Los meteoros habían dejado cicatrices negras en la arena, líneas que VDramon comenzó a usar como referencias. Doblar el tobillo en el borde, soltar el hombro cuando la sombra cortaba en diagonal, volver al centro cuando el polvo era más denso. Baromon los veía todos y cada uno de esos recursos, y aun así les permitía existir: una cortesía severa.
El anciano flexionó las rodillas y posó la palma en la piedra. La temperatura cambió antes de que la técnica tuviera nombre. El aire vibró, la tierra gimió con un crujido seco.
-Pyrokinesis-.
La arena se abrió en una línea roja que avanzó como una serpiente bajo la superficie, rompiendo mosaicos de roca hasta estallar delante de VDramon. El dragón cruzó los antebrazos por puro instinto, recibió el golpe térmico y retrocedió mordiendo el calor con los dientes.
-¡Diluc!- Yuichi alzó la voz, cortante.
El Labramon dio un paso, otro, y se dejó cubrir por una sombra negra que nació de su propia respiración. La figura se estiró, el pelaje se oscureció como un carbón pulido; los ojos, dos brasas frías. Dobermon se sacudió el cuello y cayó en guardia baja, la línea dorsal perfectamente horizontal.
—Voy por el flanco —dijo, sin mirar a nadie.
Baromon no cambió de expresión. Dejó que la grieta de lava se apagara y, con un gesto mínimo, la redibujó en otra dirección: esta vez hacia Yuichi. Dobermon reaccionó a tiempo, cruzándose entre la lengua incandescente y el Tamer, y empujó con hombro y pecho hasta quebrar el ángulo del estallido. El calor mordió su costado, pero el Tamer quedó ileso.
-Bien -aprobó Baromon, un susurro que solo los del círculo escucharon - Proteger primero, atacar después-
VDramon exhaló fuerte, liberando presión. No iba a devolver el favor con la técnica máxima; aún no. En su lugar, deslizó la planta del pie derecho, buscó el borde de una grieta y soltó un Hammer Punch que no iba a la cabeza sino al antebrazo. El impacto resonó como hierro contra madera densa. Baromon giró con la fuerza, la absorbió y devolvió el contacto en un empujón circular que envió al dragón dos metros atrás sin tumbarlo.
-Nos desplaza con mínimos -gruñó Dobermon- Si entramos en línea, nos saca de la pista-.
-Entonces no entremos en línea -replicó Yuichi-. Curvas. Intercambios cortos. Y volver a salir-.
Dobermon obedeció. Cambió la mordida por un feinte con hombro, raspó la capa de Baromon con las fauces sin cerrarlas, y salió por derecha antes del contragolpe. VDramon lanzó Cutter Shoot, cuchillas de aire en ángulos alternos que forzaron al anciano a levantar la guardia.
Baromon cedió un paso. No era retroceso: era economía. La capa dibujó un arco y, debajo de ella, los pies cambiaron el eje. La lava no volvió a brotar, pero el calor del suelo quedó como trampa viva: quien pisara mal perdería medio segundo valiosísimo. Lo suficiente para que el maestro tocara, desviara, colocara.
El público reaccionó por primera vez con un murmullo largo. Algunos asentían, reconociendo la disciplina de Dobermon al cubrir a Yuichi; otros siguieron con la vista el compás de VDramon, que había encontrado por fin un ritmo que no regalaba su intención.
-Ahora -susurró el Tamer - Carga corta, doble salida-.
VDramon amagó un Magnum Punch sin cargarlo del todo. Baromon mordió el vacío y giró para interceptar el segundo golpe… que no llegó. Dobermon ocupó ese hueco con el cuerpo, hombro adelantado, y chocó como un carnero contra el centro de gravedad del anciano. El contacto fue limpio, respetuoso, y aun así Baromon lo convirtió en una danza: dio medio paso, plegó el torso y devolvió a Dobermon a su carril, ileso pero anulando el intercambio.
-Lección -dijo, casi con cariño - en un círculo sagrado, la impaciencia quiebra la forma-.
VDramon no se ofendió. Apretó los dedos, bajó la barbilla y dejó que el aire frío le limpiara los pulmones. No me pidas prisa; pídeme precisión. Entró con Hammer Punch corto, salió con media vuelta de cadera, y en el mismo giro soltó otra ráfaga de Cutter Shoot que rozó la capa de Baromon e hizo bailar los flecos.
Esta vez, el anciano cambió la geometría. Sin invocar nueva técnica, usó la propia inercia de Veedramon para clavarle una sombra: un paso que le quitó horizonte. El dragón lo perdió de vista una fracción de segundo y, cuando enfocó, Baromon ya estaba al otro lado del eje.
Yuichi lo vio clarísimo. Ventaja posicional. Siempre nos tiene a contraluz.
- No se concentren solo en el centro -indicó- Llévenlo hacia la estatua de Acero. Si falla un apoyo allí, el suelo es más firme para nosotros.-.
Dobermon marcó la ruta sin palabras, mordiéndole centímetros al perímetro. VDramon condujo con amagues, y el trío, como si un único corazón los guiara, fue girando la pelea hacia el punto elegido. Los meteoros habían cuarteado menos aquella franja; Pirocinesis no había levantado allí tanta costra.
Baromon lo permitió. Que eligieran terreno era, también, parte de la prueba. Entonces, con elegancia sobria, cambió el pulso de la contienda: alzó la mano y generó una pequeña esfera pálida que latía como un corazón.
No explotó. No todavía. Bastó su presencia, orbitando la muñeca del maestro, para recordarle a todos que aún tenía más que dar.
La multitud comprendió que el clímax se acercaba, pero no llegó en ese instante. Antes, quedaba una verdad por aprender: que la coordinación es una lámpara que se enciende y no debe apagarse.
Diluc y Murakan, hombro con hombro, respiraron al mismo tiempo.