que hizo temblar las columnas cercanas. El impacto levantó una nube de polvo Pero la criatura seguía viva.
Sus raíces comenzaron a agitarse violentamente, intentando recuperar el equilibrio mientras las dos Violas restantes se lanzaban hacia la posición de Vince.

El espíritu observó cómo se aproximaban.

—Alleria, Sylvana. Las pequeñas son suyas. Yo me encargo de la grande—.

—Entendido —respondió Alleria.

—Procura no destruir medio piso —añadió Sylvana.

—Haré lo posible por limitar los daños materiales—.

Las dos elfas avanzaron simultáneamente. Alleria interceptó a la primera Viola con su kusarigama, utilizando la cadena para desviar sus fauces hacia un costado. Sylvana aprovechó la abertura para hundir una de sus dagas en el cuerpo de la criatura, mientras la segunda intentaba atacarla desde atrás. Sin necesidad de recibir una advertencia, Alleria modificó la trayectoria de su arma y atrapó uno de los apéndices de aquella Viola, impidiendo que alcanzara a su compañera.

—Tu izquierda —indicó Alleria.

—Ya la tengo—. Sylvana giró sobre su propio eje y cortó el apéndice que la amenazaba. Después retrocedió apenas lo suficiente para permitir que Alleria utilizara el peso de su cadena y arrastrara a la criatura hacia una posición más favorable. Ambas actuaban con una coordinación cada vez más natural. No necesitaban largas explicaciones. Bastaba con observar la postura de la otra, anticipar sus movimientos y aprovechar las oportunidades que surgían.

Mientras tanto, Vince avanzó hacia la Viscum caída. La criatura intentó incorporarse, extendiendo varias raíces hacia él. El espíritu evitó la primera con un desplazamiento lateral y utilizó su daga para cortar la segunda, reforzando momentáneamente el filo con energía mágica. Una tercera raíz surgió desde el suelo, obligándolo a retroceder. Vince no intentó resistirla directamente; permitió que atravesara el espacio que acababa de abandonar y aprovechó la oportunidad para aproximarse al cuerpo principal.

Había identificado algo importante. Las raíces de la Viscum reaccionaban con mayor rapidez cuando el enemigo permanecía lejos de su cuerpo, pero resultaban considerablemente menos eficientes cuando alguien conseguía aproximarse demasiado. La criatura necesitaba espacio para utilizar toda su fuerza y, al encontrarse parcialmente derribada, sus propios apéndices limitaban sus movimientos.

Vince levantó la mirada hacia la masa vegetal.

—Debo admitir que eres bastante resistente. Aunque eso no compensa tu absoluta falta de elegancia—. La Viscum respondió lanzando otra raíz contra él. El espíritu la esquivó por escasos centímetros y extendió una mano hacia el punto donde varias estructuras vegetales convergían. Una pequeña esfera eléctrica comenzó a formarse frente a sus dedos. No necesitaba un hechizo gigantesco.
Solamente uno suficientemente preciso. —Thunder Ray—. La descarga penetró directamente en la estructura central de la criatura, recorriendo sus tejidos y provocando una reacción en cadena que hizo contraerse violentamente todas sus raíces. La Viscum intentó incorporarse por última vez, pero sus apéndices dejaron de responder de manera coordinada.

Su cuerpo comenzó a desintegrarse. Vince retrocedió antes de que la masa vegetal terminara de derrumbarse, observando cómo una piedra mágica considerablemente grande quedaba expuesta entre los restos. Durante un instante, sus ojos adquirieron un brillo de genuino interés.

—Oh. Eso sí parece prometedor—.

Cuando Alleria terminó de eliminar a la última Viola, descubrió que Vince ya se encontraba examinando la piedra mágica de la criatura principal. El espíritu la sostenía entre ambas manos, observando su superficie con una concentración que contrastaba notablemente con la indiferencia que había mostrado durante buena parte del enfrentamiento.

—¿En serio? —preguntó Alleria mientras se aproximaba—. ¿Acabamos de sobrevivir a una batalla contra monstruos capaces de destruir este piso y lo primero que haces es examinar el botín?—.

Vince levantó la mirada.

—No veo por qué ambas actividades deberían ser incompatibles—.

Sylvana llegó unos segundos después, guardando una de sus dagas mientras observaba el cristal.

—Supongo que debemos agradecer que hayas esperado hasta terminar de matar a la criatura antes de recogerlo—.

—Exactamente. Estoy demostrando una extraordinaria capacidad de autocontrol—.

—¿Y cuánto crees que vale?— Alleria cruzó los brazos.

Vince examinó nuevamente la piedra.

