Rango A El Legado del Sol [Tatsuya Kamisato]

Gennai

Eclipse Dynasty Member
"El Legado del Sol"​


- NPC involucrado: Coronamon
- Sinopsis: Llamado por la "sangre" (data) que recorre su cuerpo, un Coronamon se ha interesado en una leyenda antigua que involucra el Desierto Oasis a las afueras de la ciudad. Se trata del "Templo del Sol", un antiguo recinto erguido en honor al Olympos XII Apollomon, oculto entre las ardientes arenas del desierto hasta desaparecer de la memoria de la población. Se dice que este Templo oculta secretos que le permitirán a los descendientes del Olimpo liberar su verdadero potencial, una historia que ha despertado el interés del Child en aprender acerca de qué clase de legados habrán dejado sus ancestros en tan místico lugar. Es por esto que ha requerido la ayuda de un Tamer que lo ayude a sortear los peligros del desierto para hallar el Templo y descubrir sus misterios
- Escenario: Oasis Desert
- Objetivos:
  • Escoltar a Coronamon por Oasis Desert
  • Hallar y confirmar la existencia del Templo del Sol
  • Explorar su interior
- Notas:
  • Coronamon posee información sobre la leyenda del Templo, sin embargo no conoce su ubicación exacta. Su mejor pista es un pasaje específico, "el Templo se encuentra donde la tierra arde tanto como el Sol"
  • Como de costumbre, se requiere cuidado al viajar por el desierto. No solo las altas temperaturas son peligrosas, también la leyenda insinúa que estas temperaturas son aún mayores en los alrededores del Templo
  • Atentos a la presencia y ataque de los Digimon salvajes del área. Además, tengan cuidado de posibles bandidos o asaltatumbas que se interesen también en la leyenda.
  • Al explorar el Templo se debe ser cauteloso por la presencia de trampas. También se cree que puede habitar un "guardián" con el objetivo de deshacerse de los intrusos
Tamer: Tatsuya Kamisato​
 
OP
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Gennai

Gennai

Eclipse Dynasty Member
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El llamado de la sangre solar​



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La mañana había comenzado con una tranquilidad extraordinaria en File City, una de esas jornadas en las que los comerciantes abrían sus establecimientos sin demasiada prisa, los Tamers recorrían las calles buscando alguna oportunidad interesante y los Digimon aprovechaban la relativa seguridad de la ciudad para disfrutar de actividades que difícilmente podrían permitirse en los territorios salvajes del Mundo Digital. El cielo lucía despejado, una agradable brisa recorría las avenidas y el sol iluminaba las fachadas de los edificios con una calidez que todavía no resultaba incómoda. Era, en otras palabras, un día perfecto para no hacer absolutamente nada, una circunstancia que Tatsuya Kamisato había decidido aprovechar desde muy temprano. El ex-Yakuza descansaba cómodamente en una silla reclinable instalada en la terraza de un pequeño establecimiento, con sus largas piernas extendidas sobre otra silla y su smartphone descansando entre los dedos de una mano. Su cabello negro permanecía recogido en una coleta descuidada, mientras el habitual cubrebocas negro ocultaba la parte inferior de su rostro, dejando visibles únicamente aquellos ojos color miel que parecían examinar el mundo con perpetua indiferencia. Sobre la mesa descansaban algunos catálogos de antigüedades, una bebida fría y una pequeña libreta donde había anotado las ganancias obtenidas durante sus últimas operaciones comerciales. A juzgar por la satisfacción que transmitía su mirada, los números eran bastante favorables. Lamentablemente, aquella paz estaba destinada a terminar en cuanto cierta criatura blanca de capa roja decidiera abrir la boca.

—Tatsuya, llevas casi tres horas sentado en esa silla. ¿No piensas hacer nada productivo durante el resto del día? —preguntó Dainsleif, observando a su Tamer con evidente desaprobación.

—Estoy haciendo algo productivo, enano. Estoy descansando para mantener mi salud física y mental. Es una inversión a largo plazo—.

—¡Deja de llamarme enano! ¡Y no puedes considerar una inversión pasar toda la mañana acostado!—.

—Claro que puedo. Mi cuerpo es mi principal herramienta de trabajo. Si se descompone, pierdo dinero. Por lo tanto, descansar es una actividad empresarial—.

—Esa es la excusa más descarada que te he escuchado esta semana—.

—¿Solamente esta semana? Estoy perdiendo práctica—.

Dvalin, que permanecía cerca de ambos examinando una pequeña figura artesanal adquirida aquella mañana, soltó una carcajada al escuchar el intercambio. El Pteromon había dedicado buena parte de su tiempo a recorrer los puestos de artesanías de File City, fascinado por las distintas técnicas utilizadas por los Digimon para trabajar cristales, minerales y fragmentos de metal recuperados de antiguas ruinas. Su curiosidad artística había terminado contagiándolo del interés de Tatsuya por las antigüedades, aunque sus motivaciones eran considerablemente diferentes: mientras el comerciante calculaba cuánto podía obtener por revender una pieza, Dvalin imaginaba dónde podría exhibirla en aquella galería de arte que algún día esperaba construir. Dainsleif, por su parte, consideraba que ambos necesitaban urgentemente aprender a utilizar su tiempo de manera responsable. El pequeño dragón blanco se acomodó su preciada capa roja, observó nuevamente al humano y finalmente señaló con una de sus patas el edificio de administración de Quests de la Central de Tamers que se encontraba al otro lado de la calle.

—Por lo menos podríamos revisar las Quests disponibles. Hace varios días que no aceptamos una misión importante—.

—Y precisamente por eso mi esperanza de vida ha aumentado considerablemente—.

—¡Tatsuya!—.

—Dain, tampoco hace falta que lo obligues —intervino Dvalin con una sonrisa—. Aunque admito que me gustaría salir de viaje. Hace tiempo que no encontramos ruinas interesantes y todavía quiero conseguir algunas esculturas antiguas para mi colección—.

—Gracias, Dvalin. Tú sí entiendes el valor del descanso—.

—Eso no significa que esté de acuerdo contigo. También deberíamos hacer algo de ejercicio—.

—Retiro lo dicho. Los dos están conspirando contra mi felicidad—.

Sin embargo, la aparente indiferencia del comerciante desapareció parcialmente cuando su smartphone emitió una notificación procedente del sistema de Quests. La pantalla mostró una nueva solicitud de rango A, recientemente publicada y todavía sin un Tamer asignado. Tatsuya estuvo a punto de ignorarla, convencido de que cualquier misión de semejante categoría implicaría riesgos incompatibles con sus planes de jubilación anticipada, hasta que sus ojos repararon en dos palabras particularmente interesantes: Templo del Sol. Aquella denominación despertó una curiosidad que no tenía absolutamente nada que ver con el heroísmo. Durante sus numerosos viajes por el Mundo Digital había aprendido que los antiguos templos, las ciudades abandonadas y los santuarios olvidados podían contener objetos históricos de enorme valor, desde inscripciones y documentos hasta artefactos capaces de alcanzar precios absurdos entre determinados coleccionistas. Que el recinto estuviera asociado con uno de los Olympos XII incrementaba considerablemente su interés, porque cualquier vestigio auténtico relacionado con semejantes Digimon constituía un descubrimiento de extraordinaria importancia. El humano enderezó lentamente la espalda, examinó la descripción y comenzó a leer con una atención que no había mostrado en toda la mañana.

