Rango D Retando a la Carne Fresca [Will & Cath]

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"Retando a la carne fresca"
- NPC involucrado: -
- Sinopsis: Han estado llegando reportes que un Agumon está emboscando Tamers débiles a las salidas de la ciudad y retándolos a pelear. No parece cansarse y se está volviendo una molestia para los Tamers más nuevos.
- Escenario: Afueras de File City. Cerca de la entrada del Bosque Inquebrantable
- Objetivos:
  • Encontrar al Agumon
  • Retarlo y vencerle en un combate
  • Una vez vencido, convencerle de dejar sus emboscadas
- Notas:
  • Quest Disponible en modalidad individual
  • No parece tener odio a los humanos
  • Es imposible convencerlo sin pelear antes
 
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El zumbido suave de la Central de Tamers se filtraba entre los cristales del hall, mezclándose con el murmullo de hologramas flotantes que anunciaban nuevas misiones. William empujó la puerta con el gesto altivo de quien espera ser recibido por un rostro familiar, alguien cuya sonrisa perfecta haya podido añadir un toque de emoción a su rutina. Su decepción fue inmediata: no estaba el joven recepcionista de cabello impecable, aquel que había capturado su atención en la última visita, sino una mujer de gafas rectangulares, cabello recogido en un moño severo y uniforme impecable.

—Buenas tardes —dijo con voz firme y clara—. ¿Son los Tamers que aceptaron la misión "Retando a la carne fresca"?

William suspiró con teatralidad, apoyando los codos en el mostrador.
—Sí… pero debo decir que esperaba otro tipo de… atención personal. —Su mirada recorrió el mostrador con exagerada decepción—. Un recepcionista más… atractivo, digamos.

Floramon, a su lado, inclinó su tallo ligeramente, dejando que los pétalos de su cabeza se movieran con un leve suspiro. Su expresión era serena, casi divertida ante el espectáculo que William ofrecía. No tenía interés en coqueteos humanos; su enfoque estaba en la misión.
—William, concéntrate —dijo con calma—. La misión es simple: un Agumon está retando a Tamers novatos en las afueras de File City. Necesitamos localizarlo y detener estas emboscadas antes de que alguien salga lastimado.

William rodó los ojos, pero no replicó: sabía que discutir con Catherine era inútil. Su sarcasmo era su idioma habitual, pero ella siempre encontraba la forma de recordarle que, sin planificación, hasta el mejor espectáculo de bravura podía terminar en desastre.

La recepcionista deslizó una tableta hacia ellos. Sobre la pantalla flotaban imágenes de rastros de fuego y huellas de Agumon, con notas de que los ataques se habían intensificado y que la criatura parecía buscar únicamente medir fuerzas, sin intención real de hacer daño mortal.
—Es una misión de nivel D —continuó la recepcionista—. Por lo tanto, no se espera que paguen grandes recompensas, pero sí es ideal para Tamers principiantes que necesiten experiencia en combate y control de situación.

Catherine evaluó la información, sus hojas temblando levemente mientras analizaba.
—No es un simple alborotador —comentó—. Observa cómo busca probar su fuerza. Puede ser peligroso si subestima a sus oponentes… pero también tiene potencial. Podría sernos útil algún día.

William hizo un gesto dramático, pasando una mano por su cabello rubio perfectamente peinado, como si el mundo estuviese conspirando contra su gusto por la atención.
—Ah, maravilloso. Entonces, además de salvar a los novatos indefensos, ahora vamos a moldear un pequeño prodigio de dinosaurio para el futuro. Qué responsabilidad… y qué aburrido sueldo.

Catherine dejó escapar un pequeño murmullo que podría interpretarse como risa, pero lo contuvo.
—No es momento para dramatismos —dijo—. Vamos a prepararnos y salir cuanto antes. No sabemos cuánto tiempo llevará encontrarlo, y es mejor evitar que alguien salga herido antes de que lleguemos.

William resopló, pero su mirada reflejaba una chispa de emoción: cada aventura tenía su riesgo, su momento de gloria, y a pesar de todo, la presencia de Catherine a su lado convertía la misión en algo más que simples pasos burocráticos. Con un último vistazo a la recepcionista, que ya los observaba con paciencia, se pusieron en marcha, saliendo hacia las afueras de File City.