—Todavía no lo sé. Pero considerando el tamaño, la pureza y la anomalía mágica de estas criaturas, sospecho que podría tener un valor considerable para cualquier investigador interesado en la naturaleza de la Dungeon. Aunque, por supuesto, primero tendríamos que determinar si el Gremio pretende confiscarlas bajo algún pretexto administrativo—.

Sylvana inclinó ligeramente la cabeza.

—Deberíamos entregársela a Raikhan. La misión consiste precisamente en investigar estas criaturas—.

Vince guardó silencio durante unos instantes. Después contempló la piedra mágica con evidente pesar.

—Tienes razón. Qué desagradable sensación—.

Alleria dejó escapar una breve exhalación divertida.

—¿La de cumplir con tus responsabilidades?—.

—La de renunciar a una excelente oportunidad comercial—.

Sylvana extendió la mano.

—Dámela. La guardaré hasta que encontremos al capitán—.

Vince la observó con cierta desconfianza.

—¿Por qué debería entregártela?—.

—Porque eres perfectamente capaz de convencerte de que conservarla constituye una necesidad científica—.

—Eso sería una justificación legítima—.

—Vince—.

El espíritu suspiró y finalmente depositó el cristal en la mano de Sylvana.

—Está bien. Pero quiero que conste que esta decisión representa un sacrificio económico considerable por el bienestar colectivo—.

—Tu generosidad será recordada —respondió la elfa plateada con su habitual ironía.

Alleria contempló a ambos mientras Sylvana guardaba la piedra. Había algo peculiar en la facilidad con la que Vince y la elfa plateada intercambiaban aquellas observaciones mordaces. No necesitaban demostrar confianza mediante grandes declaraciones, ni parecían particularmente interesados en obtener la aprobación del otro. Simplemente se comprendían, incluso cuando estaban discutiendo por algo tan absurdo como una piedra mágica.

Aquello despertó en Alleria una curiosidad que no estaba dispuesta a examinar demasiado en aquel momento. Sin embargo, también había descubierto algo durante el combate. Sylvana había confiado en ella. No de manera abstracta, ni mediante palabras destinadas a tranquilizarla, sino permitiéndole cubrir su espalda mientras ambas enfrentaban a criaturas capaces de matarlas. Y ella había respondido del mismo modo. Quizá todavía existían demasiadas preguntas entre las dos, demasiados silencios y verdades que Sylvana se resistía a compartir, pero aquella coordinación había demostrado que podían encontrar puntos de entendimiento incluso cuando las palabras resultaban insuficientes.

La elfa de ojos carmesí se aproximó ligeramente a su compañera.

—Sylvana—.

—¿Sí?—.

—Lo hiciste bien—.

La elfa plateada giró apenas el rostro.

—Tú tampoco estuviste mal—.

Alleria sonrió con discreción.

—Supongo que, viniendo de ti, eso es prácticamente un elogio extraordinario—.

Sylvana sostuvo su mirada durante un instante. Una tenue sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—No permitas que se te suba a la cabeza—.

Vince, que había comenzado a revisar sus reservas de maná, intervino sin levantar la mirada.

—Si ya terminaron de felicitarse mutuamente, sugiero que volvamos con los demás. Todavía hay criaturas en otros sectores y me gustaría comprobar que Ren continúa respirando antes de que alguien decida utilizarlo como explicación para otro milagro—.

Las dos elfas recuperaron inmediatamente la seriedad. El nombre de Ren les recordó que, aunque habían conseguido una victoria importante, la batalla había exigido un precio que ninguno de ellos estaba preparado para olvidar.

Sylvana dirigió una última mirada hacia la zona donde la Viscum había desaparecido.

—Vamos. No debemos dejar solo al resto de la Familia—.

Alleria asintió y ajustó nuevamente su arma. Vince recuperó su posición detrás de ambas, comprobando que todavía conservaba suficiente energía para intervenir si surgía otra amenaza. Los tres comenzaron a desplazarse entre las columnas, avanzando hacia el lugar donde continuaban escuchándose los enfrentamientos.
Esta vez, sin embargo, algo había cambiado. No caminaban simplemente como tres aventureros que habían coincidido en una expedición.
Tampoco como individuos obligados a cooperar por las circunstancias. Habían comenzado a comprender cómo se movía cada uno, cuándo intervenir, cuándo retroceder y cuándo confiar en que el otro cumpliría su parte.

Para Alleria, aquella coordinación representaba una oportunidad de acercarse a Sylvana sin exigirle respuestas que todavía no estaba preparada para ofrecer.

Para Sylvana, significaba aceptar que la presencia de aquella elfa más alta podía convertirse en algo más que una responsabilidad incómoda.

Y para Vince...

