Evento Ceremony of Spirits II: "La Ceremonia de los Espíritus" [Yuichi Nakamura]

Gennai

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"La Ceremonia de los Espíritus"​


- NPC involucrado: -
- Lugar donde debe ser tomada: -
- Sinopsis: Llegar al lugar indicado por Bokomon ha sido solo el comienzo. Frente a ustedes, un cautivante evento se está llevando a cabo, atrapando su atención en cuestión de segundos. Con decoraciones, música y bailes dignos de pueblo tribales y aborígenes del Mundo humano, diversos Digimon se han reunido para rendir homenaje a la memoria de cada uno de los Juttoushi, tal y como Bokomon y Neemon habían dicho que sería. Con el dúo a salvo, Tamer y Digimon han completado ya su misión, por lo que tienen el resto del día libre. Pues, ya están aqui: ¿Por qué no dar un vistazo a las costumbres de los Digimon?
- Escenario: Ruinas - Ceremonia de los Espiritus
- Objetivos:
  • Explorar la Ceremonia
- Notas:
  • Esta Quest es parte de la Crónica: Ceremony of Spirits
  • Mínimo de Post: 4
  • Plazo: 10 Días
  • Requisitos: Haber completado "Viaje a la Ceremonia"
  • Esta Quest ocurre inmediatamente después de haber finalizado "Viaje a la Ceremonia"
  • Aunque Bokomon se ha ofrecido a guiarlos por (y enseñarles sobre) la Ceremonia, no es obligatorio ir con ellos. Pueden separarse y explorar por sus cuentas
  • La Ceremonia es de aire solemne (no un festejo bullicioso) que rinde tributo a los miembros de los Juttoushi individualmente y como grupo, así como a los elementos que lo representan, con distintos actos u ofrendas.
  • Aparte del Tamer, no hay otros humanos en la ceremonia. Solo Digimon (la mayoría parte de las tribus, aunque puede haber alguno que otro curioso)
- Recompensa:
Completación: 200 Bits. Acceso a Ceremony of Spirits III ​

Tamer: Yuichi Nakamura
 
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Gennai

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La sensación de ser observados se volvió tan clara como la humedad en el aire. Ni Yuichi, ni Diluc, ni Murakan dijeron nada, pero sus miradas se cruzaron en un acuerdo silencioso: algo se aproximaba.
El murmullo del arroyo, hasta entonces constante, pareció apagarse. Incluso Neemon, distraído con su canasta, levantó las orejas y dejó de moverse. Fue entonces cuando, desde entre las columnas cubiertas de musgo, comenzaron a surgir figuras.

No eran humanos. Todos eran Digimon.

La primera en aparecer fue la silueta imponente de un Leomon, cuya melena parecía absorber la luz. Caminaba erguido, con una solemnidad que no dejaba lugar a dudas: este era un líder. Tras él, un Seadramon se deslizaba como una cinta de escamas azules, su cuerpo moviéndose con precisión calculada para no dañar la piedra antigua. Un Monochromon pisaba con fuerza detrás, cada paso resonando como un tambor grave, mientras un Wizardmon avanzaba sosteniendo un báculo cuyo cristal desprendía un brillo sereno.
Y no estaban solos. A sus lados, en un semicírculo que se extendía por todo el altar, iban apareciendo más Digimon: Floramon, Gotsumon, Kabuterimon, Falcomon… todos diferentes, todos unidos por la misma solemnidad.

El Leomon se detuvo frente al altar, clavando su espada en el suelo con un movimiento suave pero firme. El sonido metálico reverberó en las ruinas como una campana.

El resto de la tribu ocupó posiciones a su alrededor, formando un círculo amplio que rodeaba a los recién llegados.

Bokomon, con el libro apretado contra su pecho, dio un paso al frente.

-Lo sabía… -susurró - Son los Guardianes del Valle Espiritual. Su deber es mantener viva la memoria de los Juttoushi, los Diez Guerreros-.

Yuichi observaba en silencio, evaluando la disposición. No es una formación de combate, pero podría convertirse en una en cuestión de segundos.

