Evento Ceremony of Spirits III: "Combate Ceremonial" [Yuichi Nakamura]

Gennai

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"Combate Ceremonial"​

- NPC involucrado: Baromon
- Lugar donde debe ser tomada: -
- Sinopsis: Mientras el memorial avanza, una voz proveniente de la tarima principal ha llamado la atención de todos los presentes. Baromon, el organizador de la Ceremonia, ha anunciado que el evento principal se llevará a cabo en unos minutos: Se trata de un "Combate Ceremonial", donde los participantes demostrarán ante los presentes y los ojos de los espíritus su honor y valía como muestra de haber heredado correctamente el legado de los Guerreros Ancestrales. Parece ser una tradición importante que despierta las expectativas de muchos mientras esperan averiguar quién será el Guerrero de esa ocasión. Lentamente, la mano de Baromon se alza y apunta directamente al "Elegido" o, mejor dicho a "Los Elegidos". Así es, ¿Quién mejor que un Tamer para demostrar la valía de un "Guerrero Moderno"? La arena de combate espera, es la hora de ser parte de la Ceremonia.
- Escenario: Ruinas - Ceremonia de los Espiritus
- Objetivos:
  • Participar en el Combate Ceremonial
- Notas:
  • Esta Quest es parte de la Crónica: Ceremony of Spirits
  • Mínimo de Post: 3 [Al menos 2 de Combate]
  • Plazo: 7 Días
  • Requisitos: Haber completado "La Ceremonia de los Espíritus"
  • Esta Quest ocurre inmediatamente después de haber finalizado "La Ceremonia de los Espíritus"
  • La arena de combate es una circunferencia de piedra en el centro de las ruinas, de 50 metros de diámetro y rodeada por diez estatuas del mismo material con la forma de los Juttoushi (en su modo Ancient)
  • Su oponente será el propio Baromon. No lo subestimen, su fuerza e inteligencia no tienen nada que envidiarle a Digimon de su nivel
  • No es necesario ganar, solo hay que mostrar un combate honorable que sea capaz de satisfaccer a los presentes y a la memoria de sus "Ancestros". En otras palabras, actitudes y estrategias "antideportivas" serán muy mal vistas por todos, oponente incluído
- Recompensa:
Completación: 250 Bits. Completación de la Crónica "Ceremony of Spirits" [400 Bits]

Tamer: Yuichi Nakamura
 
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El círculo de piedra parecía respirar. Cada grieta, cada marca centenaria en la superficie de la arena, contaba historias de combates anteriores, de promesas pronunciadas en voz baja, de juramentos sellados frente a las estatuas ciclópeas de los Juttoushi. Sobre todos ellos, el cielo del Mundo Digital parpadeaba con motas de datos que, por un instante, parecían inmóviles: la calma antes de un golpe de tambor.

Baromon se adelantó un paso. La túnica ceremonial, negra con ribetes carmesí, rozó la piedra con un susurro seco. No necesitaba subir la voz; su mera presencia hacía que el murmullo del público decreciera hasta ser un hilo casi imperceptible. Levantó el brazo y señaló a Yuichi, a V‑mon y a Labramon.

-En esta arena se mide el espíritu -declaró - No la furia. No la soberbia. Muestren lo que son, para que los Juttoushi contemplen si su legado late en esta era-.


Yuichi asintió. Notaba la presión en la nuca, como si las estatuas a su alrededor enfocaran su mirada solo en él. No venimos a ganar un trofeo; venimos a responder a una pregunta. Dio un paso al frente, y V‑mon y Labramon se movieron a su flanco izquierdo y derecho, respectivamente.


Baromon no esperó una postura formal. Abrió la palma hacia el firmamento y, con un gesto tan sobrio como elegante, cortó el aire. Chispas astrales se condensaron sobre la arena.


-¡Meteor Dance!-.

El cielo virtual se hendió. Un racimo de rocas ardientes cayó en trayectorias que parecían caóticas, pero Yuichi reconoció enseguida la intención: el patrón encajonaba rutas de escape, partía el círculo en sectores y obligaba a sus Digimon a aislarse. V‑mon arrancó en diagonal, rodando justo cuando una roca abrió un cráter a su espalda; Labramon frenó en seco y cambió de dirección con una zancada limpia, el calor bombeándole en los flancos.


-¡No lo encaren aún! -ordenó Yuichi -¡Busquen los huecos y respiren!-.


V‑mon apretó los dientes cuando las esquirlas calientes le arañaron el antebrazo. No soy un objetivo, soy el que avanza. Deslizó los pies, contó mentalmente el ritmo de caída -uno, dos… tres -y cortó por el espacio mínimo entre dos estelas incandescentes. Al otro lado, Baromon seguía inmóvil, como si controlara el cielo con un pensamiento.


