La mañana transcurría con relativa tranquilidad en File City, una de las ciudades más importantes de File Island y un punto de encuentro habitual para Tamers de todos los rangos. Sus calles estaban repletas de comerciantes, viajeros, Digimon que realizaban sus actividades cotidianas y aventureros que aprovechaban las primeras horas del día para organizar sus expediciones. En medio de aquel movimiento se alzaba la Central de Tamers, el edificio encargado de registrar solicitudes de ayuda, administrar misiones y proporcionar información sobre las regiones del Mundo Digital. Sus amplios salones recibían diariamente a cientos de visitantes, desde principiantes que buscaban su primera oportunidad de ganar Bits hasta veteranos interesados en encargos de mayor dificultad. Aquella mañana, sin embargo, una pequeña visitante había llamado especialmente la atención de los empleados. Se trataba de una Lunamon que había llegado bastante temprano, cargando una pequeña mochila azul y un viejo libro de tapas desgastadas. La pequeña Digimon llevaba más de una hora esperando, observando continuamente la entrada principal mientras abrazaba aquel volumen contra su pecho. Su expresión combinaba nerviosismo y determinación, pues sabía perfectamente que la solicitud que estaba a punto de presentar implicaba adentrarse en una de las regiones más peligrosas de los alrededores de File City.
—Señorita Lunamon, ¿está completamente segura de querer registrar esta solicitud? —preguntó una recepcionista, una joven humana que revisaba los documentos sobre su escritorio—. Zero Mountain no es precisamente un lugar recomendable para realizar excursiones. Incluso algunos Tamers experimentados prefieren evitar sus regiones más elevadas—.
—¡Estoy segura! ¡Completamente segura! —respondió Lunamon, levantando sus largas orejas—. ¡He investigado muchísimo y estoy convencida de que el templo existe!—.
—Comprendo, pero hay un problema. La información que nos ha proporcionado no señala una ubicación concreta y tampoco contamos con registros recientes que confirmen la existencia de ese lugar—.
—¡Precisamente por eso necesito ayuda! ¡Si supiera dónde está, podría ir directamente!—.
La recepcionista dejó escapar una pequeña risa ante aquella respuesta. Lunamon no parecía tener intenciones de abandonar su propósito, aunque la empleada comprendía que semejante entusiasmo podía terminar convirtiéndose en un problema si la pequeña criatura decidía aventurarse por su cuenta. Después de revisar nuevamente los documentos, procedió a registrar la solicitud dentro del sistema de misiones, incluyendo las advertencias correspondientes sobre el clima, la presencia de Digimon salvajes y los posibles peligros relacionados con ruinas antiguas. Lunamon observó cómo aparecía su petición en una de las pantallas principales y sonrió satisfecha, convencida de que pronto encontraría a alguien dispuesto a acompañarla. Lo que todavía ignoraba era que uno de los Tamers más experimentados de la isla estaba a punto de ingresar al edificio, aunque convencerlo de aceptar semejante trabajo representaría una dificultad considerablemente mayor que completar todos los formularios administrativos.
Las puertas automáticas de la Central de Tamers se abrieron poco después, permitiendo el ingreso de tres figuras que algunos empleados reconocieron inmediatamente. Encabezándolas caminaba un hombre de aproximadamente metro noventa, vestido predominantemente de negro, con el cabello largo recogido en una coleta y un cubrebocas que ocultaba la mitad inferior de su rostro. Sus ojos color miel examinaban distraídamente los alrededores mientras sostenía su smartphone con una mano. A su derecha avanzaba un pequeño dragón blanco cubierto por una característica capa roja, cuya expresión seria contrastaba notablemente con la despreocupación de su compañero humano. Al otro lado caminaba un Pteromon de plumaje claro y grandes alas, que parecía disfrutar mucho más de la visita. Eran Tatsuya Kamisato, Dainsleif y Dvalin, conocidos entre algunos de sus allegados como el Trío Dinámico. Pese a ostentar el rango Chief, Tatsuya, quien a veces acude personalmente a revisar las ofertas de trabajo, aunque su criterio para elegirlas difícilmente coincidía con el de otros Tamers veteranos: prefería aquellas que prometían una buena remuneración, oportunidades comerciales o artículos de considerable valor histórico.