Un sonido grave comenzó a escucharse: el retumbar de tambores. No venían de instrumentos visibles, sino de los Gotsumon que, golpeando sus propios brazos pétreos, marcaban un ritmo profundo. Floramon y otros Digimon de aspecto más ágil agitaban hojas secas y semillas, produciendo un sonido susurrante que se mezclaba con la percusión.
El aire se llenó de un aroma a madera quemada y flores frescas. Murakan ladeó la cabeza, intrigado. Huele a dos cosas opuestas… como si la ceremonia tratara de equilibrarlas.

El Leomon levantó la mirada al cielo y habló con voz grave, en un idioma que Bokomon reconoció de inmediato como un dialecto ancestral del Mundo Digital.

-Invocamos la memoria de los Juttoushi. Invocamos su fuerza, su sabiduría, sus sacrificios-.

Con cada palabra, Wizardmon trazaba símbolos en el aire con su báculo, y estos quedaban flotando como figuras de luz. Los otros Digimon inclinaban la cabeza en señal de respeto.

Bokomon se acercó a Yuichi y habló en voz baja:

-Esto… es más que un homenaje. Cada acto está diseñado para invocar la esencia de los Diez Guerreros. Es como si intentaran recrear su presencia aquí, aunque sea por un instante-.

Neemon, mirando a su alrededor con una mezcla de nerviosismo y curiosidad, se inclinó hacia Murakan.

-¿Esto es donde nos dicen que podemos comer algo, o todavía no?-.

-Me parece que si esperas lo suficiente, podrías conseguir algo… aunque no creo que sea un banquete-.Murakan sonrió sin apartar la vista del altar.

La música continuó, ahora más suave, marcando el inicio del primer acto. Un Kabuterimon depositó un cristal de datos sobre el altar, que Wizardmon rodeó con un círculo de símbolos luminosos. El cristal comenzó a emitir un pulso rítmico, como si imitara un latido.

Bokomon abrió su libro y pasó páginas con rapidez.

-Ese cristal representa al Guerrero del Trueno. Cada ofrenda será para uno de los elementos: Trueno, Llama, Hielo, Viento, Tierra, Madera, Luz, Oscuridad, Agua y Acero-.

Yuichi escuchaba, pero mantenía su atención en los movimientos de los Digimon. Ninguno miraba al grupo de forma hostil, pero tampoco los ignoraban. Cada tanto, alguna mirada se detenía en ellos más de lo necesario.

-Nos aceptan como testigos… por ahora-. Diluc, sentado junto a él, murmuró en voz baja

La ceremonia siguió con el segundo acto: un Floramon colocó una corona de hojas doradas, aún frescas, en representación del Guerrero de la Madera. Los Gotsumon acompañaron con un golpeteo más rápido, mientras un Falcomon volaba en círculos sobre el altar, dejando caer plumas negras como símbolo del Guerrero del Viento.

-Esto… no es solo para recordar. Es como si intentaran reactivar algo. Lo siento en el aire-.Murakan se inclinó hacia Yuichi.

Yuichi no respondió, pero en su mente esa idea comenzaba a tomar forma. Algo se estaba acumulando allí. No solo energía… sino intención.

-Quédense. Si lo ven completo… entenderán-. Bokomon, incapaz de apartar la vista, susurró.

Y así lo hicieron.
 
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El pulso del cristal para el Guerrero del Trueno seguía latiendo en sincronía con los golpes graves de los Gotsumon. Wizardmon sostuvo el báculo un instante más y dejó que los símbolos se disolvieran como chispas en el aire. El círculo de Digimon no rompió su compostura: respiraban al mismo ritmo, como si compartieran un solo pecho.


Bokomon no parpadeaba.
-El orden no siempre es el mismo -murmuró, más para sí-Adaptan la secuencia según los presagios del día.

El siguiente homenaje fue para la Llama. Un Meramon avanzó con paso lento; su cuerpo ardía sin desprender humo. Se acercó al altar, alzó una antorcha que parecía emergerle de la palma y la apagó con los dedos. El fuego quedó encapsulado en un pequeño núcleo rojizo que depositó junto al cristal del trueno. Cuando retiró la mano, el núcleo siguió ardiendo sin consumir nada.

Murakan inclinó la cabeza, fascinado. No es fuego común. Es memoria hecha calor.

Llegó el turno del Hielo. Un Frigimon colocó una esfera traslúcida con filigranas internas, como si un copo de nieve hubiera sido atrapado en cristal. La temperatura descendió apenas; Yuichi vio cómo un velo de escarcha rozaba el borde del altar sin dañarlo.

