(Mercado Sur, Metal Empire)
Las calles del mercado sur de Metal Empire hervían como un enjambre de hierro. El olor a aceite quemado y a chatarra recalentada se mezclaba con el de comida frita en aceite reciclado. Cada puesto era un cúmulo de tornillos, cables, piezas de segunda mano y humo que irritaba los ojos. Por encima de la multitud, resonaban los golpes sordos de martillos contra metal y el zumbido interminable de sierras automáticas.
Lara iba al frente, con su paso acelerado y la mirada saltando de un escaparate a otro, como si cada rincón fueseconde algún secreto digno de publicar en portada. Jorge, con su cuaderno a medio cerrar bajo el brazo, caminaba a su ritmo, midiendo cada gesto de los transeúntes. Liz mantenía la capucha baja, el rostro impasible, pero en los ojos brillaba la desconfianza con cada esquina oscura. Nótt, silencioso, se mantenía pegado a ella, los sentidos afilados como cuchillas.
El local de "Tornillos y más" no destacaba en exceso entre las demás tiendas, salvo por un cartel de chapa corroída donde las letras parecían a punto de caerse. Una bombilla roja parpadeaba justo sobre la entrada, como un ojo cansado vigilando a la multitud.
—Vaya, qué sutil —ironizó Jorge, ajustándose las gafas—. Con ese nombre cualquiera pensaría que aquí venden flores.
—Precisamente —murmuró Liz, acercándose a la puerta.
El interior estaba oscuro y cargado de humo. Estanterías hasta el techo repletas de piezas oxidadas formaban un laberinto improvisado. Al fondo, tras un mostrador cubierto de virutas de metal, un Gorimon los observaba en silencio, apoyado en un mazo de hierro que parecía demasiado familiarizado con los cráneos ajenos.
Liz no dudó. Se inclinó ligeramente hacia el mostrador y soltó la frase que Gazimon les había dado con tono firme, como si llevara usándola toda la vida:
—Buscamos la flor de hierro que se fortalece en las arenas doradas del desierto.
El silencio que siguió fue denso, pesado como una nube de humo metálico. Gorimon dejó escapar una carcajada grave, semejante al rechinar de un motor viejo. Sus enormes nudillos, forrados de placas oxidadas, golpearon con un clanc el mostrador, midiendo a cada uno con la mirada.
—No esperaba ver caras nuevas con esa contraseña —masculló, enseñando los colmillos en una mueca más de amenaza que de sonrisa. Sus ojos pasaron primero por Jorge, que mantuvo la calma con los brazos cruzados, luego por Lara, que ya parecía lista para soltar un comentario ácido, después se detuvieron en Gabumon, y al final se clavaron en Liz, como si intuyera que era ella quien tiraba de los hilos—. Pero las flores… se pagan caras. Y yo no regalo información.
—Vaya, qué sorpresa —bufó Lara, cruzándose de alas con teatralidad—. El típico "primero paga, luego hablo". ¿Qué será lo próximo? ¿Una sonrisa de villano y risita malévola?
Jorge, sin apartar la vista del simio de metal, empujó con el codo a la ave parlante, pidiendo silencio sin palabras. El periodista sabía leer atmósferas, y la de Gorimon era clara: un paso en falso y la puerta trasera se cerraría para siempre.
—Mira, venimos con interés genuino —intervino Jorge, bajando un poco la voz y apoyando con naturalidad las manos sobre el mostrador—. Queríamos conocer más sobre los… procesos de modificación.
—¿Modificación? —Gorimon ladeó la cabeza, sus ojos encendiendo un brillo amarillento que parecía escanearlos—. ¿Y para qué demonios quiere un grupo como vosotros jugar a ser cobayas?
Lara no tardó en tomar el relevo, alzando la barbilla con descaro.
—No se trata de jugar. Si hay técnicas para potenciar el cuerpo de un Digimon más allá de lo natural, queremos información. Supón que me interesa que este pajarraco tenga blindaje, o que la lobita de nuestra amiga gane colmillos de acero. Si eso existe, alguien debe saberlo.
Hawkmon abrió el pico, ofendido, pero Jorge le lanzó una mirada que bastó para mantenerlo callado.
Gorimon soltó una risa ronca, casi un rugido, apoyando el enorme mazo de hierro sobre el mostrador con un thud que retumbó por la sala.
—Sois muy listillos. Preguntáis demasiado para ser primerizos. Pero no negaré que el mercado de las mejoras existe. Sí, hay talleres que "revisan" cuerpos, que cambian carne por tornillos. Pero ese no es un camino para cualquiera. Hace falta dinero, lealtad… y agallas.
Liz entrecerró los ojos, la voz cargada de un veneno medido.
—Entonces quizá puedas hablarnos de uno en concreto. Un MetalGreymon.
La mención del nombre hizo que el ambiente se tensara de golpe. El simio no respondió al instante: los miró, primero con un gesto burlón, luego con frialdad absoluta.
—Ah, ya veo. No venís aquí a buscar un taller, ni a pagar un proceso. Venís a husmear sobre ese monstruo. —La carcajada grave se repitió, más áspera, como un engranaje al borde de romperse—. Os equivocáis si creéis que un desconocido como yo va a soltar ese tipo de información solo porque repetisteis una contraseña barata.
