La luz comenzó a apagarse conforme los árboles se volvían más densos. Las copas se unían sobre sus cabezas, filtrando el sol en tonos verdes y dorados. El canto de las aves digitales se extinguió poco a poco, reemplazado por un silencio espeso, casi tangible.
Yuichi detuvo el paso de forma instintiva. Había algo en ese silencio que no le gustaba. No es el tipo de calma que precede a la paz… es la que precede a un ataque.
Un crujido, seco y grave, se oyó a la izquierda. Del mismo bosque emergió una figura alta y de madera rugosa: Woodmon. Sus ojos brillaban con un resplandor amarillo amenazante. Un segundo apareció detrás, cerrando cualquier ruta de escape.
-Forasteros… este territorio no les pertenece -gruñó el del frente, con voz de madera astillándose.
-Solo estamos de paso hacia la Tierra Espiritual. No buscamos problemas- Bokomon levantó las manos, buscando calmar la situación.
Neemon se encogió detrás de Murakan, apretando su canasta contra el pecho como si fuera un escudo.
-No soy dulce ni crujiente, ¡no me coman!-.
-Diluc, encárgate del de adelante. Murakan, mantén al otro alejado y protege a los demás.-Yuichi no perdió el tiempo.
El Labramon dio un paso al frente. Un aura oscura, ardiente y densa comenzó a cubrirlo, levantando el pelo de su pelaje blanco hasta oscurecerlo por completo. Su cuerpo creció, y de su espalda surgieron protuberancias. Sus ojos se encendieron con un brillo intenso mientras su silueta se deformaba en algo más imponente: Dobermon.
Desde su nueva altura, el mundo se veía distinto. Podía distinguir la tensión de las fibras de madera en el brazo del Woodmon, localizar puntos débiles con una simple mirada. No quiero destruirte… pero tampoco permitiré que avances.
Con un rugido grave, Dobermon se lanzó contra el Woodmon del frente. El impacto resonó como un tronco cayendo en medio del bosque. El guardián retrocedió varios pasos, rompiendo el bloqueo del camino.
Mientras tanto, el segundo Woodmon avanzó un paso hacia Bokomon y Neemon. Murakan frunció el ceño y dio un salto hacia adelante.
-¡No vas a tocar a ninguno de ellos! -Su cuerpo empezó a brillar con un resplandor azul intenso, que envolvió sus brazos, piernas y cola. La energía creció, marcando el contorno de músculos más robustos, cuernos más largos y una mandíbula más imponente. La figura de V-mon se alargó, su cuerpo se tornó más corpulento y su presencia se volvió amenazante.
-V-mon, Shinka… V-Dramon! -rugió la voz de Murakan, ahora grave y profunda.
V-Dramon dio un paso pesado hacia adelante, haciendo vibrar el suelo bajo sus garras. Sus colmillos relucían y su mirada ardía con una determinación inquebrantable. Los ojos del Woodmon parpadearon, evaluando a la nueva amenaza. Este oponente no se moverá un solo centímetro.
En un movimiento rápido, Murakan inclinó su cuerpo en postura de ataque, las garras listas. El Woodmon dudó un instante más y luego comenzó a retroceder lentamente, manteniendo sus ojos fijos en el dragón azul.
El enfrentamiento duró apenas unos segundos más. Los Woodmon, evaluando que no podían vencer sin arriesgarse, se internaron de nuevo en la espesura, observando desde lejos hasta que el grupo se alejó.
Dobermon exhaló, relajando los músculos. A su lado, el resplandor azul de Veedramon comenzó a disminuir, contrayendo su cuerpo hasta que Murakan volvió a su forma original de V-mon. Diluc también encogió su silueta, regresando al pelaje blanco y la altura habitual de un Labramon.
-No hacía falta dañarlos… solo dejar claro que no somos presa fácil -dijo Diluc, sacudiendo el polvo de su pelaje.
-Sí, y a veces un poco de intimidación funciona mejor que una pelea larga -añadió Murakan, con una sonrisa satisfecha.
Yuichi asintió, y el grupo retomó la marcha, aunque la tensión se quedó flotando en el aire como una advertencia silenciosa.
El bosque se abrió en un claro bañado por haces de luz dorada que se filtraban entre las copas. En el centro, un tronco caído estaba cubierto de tallados antiguos: símbolos de guerreros, bestias elementales y fragmentos de la historia de la Rebelión de Lucemon.
Bokomon corrió hacia las inscripciones con los ojos muy abiertos, acariciando las marcas con reverencia.
-Esto… esto indica el camino hacia las ruinas. Es trabajo de exploradores de la tribu ancestral-.
Neemon, en cambio, se dejó caer sobre la hierba como si llevara horas caminando. Sacó una fruta de la canasta y le dio un mordisco satisfecho.
-Yo digo que nos tomemos cinco minutos. Mis patas lo agradecerán-
Diluc bebió del arroyo cercano, manteniendo sus orejas alerta. Murakan daba vueltas alrededor del claro, observando las sombras más profundas. Demasiado tranquilo… y la tranquilidad en un lugar así nunca es gratis. El descanso terminó pronto. El cielo comenzó a cubrirse con nubes grises y un viento frío empezó a soplar. Un rugido lejano, grave y áspero, se dejó oír entre los árboles, tan profundo que parecía resonar en el estómago.
No tardaron en aparecer nuevas presencias. Entre la maleza, dos Dokugumon cruzaron el sendero. Sus múltiples ojos brillaban con un fulgor enfermizo. No se acercaron, pero los siguieron con la mirada, como depredadores decidiendo si valía la pena gastar energía en una cacería.
-No me gustan esas miradas… -murmuró Neemon, acelerando el paso.
Fue entonces cuando una neblina plateada comenzó a cubrir el suelo. Los rayos de sol se fragmentaban en destellos de datos flotantes, dándole al paisaje un aspecto irreal, como si estuvieran dentro de un sueño.
Un zumbido creciente surgió de la bruma, y un FanBeemon apareció justo frente a ellos.
-El camino principal está bloqueado por un derrumbe. Solo queda un paso estrecho junto al arroyo. Tengan cuidado, es resbaladizo-
El insecto alzó el vuelo y desapareció entre la niebla sin esperar respuesta.
Yuichi exhaló por la nariz, sabiendo que el mensaje era tanto una advertencia como una invitación a probar su suerte.