-No es un asalto. Es un examen de nuestro paso- Labramon gritó desde el flanco.

-Correcto -murmuró Yuichi- Está midiendo reacciones, no buscando daño directo-.

La lluvia cesó con la misma elegancia con la que empezó. Un velo de polvo flotó entre los combatientes, y la multitud, compuesta solo por Digimon, contuvo la respiración. Los tambores lejanos de la ceremonia no se habían detenido; su pulso grave marcaba la solemnidad del momento.


Baromon acomodó ligeramente el peso en el talón, mínimo, y aun así todo el círculo lo percibió.

-La primera respuesta ha sido… prudente. Prudencia sin convicción es vacilación; prudencia con lectura es estrategia. Veamos cuál es la suya -.


V‑mon miró a Yuichi. El Tamer sostuvo la mirada del pequeño dragón y asintió una sola vez. La decisión cruzó el cuerpo de V‑mon como una chispa: su silueta se alargó, los músculos se definieron en un instante, la mandíbula se marcó con potencia. El aura azul se apagó dejando a VDramon de pie, su sombra superponiéndose a las grietas humeantes.

La reacción del público fue una ola silenciosa que recorrió la circunferencia. Baromon inclinó apenas la cabeza, reconocimiento sin elogio. Labramon se adelantó dos pasos, cruzando delante de Yuichi, y con un ronco resuello se plantó bajo, listo para recortar distancia si Baromon buscaba el Tamer.


-Tanteo -dijo Yuichi - Paso corto, mano suelta. No regales intención-.


VDramon obedeció. Entró y salió, con amagues de Hammer Punch a media altura que no buscaban impacto sino lectura. Baromon cedió centímetros sin perder eje, como una puerta giratoria que nunca queda abierta. Cuando el dragón amagó de nuevo, el anciano giró la muñeca y rozó la muñeca de VDramon con la manga: un toque que no dolía pero que decía "te vi llegar antes de que tú supieras que venías".


-Está leyendo la carga plantar -gruñó Labramon -Sabe cuándo vas a soltar antes que tú-.


-Entonces que lea -respondió VDramon, respiración controlada - Voy a escribir más despacio-.


Yuichi reconoció el tono. No es terquedad, es ajuste. Mantuvo a Labramon en el eje defensivo, entre él y Baromon, y dejó que el dragón afinara su tempo. Un minuto -o diez pulsos de tambor - después, el tanteo había dibujado un mapa invisible: zonas de calor, micro‑ventanas, ángulos que valía la pena abandonar.


Baromon no había atacado de nuevo. Esa fue su segunda lección: el golpe ausente enseña más que el golpe presente si sabes escuchar. Levantó la mano… y la bajó sin convocar llama alguna.

-Hasta aquí, lectura. A partir de ahora, decisión-.


Los ojos de VDramon brillaron. Aspiró por la nariz, soltó por la boca. Dio un paso y dejó el peso en la planta con la suavidad de quien pisa una cuerda. El puño subió, cayó… y no impactó. El dragón sonrió. Bien. Si me esperas, llegaré tarde a propósito.


Labramon desplazó el apoyo, listo. Yuichi lo sintió tensarse como arco. El público inclinó el cuerpo hacia la línea del combate. Las estatuas, mudas, parecían más altas.


-Ahora sí -susurró Yuichi- Empezamos-.
 
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Los meteoros habían dejado cicatrices negras en la arena, líneas que VDramon comenzó a usar como referencias. Doblar el tobillo en el borde, soltar el hombro cuando la sombra cortaba en diagonal, volver al centro cuando el polvo era más denso. Baromon los veía todos y cada uno de esos recursos, y aun así les permitía existir: una cortesía severa.

El anciano flexionó las rodillas y posó la palma en la piedra. La temperatura cambió antes de que la técnica tuviera nombre. El aire vibró, la tierra gimió con un crujido seco.

-Pyrokinesis-.

La arena se abrió en una línea roja que avanzó como una serpiente bajo la superficie, rompiendo mosaicos de roca hasta estallar delante de VDramon. El dragón cruzó los antebrazos por puro instinto, recibió el golpe térmico y retrocedió mordiendo el calor con los dientes.


-¡Diluc!- Yuichi alzó la voz, cortante.


El Labramon dio un paso, otro, y se dejó cubrir por una sombra negra que nació de su propia respiración. La figura se estiró, el pelaje se oscureció como un carbón pulido; los ojos, dos brasas frías. Dobermon se sacudió el cuello y cayó en guardia baja, la línea dorsal perfectamente horizontal.


—Voy por el flanco —dijo, sin mirar a nadie.