—Vaya, vaya... Esto sí podría resultar interesante—.

Dainsleif levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Qué encontraste?—

—Una Quest de rango A. Escoltar a un Coronamon hasta un templo perdido en Oasis Desert, investigar su existencia y explorar el interior. Según la descripción, el lugar fue construido en honor a Apollomon—.

—¿Apollomon? —repitió Dvalin, acercándose con evidente curiosidad—. ¿Uno de los Olympos XII?—.

—El mismo. Y aparentemente nadie recuerda dónde se encuentra ese templo—.

—Eso significa que podría tratarse de una ruina histórica completamente desconocida —comentó el Pteromon, entusiasmándose—¡Imaginen las esculturas, los relieves, las pinturas y los objetos ceremoniales que podríamos encontrar!—

—Imaginen las trampas, los Digimon salvajes y el calor infernal que tendremos que soportar— replicó Dainsleif, cuya expresión había cambiado considerablemente al escuchar el nombre del desierto.

Tatsuya observó al pequeño dragón blanco durante algunos segundos antes de dejar escapar una risa discreta detrás del cubrebocas. Conocía perfctamente la aversión de Dainsleif hacia las temperaturas abrasadoras de Oasis Desert, un territorio que el Hackmon consideraba uno de los lugares más desagradables del Mundo Digital. Aquello volvía la situación particularmente entretenida, porque el mismo Digimon que llevaba toda la mañana insistiendo en que debían aceptar una Quest ahora parecía estar buscando motivos para permanecer en la ciudad. Dvalin también lo había comprendido y no tardó en dirigirle una mirada traviesa a su compañero, quien inmediatamente comprendió que había cometido un error.

—¿Qué sucede, Dain? —preguntó Tatsuya con inocencia exagerada—Hace un momento estabas desesperado por trabajar. ¿Ahora quieres quedarte descansando?—.

—¡No he dicho eso!—.

—Entonces estupendo. Prepárate para unas vacaciones en el desierto—.


—¡Eso no son vacaciones, maldito holgazán!—.

—Para mí sí. Tú puedes entrenar mientras yo disfruto del paisaje—.

—¡Te voy a dejar enterrado en la arena!—.

—Dvalin, toma nota. Nuestro querido enano acaba de amenazar a su Tamer delante de testigos—.

—Yo también escuché la amenaza —respondió Dvalin, divertido—. Aunque debo admitir que probablemente te la mereces—.

Tatsuya soltó un suspiro teatral, guardó su smartphone y finalmente se levantó de la silla. La perspectiva de obtener alguna reliquia antigua había conseguido lo que los constantes sermones de Dainsleif rara vez lograban: convencerlo de abandonar voluntariamente su descanso. Antes de comprometerse, no obstante, decidió examinar cuidadosamente los términos del encargo, porque la descripción contenía demasiadas incógnitas como para aceptar sin hacer preguntas. No había una ubicación confirmada, se advertía sobre temperaturas excepcionalmente elevadas, existían rumores de posibles asaltatumbas y tampoco podía descartarse la presencia de un guardián. Para cualquier Tamer experimentado, aquellas advertencias justificaban una preparación considerable; para un comerciante acostumbrado a evaluar riesgos, representaban motivos suficientes para exigir información adicional antes de firmar cualquier acuerdo. El humano consultó la ficha nuevamente y comprobó que el solicitante se encontraba esperando en las instalaciones administrativas. Con un movimiento de cabeza indicó a sus compañeros que lo siguieran, ignorando los comentarios de Dainsleif sobre la conveniencia de llevar suficiente agua y evitando mencionar que, por primera vez en varios días, realmente tenía curiosidad por lo que encontrarían.

El edificio de la Central de Tamers presentaba una actividad moderada cuando Tatsuya atravesó sus puertas acompañado por Dainsleif y Dvalin. Varias pantallas mostraban solicitudes procedentes de distintos territorios de File Island, mientras algunos Tamers discutían las condiciones de sus próximas expediciones y otros regresaban para registrar los resultados de trabajos terminados. El ex-Yakuza conocía perfectamente aquellos procedimientos, pues su rango Chief y la considerable cantidad de misiones completadas le permitían acceder a encargos que muchos aventureros todavía consideraban inalcanzables. Pese a ello, seguía rechazando sistemáticamente las invitaciones para integrarse a alguna Guild, convencido de que compartir beneficios y aceptar órdenes permanentes constituía una pésima decisión empresarial. Tras identificar la solicitud correspondiente, se acercó al mostrador y solicitó hablar directamente con el responsable del encargo.
La encargada revisó el registro, comprobó su autorización para aceptar Quests de rango A y señaló una zona de espera donde un pequeño Digimon de pelaje anaranjado permanecía sentado junto a una mochila demasiado grande para su tamaño. Su melena parecía una corona de llamas, sus extremidades mostraban marcas oscuras y su cola se movía de manera inquieta mientras examinaba repetidamente un pergamino envejecido. Era Coronamon.
El pequeño Digimon levantó la mirada cuando observó acercarse a aquel humano extraordinariamente alto, vestido de negro y con buena parte del rostro oculto. Sus ojos se desplazaron inmediatamente hacia los dos compañeros que caminaban a su lado, deteniéndose especialmente en Dainslef, cuya capa roja y actitud disciplinada contrastaban con la despreocupación del Tamer. Coronamon se levantó apresuradamente, acomodó su mochila y realizó una pequeña reverencia, intentando demostrar una formalidad que resultaba casi cómica debido a su evidente nerviosismo. Tatsuya, por su parte, lo observó de arriba abajo antes de acomodarse frente a él, cruzar los brazos y adoptar aquella expresión indescifrable que tantos comerciantes habían aprendido a temer durante una negociación. Dvalin saludó amistosamente con una de sus alas, mientras Dainsleif permaneció atento al entorno, aparentemente decidido a comprobar si el solicitante comprendía realmente los peligros de la expedición.

—¿Tú eres Coronamon? —preguntó Tatsuya.

—¡Sí! ¡Mucho gusto! ¿Usted es el Tamer que aceptará mi solicitud?—.

—Todavía no he aceptado nada. Primero quiero escuchar tu historia y saber exactamente qué pretendes encontrar.

—¡Ah! ¡Entiendo! ¡Por supuesto! Mi nombre es Coronamon y estoy investigando una antigua leyenda sobre el Templo del Sol. Dicen que fue construido hace muchísimo tiempo para honrar a Apollomon, uno de los doce grandes dioses del Olimpo—.

—Eso aparece en el anuncio. Quiero saber qué información tienes que no esté escrita allí—.