-Control preciso -susurró Diluc- Ni una corriente fuera de lugar-.

Para el Viento, el Falcomon que había volado antes descendió y posó ambas garras sobre la piedra. Exhaló un soplo corto que dejó un remolino visible, una espiral de aire que vibró sobre el altar y quedó suspendida, respirando por sí misma.

-Ahora equilibran -dijo Bokomon con un hilo de voz- Fuego e Hielo, Trueno y Viento…-

El Guerrero de la Tierra fue honrado por un Monochromon que dejó caer tres guijarros pulidos. Cuando tocaron la piedra, se hundieron un milímetro y quedaron encajados con una exactitud que desafiaba al ojo. El altar respondió con un zumbido sordo, como si aceptara el peso.
Neemon, que miraba con las orejas erguidas, se inclinó hacia Murakan:
-¿Crees que si pongo una fruta también la acepta?-
-Prueba cuando no te vea Leomon -replicó Murakan sin despegar los ojos del altar.


A continuación el tributo para Madera: Floramon tejió, con gestos rápidos, una corona de tallos vivos. Las hebras verdes obedecieron como si la planta recordara el gesto de manos invisibles y antiguas. Al posarla, brotaron dos yemas nuevas.
Yuichi pensó: Vida que responde a vida. Y por un segundo, sintió que el bosque respiraba más hondo.


Luz llegó en manos de un Angemon joven. No descendió con estruendo; caminó con una serenidad que borraba cualquier necesidad de énfasis. Abrió la palma y dejó caer un hilo luminoso que no cegaba: iluminaba sin imponer. El hilo buscó por sí mismo un lugar libre entre ofrendas y se anudó alrededor del núcleo de fuego y la esfera de hielo, uniéndolos sin que se tocaran.
-Vínculo -dijo Diluc en voz muy baja.


Entonces el Guerrero de la Oscuridad recibió su tributo. Un Devimon avanzó, envuelto en sombras que no se derramaban fuera de sus límites. No había amenaza en su porte, sino contención. Deposita una lágrima de tinta brillante; en contacto con la piedra, la negrura se expandió en una filigrana que delineó el perímetro del altar, como un marco. La luz de Angemon no se apagó; por el contrario, pareció definirse mejor.
"No niegan la oscuridad, la ubican. Le dan contorno." pensó Yuichi.


Para Agua, un Seadramon alzó la cabeza sobre el círculo, dejó caer una gota perfecta que se multiplicó en anillos concéntricos sobre el altar. Cada anillo quedó suspendido como un aro de cristal líquido, y los sonidos de los tambores comenzaron a acompasarse a ese dibujo.

Murakan sintió un tirón detrás del esternón. Algo en esto me arrastra… como si el cuerpo recordara una marea antigua.


Por último, Acero. Un Andromon se acercó y dejó una placa delgada, sin aristas, que reflejaba a todos a la vez como si el metal conociera múltiples ángulos. Al tocar el altar, la placa se curvó levemente y adoptó las formas de las otras ofrendas, acomodándose sin rozarlas. El conjunto quedó completo: diez presentes, diez líneas de energía, diez respiraciones distintas sosteniendo una misma sala.

Silencio.

El círculo de Digimon bajó la cabeza al unísono. Los Gotsumon dejaron de golpear sus brazos. Solo quedó un zumbido tenue en el aire, un acorde que no pertenecía a ningún instrumento. Wizardmon clavó su báculo en la piedra y los símbolos flotantes se plegaron hacia el centro como pétalos que se cierran.


Bokomon exhaló, temblándole los dedos. -Éste es el corazón de la ceremonia. No buscan invocar cuerpos… sino resonancias. Los Juttoushi fueron más que guerreros; fueron patrones. Y el Mundo Digital recuerda patrones-.


Yuichi notó que varias miradas se posaban en su grupo. Observación, no juicio. Aun así, el instinto le tensó los hombros. Nos permiten mirar, pero cada gesto nuestro es una pieza que encaja o desentona con su música.


Un Leomon se acercó a ellos sin agresividad. Colocó la mano abierta sobre el pecho y se inclinó lo justo. No habló; no hizo falta. Un saludo. Permiso para permanecer.

Diluc respondió con un leve asentimiento.
-Aceptados -dictaminó, más para Yuichi que para el Leomon.