Bueno, Vince estaba calculando cuánto podría haber obtenido por aquella piedra mágica si hubiera conseguido venderla por su cuenta.
Aunque incluso él tuvo que reconocer, mientras contemplaba a sus dos hermanas caminando delante de él, que trabajar con ellas había resultado bastante más agradable de lo que esperaba.

—Oigan —comentó finalmente—. Cuando salgamos de aquí, deberíamos considerar repetir esta formación en futuras expediciones. Hemos conseguido eliminar una Viscum sin sufrir heridas y con un consumo de maná relativamente aceptable. Desde un punto de vista estrictamente práctico, me parece una inversión razonable—.

Alleria volvió ligeramente la cabeza.

—¿Eso significa que te gusta trabajar con nosotras?—.

Vince consideró la pregunta.

—Significa que son competentes, no hacen preguntas innecesarias durante el combate y, hasta ahora, ninguna ha intentado quedarse con mi parte de las ganancias—.

Sylvana levantó una ceja.

—Qué declaración tan conmovedora—.

—No esperaba que la apreciaras—.

Alleria sonrió.

—Entonces lo tomaremos como un sí.

Vince no se molestó en corregirla. Y los tres continuaron avanzando hacia sus hermanos, mientras el estruendo de la batalla volvía a hacerse más intenso al otro lado de la caverna.
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Shulman Shulman Hathaway Hathaway Blair Blair mención al principio Everyday Everyday Belgium Belgium tuve que corregir unas cositas porque Poro cambió algunas, espero este bien si hay algo mal hay me dicen y edito que luego que ya me duelen los dedos (?)
 

Hathaway

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Moderador
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Al fondo de la caverna, las dos Viscum que seguían en pie se reacomodaban entre las columnas con la paciencia de quien sabe que el tiempo juega a su favor; sus raíces se hundían en las grietas, y de entre sus hojas caía cada tanto una nueva Viola, que tardaba apenas unos segundos en desenroscarse y buscar algo que morder.

Raikhan recorrió el campo con la mirada, llenó el pecho de aire y rugió. El Howl Dominus se extendió por la caverna como una onda que se sentía más en los huesos que en los oídos; las Violas más cercanas se detuvieron, inquietas, mientras los hijos de Zeus sentían que algo se les acomodaba por dentro.

— ¡FORMACIÓN CERRADA! —la voz del capitán fue escuchada— ¡NADIE PELEA SOLO A PARTIR DE AHORA!

No hizo falta repetirlo. Viper y Noir tomaron el flanco izquierdo casi sin mirarse; la cadena de la kusarigama abría espacio y las dagas de mithril lo cerraban. Detrás de ellas, Magic Buster mantenía la distancia justa, con los dedos chisporroteando y la vista fija en el suelo más que en las criaturas.

—Sylvana, atrás —dijo de pronto el espíritu.

La elfa saltó sin preguntar, y un instante después una raíz afilada brotó de la piedra justo donde había estado parada. Vince la partió con un rayo antes de que terminara de salir.

—Muy bien, así me gusta, que sea yo tu centro de atención.
—Bah, el suelo se agrietó un segundo antes —respondió él, sin apartar la vista de la piedra—. Esta vez no pienso dejar que nadie lo descubra por las malas.

Desde una cornisa de piedra, Kenmaru los cubría a los tres. No necesitaba que nadie le marcara el ritmo; le bastaba con ver hacia dónde se inclinaban los hombros de las elfas para saber dónde iba a asomar la siguiente Viola, su flecha ya estaba ahí cuando la criatura salía de la tierra. Alleria levantó la cadena para rematar a una y descubrió que ya no tenía nada que rematar.

—Esa era mía —comentó sin voltear, con un poco de gracia.
—Lo sé —Kenmaru tensó el arco otra vez, con media sonrisa —, por eso llegué primero.

Por el flanco derecho, The Red Hunger y Bouclier regresaban de su propia batalla. Arsh traía la respiración más pesada de lo que quería admitir, y esta vez no buscó el hechizo grande: lanzaba dagas para distraer, se movía rápido, y cuando una Viola se exponía, no se lanzaba sobre ella. Esperaba. La espada de aire de Melle aparecía un instante después, siempre en el lugar correcto, y Arsh ya había empezado a contar con eso sin darse cuenta.

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Lily no peleaba. Había llegado hasta Suga con el martillo en la mano y la respiración entrecortada, lista para soltar alguna broma pero se detuvo en seco al ver el estado del rubio. Ren seguía inconsciente a sus pies; Aegisheart estaba de pie frente a él con la espada negra lista y la gabardina de Arsh echada sobre los hombros. Debajo asomaba lo que quedaba de su armadura: el peto partido por la mitad, un agujero del tamaño de un puño justo a la altura del corazón y la piel debajo intacta. La herrera se quedó mirando ese agujero más tiempo del necesario.