—Espero que esta vez encontremos algo interesante —comentó Dainsleif mientras examinaba los tableros electrónicos—. La última vez rechazaste tres solicitudes de ayuda sin siquiera leerlas completas—.
—Las leí lo suficiente para comprender que eran una pérdida de tiempo—.
—¡Una de ellas era para rescatar a unos Digimon extraviados! —replicó Dvalin.
—Y ofrecían una recompensa miserable. Los gastos de transporte eran superiores a los ingresos, sin mencionar el tiempo que perderíamos—.
—Tatsu, no todo tiene que representar una ganancia económica—.
—Eso es exactamente lo que diría alguien que no paga las cuentas—.
—¡Tú tampoco pagas renta cuando acampamos! —protestó Dvalin, extendiendo ligeramente sus alas.
—Porque acampar es gratis. Ahí está la belleza del asunto—.
Dainsleif suspiró profundamente y negó con la cabeza, resignado ante la particular lógica de su Tamer. Después de tanto tiempo viajando juntos, había aprendido que intentar convencer a Tatsuya mediante argumentos exclusivamente morales era prácticamente inútil, especialmente cuando se trataba de aceptar trabajos voluntarios. Sin embargo, también sabía que aquella indiferencia desaparecía inmediatamente cuando alguien se encontraba en verdadero peligro, aunque el exyakuza jamás estuviera dispuesto a reconocerlo abiertamente. Mientras los tres avanzaban hacia el tablero de misiones, una pequeña voz llamó la atención de Dvalin. Cerca del mostrador, Lunamon intentaba alcanzar una de las pantallas para comprobar si alguien había aceptado su solicitud, pero su pequeña estatura le impedía observar correctamente la información situada en la parte superior. El Pteromon contempló aquella escena durante unos segundos antes de acercarse, inclinando ligeramente la cabeza para no intimidarla.
—¡Hola! ¿Necesitas ayuda?—.
—¡Ah! ¡Buenos días! —respondió Lunamon, sorprendida por la aparición del Digimon alado—. Sí, por favor. Estoy intentando revisar una misión que acabo de publicar, pero no alcanzo a ver si alguien la ha tomado—.
—¡Déjame ayudarte!— Dvalin se aproximó a la pantalla y comenzó a revisar las solicitudes mientras Lunamon aguardaba a su lado. Dainsleif, que había observado la interacción desde unos metros de distancia, terminó acercándose por curiosidad, seguido a regañadientes por Tatsuya, quien continuaba revisando los precios de unos artículos comerciales desde su smartphone. La búsqueda apenas duró unos segundos hasta que Dvalin encontró el anuncio correspondiente y leyó su título en voz alta. Al escucharlo, Dainsleif levantó ligeramente la mirada, mientras que Tatsuya dejó de mover el dedo sobre la pantalla de su teléfono. No había sido la recompensa lo que había despertado su atención, sino una palabra muy particular incluida en la descripción: templo. —Aquí está. «El Legado de la Luna». Solicitud de escolta y exploración en Zero Mountain —leyó Dvalin—. ¡Vaya! ¡Parece una expedición bastante interesante!—.
—¿Zero Mountain? —preguntó Dainsleif—. Es una región complicada. Las ventiscas pueden reducir la visibilidad prácticamente a cero—.
—¡Lo sé! —respondió Lunamon—. ¡Por eso necesito que alguien me acompañe!—.
—¿Y qué es exactamente ese Templo de la Luna? —intervino Tatsuya.