El ritmo cambió. El círculo se abrió en segmentos y comenzaron los recorridos. No era un paseo turístico; cada tramo tenía una intención didáctica. Un Kabuterimon joven condujo a un pequeño grupo hasta un mural semiborrado donde se representaban rayos cruzando un cielo negro; a cada rayo, el guía tocaba una inscripción y surgía un breve destello del mismo color que el cristal del trueno. En otro sector, Floramon mostraba raíces fosilizadas que, al rociarlas con agua de Seadramon, recobraban elasticidad por segundos.

Neemon dio un paso, tentado de tocar. Murakan lo sujetó por el codo.
-Luego, cuando no esté mirando nadie -susurró con media sonrisa.


El Leomon que los había saludado permaneció cerca, como anfitrión discreto. Señaló con el mentón una zona lateral del recinto: un corredor de piedra más estrecho, apenas visible entre enredaderas. No insistió; solo ofreció la opción.
Bokomon se inclinó hacia él, curioso. Leomon respondió con otra pequeña reverencia y se retiró para atender a otros visitantes.


-Tenemos el día libre-recordó Yuichi, medio para sí -La misión con Bokomon y Neemon está cumplida.

Bokomon, sin despegar la vista de un bajorrelieve, asintió.

-Pueden quedarse a observar o explorar por su cuenta. La ceremonia seguirá varias horas. No es bulliciosa; es de contemplación.-

-Entonces contemplemos -dijo Diluc, pero sus orejas apuntaron al corredor lateral.


Murakan miró el altar completo. Las diez ofrendas parecían sostenerse unas a otras. Si nos alejamos, ¿seguiremos escuchando el zumbido?
-Quiero ver qué hay ahí -admitió, señalando el pasaje que Leomon indicó.


Yuichi dejó descansar la mano sobre el lomo de Diluc un instante, decisión tomada.

-Nos separamos un rato -le dijo a Bokomon- Si encuentran algo que debamos ver, llámanos-.

-No hay prisa -respondió el erudito-. Aquí el tiempo se mide por actos, no por minutos.


El coro de tambores reanudó un compás lento. Sobre el altar, el hilo de Luz brilló un poco más, y la filigrana de Oscuridad lo enmarcó con nitidez. Neemon recogió su canasta, resignado a que el banquete tendría que esperar.
El grupo emprendió camino hacia el corredor en penumbra. A cada paso, el zumbido de las ofrendas cambiaba apenas, como si la piedra estuviera afinando sus oídos para escuchar algo que todavía no había empezado.
 
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El corredor que Leomon había señalado estaba cubierto por un entramado de enredaderas y hojas anchas que filtraban la luz. Apenas cruzaron el umbral, el sonido de los tambores se amortiguó, como si las paredes absorbieran cada vibración. El aire allí era más fresco, con un leve aroma a piedra húmeda.


Yuichi avanzó primero, apartando las ramas con cuidado para no romperlas. Diluc, detrás, mantenía el hocico en alto, aspirando.

-No huele a amenaza… pero hay algo -susurró.

Murakan cerraba la marcha, atento a cualquier sombra que se moviera. Neemon, en cambio, trotaba ligero, como si la estrechez del pasaje le resultara menos intimidante que la solemnidad de la plaza.


Las paredes estaban cubiertas de relieves. No eran figuras completas, sino fragmentos: un ala aquí, una garra allá, el perfil de un casco, un remolino esculpido. Yuichi se detuvo frente a uno que mostraba un ojo enmarcado por símbolos que reconocía del altar.
No es un retrato… es una pista, pensó. El ojo miraba hacia abajo, y allí, en la base de la piedra, había un pequeño hueco con algo incrustado: un cristal opaco.


-Esto no es parte de la ruta principal -observó Diluc -Si Leomon nos lo mostró, quiere que lo veamos.-
Murakan se acercó al hueco, tocando el cristal con la garra. Una chispa se encendió dentro y recorrió una grieta tallada en la pared, iluminando otros fragmentos. Los símbolos parecían alinearse, formando un patrón que llevaba más adentro.


El pasaje se ensanchó ligeramente, permitiéndoles caminar en pareja. A la derecha, un arroyo angosto corría pegado a la roca, su superficie moteada por luces que no venían del sol. Eran motas de datos puros, flotando como luciérnagas digitales.