—Me dijeron que te moriste —dijo por fin.
—Un rato... —Suga intentó sonreír— Ren me trajo de vuelta.
—Ya veo. —Se agachó y pasó los dedos por el borde del metal roto; Oculus Faber le mostró al instante lo que ya sospechaba: aleación barata, mal templada, remaches de relleno— Y esta porquería te dejó morir. ¿Quién te la vendió?
—Un herrero en el camino a Orario. Era… económica.
—Se nota.

Una Viola se arrastró hacia ellos desde un costado y Suga la partió en dos sin moverse de su sitio. Lily ni siquiera levantó la vista; para ese momento ya estaba ocupada apartándole el cabello de la frente a Ren con dos dedos.

—Mira nada más, duerme como si acabara de terminar una fiesta —murmuró, y la sonrisa le volvió al rostro cuando miró a Suga de arriba abajo—. Y tú, peleando medio desnudo en el piso quince. Si sabía que había función, me venía más temprano.
—¡Lirael! —la voz de Taiga se escuchó a lo lejos, la herrera no necesito que dijera más.
—Ya, ya. Ahora en serio —se puso de pie y le dio dos golpecitos al borde del peto—. No puedes seguir peleando así. La próxima raíz no va a fallar, y yo no tengo ganas de llorar en una mazmorra. Te voy a hacer una armadura nueva. Aquí. Ahora.
—¿Con qué?

Hammer abrió la boca para contestar y la cerró. Tenía herramientas, fuego y manos; lo que no tenía era un núcleo, algo que sostuviera lo que quería hacer.

—Con esto. —Sylvana se acercó por detrás de ellos. Tenía la piedra mágica de la Viscum en la mano extendida: un cristal grande, de un verde casi negro, con vetas que palpitaban como si algo dentro todavía no hubiera aceptado morir— Es de la que derribó Vince. Raikhan la quería para algo más, lástima que ni la podrá sentir.

Lily tomó la piedra, y apenas la tocó, Oculus Faber le llenó la cabeza de información: una densidad mágica absurda para su tamaño, una estructura que absorbía y retenía energía como lo hacían las raíces. Silbó por lo bajo, con los ojos iluminados.

—¿Sabes lo que me estás dando?
—Algo mejor que lo que tenía él puesto.
—Mucho mejor. —La miró de reojo, con media sonrisa— ¿Y por qué? Tú no eres de las que regalan cosas.

La elfa oscura bajó la mirada hacia Asuga y el agujero del peto. Por un instante, apenas uno, su expresión cambió; luego volvió a ser la de siempre.

—Porque ese hueco no debería volver a llenarse con nada que no sea metal —se dio la vuelta y regresó a la línea de combate antes de que la herrera pudiera responder. Alleria la recibió con la cadena girando y una sola mirada que no preguntó nada.

Vince había visto el intercambio desde lejos. Se quedó observando la piedra en las manos de Lily un momento más de lo necesario, con la expresión de quien acaba de entender algo que no esperaba.

—Esa raíz atravesó a dos de los nuestros —murmuró el espíritu— y ahora va a proteger a uno.
—Así es la herrería —respondió Kenmaru desde arriba, soltando otra flecha—. Lo que mata, bien trabajado, también cuida. Lily lo sabe mejor que nadie.

Durin no contestó. Lanzó un Thunder Ray contra la Viola más cercana y volvió a fijar la vista en el suelo.

—Cuídanos mientras trabajo —pidió Lily a Asuga, quitándose las sandalias de un par de sacudidas—. Lo que se acerque, lo cortas. Y nada de mirarme feo si canto, que así trabajo mejor.

Se arrodilló sobre una placa de piedra firme y las campanitas de sus tobillos sonaron una última vez antes de quedarse quietas. Mientras acomodaba el Forjador Solar frente a ella, la risa se le fue apagando del rostro hasta dejar una expresión que muy pocos en la Familia conocían: los ojos fijos, la respiración lenta, las manos completamente seguras.
—Fuego eterno, latido divino, arde en mi pecho, llama sin destino. De mi ser nace, calor sin final. ¡Llama Vital, enciende mi fragua celestial!

El fuego le brotó de las palmas, lleno de colores arcoiris en el centro y blanco en los bordes. No necesitaba yunque ni horno; la fragua era ella. Fundió lo poco que servía del metal viejo y después sostuvo la piedra dentro de las llamas. El cristal resistió; las vetas se encogieron como si el fuego les doliera, y por un momento Lily sintió algo parecido a una raíz intentando agarrarse de sus dedos.

—Tranquila —le dijo en voz baja a la rupia, casi con ternura—. Ya terminó todo eso. Ahora vas a ser otra cosa.