Coronamon parpadeó, sorprendido por la franqueza del humano. Sin embargo, lejos de desanimarse, abrió cuidadosamente su mochila y extrajo un pergamino cuya superficie presentaba varias manchas oscuras, bordes desgastados y símbolos que parecían representar llamas dispuestas alrededor de un círculo central. Lo extendió sobre la mesa y permitió que los tres visitantes examinaran su contenido. Dvalin se inclinó inmediatamente para estudiar los dibujos, fascinado por el estilo de los trazos y los pigmentos utilizados, mientras Dainsleif observaba las inscripciones con evidente interés. Tatsuya reconoció que aquello no parecía una simple reproducción decorativa: el material presentaba un desgaste irregular, las tintas conservaban una profundidad característica de determinados documentos antiguos y algunos símbolos coincidían parcialmente con motivos que había visto en otras ruinas del Mundo Digital. No significaba que el pergamino fuera auténtico, pero sí que merecía una investigación más cuidadosa. El comerciante acercó la hoja a la luz, examinó su superficie sin tocar las partes más frágiles y señaló una línea escrita bajo la representación de una estructura piramidal.

—¿De dónde sacaste esto?— preguntó el Tamer.

—Lo encontré entre los objetos que dejó un anciano Firamon al que conocí hace algún tiempo. Él coleccionaba historias relacionadas con los Digimon solares. Antes de marcharse, me contó que sus antepasados hablaban de un lugar donde los descendientes del Sol podían descubrir el verdadero significado de su poder—.

—¿Y por qué estás tan interesado?—.

Coronamon bajó ligeramente las orejas antes de mirar el dibujo del templo. Durante unos instantes pareció debatirse entre ofrecer una respuesta convencional o explicar aquello que realmente lo había llevado a buscar ayuda. Finalmente, apoyó ambas patas sobre el pergamino y habló con una sinceridad que consiguió captar incluso la atención del escéptico Tatsuya. Explicó que desde pequeño había escuchado relatos sobre la grandeza de Apollomon, sobre las llamas solares que podían iluminar territorios enteros y sobre la responsabilidad que acompañaba a semejante poder. Sin embargo, aunque compartía características y una línea de datos evolutivos relacionada con aquellos seres legendarios, nunca había comprendido qué significaba realmente pertenecer a semejante legado. No pretendía proclamarse hijo directo de un dios ni reclamar un poder que todavía no poseía; simplemente deseaba averiguar si existía alguna verdad detrás de aquellas historias. Había investigado durante semanas, consultado a otros Digimon y recorrido distintos lugares buscando información, hasta que finalmente reunió suficientes indicios para creer que el Templo del Sol no era únicamente una leyenda. Su problema era que los indicios no ofrecían una dirección concreta y que adentrarse solo en Oasis Desert equivalía prácticamente a una sentencia de muerte.

—Quiero descubrir de dónde viene el poder que algún día podría alcanzar —confesó Coronamon— Si realmente existe algo que nuestros antepasados dejaron en ese templo, quiero verlo con mis propios ojos. No busco convertirme inmediatamente en Apollomon ni conseguir una fuerza que no merezca. Solamente quiero comprender quiénes fueron y qué esperaban de nosotros—.

Dainsleif contempló al pequeño Digimon con una expresión considerablemente más amable. Aquellas palabras le recordaban, inevitablemente, sus propios años de entrenamiento bajo la supervisión de Raiko (Gankoomon) y las Sistermons, cuando todavía creía que bastaba con esforzarse indefinidamente para alcanzar cualquier objetivo. Había descubierto de manera dolorosa que el crecimiento no siempre dependía únicamente de la voluntad y que algunas respuestas debían encontrarse recorriendo caminos desconocidos. Dvalin también parecía conmovido, aunque su atención continuaba alternándose entre Coronamon y las representaciones artísticas del pergamino. Tatsuya, en cambio, permaneció silencioso, estudiando los símbolos mientras evaluaba las posibles implicaciones de lo que acababa de escuchar. Finalmente señaló la inscripción que había identificado anteriormente y pidió al pequeño Digimon que le explicara su significado.

—Aquí menciona algo sobre la ubicación, ¿verdad?—.

—¡Sí! Esa es nuestra mejor pista. Según la traducción que conseguí, el pasaje dice: «El Templo se encuentra donde la tierra arde tanto como el Sol»—.

—Qué conveniente. Una pista que básicamente nos dice que busquemos un lugar caliente dentro de un desierto —murmuró Tatsuya.

—Bueno... dicho de esa manera...—.

—¿Tienes coordenadas, mapas, registros de expediciones anteriores o testimonios de alguien que haya visto el templo?—.

—No exactamente—.

—¿Algún monumento, montaña o formación rocosa que sirva como referencia?—.

—Tampoco—.

—¿Alguien que haya regresado de una expedición al lugar?—.

Coronamon guardó silencio. Tatsuya se recargó contra el respaldo de su silla y dejó escapar un suspiro particularmente largo. La situación resultaba peor de lo que esperaba. No solamente debían atravesar uno de los territorios más hostiles de File Island, sino que tendrían que encontrar una estructura cuya existencia ni siquiera estaba confirmada y cuya única referencia geográfica consistía en una metáfora. El comerciante había participado en expediciones considerablemente peligrosas, pero pocas cosas le desagradaban más que invertir tiempo y recursos en un proyecto sin información suficiente. Sin embargo, la presencia de aquel pergamino ofrecía una posibilidad interesante: si su antigüedad podía comprobarse, tal vez existieran otras referencias históricas que permitieran reconstruir la ubicación del templo. Además, la leyenda mencionaba una característica extraordinaria del terreno, una temperatura supuestamente superior a la del resto del desierto, lo que podría relacionarse con alguna anomalía geográfica o energética. Tatsuya no poseía poderes sobrenaturales ni la capacidad de percibir directamente la Data del entorno, pero llevaba demasiados años sobreviviendo gracias a su inteligencia como para depender exclusivamente de capacidades especiales. Donde otros veían una pista insuficiente, él veía un problema de investigación que necesitaba resolverse antes de avanzar.

—Dime algo, Coronamon. Cuando dices que la tierra arde tanto como el Sol, ¿estás seguro de que habla solamente de temperatura?—.

—¿A qué se refiere?—.

— Podría describir una zona de actividad térmica, un campo de minerales que acumule calor, una antigua instalación o cualquier otra cosa. Incluso podría ser una referencia simbólica. No sabemos si el autor pretendía describir el terreno literalmente—.

—Nunca había pensado en eso...—.

—Ese es tu primer problema. Estás buscando un templo, pero ni siquiera sabes qué significa la pista que debería llevarte hasta él—.

Dvalin acercó una de sus alas al pergamino y examinó nuevamente los símbolos. Su experiencia apreciando obras de arte y estudiando piezas antiguas le permitió advertir ciertos detalles que ninguno de los presentes había mencionado. La representación del supuesto templo mostraba un círculo solar sobre una estructura escalonada, pero debajo aparecían varias líneas onduladas que podían interpretarse como llamas, corrientes de agua o movimientos del terreno. También observó que una parte del dibujo había sido cubierta deliberadamente con una capa adicional de pigmento, posiblemente mucho tiempo después de elaborarse la ilustración original. Dvalin señaló aquella diferencia y pidió permiso para examinar el documento con mayor detenimiento, cuidando de no dañar su superficie. Coronamon aceptó inmediatamente, sorprendido de que el Pteromon pudiera encontrar información donde él solamente veía manchas antiguas.

—Tatsu, hay algo extraño aquí. Mira esta sección. El pigmento que cubre estas líneas no parece tener la misma antigüedad que el resto del dibujo—.

—¿Una modificación posterior?—.

—Posiblemente. Alguien pudo haber intentado ocultar una parte de la representación original. No puedo asegurarlo sin examinar mejor el material, pero la diferencia es bastante evidente—.