Neemon intentó atrapar una con las manos, pero se deshizo al contacto.
-Parece azúcar, pero sin sabor -bromeó.

-Es memoria pura. No deberías desperdiciarla-. Diluc no sonrió.

Avanzaron hasta una cámara pequeña, circular, sin techo. La luz caía en un ángulo preciso, iluminando una losa central. Sobre ella había tres discos metálicos, oxidados en los bordes pero con símbolos nítidos en el centro. Eran los mismos que habían visto en el altar, pero solo representaban a Trueno, Agua y Tierra.



-Faltan los demás… o nunca estuvieron aquí- Yuichi se inclinó para examinarlos.

Murakan dio un paso y el suelo bajo su pie emitió un leve "clic". Un anillo en la pared comenzó a girar, y un chorro de agua surgió del arroyo, formando un arco que atravesó la losa central antes de volver a caer. El símbolo de Agua en uno de los discos se iluminó con un azul profundo.


-Parece una prueba…-dijo Diluc, caminando hacia el símbolo de Tierra. Con un empujón calculado, movió uno de los discos hasta alinear su marca con un surco de la losa. El suelo vibró y un estruendo sordo retumbó en la roca. La luz en el símbolo de Tierra se encendió, cálida y estable.


-Nos falta Trueno -dijo Yuichi, mirando a Murakan.

-Eso es lo mío-.V-mon sonrió.

Se colocó sobre el último disco, cerró los ojos y canalizó energía. Una descarga controlada saltó de sus manos al metal, recorriendo los grabados. El símbolo de Trueno brilló con un dorado intenso, y los tres discos quedaron encendidos al unísono.
El aire cambió. Desde algún punto oculto, un flujo de datos descendió como una bruma ligera y se concentró sobre la losa. La bruma adoptó la forma de un mapa tridimensional: era la zona de las ruinas, pero con senderos ocultos, marcados con líneas brillantes.



-Esto no es solo decoración… es un registro.- Yuichi memorizó la ruta. Diluc asintió.

-Y nos lo mostraron porque esperan que lo sigamos.-

Neemon, que hasta ahora observaba en silencio, se sentó en el borde de la losa.

-Pues yo digo que si hay un camino más, quizá nos lleve a comida más rápido-.

Murakan rodó los ojos, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa.


Antes de irse, Yuichi tocó los tres discos. Las luces se apagaron, como si la cámara quisiera volver a su reposo. Al salir al corredor, el murmullo de los tambores volvió, primero lejano y luego cada vez más claro.
Cuando regresaron a la plaza principal, la ceremonia continuaba, pero algunos Digimon los miraron con un reconocimiento distinto, como si supieran que habían pasado una pequeña prueba.


Bokomon los esperaba junto a uno de los muros.

-Veo que encontraron el pasaje-

-Y algo más -respondió Yuichi- Hay rutas que no están a la vista de todos-.

Bokomon sonrió, satisfecho.

-Exacto. Esta ceremonia no solo honra el pasado… también elige quién puede caminar hacia ciertos lugares-.

Diluc miró de reojo el altar, donde las ofrendas seguían en su equilibrio perfecto. Tal vez aún tengamos algo más que hacer aquí.
 
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Yuichi no necesitó decir mucho. Un intercambio rápido de miradas con Diluc y Murakan bastó para confirmar que seguirían el sendero revelado en la cámara. Neemon se ajustó la canasta, como si fuera parte vital de la misión. Bokomon, sin preguntar, se hizo a un lado, permitiéndoles pasar por el arco lateral que conducía fuera de la plaza.
El aire allí era distinto, menos cargado de incienso y más húmedo, impregnado con el olor de vegetación densa. La luz se filtraba en haces quebrados, y a cada paso las raíces parecían formar escalones naturales.


-Según el mapa, el primer tramo está marcado por Trueno -comentó Yuichi, repasando mentalmente el patrón luminoso que había memorizado.

-Me gusta cómo suena- Murakan sonrió

El pasillo de árboles se estrechó hasta formar un corredor natural. En el centro, un arco de piedra interrumpía el camino, cubierto de filamentos metálicos que emitían un zumbido bajo. Al acercarse, pequeñas chispas cruzaban entre los hilos, bloqueando el paso.


-Es un sello eléctrico -dijo Diluc, observando las descargas- Tocar eso sin cuidado sería un error.