El primer martillazo cayó con Lux Orichalci. La runa del martillo se encendió y un pulso de luz atravesó la piedra hasta el fondo; el verde se aclaró, se volvió ámbar y después dorado, como si el fuego le hubiera quemado la memoria a la planta y solo hubiera dejado la fuerza. Lily siguió golpeando, tarareando una melodía sin letra al compás del martillo, mientras a su alrededor Suga cortaba Violas y las flechas de Kenmaru caían.

—¿Necesitas una mano con eso? —Le gritó el lobo desde su cornisa, con una sonrisa ladeada— Prometo no tocar nada que no me dejes tocar.
— ¡Necesito que no me distraigan, Kinji! —Canturreó ella sin levantar la cabeza— Si quieres aprender, mira y calla. Te cobro la clase después.
—Qué raro. Pensé que era yo el que tenía que cobrarte por el espectáculo.
—¡Ja! Un novato retando a una maestra. Sigue soñando, perrito.

Kenmaru se rió por lo bajo, pero se quedó mirando un segundo de más antes de volver a tensar el arco. Conocía el oficio lo suficiente como para entender lo que estaba viendo y aún así observar a Lily trabajar era atrapante.

La elfa estiró el metal en láminas finas y las dobló una y otra vez, metiendo entre capa y capa hilos de la piedra transformada, como venas. El peto salió plateado y limpio, y el dedo de la herrera dejó un ribete dorado en cada borde. Hizo las hombreras en dos placas escalonadas, los brazales lisos y largos, y con lo que sobró sacó rodilleras en punta y escarpes para las botas, porque se negaba a dejar el trabajo a medias. Al final talló el núcleo en forma de rombo y lo encajó en el centro del peto, rodeado de líneas doradas que salían de él como rayos. Justo donde había estado el agujero.

—Mano que crea, alma que guía, enlace sagrado que nunca se enfría. Vínculo eterno entre herrero y guerrero, responde a mi llamado, vínculo sincero. ¡Nexus Faber!

La gema respondió con un latido suave, amarillo, y después se quedó quieta. Lily se sentó sobre los talones; miró la armadura en silencio un momento, y luego sonrió como una niña.

—Suga —canturreó— Quítate esa gabardina, que Arsh la va a querer de vuelta.

Le lanzó a la cara una túnica blanca con franjas azul marino, la que siempre cargaba de repuesto por si algún idiota volvía de la mazmorra sin camisa, y lo ayudó a vestirse con tirones rápidos y precisos. La armadura le quedaba exacta, como si la hubiera medido durante meses; apenas el peto se cerró sobre su pecho, la gema se encendió, y Suga sintió un cosquilleo que le subía hasta los dedos.
—Se siente… viva.
—Lo está, más o menos —Lily se limpió la frente con el antebrazo—. Esa piedra absorbía energía para mover a la Viscum. La quemé hasta que olvidó que era planta, pero no le quité la costumbre. Ahora absorbe rayo. El tuyo, el de Rai, el de Vince, el de Arsh. Lo que te caiga encima lo guarda, y lo suelta junto con tu Dio Thyrsos. Mientras más rayo te caiga, más fuerte golpeas.
—En una Familia donde la mitad pelea con rayos...
—¿Verdad que soy brillante? —le guiñó un ojo— Se llama Aegis Tonantis. La Égida del Trueno. Si la rompes, te pongo a pulir todas las armas de la Familia durante un mes. Incluidas las de Rai, que son enormes.

Suga se rió, y por primera vez desde que había vuelto a respirar, la risa le salió entera.

—Vete —Hammer alzó el Forjador Solar sobre el hombro y se plantó junto a Ren— Yo me quedo con este bello durmiente.

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Aegisheart entró al campo de batalla corriendo hacia donde estaba Fulgur Bestia. Cuando la última Viscum descargó sus raíces sobre el centro de la caverna, el capitán no se apartó: cargó Ikazuchi con Fulmen Clavis y golpeó la raíz más gruesa justo cuando Suga pasaba a su lado. La descarga saltó del filo, buscó el metal más cercano y se hundió en la gema del peto.

—Lindo juguete —dijo Raikhan con media sonrisa—, veamos que tanto aguanta.
—¡Estrenemos esto! ¡Vince! —Gritó Suga.
—¿Me estás pidiendo que te dispare? — Preguntó el espíritu.
—¡Sí!
—Es la petición más sensata que me han hecho hoy —desvió su Thunder Ray directo al pecho del rubio.

Desde el otro lado, Arsh entendió el juego y soltó Varian Hildr hacia el mismo punto.

—Primero se muere, y ahora pide que le caigan rayos encima —murmuró mientras el relámpago salía de su mano—. Hay gente que no aprende.