—Interesante... Muy interesante—.

—¿Crees que alguien escondió deliberadamente la ubicación del templo? —preguntó Dainsleif.

—Es una posibilidad— indicó el comerciante — Otra es que el pergamino haya sido restaurado incorrectamente. Todavía no tenemos razones suficientes para elegir una explicación. Pero si alguien modificó el documento para ocultar información, tendremos que considerar por qué lo hizo—.

Coronamon observó el pergamino con renovada preocupación. Hasta ese momento había imaginado que su mayor dificultad consistiría en soportar las temperaturas del desierto y defenderse de posibles Digimon salvajes. La posibilidad de que alguien hubiera alterado intencionalmente los registros históricos introducía una dimensión completamente diferente en su búsqueda. Tatsuya comprendió aquella inquietud, aunque decidió no alimentarla con especulaciones. En su experiencia, los tesoros más valiosos solían estar rodeados de rumores, documentos falsificados y relatos deliberadamente exagerados, pero también había encontrado ocasiones en las que una leyenda aparentemente absurda escondía información extraordinariamente precisa. Recordó ciertas operaciones comerciales relacionadas con antigüedades de Metal Empire, donde pequeños errores en una inscripción habían terminado revelando la procedencia auténtica de piezas que otros consideraban inútiles. Aquello le había enseñado una lección muy sencilla: antes de perseguir una historia, convenía descubrir quién la había contado y qué podía ganar con ella. Sin embargo, también sabía que demasiadas preguntas podían paralizar una investigación indefinidamente, por lo que decidió concentrarse en aquello que sí podían comprobar.

—Bien. Supongamos que acepto acompañarte. ¿Qué esperas exactamente de nosotros?—.

—Quiero que me ayuden a atravesar Oasis Desert, encontrar el Templo del Sol y explorar su interior. Si descubrimos algo relacionado con mis antepasados, me gustaría estudiarlo—.

—Eso coincide con la Quest. Mi pregunta es qué sucederá si encontramos objetos históricos valiosos—.

—¿Objetos históricos?—.

—Estatuas, monedas, herramientas, joyas, artefactos ceremoniales, documentos... Ese tipo de cosas—.

—¡Tatsuya! —intervino Dainsleif inmediatamente—¡El pequeño está hablando de sus antepasados y tú ya estás pensando en vender sus pertenencias!—.

—No confundas investigación arqueológica con saqueo, enano. Precisamente estoy preguntando para establecer límites antes de comenzar—.

—¡Sabes perfectamente que no me refiero a eso!—.

—Entonces guarda silencio y déjame trabajar—.

Coronamon observó aquel intercambio sin saber exactamente cómo reaccionar. Dvalin, acostumbrado a las discusiones del trío, intervino antes de que Dainsleif comenzara a enumerar los defectos morales de su compañero humano. Explicó que Tatsuya era comerciante de antigüedades y que su insistencia en establecer acuerdos tenía un propósito práctico: impedir que surgieran conflictos posteriores sobre la propiedad de los objetos encontrados. También aclaró que ninguno de ellos necesitaba apropiarse de reliquias sagradas ni destruir un santuario para obtener beneficios. De hecho, Tatsuya había rechazado anteriormente transacciones muy lucrativas cuando descubrió que los artículos ofrecidos procedían de robos o falsificaciones. El comerciante permaneció en silencio durante aquella explicación, aparentemente satisfecho de que Dvalin estuviera realizando gratuitamente una parte importante de su trabajo de negociación.
Coronamon terminó comprendiendo la situación y aceptó establecer condiciones razonables: cualquier objeto vinculado directamente con los misterios del templo sería documentado y estudiado antes de considerar otro destino, mientras que los hallazgos ajenos al patrimonio sagrado podrían evaluarse conforme a su procedencia y a las reglas aplicables al lugar. La recompensa oficial por la Quest cubriría el servicio de escolta, pero los gastos extraordinarios y cualquier riesgo no contemplado tendrían que discutirse antes de asumirlos.

—Entonces tenemos un principio de acuerdo —concluyó Tatsuya— No prometo que encontremos el templo, pero sí que utilizaremos los medios razonables para buscarlo. Si aparece algún peligro que supere nuestras posibilidades o comprometa tu seguridad, nos retiraremos—.

—¡Entendido!—.

—Y otra cosa. Durante la expedición vas a seguir nuestras instrucciones. Nada de separarte del grupo porque veas una inscripción interesante o una luz misteriosa—.

—¡Lo prometo!—.

—Perfecto. Dainsleif, Dvalin, tenemos trabajo—.

—Al fin —respondió el Hackmon, satisfecho.

—Aunque quisiera aclarar que aceptar esta Quest no significa que haya abandonado mis planes de retirarme. Solamente estoy financiando mi futura jubilación—.

—¡Maldito holgazán!—.

La preparación comenzó poco después del mediodía, cuando Tatsuya decidió que no pondrían un pie en Oasis Desert sin disponer de suficiente información sobre sus condiciones actuales. Durante las siguientes horas visitaron establecimientos especializados en suministros para expediciones, consultaron registros de rutas comerciales y conversaron con algunos viajeros que habían atravesado recientemente las zonas periféricas del desierto. El humano examinó los mapas disponibles, identificó varios puntos donde tradicionalmente se abastecían las caravanas y marcó algunos lugares que podrían utilizar como refugio en caso de que las temperaturas alcanzaran niveles peligrosos. También verificó la existencia de tormentas de arena recientes, caminos abandonados y áreas donde se habían registrado ataques de Digimon salvajes. La información era incompleta, pero suficiente para diseñar una ruta inicial que evitara las zonas más peligrosas. Contrariamente a su apariencia despreocupada, Tatsuya se mostraba extremadamente meticuloso cuando una operación implicaba riesgos reales, especialmente porque era consciente de sus propias limitaciones. No poseía Digisoul activo, ni habilidades sobrehumanas, ni ninguna capacidad que le permitiera resistir temperaturas imposibles o enfrentarse personalmente a un Digimon poderoso. Si algo salía mal, dependería de su preparación, de su capacidad para tomar decisiones y de la protección de Dainsleif y Dvalin.

El equipo adquirido reflejaba aquella filosofía. Tatsuya consiguió recipientes adicionales de agua, soluciones de rehidratación, provisiones resistentes al calor, mantas para aislamiento térmico, cuerdas, herramientas de excavación, filtros para protegerse del polvo y diversos suministros médicos. También revisó cuidadosamente sus dispositivos digitales, comprobando el funcionamiento del D-Arc, el Xros Loader y el D-Pet, además de verificar las cartas disponibles para situaciones de combate o emergencia. Aunque sus compañeros poseían evoluciones extraordinariamente poderosas, el humano no pretendía depender de ellas para resolver cada dificultad del viaje. La fuerza de JESmon o Zephagamon podría resultar indispensable frente a ciertos enemigos, pero ninguna evolución resolvería por sí sola un problema de orientación, una ruta mal calculada o la falta de suministros. Además, utilizar demasiado poder en unas ruinas desconocidas podía destruir accidentalmente aquello que buscaban. Coronamon observaba todos los preparativos con creciente admiración, sorprendido por la diferencia entre la actitud aparentemente perezosa del comerciante y la precisión con la que organizaba cada detalle. Dainsleif, aunque no lo reconociera abiertamente, también parecía satisfecho al comprobar que su Tamer estaba tomando la Quest con la seriedad necesaria.