El sol caía suavemente sobre la ciudad, tiñendo las calles con tonos anaranjados. Catherine avanzaba con pasos medidos, mientras William hacía comentarios exagerados sobre la luminosidad y las sombras, intentando mantener la teatralidad que tanto le gustaba. Sin embargo, incluso él reconocía que la serenidad de Catherine le daba confianza: juntos, como dúo, estaban listos para enfrentarse al temperamento de un Agumon obstinado y cualquier desafío que el Bosque Inquebrantable les pusiera en camino.

El primer paso estaba dado. El duelo de astucia, fuerza y estrategia apenas comenzaba.
 
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El aire de File City comenzaba a cambiar a medida que William y Catherine avanzaban hacia las afueras. Las calles pulcras, iluminadas por luces holográficas y pantallas de anuncios, cedían poco a poco ante la vegetación incipiente que rodeaba los límites de la ciudad. Cada paso se sentía diferente: más real, más crudo, y con la sensación de que cualquier movimiento podría revelar la presencia de su objetivo.
William caminaba unos pasos delante, exagerando cada gesto, revisando su cabello con el cepillo portátil que nunca lo abandonaba, y lanzando comentarios al aire.

—Mira esas hojas, Catherine —dijo con sarcasmo—. Podrían formar parte de un escenario digno de mi próxima gran aventura. Claro, siempre que alguien me dé un contrato para protagonizarla.

Catherine inclinó ligeramente su tallo, dejando que los pétalos de su cabeza se movieran suavemente. Sus ojos verdosos seguían atentos el entorno: hojas pisoteadas, ramas rotas, rastros de fuego leve y marcas de garras en la tierra húmeda.

—Concéntrate, William —respondió con calma—. No estamos aquí para admirar la decoración natural. El Agumon no es un simple alborotador; busca medir su fuerza contra cualquier Tamer que considere débil. Debemos encontrarlo antes de que lastime a alguien.

William bufó, rodando los ojos, pero no replicó. Sabía que Catherine tenía razón. Su rol de showman no podía eclipsar la eficacia de su compañera. Mientras avanzaban, se cruzaron con pequeños Digimon nativos del límite del bosque: algunos Koromon jugueteaban entre la hierba alta, otros
Patamon observaban desde las ramas, lanzando chillidos curiosos. Catherine usó su capacidad de percibir energías digimon para trazar un patrón de movimiento: el Agumon no estaba solo, pero sus desplazamientos eran erráticos y agresivos, buscando un objetivo fácil.

—Veo sus rastros —murmuró Catherine—. Parece que ha pasado por aquí hace pocas horas. No atacará a alguien grande… pero cualquier Tamer novato podría convertirse en su próximo desafío.

William se inclinó sobre su bastón improvisado, como si examinara una obra de arte.

—Oh, qué emocionante —dijo teatral—. Una criatura con ego y hambre de espectáculo… casi puedo verme reflejado en él. Aunque, sinceramente, espero que no intente compararnos; creo que su sentido del estilo es… limitado.

Floramon soltó un suspiro silencioso, inclinando sus hojas hacia un lado mientras analizó los rastros: marcas de fuego dispersas, pisadas profundas en la tierra y una combinación de huellas que indicaban que Agumon había estado en combate reciente.

—William, si seguimos este rastro, llegaremos al lugar donde seguramente está enfrentando a un Tamer novato. Debemos intervenir con cuidado: no queremos que nadie salga lastimado, y necesitamos que Agumon permanezca consciente de que enfrentarse a nosotros no es un juego cualquiera.

El dúo continuó avanzando, con Catherine en posición central, observando cada detalle, cada sombra que se movía entre los árboles. William, mientras tanto, murmuraba con exageración sobre lo heroico que se veía en la luz del atardecer, mientras Catherine lo dejaba hablar, enfocada en la estrategia: olfatear la tensión del combate, anticipar los movimientos del Agumon y proteger a los posibles novatos atrapados en la escena.

De pronto, una risa infantil y un grito de frustración rompieron la serenidad del entorno. Catherine frunció ligeramente su "frente vegetal": alguien estaba en peligro, y los indicios de que el Agumon había encontrado un objetivo se confirmaban.

—Ahí está —susurró Catherine, sus hojas apuntando hacia la dirección de los sonidos—. No es difícil: lo veo en medio de un combate… y parece que no es el único participante.

William giró la cabeza, elevando las cejas con dramatismo.

—Oh, maravilloso. ¿Qué tenemos aquí? ¿Un festival de lloriqueos y torpezas? Esto promete.