La Égida bebió los tres. Suga alzó la espada negra sobre su cabeza, con la hoja ya chispeando.

—Arrasa, bastón sagrado del aplastante mal. ¡Dio Thyrsos!

Lo que salió no fue el estallido de siempre, sino una columna de rayo tan gruesa como el tronco de la Viscum, que la atravesó desde la base hasta la corona y siguió de largo hasta estrellarse contra el techo. La criatura no tuvo tiempo de rugir; se deshizo en una lluvia de ceniza verde que cayó sobre toda la caverna como nieve sucia.

—Vaya —exclamó Kenmaru, sacudiéndose la ceniza del hombro—. Si así golpeas con armadura nueva, Suga, no quiero imaginar lo que harías con una que yo te hiciera.
—¡Oye! —le gritó Lily desde el rincón de Ren, entre risas— ¡Te escuché!
—Esa era la idea, cariño.

Quedaba la otra, pero ya no tenía Violas que la cubrieran, y la Familia ya no estaba dispersa.

—¡Arsh! — Melle se interpuso con su Knight Wall delante del pelirrojo y absorbió con el brazo una raíz que le habría partido las costillas. Arsh aprovechó el hueco que ella le abrió y clavó dos dagas en la base de la raíz.
—Te tengo la base —avisó por el otro lado Alleria, y su cadena se enroscó alrededor del tronco de la criatura.

Kenmaru le clavó dos flechas paralizantes en las raíces de apoyo. Sylvana subió por el tronco caído de la primera Viscum, saltó y hundió las dagas cargadas con Velgus en el tallo principal; la luz morada se extendió por dentro de la planta como una enfermedad. Al caer, su pie izquierdo se apoyó sobre una raíz que todavía se movía y el tobillo giró hacia dentro. Fue un instante, nada más; amortiguó el resto con la rodilla, se levantó y siguió la pelea.

—¡Capitán, es tuya! —gritó Suga.

Ikazuchi cortó a la Viscum envenenada en dos, y el piso quince, por fin, se quedó en silencio.

El capitán no permitió que nadie celebrara. Contó a su gente uno por uno, en voz baja; contó dos veces a quienes habían caído y se habían vuelto a levantar. Después se quedó un rato largo mirando a Ren, que dormía en brazos de Lily con la cara tranquila de quien no sabe lo que ha hecho.

—Está bien, Rai... —le dijo la herrera en voz baja— Solo está cansado.
—Lo sé —no sonaba muy complacido—. Sigamos hacia abajo. En Marcha.

Nadie discutió.

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Cruzaron el dieciséis sin detenerse y el diecisiete en silencio, rodeando las áreas con cuidado. Suga cargaba a Ren a la espalda, y Lily caminaba a su lado tarareando una canción de su aldea a la que le había cambiado la letra por algo bastante menos decente.

—Lily, por favor —pidió Melle, tapándose la boca para no reírse.
—¿Qué? Si la canta todo el pueblo.
—Seguro que tu versión es la que más se canta —comentó Arsh con mofa—, solo que a escondidas.
—¿Ves? Él me entiende... Creo.

Al final de la última escalera, la luz cambió. El piso dieciocho se abrió frente a ellos como si la mazmorra hubiera decidido, solo por esta vez, ser amable: un techo altísimo cubierto de cristales, blancos en el centro como un sol pálido y azules alrededor como un cielo que nunca terminaba de ser de día; un bosque inmenso salpicado de cristales que teñían los troncos de un resplandor frío; un lago quieto como un espejo; y sobre un acantilado del lado este, las luces de Rivira.

El Under Resort.

Vince se detuvo en el último escalón y se quedó mirando el techo un largo rato, con la cabeza ligeramente inclinada.

—Había leído sobre este lugar —dijo en voz baja—, ningún libro le hace justicia.

Raikhan eligió un claro junto al lago, lejos del pueblo; nadie protestó, nadie tenía ganas de ver gente. Lily acomodó a Ren sobre una manta que sacó de su mochila de materiales, bajo un cristal azul, se sentó a su lado con el martillo sobre las piernas.

—La piedra era para el Gremio —le dijo el capitán al pasar junto a ella.
—Ahora es para Suga —respondió Hammer, sin un gramo de arrepentimiento—. Si el Gremio quiere investigarla, que venga a pedirle permiso.

Algo parecido a una sonrisa le cruzó el rostro a Fulgur Bestia antes de desaparecer.

En cuestión de minutos, la herrera se quedó dormida sentada, con la cabeza ladeada contra el tronco. Suga le puso otra manta encima sin despertarla y se sentó al otro lado de Ren, pasando los dedos una y otra vez por la gema de su peto. Kenmaru se acercó en silencio y se agachó junto a él.