—¿Siempre se preparan de esta manera? —preguntó Coronamon mientras observaba los suministros.

—Cuando vamos a un territorio peligroso, sí —respondió Dvalin—Tatsuya puede parecer despreocupado, pero no le gusta correr riesgos innecesarios—.

—No me gusta perder dinero —corrigió el humano sin levantar la vista de su smartphone—Morirme sería una pérdida económica irreparable—.

—También significaría que nosotros perderíamos a nuestro compañero —añadió Dainsleif.

—Eso también. Aunque estoy seguro de que extrañarían especialmente mi talento para conseguir descuentos—.

—¡Nadie extrañaría eso!—.

—Mentiroso. La última vez que compraste chocolate blanco, utilicé un cupón que te ahorró bastante dinero—.

Dainsleif abrió la boca para responder, pero finalmente decidió guardar silencio, consciente de que cualquier discusión terminaría desviándose hacia las supuestas virtudes comerciales del humano. Coronamon sonrió por primera vez desde que comenzaron los preparativos, descubriendo que aquellos tres compañeros mantenían una relación mucho más cercana de lo que sugerían sus constantes insultos.
Dvalin aprovechó el momento para preguntarle acerca de los relatos que conocía sobre Apollomon, especialmente aquellos relacionados con las representaciones artísticas de sus antiguos templos. El pequeño Digimon respondió con entusiasmo, describiendo grandes columnas decoradas con motivos solares, esculturas de guerreros que protegían las entradas y cámaras interiores donde supuestamente ardían llamas que jamás se extinguían. Algunas historias afirmaban que los antiguos seguidores del Olimpo construían sus santuarios siguiendo la posición del Sol, de manera que determinados corredores únicamente recibían luz durante momentos específicos del día. Otras hablaban de pruebas destinadas a distinguir a quienes buscaban conocimiento de aquellos que solamente deseaban apropiarse de un poder que no comprendían. Tatsuya escuchó aquellas explicaciones sin interrumpir, aunque anotó discretamente varios detalles en su smartphone.

—Entonces existe la posibilidad de que el templo contenga mecanismos relacionados con la luz solar —comentó el comerciante.

—¡Eso dicen las historias!— agregó Coronamon.

—Si es así, tendremos que estudiar la orientación de cualquier estructura que encontremos. También convendría evitar tocar superficies desconocidas—.

—¿Por las trampas?—.

—Por las trampas, por los mecanismos antiguos y porque no pienso morir aplastado por una puerta de piedra mientras alguno de ustedes intenta conseguir un recuerdo—.

Dvalin apartó discretamente la mirada.

—¿Por qué me miras cuando dices eso?—.

—Porque conozco perfectamente tus debilidades, querido socio—.

—Solamente quiero admirar las esculturas—.

—Y posiblemente llevarte tres a casa—.

—¡Dos, como máximo!—.

—¡Dvalin! — exclamó Dainsleif, escandalizado.

El resto de los preparativos transcurrió sin mayores dificultades, aunque Tatsuya insistió en realizar una última comprobación antes de abandonar File City. Aprovechando un momento de privacidad, abrió su D-Pet y revisó el pequeño compartimento donde Lumine descansaba cómodamente, ajeno a la conversación sobre ruinas peligrosas y desiertos infernales. El Culumon levantó la cabeza al reconocer la voz de su Tamer y comenzó a moverse alegremente, interesado principalmente en saber si el próximo viaje incluiría frutas dulces o algún lugar interesante donde jugar. Tatsuya le explicó que se dirigirían a Oasis Desert y que, debido a las condiciones del territorio, permanecería protegido en su dispositivo durante las etapas más peligrosas. No permitiría que la presencia del pequeño Digimon llamara la atención de desconocidos, especialmente en una región donde podían encontrarse bandidos o exploradores poco confiables. Lumine pareció decepcionado durante unos instantes, pero su expresión cambió cuando el humano le mostró una pequeña bolsa con frutas deshidratadas que había comprado especialmente para él.

—¿Lumine puede salir cuando estén descansando? —preguntó el Culumon con una sonrisa esperanzada.

—Cuando encontremos un lugar seguro, sí. Pero nada de escaparte para explorar por tu cuenta—.

—¡Lumine promete portarse bien!—.

—Eso dijiste la última vez que encontramos un mecanismo antiguo—.

—¡Pero brillaba muy bonito!—.

—Precisamente por eso—.

Dvalin se acercó y acarició suavemente la cabeza del pequeño Digimon antes de ayudar a Tatsuya a cerrar el dispositivo. Coronamon, que permanecía ocupado revisando su propia mochila, no alcanzó a observar aquella conversación. Mantener en secreto la identidad de Lumine seguía siendo una prioridad para los tres compañeros, pues conocían demasiado bien las consecuencias que podría tener su descubrimiento. Una vez asegurado el D-Pet, Tatsuya confirmó que todos los suministros estaban completos y anunció que pasarían la noche en las proximidades de la ruta comercial que conducía hacia Oasis Desert. No pretendía realizar la travesía durante las horas de mayor temperatura y prefería comenzar el avance hacia las dunas cuando las condiciones fueran más favorables. Coronamon aceptó sin protestar, aunque su impaciencia resultaba evidente. Llevaba demasiado tiempo soñando con aquella expedición y ahora, cuando finalmente tenía una oportunidad real de encontrar el templo, cada hora de espera parecía interminable.

El trayecto desde File City hacia las regiones periféricas de Oasis Desert permitió que Coronamon conociera mejor a sus nuevos acompañantes. Dvalin tomó la iniciativa de explicarle algunas experiencias del trío, especialmente aquellas relacionadas con sus viajes por Folder Continent y los enfrentamientos que habían librado contra enemigos extraordinariamente poderosos. El pequeño Digimon escuchó fascinado la historia de Osial, aquel gigantesco Giga Seadramon que había aterrorizado un puerto pesquero antes de ser derrotado gracias al esfuerzo conjunto del equipo y a la evolución de Dvalin en Zephagamon. Dainsleif también participó ocasionalmente, aunque prefería destacar las lecciones aprendidas durante aquellas batallas en lugar de recrearse en sus victorias. Tatsuya, por su parte, caminaba revisando su smartphone y realizando comentarios sarcásticos cada vez que alguno de sus compañeros exageraba determinados acontecimientos. Para él, aquellas historias representaban principalmente una colección de situaciones peligrosas en las que había perdido oportunidades de negocio, gastado cantidades absurdas de Bits y estado demasiado cerca de morir. Sin embargo, Coronamon comenzó a comprender por qué aquel humano había alcanzado un rango tan elevado: detrás de su aparente desinterés se encontraba alguien que había sobrevivido a conflictos que habrían acabado con la carrera de numerosos Tamers.

—Entonces... ¿ustedes realmente se enfrentaron a un Digimon del nivel de Kazuchimon? —preguntó Coronamon, incapaz de ocultar su admiración.

—Sí —respondió Dainsleif con seriedad—. Y no fue una batalla sencilla—.

—¡Pero consiguieron vencerlo!—.