La pequeña Digimon volvió inmediatamente la cabeza hacia el hombre del cubrebocas. Sus grandes ojos examinaron con curiosidad al desconocido antes de detenerse en la insignia de su rango, visible en la información de identificación de Tamer que llevaba consigo. Durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, sorprendida de encontrarse frente a alguien que ostentaba un rango tan elevado. Después miró a Dainsleif y Dvalin, comprendiendo que aquellos dos Digimon eran sus compañeros. Su expresión cambió inmediatamente de sorpresa a entusiasmo, pues jamás habría imaginado que un Tamer Chief se interesaría por una solicitud como la suya. Abrazó con mayor fuerza su libro y dio un pequeño paso hacia adelante, dispuesta a explicar aquello que había descubierto.
—¡Es un santuario antiquísimo dedicado a Dianamon, una de las integrantes de los Olympos XII! ¡Según las leyendas, fue construido hace muchísimo tiempo por Digimon que veneraban su poder!—.
—¿Dianamon? —repitió Dainsleif—. La deidad lunar asociada con la noche y el hielo—.
—¡Exactamente! —exclamó Lunamon—. ¡Dicen que sus antiguos seguidores levantaron un templo en las montañas del norte para preservar sus enseñanzas y proteger ciertos conocimientos que no debían perderse!—.
—Suena fascinante —comentó Dvalin—. Un templo perdido entre montañas nevadas... ¡Imaginen las esculturas, los murales y las construcciones que podríamos encontrar!—.
—¿Y las reliquias? —preguntó Tatsuya.
—¿Eh?—
—Las reliquias, señorita. Objetos ceremoniales, instrumentos antiguos, joyería, piezas de valor histórico. Ya sabes, esas cosas que suelen aparecer en los templos olvidados—.
Dainsleif cerró los ojos lentamente.
—Sabía que preguntarías eso—.
—Estoy haciendo una investigación perfectamente legítima—.
—Estás calculando cuánto podrías ganar vendiendo algo que todavía no sabemos si existe—.
—No confundas la visión comercial con la codicia, Dain. Son disciplinas diferentes—.
—En tu caso, ambas son exactamente lo mismo—.
Lunamon observó aquella discusión con una mezcla de desconcierto y diversión. No sabía muy bien qué pensar del extraño hombre que parecía interesado en un santuario legendario principalmente por sus posibles objetos de valor, pero había algo tranquilizador en la naturalidad con la que sus compañeros discutían con él. No parecían subordinados ni criaturas obligadas a obedecerlo, sino amigos acostumbrados a acompañarse en circunstancias extraordinarias. Con aquella impresión, Lunamon abrió finalmente su libro y mostró una página cubierta de antiguos caracteres digitales. El papel presentaba un dibujo bastante deteriorado de una figura femenina sosteniendo lo que parecía ser un arma ceremonial bajo una luna llena, rodeada por montañas y copos de nieve. Debajo del dibujo aparecía un fragmento escrito en una lengua antigua, acompañado por varias anotaciones que la propia Lunamon había realizado durante sus investigaciones.
—¡Miren! ¡Esta es la información que encontré! —explicó, señalando el dibujo—. El libro pertenecía a unos Digimon que vivían cerca de las montañas. Cuando lo conseguí, comencé a investigar sus símbolos y descubrí referencias a Dianamon—.
—¿Conseguiste traducirlo completo? —preguntó Dainsleif.
—No, todavía hay muchas partes que no entiendo. Pero encontré un pasaje que se repite varias veces—.
—¿Qué dice? —preguntó Dvalin.
Lunamon respiró profundamente y leyó aquellas palabras con evidente solemnidad.
—«El Templo se encuentra donde la nieve brilla tanto como la Luna».—.
Durante unos instantes, ninguno de los tres respondió. Dainsleif examinó el dibujo con mayor detenimiento, intentando identificar alguna referencia geográfica que pudiera resultar útil, mientras Dvalin observaba los detalles artísticos de aquella antigua ilustración. Tatsuya, por su parte, guardó finalmente su smartphone y se inclinó lo suficiente para examinar las páginas directamente. La frase no parecía particularmente complicada, pero su experiencia negociando y descifrando documentos antiguos le había enseñado que las referencias aparentemente poéticas podían ocultar instrucciones bastante precisas. La nieve brillaba bajo la luz lunar en prácticamente cualquier montaña, pero la insistencia de aquel texto en destacar un lugar específico sugería la existencia de algún fenómeno distintivo. Además, el hecho de que el santuario hubiese permanecido oculto durante tanto tiempo despertaba una inquietud que prefería disimular bajo su habitual interés económico.