-Yo me encargo - Murakan dio un paso al frente, flexionando las manos.


Con precisión, canalizó su energía eléctrica en un pulso controlado, sincronizándose con el ritmo de las chispas. El arco respondió, absorbiendo la descarga y apagando sus filamentos. El zumbido cesó, y el grupo cruzó sin incidentes.
Más adelante, el sendero descendió hacia una corriente de agua. El cauce era estrecho pero profundo, con la corriente lo bastante fuerte para arrastrar a cualquiera que cayera. Un tronco caído servía como puente improvisado, pero estaba cubierto de musgo resbaladizo.


-Esto es mío- Diluc se adelantó. Avanzó con pasos seguros, usando su peso para estabilizar el tronco. Luego regresó, cargando a Neemon sobre el lomo para evitar accidentes. Murakan cruzó con agilidad, y Yuichi, con calma, fue el último en pasar.


Del otro lado, un claro se abría a un pequeño montículo cubierto de rocas. En su cima, una piedra lisa mostraba el símbolo de Tierra. Alrededor, tres grandes bloques obstruían el paso. No estaban apilados, sino encajados en ángulos extraños, como si fueran parte de un rompecabezas.

Yuichi se inclinó para examinarlos. -Si giramos este… -colocó las manos sobre el primero y lo empujó, revelando un hueco por donde el siguiente bloque podía desplazarse. Murakan ayudó con el segundo, y Diluc movió el tercero, dejando libre un pasaje estrecho.

Al cruzarlo, llegaron a una depresión natural en el terreno, donde el sol entraba directo. Allí, una piedra central tenía los tres símbolos grabados y conectados por líneas que formaban un triángulo. En su centro, un cuenco de piedra contenía agua cristalina.

Sin decir palabra, Yuichi llenó sus manos y dejó caer el agua sobre el símbolo de Trueno. La piedra emitió un destello leve. Murakan tocó el símbolo de Tierra, y Diluc el de Agua. El triángulo se iluminó completo, y una onda de energía suave recorrió el suelo.
En el borde del claro, un arco cubierto de lianas se abrió, mostrando un sendero que descendía de regreso hacia las ruinas. El sonido de los tambores volvió a escucharse, más fuerte con cada paso.

Cuando salieron del bosque, la ceremonia estaba en su clímax. En el centro de la plaza, los Digimon tribales formaban un círculo perfecto alrededor del altar, donde las ofrendas resplandecían bajo la luz de datos flotantes. Un canto grave y pausado llenaba el aire.

Yuichi, Diluc, Murakan y Neemon se detuvieron al borde, observando. Nadie les pidió que entraran, pero varios Digimon desviaron la mirada hacia ellos, con un leve gesto de reconocimiento.


-Nos vieron -murmuró Diluc- Saben que seguimos el camino-.

-No sé qué significa… pero no parece una amenaza-. Murakan, cruzado de brazos, asintió.


Bokomon apareció a su lado, hablando en voz baja.

-Han sido aceptados, aunque quizás no lo sepan aún. Esa ruta no es para cualquiera-.

El círculo de Digimon levantó las manos o garras, y una columna de luz emergió del altar, ascendiendo hasta perderse en el cielo. Las motas de datos descendieron lentamente, tocando a cada participante antes de disolverse.

Yuichi sintió un leve cosquilleo en la piel, como si algo más allá de lo físico lo hubiera marcado. No dijo nada, pero Diluc lo notó.
Este lugar nos ha tomado en cuenta, pensó el Labramon, con una mezcla de respeto y cautela.

La columna de luz se disipó, y el canto cesó. La plaza quedó en un silencio reverente, roto solo por el suave murmullo del viento entre las ruinas. Los Digimon comenzaron a dispersarse, algunos llevando las ofrendas a distintos puntos de la ciudad.

-La ceremonia ha concluido. Pueden irse… o quedarse a ver qué más guarda este lugar-.Bokomon ajustó su libro contra el pecho.

Yuichi miró a su equipo. Sabía que, aunque la misión estaba cumplida, algo en esas rutas y símbolos no estaba cerrado.


-Nos quedaremos un poco más - dijo, con decisión. Diluc y Murakan asintieron, mientras Neemon se acomodaba para descansar.


En algún lugar, más allá de las ruinas, un nuevo camino ya los esperaba.

 
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