—Después de perder una vez —aclaró Tatsuya— Conviene mencionar esa parte para que no pienses que somos invencibles—.

—La derrota nos enseñó mucho —añadió Dvalin—Especialmente a Dain—.

—Comprendí que todavía tenía un largo camino por recorrer —admitió el Hackmon— La fuerza que uno posee no significa nada si no sabe utilizarla correctamente—.

Coronamon permaneció pensativo durante algunos segundos, observando sus propias patas y la pequeña llama que parecía acompañar naturalmente los movimientos de su cuerpo. Había imaginado muchas veces cómo sería alcanzar formas evolutivas superiores, cómo se sentiría dominar un poder comparable al de Firamon, Flaremon o incluso Apollomon. Sin embargo, escuchar las experiencias de aquellos Digimon le permitió comprender que semejante crecimiento no dependía exclusivamente de encontrar secretos antiguos. La voluntad, la disciplina, los vínculos y las derrotas también formaban parte de aquel camino. Dainsleif reconoció inmediatamente aquella expresión reflexiva y decidió compartir con él algunos consejos relacionados con su propio entrenamiento, mientras Dvalin señalaba que no debía olvidar disfrutar del viaje ni convertir cada experiencia en una competencia por volverse más fuerte. Tatsuya permaneció callado hasta que Coronamon le dirigió una pregunta que no esperaba.

—Señor Kamisato, ¿usted también quiere hacerse más fuerte?—.

El humano levantó lentamente la vista del smartphone.

—No—.

—¿Eh?—.

—Quiero hacerme más rico. Son cosas completamente diferentes—.

—¡Tatsuya! —protestó Dainsleif.

—¿Qué? Me preguntó y respondí con sinceridad—.

—¡Podrías explicarle que la experiencia y el crecimiento personal también son importantes!—.

—Perfecto. La experiencia me enseña a ganar dinero y el crecimiento personal consiste en aprender a no perderlo. ¿Contento?—.

Dvalin soltó una carcajada tan espontánea que Coronamon terminó riéndose también. Dainsleif, en cambio, murmuró algo acerca de los pecados capitales y la terrible influencia que su compañero ejercía sobre las nuevas generaciones de Digimon. El ex-Yakuza fingió no escucharlo y continuó caminando, aunque sus ojos permanecieron atentos al terreno. Conforme avanzaban, la vegetación comenzó a disminuir progresivamente y las superficies fértiles fueron reemplazadas por extensiones de suelo seco, piedras erosionadas y pequeños grupos de arbustos capaces de sobrevivir con cantidades mínimas de agua. La temperatura también comenzó a elevarse, acompañada por una corriente de aire cálido que anunciaba la proximidad del desierto. A lo lejos aparecieron las primeras dunas, elevándose sobre el horizonte como olas petrificadas bajo un cielo cada vez más luminoso. Era un paisaje de impresionante belleza, pero también un recordatorio de que estaban acercándose a un territorio donde los errores podían resultar fatales.

Al caer la tarde llegaron a un pequeño asentamiento comercial ubicado cerca de una de las rutas de acceso a Oasis Desert. El lugar consistía en varias construcciones sencillas levantadas alrededor de depósitos de agua y refugios para viajeros, protegidos parcialmente por grandes formaciones rocosas. Algunos Digimon descansaban bajo toldos improvisados, mientras otros intercambiaban provisiones, herramientas y fragmentos minerales recuperados del desierto. Tatsuya identificó rápidamente a varios comerciantes experimentados y decidió aprovechar la oportunidad para obtener información adicional antes de continuar. Mientras Dvalin acompañaba a Coronamon para conseguir algo de comida y Dainsleif supervisaba los suministros, el humano se acercó a un pequeño establecimiento atendido por un anciano Monochromon que parecía conocer perfectamente las costumbres de aquella región. El comerciante reconoció inmediatamente la actitud evaluadora de Tatsuya y no tardó en iniciar una conversación sobre rutas, mercancías y peligros recientes.

—Hace tiempo que no veía a un Tamer tan bien preparado — comentó Monochromon, examinando los recipientes de agua que Tatsuya había comprado—. La mayoría llega aquí pensando que atravesar Oasis Desert consiste solamente en caminar sobre arena—.

—La mayoría descubre su error cuando ya es demasiado tarde. Estoy buscando información sobre las regiones donde el calor es particularmente intenso—.

—¿Más intenso? Muchacho, todo este maldito desierto es un horno—.

—Lo sé. Me refiero a lugares donde la temperatura sea anormal incluso para esta región—.

Monochromon dejó de acomodar sus mercancías y observó al humano con una expresión difícil de interpretar. Durante unos instantes pareció considerar si aquella pregunta merecía una respuesta o si resultaría más conveniente fingir ignorancia. Finalmente dirigió la mirada hacia las dunas que se extendían más allá del asentamiento y bajó ligeramente la voz. Explicó que algunos comerciantes evitaban una zona situada al interior del desierto, un territorio del que circulaban historias contradictorias y donde varias expediciones habían sufrido problemas aparentemente inexplicables. Algunos hablaban de tormentas de arena que aparecían sin previo aviso, otros aseguraban haber visto columnas de aire tan caliente que deformaban la luz y algunos viajeros afirmaban que determinadas rocas permanecían abrasadoras incluso después de ponerse el Sol. No existían registros suficientemente precisos para confirmar aquellos relatos, pero la zona había terminado adquiriendo una reputación poco favorable entre las caravanas. Tatsuya escuchó cuidadosamente, evitando interrumpir hasta que el anciano terminó su explicación.

—¿Y cómo llaman a ese lugar?—.

—Algunos viajeros lo conocen como la Tierra de las Brasas. No aparece con ese nombre en todos los mapas. Es más bien una forma de referirse a ciertos parajes que nadie quiere atravesar—.

—¿Has estado allí?—.

—No. Y tampoco pienso hacerlo. Conozco a varios que intentaron explorar esas tierras buscando minerales raros. Algunos regresaron sin encontrar nada. Otros perdieron sus provisiones o abandonaron la expedición antes de tiempo. También hubo quienes nunca volvieron a pasar por este establecimiento, aunque eso no significa necesariamente que hayan muerto—.

—¿Alguno mencionó construcciones antiguas?—.

El Digimon anciano permaneció silencioso. Tatsuya reconoció inmediatamente aquel cambio de actitud. No era necesariamente la reacción de alguien que ocultaba un secreto extraordinario, pero sí la de un comerciante que recordaba información potencialmente valiosa y estaba calculando cuánto debía compartir. El humano no lo presionó. En lugar de ello, extrajo discretamente una pequeña cantidad de Bits y la colocó sobre el mostrador, dejando claro que no estaba solicitando información gratuita. Monochromon observó el dinero, soltó una breve carcajada y finalmente comenzó a relatar una historia que había escuchado años atrás. Según explicó, un grupo de buscadores de minerales había encontrado fragmentos de piedra tallada cerca de una región de suelo extraordinariamente oscuro, muy diferente de las dunas habituales. Las piezas mostraban inscripciones difíciles de identificar, pero uno de los exploradores aseguró haber reconocido una representación solar. El hallazgo despertó el interés de algunos coleccionistas y atrajo a varias personas que esperaban encontrar ruinas antiguas. Sin embargo, nadie había presentado pruebas concluyentes de la existencia de un templo y los rumores terminaron perdiendo fuerza con el paso del tiempo.

