Yuichi no necesitó decir mucho. Un intercambio rápido de miradas con Diluc y Murakan bastó para confirmar que seguirían el sendero revelado en la cámara. Neemon se ajustó la canasta, como si fuera parte vital de la misión. Bokomon, sin preguntar, se hizo a un lado, permitiéndoles pasar por el arco lateral que conducía fuera de la plaza.
El aire allí era distinto, menos cargado de incienso y más húmedo, impregnado con el olor de vegetación densa. La luz se filtraba en haces quebrados, y a cada paso las raíces parecían formar escalones naturales.
-Según el mapa, el primer tramo está marcado por Trueno -comentó Yuichi, repasando mentalmente el patrón luminoso que había memorizado.
-Me gusta cómo suena- Murakan sonrió
El pasillo de árboles se estrechó hasta formar un corredor natural. En el centro, un arco de piedra interrumpía el camino, cubierto de filamentos metálicos que emitían un zumbido bajo. Al acercarse, pequeñas chispas cruzaban entre los hilos, bloqueando el paso.
-Es un sello eléctrico -dijo Diluc, observando las descargas- Tocar eso sin cuidado sería un error.
-Yo me encargo - Murakan dio un paso al frente, flexionando las manos.
Con precisión, canalizó su energía eléctrica en un pulso controlado, sincronizándose con el ritmo de las chispas. El arco respondió, absorbiendo la descarga y apagando sus filamentos. El zumbido cesó, y el grupo cruzó sin incidentes.
Más adelante, el sendero descendió hacia una corriente de agua. El cauce era estrecho pero profundo, con la corriente lo bastante fuerte para arrastrar a cualquiera que cayera. Un tronco caído servía como puente improvisado, pero estaba cubierto de musgo resbaladizo.
-Esto es mío- Diluc se adelantó. Avanzó con pasos seguros, usando su peso para estabilizar el tronco. Luego regresó, cargando a Neemon sobre el lomo para evitar accidentes. Murakan cruzó con agilidad, y Yuichi, con calma, fue el último en pasar.
Del otro lado, un claro se abría a un pequeño montículo cubierto de rocas. En su cima, una piedra lisa mostraba el símbolo de Tierra. Alrededor, tres grandes bloques obstruían el paso. No estaban apilados, sino encajados en ángulos extraños, como si fueran parte de un rompecabezas.
Yuichi se inclinó para examinarlos. -Si giramos este… -colocó las manos sobre el primero y lo empujó, revelando un hueco por donde el siguiente bloque podía desplazarse. Murakan ayudó con el segundo, y Diluc movió el tercero, dejando libre un pasaje estrecho.
Al cruzarlo, llegaron a una depresión natural en el terreno, donde el sol entraba directo. Allí, una piedra central tenía los tres símbolos grabados y conectados por líneas que formaban un triángulo. En su centro, un cuenco de piedra contenía agua cristalina.
Sin decir palabra, Yuichi llenó sus manos y dejó caer el agua sobre el símbolo de Trueno. La piedra emitió un destello leve. Murakan tocó el símbolo de Tierra, y Diluc el de Agua. El triángulo se iluminó completo, y una onda de energía suave recorrió el suelo.
En el borde del claro, un arco cubierto de lianas se abrió, mostrando un sendero que descendía de regreso hacia las ruinas. El sonido de los tambores volvió a escucharse, más fuerte con cada paso.
Cuando salieron del bosque, la ceremonia estaba en su clímax. En el centro de la plaza, los Digimon tribales formaban un círculo perfecto alrededor del altar, donde las ofrendas resplandecían bajo la luz de datos flotantes. Un canto grave y pausado llenaba el aire.
Yuichi, Diluc, Murakan y Neemon se detuvieron al borde, observando. Nadie les pidió que entraran, pero varios Digimon desviaron la mirada hacia ellos, con un leve gesto de reconocimiento.
-Nos vieron -murmuró Diluc- Saben que seguimos el camino-.
-No sé qué significa… pero no parece una amenaza-. Murakan, cruzado de brazos, asintió.
Bokomon apareció a su lado, hablando en voz baja.
-Han sido aceptados, aunque quizás no lo sepan aún. Esa ruta no es para cualquiera-.
El círculo de Digimon levantó las manos o garras, y una columna de luz emergió del altar, ascendiendo hasta perderse en el cielo. Las motas de datos descendieron lentamente, tocando a cada participante antes de disolverse.
Yuichi sintió un leve cosquilleo en la piel, como si algo más allá de lo físico lo hubiera marcado. No dijo nada, pero Diluc lo notó.
Este lugar nos ha tomado en cuenta, pensó el Labramon, con una mezcla de respeto y cautela.
La columna de luz se disipó, y el canto cesó. La plaza quedó en un silencio reverente, roto solo por el suave murmullo del viento entre las ruinas. Los Digimon comenzaron a dispersarse, algunos llevando las ofrendas a distintos puntos de la ciudad.
-La ceremonia ha concluido. Pueden irse… o quedarse a ver qué más guarda este lugar-.Bokomon ajustó su libro contra el pecho.
Yuichi miró a su equipo. Sabía que, aunque la misión estaba cumplida, algo en esas rutas y símbolos no estaba cerrado.
-Nos quedaremos un poco más - dijo, con decisión. Diluc y Murakan asintieron, mientras Neemon se acomodaba para descansar.
En algún lugar, más allá de las ruinas, un nuevo camino ya los esperaba.