Nótt dio un paso instintivo hacia adelante, interponiéndose entre Liz y el Virus. Su rugido bajo resonó en el local como advertencia. Jorge, en cambio, mantuvo el aplomo.
—Dinos qué quieres a cambio —dijo, sereno, clavando la mirada en el simio—. Ya sabemos que no sueltas nada gratis.
Gorimon inclinó el torso hacia ellos, apoyando las manos rugosas sobre el metal, tan cerca que su aliento oxidado se mezclaba con el de los presentes.
—Un cargamento mío fue robado esta misma mañana. Piezas de alto voltaje, componentes que no se venden en ningún mercado oficial. No me importa si me los traéis intactos o si arrastráis a los ladrones de vuelta para darles una lección. Hacedlo, y tal vez me convenza de que sois más que aprendices con aires de detectives.
Liz apretó los dientes, como si tuviera que contener una réplica mordaz. Lara abrió un ala para señalar al gorila, indignada.
—O sea que hasta que no te hagamos un recado, aquí no sueltas nada. ¿Me equivoco?
—Te equivocas en algo, pajarita —replicó Gorimon con un gruñido grave, alzando apenas el mazo para dejar que la amenaza quedara clara—. Esto no es un recado. Es una prueba. Si no podéis con cuatro ratas que se llevaron mis cajas, no sobreviviréis ni medio segundo acercándoos a ese dinosaurio modificado.
El eco de sus palabras se quedó suspendido, aplastante, hasta que Jorge asintió despacio, como si hubiera obtenido justo lo que quería.
—¿Dónde? —preguntó Liz con voz seca, cortando el silencio.
Gorimon sonrió, satisfecho.
—Un callejón dos manzanas al este. Un par de matones de bajo nivel, pero saben cómo correr. Recuperad mi mercancía y tendréis las coordenadas que buscáis.
Liz apretó los dientes, los nudillos tensos dentro de sus guantes. El recuerdo de Dorumon seguía presente, pero no podía darse el lujo de dejar que la rabia la dominara.
—De acuerdo —respondió en un hilo de voz gélido—. Pero si resulta que nos haces perder el tiempo, serás tú quien tenga una visita de Digital Security.
—Hmph. Valiente amenaza, señorita gótica. —Gorimon agitó una mano en gesto despectivo, como si apartara polvo—. Id, y volved antes de que cierre el negocio. —Se giró hacia sus compañeros y, con un gesto, dio por cerrada la reunión.
Mientras salían de la tienda, el sonido de la carcajada de Gorimon los siguió como un martilleo metálico. Liz caminaba en silencio, acariciando el lomo de Gabumon, que aún no bajaba la guardia. Lara, en cambio, soltó un silbido burlón.
—Me encanta cuando todo se resuelve con el clásico "trabaja gratis primero y luego hablamos". ¿Seguro que este tipo no es un cliché con patas?
—Tal vez lo sea —contestó Jorge, abriendo de nuevo su cuaderno—. Pero es el cliché que sabe dónde encontrar a MetalGreymon. Y eso lo convierte en alguien que no podemos ignorar.
El grupo salió de la tienda y el bullicio del mercado volvió a envolverlos. Lara resopló, mirando en dirección al este.
—Genial, otra carrerita detrás de ratas callejeras. Y yo que pensaba que íbamos a tener acción de verdad.
—Toda acción empieza con un pie en falso —replicó Jorge, caminando a su lado—. Y prefiero que ese pie en falso no nos haga volar por los aires con un Giga Blaster.
Gabumon, hasta entonces callado, gruñó suavemente.
—Sea lo que sea, si nos acerca a ese MetalGreymon, lo haremos.
Liz posó una mano sobre su cabeza, en un gesto breve y firme.
—Exacto. Terminemos con esto rápido.
El callejón señalado era un laberinto de paredes metálicas, lleno de basura electrónica y bidones vacíos que apestaban a óxido. Apenas pusieron un pie dentro, dos figuras surgieron de entre las sombras: un Guardromon con el pecho marcado de grafitis y un Commandramon armado con un rifle de pulsos desgastado.
—Ya decía yo que Gorimon mandaría a alguien —rió el reptil, apuntando el arma hacia el grupo—. Pero no esperábamos compañía tan… pintoresca.
—Oye, Jorge —susurró Lara, con una chispa de entusiasmo en la voz—. ¿Me dejas a mí abrir el baile?
El reportero suspiró, acomodando el cuaderno bajo el brazo y cruzándose de brazos.
—Adelante. Pero intenta no convertir el mercado entero en tu audiencia.
Los ojos de Lara brillaron, lista para lanzarse al frente, mientras Nótt avanzaba lentamente, su pelaje erizado como un aviso silencioso.
El aire en el callejón estaba cargado de electricidad y amenaza. El chirrido de un transformador roto zumbaba de fondo, intercalado con el eco metálico de pasos sobre las chapas oxidadas. Frente a ellos, el Guardromon grafiteado alzó los brazos pesados como bloques de hierro, mientras Commandramon ajustaba su rifle con precisión fría.