—¿Conservas alguno de esos fragmentos? —preguntó Tatsuya.

—No personalmente. Pero recuerdo haber visto uno. Era una piedra oscura, bastante pesada, con un círculo rodeado de marcas que parecían llamas. Nunca supe qué significaba—.

—¿Como esto?—

El humano mostró en su smartphone una fotografía que había tomado del pergamino de Coronamon. Monochromon examinó la imagen durante varios segundos y, aunque no aseguró que se tratara exactamente del mismo símbolo, reconoció cierta semejanza con el fragmento que había visto años atrás. Aquella respuesta bastó para que Tatsuya considerara la información suficientemente interesante como para incluirla en su investigación. No demostraba que el Templo del Sol existiera, pero establecía una posible relación entre la leyenda, una zona geográfica concreta y vestigios de construcciones antiguas. El comerciante agradeció la información, solicitó algunas referencias adicionales sobre las rutas hacia la llamada Tierra de las Brasas y finalmente regresó con sus compañeros, quienes lo esperaban cerca de uno de los refugios.
Coronamon levantó inmediatamente la cabeza cuando observó la expresión reflexiva del humano.

—¿Descubrió algo, señor Kamisato?—.

—Tal vez. Parece que existe una zona del desierto donde algunas rocas conservan temperaturas extraordinariamente elevadas. También hay rumores sobre fragmentos de construcciones antiguas—.

—¡Eso podría ser el templo!—.

—Podría ser. También podría tratarse de otra ruina sin relación alguna. Todavía no tenemos pruebas—.

—¡Pero es una pista!—.

—Eso sí. Y es mejor que caminar sin rumbo hasta morir deshidratados—.

Dainsleif examinó el mapa que Tatsuya había preparado y frunció el ceño al observar la distancia aproximada entre el asentamiento y la región mencionada por Monochromon. Aunque el itinerario todavía necesitaba verificarse, resultaba evidente que no podrían completar el recorrido mediante una simple caminata de pocas horas. Tendrían que atravesar extensiones considerables de terreno expuesto y probablemente enfrentarse a condiciones climáticas difíciles de predecir. Dvalin propuso realizar reconocimientos aéreos cuando las corrientes de aire fueran favorables, aunque reconoció que las tormentas de arena y las distorsiones provocadas por el calor podrían dificultar la observación. Tatsuya estuvo de acuerdo y añadió que prefería dividir la exploración en etapas, estableciendo puntos de referencia antes de internarse demasiado en territorios desconocidos. Coronamon escuchó aquellas indicaciones con atención, decidido a no convertirse en una carga para sus acompañantes. Sin embargo, mientras discutían los detalles, ninguno de ellos reparó inicialmente en dos figuras cubiertas con mantos de viaje que permanecían sentadas al otro extremo del asentamiento. Ambas habían observado discretamente la llegada del grupo y parecían mostrar un interés particular por la mochila donde Coronamon guardaba su pergamino.


La noche cayó lentamente sobre las fronteras de Oasis Desert, transformando el paisaje en una inmensa extensión de sombras azuladas y dunas apenas iluminadas por el resplandor de las estrellas. El descenso de temperatura ofreció un alivio bienvenido después del calor acumulado durante la tarde, aunque Tatsuya sabía que aquellas variaciones térmicas podían resultar tan peligrosas como la exposición prolongada al Sol. El grupo se instaló en un refugio destinado a viajeros, donde pudieron descansar sin necesidad de levantar un campamento completamente expuesto. Dainsleif aprovechó parte de la noche para revisar nuevamente el equipamiento y practicar algunos movimientos de combate en un espacio despejado, mientras Dvalin examinaba el pergamino de Coronamon con ayuda de una lámpara, buscando detalles que hubieran pasado inadvertidos durante el día. Tatsuya permaneció sentado cerca de la entrada, consultando información almacenada en su smartphone y comparando las referencias geográficas recogidas en el asentamiento con las características de los mapas disponibles. Aquel hombre de treinta y cuatro años, cuya mayor ambición seguía siendo acumular suficiente fortuna para pasar el resto de su vida descansando, se encontraba nuevamente organizando una expedición potencialmente mortal hacia unas ruinas que quizá ni siquiera existieran. La ironía no pasó desapercibida para él.

—Qué vida de mierda... —murmuró, observando el mapa.

Dainsleif, que acababa de terminar su entrenamiento, se acercó al escuchar aquellas palabras.

—¿Qué sucede ahora?—.

—Estaba pensando que debería dedicarme exclusivamente a vender antigüedades. Comprar barato, vender caro y dormir ocho horas. Una existencia perfecta—.

—Llevas años diciendo lo mismo—.

—Y cada año estoy más convencido de que tengo razón—.

—Entonces, ¿por qué aceptaste esta Quest?—.

Tatsuya guardó silencio durante algunos segundos antes de observar a Coronamon, que conversaba animadamente con Dvalin sobre las posibles representaciones de Apollomon en el templo. El pequeño Digimon parecía incapaz de ocultar su entusiasmo, aunque también mostraba una evidente preocupación ante las dificultades que podrían encontrarse. El comerciante recordó brevemente sus propios primeros días en el Mundo Digital, cuando todavía no comprendía sus reglas y había tenido que aprender a sobrevivir mediante una combinación de precaución, oportunismo y ayuda inesperada. Dainsleif y Dvalin habían terminado convirtiéndose en algo mucho más importante que simples compañeros de negocios, aunque jamás admitiría semejante sentimiento delante de ellos. Tal vez por eso no encontraba particularmente desagradable la idea de ayudar a un pequeño Digimon que intentaba comprender su propio origen, siempre que pudiera justificarlo como una inversión razonable. Finalmente se encogió de hombros y respondió con su habitual indiferencia.

—Porque podría haber objetos valiosos en el templo—.

—Claro —respondió Dainsleif, sin parecer demasiado convencido.

—¿Qué significa ese tono?—.

—Absolutamente nada—.

—No empieces a imaginar motivos sentimentales, enano. Soy un comerciante, no una organización benéfica—.

—Por supuesto, Tatsu—.

—Te estoy hablando en serio—.

—Yo también—.


El humano frunció ligeramente el ceño, aunque decidió no prolongar aquella conversación. Conocía demasiado bien a Dainsleif para no comprender que el pequeño dragón había interpretado sus motivaciones de una manera distinta y que cualquier intento de corregirlo solamente empeoraría las cosas. Se levantó, revisó la hora y anunció que descansarían unas horas antes de iniciar la expedición durante la madrugada. Coronamon aceptó inmediatamente, aunque pidió permiso para permanecer despierto un poco más, pues deseaba continuar estudiando el pergamino. Tatsuya accedió con la condición de que no abandonara el refugio y encargó a Dvalin que lo acompañara. Dainsleif, por su parte, insistió en establecer turnos de vigilancia, argumentando que habían escuchado suficientes historias sobre bandidos y asaltatumbas como para descartar completamente la posibilidad de un encuentro desagradable. El humano aprobó la medida sin discutir, una reacción que sorprendió ligeramente al Hackmon. Después de todo, la seguridad del grupo era una de las pocas responsabilidades que Tatsuya jamás consideraba innecesarias.