—Déjame verla —pasó los dedos por los ribetes dorados, por las juntas de las hombreras, por el borde de la gema, y no dijo nada durante un rato largo—. Es buena. Muy buena.
—¿Celoso?
—¿De Lily? Tal vez, ¿quién sabe? —Kenmaru levantó la vista hacia él, con una sonrisa lenta— Pero me da curiosidad saber cómo te queda sin nada de ella.

Suga se atragantó con su propia risa. Kenmaru le dio una palmada en el peto, justo sobre la gema, y se levantó como si no hubiera dicho nada.

Arsh se dejó caer contra un árbol con la cabeza latiéndole de cansancio, ese que deja la magia usada más allá de lo prudente. Cuando abrió los ojos, Melle estaba sentada a un metro de él, revisando las cuerdas de su violín; tenía el antebrazo izquierdo morado desde la muñeca hasta el codo, donde había recibido la raíz que iba para él; ella no había dicho una sola palabra al respecto. Arsh miró el moretón, miró hacia otro lado y le tiró una venda de su cinturón.

—Véndate eso. Me pone nervioso verlo.
—¿Te preocupas por mí, Arsh?
—Solo me preocupa que no pueda escuchar un poco de música mañana. —Melle sonrió sin levantar la vista y empezó a vendarse.

Alleria se sentó contra un cristal a la orilla del bosque, desde donde podía ver tanto el lago como la entrada del claro.

—Deberías dormir un poco — Le dijo Suga desde lejos.
—Duermo mejor cuando sé por dónde puede llegar algo — respondió Noir—. Desde aquí lo veo todo.

Vince se arrodilló a la orilla del lago y metió las manos en el agua fría, siseando entre dientes. Tenía las palmas enrojecidas y la piel de los nudillos tirante y agrietada, como si las hubiera tenido demasiado tiempo cerca de una fragua eléctrica. Se quedó mirando su reflejo deformado por la luz de los cristales, en silencio, y por un momento pareció muy lejos de ahí.

Sylvana fue la última en sentarse. Caminó hasta la orilla con el mismo paso de siempre, sin apurarse, sin apoyarse en nada; solo quien la estuviera mirando con mucha atención habría notado que cargaba un poco menos de peso sobre el pie izquierdo. Se quitó las botas sin prisa y metió los pies en el agua fría, cerca de Vince. El tobillo le latía, hinchado apenas bajo la piel gris. No dijo nada. Vince la miró de reojo, después miró sus propias manos en el agua, y volvió a mirar el lago. Tampoco dijo nada.

Raikhan no se sentó. Se quedó de pie en el borde del claro, mirando hacia la escalera por donde habían bajado, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Cuatro de sus hermanos habían muerto en el piso quince. Cuatro. Y todos estaban ahí, respirando, solo porque un muchacho que ni siquiera sabía que podía hacerlo había cantado una canción. Si Ren no hubiera estado, o si hubiera dudado un minuto más…
No terminó el pensamiento. No hacía falta.

Detrás de él, sobre la manta, Ren se movió en sueños y murmuró algo que nadie alcanzó a entender; sonaba como una canción. Más atrás, al borde del bosque, Himawari y Alix se habían tendido sobre la hierba en cuanto llegaron, diciendo que solo iban a descansar los ojos un rato. Ninguno de los dos se había vuelto a mover.

Sobre ellos, los cristales del techo comenzaron a apagarse lentamente.

En el Under Resort caía la noche.
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Tire un dado por otro lado del Internet (? para rolear quienes salieron lesionados de la batalla, cómo decidan cual herida es, cómo curarse o cómo manejar la situación lo dejo al gusto de cada quien. Hay 3 heridas que mencioné en el post:

- Melle: lesión en un brazo desde la muñeca hasta el codo.
- Vince: manos lesionadas.
- Sylvana: tobillo lesionado.
- Ren: inconsciente. Jaja eso no lo escogí yo.

Blair Blair Belgium Belgium Gennai Gennai Shulman Shulman Everyday Everyday
 
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El crujido del suelo bastó para que Asuga comprendiera el peligro. La criatura estaba a punto de causar estragos mayores y Ren se encontraba demasiado cerca; en una fracción de segundo evaluó sus opciones: podía apartarse y salvarse, pero dejar a Ren fuera de combate significaría perder al único soporte del grupo. Sin él, las posibilidades de que los demás sobrevivieran se reducían drásticamente; además, él protegía a Ren.

No había tiempo para buscar otra solución.

Suga sabía que no lograría esquivar el ataque después de apartar a Ren. Aun así, se lanzó hacia él y lo empujó fuera de la trayectoria del golpe, interponiéndose en su lugar.

La planta le atravesó el pecho.