Baromon no cambió de expresión. Dejó que la grieta de lava se apagara y, con un gesto mínimo, la redibujó en otra dirección: esta vez hacia Yuichi. Dobermon reaccionó a tiempo, cruzándose entre la lengua incandescente y el Tamer, y empujó con hombro y pecho hasta quebrar el ángulo del estallido. El calor mordió su costado, pero el Tamer quedó ileso.


-Bien -aprobó Baromon, un susurro que solo los del círculo escucharon - Proteger primero, atacar después-


VDramon exhaló fuerte, liberando presión. No iba a devolver el favor con la técnica máxima; aún no. En su lugar, deslizó la planta del pie derecho, buscó el borde de una grieta y soltó un Hammer Punch que no iba a la cabeza sino al antebrazo. El impacto resonó como hierro contra madera densa. Baromon giró con la fuerza, la absorbió y devolvió el contacto en un empujón circular que envió al dragón dos metros atrás sin tumbarlo.


-Nos desplaza con mínimos -gruñó Dobermon- Si entramos en línea, nos saca de la pista-.


-Entonces no entremos en línea -replicó Yuichi-. Curvas. Intercambios cortos. Y volver a salir-.


Dobermon obedeció. Cambió la mordida por un feinte con hombro, raspó la capa de Baromon con las fauces sin cerrarlas, y salió por derecha antes del contragolpe. VDramon lanzó Cutter Shoot, cuchillas de aire en ángulos alternos que forzaron al anciano a levantar la guardia.

Baromon cedió un paso. No era retroceso: era economía. La capa dibujó un arco y, debajo de ella, los pies cambiaron el eje. La lava no volvió a brotar, pero el calor del suelo quedó como trampa viva: quien pisara mal perdería medio segundo valiosísimo. Lo suficiente para que el maestro tocara, desviara, colocara.

El público reaccionó por primera vez con un murmullo largo. Algunos asentían, reconociendo la disciplina de Dobermon al cubrir a Yuichi; otros siguieron con la vista el compás de VDramon, que había encontrado por fin un ritmo que no regalaba su intención.


-Ahora -susurró el Tamer - Carga corta, doble salida-.


VDramon amagó un Magnum Punch sin cargarlo del todo. Baromon mordió el vacío y giró para interceptar el segundo golpe… que no llegó. Dobermon ocupó ese hueco con el cuerpo, hombro adelantado, y chocó como un carnero contra el centro de gravedad del anciano. El contacto fue limpio, respetuoso, y aun así Baromon lo convirtió en una danza: dio medio paso, plegó el torso y devolvió a Dobermon a su carril, ileso pero anulando el intercambio.


-Lección -dijo, casi con cariño - en un círculo sagrado, la impaciencia quiebra la forma-.


VDramon no se ofendió. Apretó los dedos, bajó la barbilla y dejó que el aire frío le limpiara los pulmones. No me pidas prisa; pídeme precisión. Entró con Hammer Punch corto, salió con media vuelta de cadera, y en el mismo giro soltó otra ráfaga de Cutter Shoot que rozó la capa de Baromon e hizo bailar los flecos.

Esta vez, el anciano cambió la geometría. Sin invocar nueva técnica, usó la propia inercia de Veedramon para clavarle una sombra: un paso que le quitó horizonte. El dragón lo perdió de vista una fracción de segundo y, cuando enfocó, Baromon ya estaba al otro lado del eje.


Yuichi lo vio clarísimo. Ventaja posicional. Siempre nos tiene a contraluz.


- No se concentren solo en el centro -indicó- Llévenlo hacia la estatua de Acero. Si falla un apoyo allí, el suelo es más firme para nosotros.-.


Dobermon marcó la ruta sin palabras, mordiéndole centímetros al perímetro. VDramon condujo con amagues, y el trío, como si un único corazón los guiara, fue girando la pelea hacia el punto elegido. Los meteoros habían cuarteado menos aquella franja; Pirocinesis no había levantado allí tanta costra.

Baromon lo permitió. Que eligieran terreno era, también, parte de la prueba. Entonces, con elegancia sobria, cambió el pulso de la contienda: alzó la mano y generó una pequeña esfera pálida que latía como un corazón.

No explotó. No todavía. Bastó su presencia, orbitando la muñeca del maestro, para recordarle a todos que aún tenía más que dar.


La multitud comprendió que el clímax se acercaba, pero no llegó en ese instante. Antes, quedaba una verdad por aprender: que la coordinación es una lámpara que se enciende y no debe apagarse.


Diluc y Murakan, hombro con hombro, respiraron al mismo tiempo.
 
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El aire olía a piedra caliente y a promesa. La pequeña esfera pálida orbitaba la muñeca de Baromon como un satélite paciente, y cada giro dejaba una estela tenue en el aire, un recordatorio de que el anciano no había mostrado el fondo de su pozo. Yuichi lo entendió sin miedo: No venimos a vaciarle el pozo a nadie. Venimos a mostrar el nuestro.