Fue precisamente durante aquella última revisión cuando el comerciante observó algo que llamó poderosamente su atención. Desde la entrada del refugio podía distinguir parte del asentamiento y algunos de los senderos que conducían hacia las dunas. A cierta distancia, dos siluetas caminaban junto a los depósitos de provisiones, deteniéndose ocasionalmente para conversar en voz baja. No había nada particularmente sospechoso en su presencia, salvo por el hecho de que Tatsuya recordaba haberlas visto anteriormente cerca del establecimiento de Monochromon y, antes de eso, en las proximidades del lugar donde Coronamon había estado mostrando su pergamino. Una coincidencia podía explicarse fácilmente, pero tres encuentros sucesivos merecían atención. El humano no hizo ningún gesto que revelara su sospecha. Simplemente continuó fingiendo que revisaba el smartphone mientras observaba discretamente cómo las figuras desaparecían detrás de una construcción.

—Dain —murmuró finalmente.

—¿Sí?—.

—¿Ves a esos dos individuos cerca del depósito del fondo?—.

Dainsleif dirigió una mirada breve hacia el lugar indicado, procurando no llamar la atención.

—Los vi hace unos minutos. ¿Ocurre algo?—.

—Todavía no lo sé. Pero estaban observando a Coronamon cuando llegamos al asentamiento—.

—¿Crees que son bandidos?—.

—Creo que no debemos permitir que nadie se acerque a sus pertenencias mientras duerme—.

La expresión del pequeño dragón blanco cambió inmediatamente. Su actitud relajada desapareció, reemplazada por aquella serenidad vigilante que había adquirido durante años de entrenamiento y enfrentamientos contra enemigos peligrosos. No necesitaba que Tatsuya explicara más para comprender la situación. El humano tampoco parecía dispuesto a provocar un enfrentamiento innecesario, especialmente cuando todavía carecían de pruebas de que aquellos individuos tuvieran intenciones hostiles. Sin embargo, decidió modificar discretamente la distribución de los suministros y mantener el pergamino bajo custodia durante la noche. También pidió a Dvalin que evitara mencionar nuevamente el Templo del Sol delante de desconocidos. Coronamon, sorprendido por aquellas precauciones, estuvo a punto de preguntar si habían descubierto algo peligroso, pero la expresión seria de Dainsleif le indicó que no era el momento adecuado para hacerlo.

A varios metros de distancia, oculto parcialmente detrás de una formación rocosa, uno de los desconocidos observaba la entrada del refugio mientras sostenía un pequeño dispositivo de comunicación. Su acompañante permanecía cerca, vigilando la calle principal y comprobando que nadie prestara atención a sus movimientos. La conversación que mantuvieron fue breve, apenas suficiente para confirmar que habían identificado al Digimon que transportaba el documento y que un Tamer experimentado había aceptado acompañarlo. Ninguno parecía particularmente satisfecho con aquella última circunstancia, aunque tampoco mostraban intención de abandonar su objetivo. Cuando el dispositivo emitió una respuesta, el primero de los individuos inclinó ligeramente la cabeza y escuchó durante varios segundos antes de guardar el aparato bajo su manto.

—Así que el pequeño Coronamon finalmente consiguió escolta...—.

—¿Qué hacemos? Ese humano no parece un principiante—.

—No importa. Mientras siga buscando el templo, terminará llevándonos hacia donde necesitamos ir—.

—¿Y si descubre que lo estamos siguiendo?—.

—Entonces tendremos que decidir qué hacer con él. Pero todavía no. Primero necesitamos encontrar la entrada.

Ambos desaparecieron poco después entre las construcciones del asentamiento, dejando atrás únicamente el murmullo del viento nocturno que comenzaba a levantar pequeñas cantidades de arena. Dentro del refugio, Coronamon finalmente guardó su pergamino y se acomodó para descansar, completamente ajeno a la conversación que acababa de producirse en las inmediaciones. Dvalin permaneció a su lado durante algunos minutos, relatándole historias sobre otros santuarios antiguos que había tenido oportunidad de visitar, mientras Dainsleif ocupaba su primer turno de vigilancia. Tatsuya se sentó cerca de una ventana y observó el horizonte oscuro, donde las dunas parecían extenderse indefinidamente bajo el cielo estrellado. Todavía no habían encontrado el Templo del Sol, ni siquiera habían comenzado verdaderamente la travesía de Oasis Desert, pero las primeras señales indicaban que aquella Quest encerraba más dificultades de las que aparecían en su descripción.

El ex-Yakuza revisó por última vez la fotografía del pergamino. Sus ojos se detuvieron nuevamente sobre aquella representación del círculo solar, sobre las líneas oscuras que Dvalin había identificado y, finalmente, sobre el misterioso pasaje que constituía su única pista.
«El Templo se encuentra donde la tierra arde tanto como el Sol».

Tatsuya contempló aquellas palabras durante un largo rato, intentando descubrir qué clase de lugar podría corresponder a semejante descripción. Un desierto entero resultaba demasiado amplio, pero la información proporcionada por Monochromon sugería que existían anomalías capaces de diferenciar ciertas regiones. Si el templo realmente había permanecido oculto durante tanto tiempo, tendría que existir algún mecanismo natural o artificial que explicara su desaparición. También existía la posibilidad de que la estructura estuviera enterrada, de que sus entradas hubieran sido destruidas o de que las leyendas fueran simplemente el resultado de generaciones de relatos mal interpretados. Ninguna hipótesis podía descartarse todavía.

Finalmente bloqueó el smartphone, se acomodó contra el respaldo de su asiento y cerró parcialmente los ojos.

—Apollomon, ¿eh...? Espero que tus seguidores hayan dejado algo que justifique semejante molestia—.

—¿Dijiste algo, Tatsu? —preguntó Dainsleif desde la entrada.

—Nada importante. Estaba calculando cuánto voy a cobrar por trabajar bajo este calor infernal—.

—¡Todavía no hemos entrado al desierto!—

—Precisamente. Estoy sufriendo por adelantado—.

—¡Maldito holgazán!—.

La risa de Dvalin resonó discretamente desde el otro extremo del refugio, mientras Coronamon sonreía antes de quedarse dormido. Afuera, las corrientes nocturnas recorrían las dunas y borraban lentamente las huellas dejadas por los últimos viajeros, ocultando bajo nuevas capas de arena los vestigios de incontables generaciones. En algún lugar de aquellas extensiones desoladas, si las antiguas leyendas eran ciertas, permanecía escondido un santuario dedicado a uno de los Olympos XII. Nadie sabía qué secretos aguardaban en su interior, qué clase de guardián protegía sus cámaras ni por qué las generaciones anteriores habían permitido que desapareciera de la memoria colectiva. Para Coronamon, aquel viaje representaba la posibilidad de descubrir el significado de su herencia. Para Dainsleif, una nueva oportunidad de demostrar su disciplina y fortalecer sus capacidades. Para Dvalin, la promesa de contemplar obras de arte perdidas durante siglos.
Y para Tatsuya Kamisato, al menos según sus propias palabras, simplemente se trataba de otra oportunidad de negocio.
Aunque el comerciante todavía ignoraba que, en las profundidades del desierto, existían secretos que ningún puñado de Bits sería suficiente para comprar.

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