El impacto le arrancó el aire de los pulmones y lo levantó del suelo antes de arrojarlo contra los escombros. Por un instante, no sintió más que una presión brutal; después, el dolor estalló en su pecho, agudo y abrasador. Intentó respirar, pero apenas consiguió emitir un sonido ahogado.

Suga sabía que aquel golpe podía matarlo. No había sido un accidente ni una apuesta a que resistiría: había decidido que el grupo tendría mejores posibilidades de sobrevivir con Ren a salvo que con él.

Y mientras la oscuridad comenzaba a cerrarse sobre su visión, fue que recordó la advertencia de su asesora, misma que había decidido ignorar.

"No intentes ser un héroe"

[…]​

No había luz, tampoco oscuridad, o al menos no como Suga la conocía. Sentía… nada. No había dolor, ni esa sensación horrible de que el aire no entraba por más que se esforzaba en inspirar. ¿Flotaba? No estaba seguro ni siquiera de dónde estaba, solo había un vacío interminable en el que parecía estar flotando sin rumbo.

A lo lejos, comenzaron a escucharse voces. Al inicio eran murmullos, voces distorsionadas que se mezclaban y carecían de sentido; poco a poco, algunos de estos ruidos le resultaron familiares. Una risa. Alguien llamándolo por su nombre. Voces de sus hermanos y hermanas, los miembros de la familia Zeus, fragmentos de conversaciones parecían llegar poco a poco hasta él. Todas y cada una de ellas se superponía, confusas, imposibles de entender y distinguir en su totalidad.

Suga intentó aferrarse a las voces, como si éstas fueran algo tangible; las cosas siguieron difusas hasta que, de pronto, fue capaz de distinguir la voz de Ren con completa claridad.

— No es tu momento.

Las palabras resonaron y fueron repitiéndose, cambiando de tono cada vez, usurpando la voz de otro de sus hermanos. Luego volvieron a hablar todos al mismo tiempo, repitiendo la misma frase una y otra vez, alcanzándolo desde todas partes al mismo tiempo; una fuerza inmensa, cálida, pareció rodearlo por completo – luego un trueno, intenso, prepotente, como si quisiera imponerse a todo y nada al mismo tiempo. El trueno atravesó la quietud la calidez invadió su cuerpo totalmente.

Entonces, por primera vez desde que había caído, atravesado por un enemigo, Suga sintió algo. Un latido.

[…]​

— Morir en nuestra primera misión como familia no estaba dentro de mi Bingo. — Soltó una pequeña risita, Raikhan lo miró de medio lado, en ese momento no estaba seguro de si el de menor edad estaba tratando de aligerar el ambiente, o si aún se encontraba procesando lo sucedido.
— Pudiste evitar eso. — Se decidió por ser directo, a final de cuentas, consideraba que la honestidad era importante y Suga compartía esa misma convicción. Su comentario no era un reproche, ni un regaño, era una verdad simple y llana.
— Lo sé — suspiró —, pero elegí lo que consideré mejor en ese momento.
— ¿A qué te refieres?
— Ren no habría podido apartarse a tiempo. Si caía él, las posibilidades de que los demás salieran con vida se reducían bastante. Pensé que era mejor mantenerlo en pie, aunque eso significara asumir el riesgo yo mismo — se encogió ligeramente de hombros —. Obviamente, no esperaba que fueran a atravesarme el pecho de lado a lado. — Volvió a acariciar el peto, todavía apreciando el trabajo que había hecho la elfa. — Sabía que podía salir mal, aún así decidí hacerlo.
— Algo típico de ti.
— Lo dices como si hubiera sido una mala decisión.
— No, pero no mediste el riesgo real, fue una apuesta que pudo haber salido mucho peor de lo que resultó.
— Valió la pena. — Sonrió, sus ojos encontraron nuevamente al cuerpo durmiente de Ren – estaba alegre de que éste estuviera vivo.
— Dejen dormir — Lily se quejó, acomodándose en el tronco que había reclamado como sus aposentos para aquella noche.
— Lo siento. — La disculpa fue acompañada de una pequeña sonrisa antes de que Suga volviera a guardar silencio. Por un rato, lo único que se escuchó fue el murmullo de la noche y la respiración tranquila de quienes ya habían conseguido conciliar el sueño.

Suga bajó la mirada hacia sus manos. Todavía recordaba el impacto, el dolor y la certeza de que no volvería a levantarse. Sin embargo, había algo más. Un detalle que hasta entonces no había encontrado el momento de mencionar, ni siquiera estaba seguro de cómo explicarlo.
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Solo dando un poco de contexto de lo que vivió Suga previo y post mortem (?) si alguien quiere interactuar con él, adelante... Haré otro post en estos días para seguirle a lo que dejé empezado al cierre del post xd
 
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