-Último tramo -dijo, apenas un hilo de voz-. No busquen "derribarlo". Busquen que él nos vea-.


VDramon inclinó la barbilla. Dobermon cerró y abrió las fauces en silencio: listo.


-Bien- Baromon asintió.


La esfera creció y, con un gesto casi paternal, el maestro la apretó entre las palmas. Un chasquido de luz y la bóveda invisible de la arena se llenó de hilos blancos que cayeron como lluvia de agujas: White Spell. No fue una explosión desordenada; fue un telar. Cada hilo buscó un objetivo, marcando rutas imposibles.


-¡Rutas separadas! -ordenó Yuichi.


Dobermon cargó primero, no contra el cuerpo de Baromon, sino contra el tejido de luz. Se plantó y aulló con un timbre grave que hizo vibrar la piedra bajo las patas:

-¡Grau Lärm!-.


El aullido no destruyó la luz, pero sí la distorsionó. Los hilos perdieron nitidez, como si hubieran olvidado su objetivo durante un parpadeo. Ese parpadeo era lo único que Veedramon necesitaba.

El dragón llenó los pulmones, y la energía subió por su garganta como un torrente. Un haz en forma de V se formó entre sus colmillos, creciendo, ensanchándose, vibrando con una frecuencia que hizo que algunos Digimon del público dieran un paso atrás.


—¡V-Breath Arrow MAX!-.


La flecha gigante partió el aire. Baromon respondió con la serenidad de quien saluda al mar; giró, dejó que el borde de la capa deslizara el frente del ataque y, con la palma libre, quebró el resto en un abanico de chispas. El impacto no lo derribó, pero levantó un torbellino de polvo y luz que atravesó la arena de lado a lado. Un murmullo reverente estalló en la multitud.


Dobermon no esperó el siguiente latido. Del pecho le nació una línea oscura, un rayo compacto que no brillaba: devoraba.
-¡Schwarz Strahl!-.


Baromon apoyó el talón, la capa describió una elipse y la muñeca, con precisión quirúrgica, desvió la línea lo justo para que golpeara la piedra, no el cuerpo. Aun así, la roca donde impactó se ennegreció al instante, como si hubiera sido carbonizada desde dentro.


-Basta -dijo Baromon, y el telar de luz se apagó de inmediato -Ya los vi.-

Silencio. No era derrota; era sentencia. Yuichi lo supo al ver los ojos del anciano: brillaban con alegría contenida.


VDramon dejó salir el aire en un resuello largo. La energía volvió a su cauce y la figura se encogió hasta ser V-mon de nuevo, con el pecho en vaivén. Dobermon bajó la cabeza, y el negro liso de su pelaje se aclaró hasta volver al blanco de Labramon. Dolía, sí, pero era un dolor orgulloso.

Baromon caminó hacia ellos. Cada paso sonaba limpio. Extendió la mano primero a Yuichi, luego a Murakan y a Diluc, uno por uno, el mismo gesto, el mismo respeto.


-Mantuvieron la forma, compartieron intención, y no confundieron furia con valor. Eso es lo que pedían estos ojos de piedra-.

El público rompió el silencio con un aplauso grave y cadencioso. No era bullicio: era reconocimiento. Algunas figuras se inclinaron en señal de agradecimiento por el combate; otras cerraron los ojos, como si memorizaran el pulso de la pelea para contarlo más tarde.


Yuichi respiró hondo y se inclinó también.

-Gracias por medirnos con justicia-.

-Gracias por ofrecer algo que medir -respondió Baromon, y la sombra del sombrero ocultó por un momento la sonrisa que se adivinaba bajo la máscara-. Marchen con la certeza de que los Juttoushi los han mirado… y no apartaron la vista-.


Las estatuas parecieron vibrar con una luz interior, apenas un susurro de brillo en las aristas. Tal vez fue un truco de la vista; tal vez no. Lo cierto es que, cuando el viento recorrió la arena, trajo consigo un perfume frío, limpio, como de metal bañado por la lluvia.


Neemon entró por fin, con la canasta apretada contra el pecho y los ojos muy abiertos.
-¿Ganamos? -preguntó, sincero.


Murakan rió, cansado, y le pasó un brazo por el hombro.

-Ganamos lo que veníamos a ganar-.

Diluc miró a Yuichi. No hicieron falta palabras. La respuesta estaba en el modo en que los Digimon alrededor los miraban ahora: no como visitantes, sino como parte de una historia más larga.

Baromon regresó al centro de la arena, se inclinó ante las estatuas y la ceremonia retomó su latido. El combate ya no ardía; brillaba. Y, en ese brillo, el equipo supo que el camino delante de ellos sería más exigente… y mucho más digno de ser recorrido.
 
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