—¿Dónde encontraste exactamente el libro? —preguntó Tatsuya.
—En una pequeña colección de documentos antiguos que estaban vendiendo unos comerciantes de File City—.
—¿Los comerciantes sabían lo que tenían?—.
—Creo que no. El libro estaba mezclado con otros que parecían bastante viejos—.
—Interesante... ¿Y estás segura de que hace referencia a Zero Mountain?—.
—¡Sí! Hay otras anotaciones que mencionan una montaña donde el invierno nunca termina. También encontré referencias a un camino que antiguamente utilizaban los peregrinos—.
—¿Ese camino aparece en algún mapa?—.
—No. He buscado en todos los mapas que pude conseguir y ninguno señala dónde se encuentra—.
—Entonces tenemos una pista incompleta, un santuario cuya existencia no está confirmada y una montaña que probablemente intentará congelarnos hasta los huesos —resumió Tatsuya.
—¡Pero también podríamos descubrir algo maravilloso! —respondió Lunamon.
—Eso depende de qué tan maravillosa sea la recompensa—.
—Tatsu... —murmuró Dvalin.
—¿Qué? Solo estoy preguntando—.
La conversación terminó atrayendo la atención de la recepcionista, quien se acercó con los documentos correspondientes a la solicitud de Lunamon. Después de reconocer a Tatsuya, lo saludó cordialmente y le explicó las condiciones generales del encargo, incluyendo las advertencias acerca de las temperaturas extremas, los Digimon salvajes que habitaban aquellas montañas y la posible presencia de individuos interesados en saquear cualquier ruina antigua que pudiera encontrarse. El Tamer escuchó sin interrumpir, examinando la información mientras sus compañeros intercambiaban algunas observaciones sobre el recorrido. Cuando la empleada terminó de explicarle las condiciones, Tatsuya permaneció unos momentos en silencio, calculando mentalmente los riesgos y los gastos de aquella expedición. Finalmente, levantó la mirada hacia Lunamon, quien aguardaba su respuesta con las orejas completamente erguidas.
—Bien, señorita. Antes de aceptar, quiero dejar algunas condiciones claras—.
—¡Sí! ¡Las que usted quiera!—.
—Primero, nuestro trabajo será escoltarte, localizar el templo y explorar su interior. No estamos obligados a recuperar artefactos específicos ni a enfrentarnos innecesariamente con todos los Digimon que encontremos. Segundo, si la situación se vuelve demasiado peligrosa para ti, nos retiraremos. Y tercero, cualquier descubrimiento que pueda tener valor comercial deberá ser evaluado antes de decidir qué hacer con él—.
—¡Está bien! Pero quiero pedirle algo también—.
—Te escucho—.
—Si encontramos objetos importantes para la historia de Dianamon, quiero que permanezcan en el templo. No quiero que desaparezcan por culpa de personas que solo buscan venderlos—.
Tatsuya contempló a la pequeña Digimon durante varios segundos. Aunque su expresión permanecía parcialmente oculta por el cubrebocas, Dainsleif reconoció inmediatamente aquella mirada calculadora que aparecía cuando su compañero estaba evaluando los términos de una negociación. Finalmente, el hombre extendió una mano hacia Lunamon, ofreciéndole cerrar el acuerdo. La pequeña observó aquella mano con cierta inseguridad antes de sujetar uno de sus dedos con ambas patitas, completando un apretón bastante peculiar. Dvalin sonrió satisfecho, mientras que Dainsleif parecía especialmente complacido de que Tatsuya hubiera aceptado una misión que no prometía ganancias extraordinarias.