—Última advertencia —gruñó el reptil—. ¡Dad media vuelta y olvidad el cargamento!
Lara esbozó una sonrisa torcida, ese brillo peligroso que Jorge ya conocía demasiado bien. El reportero, sin apartar su cuaderno del pecho, soltó un suspiro resignado.
—Sabía que ibas a querer protagonizar la función. Hazlo rápido.
—Encantado —replicó ella, extendiendo el digivice en un gesto impulsivo.
La pantalla brilló como un relámpago en mitad del callejón, bañando a Hawkmon en un resplandor ámbar.
—¡Armadigievolución!
El aire se impregnó de energía, y el cuerpo de Hawkmon se expandió, deformándose en líneas de fuerza y luz. Donde antes había un ave ágil, emergió un
Moosemon, imponente, con cornamenta refulgente y cascos resonando sobre el suelo metálico.
El callejón entero tembló cuando golpeó el suelo con las patas delanteras.
—¡A ver si podéis detenerme ahora! —bramó Lara desde la garganta del ciervo blindado.
Nótt, que hasta ese instante había contenido su instinto, dio un salto al frente. El digivice de Liz ardió con un fulgor azul intenso.
—¡Digievoluciona a… Garurumon!
El Gabumon fue envuelto en llamas azules, su silueta estirándose, los colmillos brillando con un fulgor gélido. En segundos, un
Garurumon de pelaje plateado se plantó entre la banda rival y Liz, emitiendo un rugido que heló el aire.
Guardromon fue el primero en actuar.
—¡Destruction Grenade!
El proyectil salió disparado hacia Moosemon. Lara embistió de frente, su cornamenta iluminada por energía sagrada.
—¡ Horn Blade!
Los cuernos resplandecieron y partieron en dos la granada metálica, la onda de choque rebotando contra las paredes sin alcanzarlos de lleno.
Commandramon aprovechó la distracción para disparar ráfagas de su rifle. Garurumon se lanzó de costado, esquivando por un pelo los proyectiles, para luego abalanzarse con un rugido ensordecedor.
—¡Fox Fire!
La llamarada azul salió disparada de sus fauces, golpeando al reptil y forzándolo a rodar por el suelo, las escamas chamuscadas.
—¡Maldito perro! —escupió Commandramon, tratando de reincorporarse.
—Perro no. —Liz alzó la voz, tan fría como el aliento de su compañero—. Lobo.
Moosemon redobló el ataque, embistiendo con todo el peso de su cuerpo contra Guardromon. El impacto lo estampó contra un contenedor oxidado que se dobló como papel. El cyborg soltó chispas y gemidos metálicos, intentando ponerse en pie con movimientos lentos y descoordinados.
Jorge dio un paso adelante, guardando el cuaderno bajo el brazo mientras alzaba la voz:
—Ya tenéis vuestra respuesta. No estamos aquí a perder el tiempo. El cargamento, ¿dónde está?
Commandramon, jadeando, intentó encarar otra vez el rifle, pero Garurumon le puso una zarpa en el pecho, con las garras apenas presionando la coraza. El reptil tragó saliva, reconociendo que estaba superado.
—¡Está… está en el almacén del final del callejón! —escupió entre dientes—. Solo queríamos una parte… ¡no pensábamos que Gorimon enviaría a un grupo entero!
Moosemon golpeó el suelo con un casco, el eco vibrando como un trueno metálico.
—Pues ya pensasteis mal.
Liz se acercó a Garurumon y, con un leve gesto de la mano, ordenó que soltara al enemigo. El lobo retiró las garras con un gruñido bajo.
En menos de cinco minutos, el grupo había recuperado la mercancía: tres cajas metálicas marcadas con sellos eléctricos y advertencias de alto voltaje. Lara, todavía transformada en Moosemon, cargó con ellas como si fueran ligeras mochilas.
Jorge observaba la escena con una mezcla de pragmatismo y preocupación.
—Demasiado fácil —murmuró—. Si Gorimon quería probarnos, lo ha conseguido. Pero me huele a que aquí hay más que un simple robo de piezas.
Liz asintió en silencio, acariciando el lomo aún caliente de Garurumon antes de que este se sacudiera y deshiciera la evolución en un resplandor azul.
De vuelta al mercado, los ruidos de la multitud volvieron a envolverlos. Moosemon avanzaba con paso pesado, abriéndose camino entre los curiosos que se apartaban al ver su imponente cornamenta. Jorge, fiel a su costumbre, anotaba en su cuaderno mientras caminaba.
—"Prueba superada", supongo. Ahora veamos si el simio de hierro cumple su parte del trato.
Lara soltó un bufido orgulloso, sacudiendo las orejas de Moosemon.
—Ya verás, seguro que ahora canta todo lo que sabe.
Con el cargamento asegurado y la amenaza neutralizada, el cuarteto enfiló de regreso a
Tornillos y más. La verdadera información —y quizás el verdadero peligro— los esperaba detrás de aquel mostrador cubierto de virutas metálicas.
Luigi