Catherine, en silencio, comenzó a preparar sus ataques: aroma para atraer y controlar la atención de Agumon, látigo venenoso para contenerlo si era necesario, paralizante para frenar cualquier embestida peligrosa y su capacidad de curación para proteger a los inocentes. Todo estaba listo. El encuentro estaba a punto de comenzar, y ambos sabían que, aunque la misión fuera de nivel D, su éxito dependería de precisión, astucia y trabajo en equipo.

El Bosque Inquebrantable esperaba, silencioso pero lleno de peligros, mientras William y Catherine se acercaban al primer contacto con el Agumon desafiante.

El susurro del bosque se mezclaba con el quejido de hojas rotas bajo pasos torpes. William y Catherine se movían con cautela, siguiendo las huellas que indicaban la presencia de Agumon. Fue entonces cuando el aire se llenó de un coro de gritos infantiles y rugidos cortos: la escena se reveló ante ellos.

En un claro cercano, un Agumon mostrándose vigoroso y altivo lanzaba pequeñas llamaradas hacia un Bearmon marrón, que se movía con torpeza, intentando esquivar. Su Tamer, una niña de unos diez años, lloraba y daba órdenes desesperadas que parecían no surtir efecto. Cada vez que Bearmon tropezaba, William dejó escapar un suspiro teatral.

—Ah, qué adorablemente patético —musitó—. Parece que nuestro joven desafiante ha encontrado víctimas fáciles. Esto sí que es un espectáculo digno de mí… y casi me hace sentir compasión por ellos.

Catherine observaba con calma, evaluando la situación: la niña estaba claramente fuera de su elemento y Bearmon no tenía suficiente fuerza ni coordinación para defenderla. Sin embargo, su atención se centró en Agumon. Sus hojas se inclinaron ligeramente, analizando la energía del Digimon rival.

—No es un simple agresor —murmuró Catherine—. Busca medir su fuerza… y podría ser valioso para nosotros en el futuro si aprendemos a canalizar su potencial.

William frunció el ceño con teatral dramatismo, girando hacia Catherine.

—Ah, fantástico. No solo estamos salvando a un peluche llorón y su propietaria, sino que además vamos a domar al pequeño ego de un dinosaurio ardiente. Qué honor.

Catherine suspiró, dejando que sus hojas se movieran con suavidad mientras preparaba mentalmente su primera acción. Su ataque de aroma sería clave para distraer a Agumon y atraer su atención, evitando daños colaterales. El látigo venenoso quedaría listo para contenerlo si reaccionaba con agresión, y el paralizante sería la medida de seguridad final. La curación se reservaría para la niña o Bearmon si resultaban heridos en la refriega.

—William —dijo Catherine con tono sereno—, espera mi señal. Intervenir precipitadamente podría empeorar la situación.
Cuthbert rodó los ojos, pero obedeció, adoptando una pose dramática mientras mantenía una mano cerca de su cepillo, listo para cualquier
oportunidad de lucirse.

—Por supuesto, maestro de la calma —dijo—. Yo observo y comento la escena, mientras la heroína de hojas salva el día.

A pocos metros, Agumon rugió y lanzó una llamarada corta hacia Bearmon, que rodó torpemente y se levantó con más miedo que valentía. La niña sollozaba, incapaz de controlar a su compañero. Catherine inclinó sus hojas, liberando un aroma sutil y penetrante que se extendió hacia Agumon. El efecto fue inmediato: su mirada se fijó en ella, su agresividad momentáneamente desviada.

—Ahora, William —susurró Catherine—. Debemos posicionarnos estratégicamente. No buscamos destruirlo, solo enseñarle límites y redirigir su energía.

William dio un paso adelante con teatralidad exagerada, haciendo un gesto hacia Agumon como si desafiara a un adversario digno.
—¡Ven, pequeño lagarto arrogante! Si quieres medir tu fuerza, hazlo conmigo. No te preocupes, no morderé demasiado fuerte —añadió, guiñando un ojo hacia Catherine.

El duelo estaba a punto de comenzar oficialmente, pero esta vez con estrategia, astucia y coordinación entre el dúo. La niña y Bearmon, confundidos y aliviados, observaban cómo los recién llegados tomaban el control de la situación, mientras Catherine evaluaba cada movimiento, lista para usar sus ataques de manera precisa y segura.

El Bosque Inquebrantable parecía contener la respiración, anticipando el primer contacto formal entre William, Catherine y el desafiante Agumon.
 
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