—Trato hecho. Los objetos de importancia histórica o religiosa permanecerán donde pertenecen, salvo que exista una razón legítima para trasladarlos—.
—¡Muchísimas gracias, señor Tatsuya!—.
—Tatsuya está bien. Lo de señor me hace sentir viejo—.
—Tienes treinta y cuatro años —recordó Dainsleif.
—Y pienso conservarlos durante el mayor tiempo posible—.
—¡Eso no funciona así! —protestó Dvalin entre risas.
—Detalles técnicos—.
La recepcionista procedió a registrar formalmente la aceptación de la misión, vinculando la solicitud de Lunamon con el expediente de Tatsuya Kamisato. Una vez completados los trámites, entregó al grupo una copia digital de la información disponible sobre Zero Mountain, incluyendo rutas conocidas, puntos de descanso y zonas clasificadas como peligrosas. El Tamer revisó los documentos y comenzó inmediatamente a organizar los suministros necesarios, adquiriendo provisiones, equipo para bajas temperaturas y algunos artículos destinados a facilitar el desplazamiento por terrenos cubiertos de hielo. Dainsleif supervisó la preparación del equipo, insistiendo en que llevaran suficientes reservas para una expedición prolongada, mientras Dvalin conversaba animadamente con Lunamon sobre los posibles paisajes que encontrarían. En algún momento, mientras revisaba el contenido de su D-Pet, Tatsuya comprobó discretamente que Lumine permaneciera cómodo y protegido en su interior. La presencia del pequeño Culumon seguía siendo un secreto que prefería mantener lejos de miradas curiosas, especialmente durante misiones que podían atraer la atención de otros Tamers.
El grupo abandonó File City cuando el sol comenzaba a elevarse sobre los edificios, tomando el camino que conducía hacia las regiones septentrionales de File Island. Durante las primeras horas, el recorrido resultó relativamente sencillo, atravesando praderas y senderos donde algunos Digimon salvajes observaban a los viajeros sin mostrar hostilidad. Sin embargo, conforme avanzaban hacia el norte, la vegetación comenzó a desaparecer y el aire adquirió una frialdad cada vez más pronunciada. Las montañas surgieron lentamente en el horizonte, formando una inmensa muralla de picos blancos que parecían alcanzar las nubes. Zero Mountain dominaba aquel paisaje con una majestuosidad intimidante, y sus cumbres más elevadas permanecían ocultas detrás de una espesa concentración de nubes grisáceas. Dvalin desplegó sus alas para realizar un breve reconocimiento aéreo, mientras Dainsleif caminaba junto a Lunamon, escuchando las explicaciones de la pequeña sobre los conocimientos que había reunido durante sus investigaciones. Tatsuya avanzaba unos pasos detrás de ambos, observando las montañas con una expresión difícil de interpretar mientras revisaba continuamente los indicadores de temperatura de su smartphone.
—¡Es increíble! —exclamó Lunamon, contemplando aquellas cumbres—. ¡Nunca había visto una montaña tan grande!—.
—Y apenas estamos observando las regiones exteriores —respondió Dainsleif—. Más arriba encontraremos condiciones mucho peores—.
—¿Has estado aquí antes?—.
—No exactamente en esta zona, pero Dvalin tiene experiencia viajando por regiones heladas. Durante su entrenamiento visitó Freezeland—.
—¡Así es! —intervino el Pteromon, descendiendo nuevamente hasta el suelo—. ¡Aunque debo admitir que estas montañas tienen algo diferente! ¡Las corrientes de aire son bastante extrañas!—.
—¿Extrañas en qué sentido? —preguntó Tatsuya.
—Hay zonas donde el viento cambia de dirección de manera repentina. También parece que las nubes se concentran especialmente alrededor de ciertas cumbres—.
—¿Alguna señal de Digimon salvajes?—.
—Vi algunos rastros cerca de un desfiladero, pero nada que parezca una amenaza inmediata—.
—Bien. Mantengamos el ritmo mientras tengamos luz suficiente—.
—¡Entendido! —respondieron Dainsleif y Dvalin.
A medida que se aproximaban a la base de Zero Mountain, el terreno comenzó a transformarse en una extensión de roca congelada y nieve endurecida. El viento golpeaba con mayor fuerza y levantaba pequeñas corrientes de cristales blancos que se deslizaban sobre el suelo como si estuvieran vivos. Lunamon avanzaba con notable entusiasmo, pero pronto descubrió que caminar entre la nieve profunda resultaba bastante más agotador de lo que había imaginado. Sus pequeñas patas se hundían repetidamente en las acumulaciones más blandas, obligándola a realizar esfuerzos adicionales para mantener el paso. Dainsleif terminó ofreciéndole ayuda para atravesar algunos tramos complicados, mientras Dvalin utilizaba sus alas para apartar ocasionalmente la nieve que el viento acumulaba sobre el sendero. Tatsuya, entretanto, había dejado de prestar atención a las comodidades del viaje y examinaba cuidadosamente cada formación rocosa, buscando marcas antiguas, restos de caminos o cualquier señal que pudiera indicar la existencia de una ruta utilizada por peregrinos. Su experiencia explorando lugares abandonados le había enseñado que las construcciones antiguas rara vez desaparecían sin dejar huellas de su existencia.
—Oye, Lunamon —preguntó finalmente—. Hay algo que todavía no me has explicado—.
—¿Qué cosa?—.
—¿Por qué tienes tanto interés en Dianamon? Entiendo que pertenece a los Olympos XII, pero podrías estudiar su historia sin necesidad de subir una montaña donde probablemente terminemos convertidos en esculturas de hielo—.
La pequeña disminuyó ligeramente el paso. Durante unos instantes contempló sus propias patitas antes de levantar la mirada hacia las cumbres nevadas. Sus largas orejas se movieron suavemente con el viento mientras buscaba las palabras adecuadas para responder. No parecía una pregunta que hubiera esperado escuchar, pero tampoco tenía razones para ocultar sus verdaderas motivaciones. Finalmente, volvió la cabeza hacia el hombre del cubrebocas.
—Porque... quiero saber de dónde venimos—.
—¿De dónde vienen?—.
—Sí. Los Lunamon tenemos una relación especial con la Luna, y Dianamon es una de las formas más poderosas que podemos alcanzar. Desde que era pequeña he escuchado historias sobre ella, sobre su fuerza y sobre los Digimon que la veneraban hace muchísimo tiempo—.
—Comprendo —respondió Dainsleif.
—Pero no quiero aprender únicamente cómo volverme más fuerte. Quiero saber qué clase de Digimon era, por qué existían templos dedicados a ella y qué enseñanzas dejó para quienes vinimos después. Si realmente existe un legado esperando en esa montaña... quiero encontrarlo—.
Dvalin sonrió al escuchar aquellas palabras. Había algo familiar en el entusiasmo de Lunamon, una determinación que le recordaba su propio deseo de demostrar su valía cuando todavía era un Pteromon pequeño y débil, rechazado por aquellos que deberían haberlo protegido. Dainsleif, por su parte, asintió con respeto, comprendiendo que la pequeña no estaba emprendiendo aquella expedición únicamente por curiosidad, sino porque deseaba descubrir algo sobre su propia identidad. Tatsuya no respondió inmediatamente. Permaneció observándola unos instantes antes de dirigir nuevamente su mirada hacia las montañas, introduciendo ambas manos en los bolsillos de su abrigo. Había escuchado palabras semejantes de numerosas personas durante sus viajes, individuos que buscaban en las ruinas del pasado respuestas que el presente era incapaz de proporcionarles. Aunque jamás lo admitiría abiertamente, aquella clase de determinación le resultaba mucho más respetable que los discursos grandilocuentes sobre gloria y heroísmo.
—Entonces será mejor que encontremos ese condenado templo —comentó finalmente.
—¿Eh? —Lunamon levantó las orejas.
—No pienso regresar con las manos vacías después de haber comprado todo este equipo para el frío—.
—¡Jejeje! ¡Muchas gracias, Tatsuya!—.
—¡No tienes remedio! —exclamó Dvalin.
—Está intentando ser amable —murmuró Dainsleif—. Simplemente tiene una manera bastante particular de expresarlo—.
—Los estoy escuchando, par de ingratos—.
Las risas de Lunamon y Dvalin se mezclaron brevemente con el silbido del viento mientras continuaban avanzando hacia las primeras pendientes de Zero Mountain. Sin embargo, aquella tranquilidad comenzó a desaparecer conforme el grupo se adentró en una zona donde las formaciones rocosas parecían haber sido talladas por siglos de tormentas. La nieve adquirió una consistencia extrañamente cristalina y comenzaron a aparecer enormes columnas de hielo natural que reflejaban la luz del sol con tonalidades azuladas. Dvalin fue el primero en detenerse, sorprendido por la belleza del paisaje, aunque su entusiasmo disminuyó rápidamente al percibir que las corrientes de aire alrededor de aquellas columnas resultaban considerablemente más frías que en el resto del camino. Dainsleif también se detuvo y examinó los alrededores con atención, mientras Tatsuya comparaba las lecturas de su teléfono con la información meteorológica proporcionada por la Central de Tamers. La temperatura había descendido de manera mucho más pronunciada de lo esperado.
—Tatsu... —murmuró Dvalin.
—Lo estoy viendo—.
—Esto no parece normal—.
—No. Y todavía no hemos alcanzado una altitud que justifique semejante descenso—.
—¿Crees que tenga relación con el templo? —preguntó Dainsleif.
—Es posible. Pero todavía no tenemos pruebas suficientes—.
Lunamon avanzó lentamente hasta una de aquellas columnas de hielo y contempló su superficie transparente. En su interior parecían existir diminutos cristales suspendidos, organizados de una manera demasiado uniforme para ser completamente natural. La pequeña acercó una patita y descubrió que el hielo emitía un brillo tenue cuando su sombra lo cubría. Sorprendida, llamó inmediatamente a sus compañeros, quienes se acercaron para observar el fenómeno. Tatsuya examinó la columna y, después de comprobar que no existían peligros inmediatos, retiró un poco de nieve acumulada alrededor de su base. Allí encontró algo que ninguno de ellos había visto hasta ese momento: una pequeña piedra rectangular, parcialmente enterrada, cuya superficie presentaba un grabado circular rodeado de caracteres antiguos. El símbolo central representaba una luna creciente.
—Vaya, vaya... —murmuró el exyakuza.
—¡Tatsuya! ¡Ese símbolo! —exclamó Lunamon.
—¿Lo reconoces?—.
—¡Sí! ¡Está en mi libro!—.
La pequeña abrió apresuradamente su mochila y comenzó a pasar las páginas hasta encontrar la ilustración que había mostrado anteriormente en la Central de Tamers. Allí, junto al dibujo de Dianamon, aparecía exactamente el mismo símbolo grabado sobre la piedra. Dainsleif observó ambos dibujos y después examinó las columnas de hielo distribuidas por el terreno, comprendiendo que quizá no se trataba de formaciones completamente naturales. Dvalin extendió sus alas y ascendió unos metros para contemplar el conjunto desde una perspectiva superior, descubriendo que varias de aquellas columnas estaban dispuestas formando una curva que se prolongaba hacia el interior de la montaña. La disposición resultaba demasiado precisa para atribuirla únicamente al azar.
—¡Tatsu!, ¡Dain! ¡Creo que estas columnas forman un camino!—.
—¿Estás seguro? —preguntó Dainsleif.
—¡Sí! ¡Desde aquí arriba se nota mucho mejor! ¡Están colocadas a intervalos bastante regulares!—.
—Entonces quizá acabamos de encontrar los restos de una antigua ruta —concluyó Tatsuya.
—¡La ruta de los peregrinos! —exclamó Lunamon, prácticamente saltando de alegría—. ¡Tiene que ser esa!—.
Tatsuya permaneció agachado unos segundos más, estudiando los caracteres de aquella piedra antes de ponerse nuevamente de pie. Las señales eran prometedoras, pero su experiencia le impedía emocionarse demasiado pronto. Una estructura antigua no garantizaba la existencia del templo y mucho menos que sus secretos hubieran sobrevivido intactos al paso del tiempo. Sin embargo, había algo que le preocupaba más que aquellas incertidumbres: varias marcas recientes sobre la nieve, apenas perceptibles junto a una de las columnas. Se trataba de huellas parcialmente cubiertas por una nevada anterior, demasiado irregulares para pertenecer a las criaturas que normalmente habitaban las regiones exteriores de la montaña. Tatsuya se inclinó ligeramente para examinarlas y después dirigió una mirada silenciosa hacia Dainsleif. El pequeño dragón blanco comprendió inmediatamente la advertencia y adoptó una postura más vigilante, mientras Dvalin descendía nuevamente junto a ellos.
—¿Sucede algo? —preguntó Lunamon.
—Nada que deba preocuparte todavía —respondió Tatsuya—. Pero quiero que permanezcas cerca de nosotros—.
—¿Encontraste algo sospechoso? —preguntó Dvalin en voz baja.
—Puede que no seamos los primeros visitantes de este lugar—.
Dainsleif examinó discretamente las huellas antes de levantar la cabeza hacia las montañas. Las corrientes heladas continuaban desplazándose entre las columnas, levantando pequeños remolinos de nieve que comenzaban a ocultar el sendero por el que habían llegado. A lo lejos, sobre una de las pendientes más elevadas, algo pareció moverse brevemente entre las rocas antes de desaparecer detrás de una acumulación de hielo. El pequeño Hackmon entrecerró los ojos, aunque la distancia y la creciente intensidad del viento le impidieron distinguir su silueta. Tatsuya se limitó a ajustar la correa de su equipo y señaló el camino identificado por Dvalin, indicando que continuarían avanzando mientras las condiciones permanecieran relativamente favorables. Lunamon guardó cuidadosamente su libro y se colocó entre ambos Digimon, todavía emocionada por el descubrimiento de aquel símbolo que confirmaba que las antiguas leyendas podían contener algo de verdad.
Sobre ellos, las nubes comenzaron a oscurecer lentamente el cielo de Zero Mountain, anunciando la llegada de una tormenta. Las primeras ráfagas intensas descendieron por las pendientes, arrastrando nieve y pequeños fragmentos de hielo que golpearon las columnas cristalinas. Bajo aquella creciente oscuridad, los antiguos pilares emitieron durante unos instantes un resplandor plateado, tan tenue que podría haber pasado inadvertido para cualquier viajero distraído. Sin embargo, Lunamon lo contempló con absoluta fascinación, sintiendo una extraña familiaridad con aquella luz. Era una sensación difícil de describir, semejante al recuerdo de una melodía que jamás había escuchado, pero que de alguna manera conocía desde siempre. La pequeña volvió la cabeza hacia las alturas, donde las cumbres permanecían ocultas por una cortina de nieve.
—El Templo de la Luna... —susurró—. Estoy segura de que está aquí—.
Tatsuya contempló las columnas una última vez y después comenzó a caminar, seguido por sus compañeros.
—Bien, muchachos. Parece que esta expedición acaba de ponerse interesante—.
—¡Por fin admites que una misión puede ser interesante sin pensar únicamente en los Bits! —exclamó Dvalin.
—No exageres. Todavía espero encontrar algo que justifique los gastos—.
—¡Tatsuya! —protestó Dainsleif.
—¿Qué? ¡La ropa térmica no se paga sola!—.
Y así, entre las protestas de Dainsleif, las carcajadas de Dvalin y el entusiasmo de Lunamon, el Trío Dinámico comenzó su ascenso por las antiguas rutas de Zero Mountain, ignorando que, desde algún lugar entre las montañas, unos ojos desconocidos observaban silenciosamente su avance.