El viaje desde File City hacia el Bosque Inquebrantable fue más rápido de lo que William esperaba, sobre todo comparada con su última expedición a la Selva Tropical; aunque él jamás habría admitido que la caminata no había sido tan agotadora como se había quejado. El sendero de tierra, bordeado de arbustos de tonalidad verde intensa y flores digitales que parpadeaban como píxeles vivos, se estrechaba hasta convertirse en una vereda oscura bajo el dosel de árboles colosales.
El Bosque hacía honor a su nombre: los troncos parecían pilares de un templo eterno, erguidos como guardianes que nunca cedían ante el paso del tiempo. Había una solemnidad en aquel silencio, roto apenas por el canto lejano de algún Dokunemon y el crujido de ramas bajo sus pasos.
William se detuvo al borde del sendero, inclinando la cabeza hacia atrás para contemplar la altura de los árboles.
—Vaya… si esto no es un bosque sacado de las leyendas artúricas, que me parta un rayo —dijo con teatralidad, sacudiéndose un pétalo que había caído en su hombro—. Aunque, francamente, ¿era necesario que los árboles intentaran competir con la catedral de Salisbury?
Floramon rió suavemente, aunque con un matiz de nerviosismo.
—Es majestuoso, sí… pero hay que ser cuidadosos. Este lugar no es un jardín, William.
Catherine se mantenía serena, caminando con paso seguro. Su porte contrastaba con la densidad salvaje del entorno, como si su mera presencia buscara imponerse sobre la naturaleza.
—Solía vivir en sitios como este —comentó con voz calmada, casi nostálgica—. La jungla tropical era mi hogar… aunque allí los árboles crecían con más desorden y menos solemnidad. El clima era mejor al menos.
William arqueó una ceja, girándose hacia ella con interés.
—¿Y echas de menos aquel reino verde y caótico?
La Floramon negó con un gesto elegante.
—En absoluto. La selva me dio fuerzas para sobrevivir… pero era soledad, abandono y silencio. Ahora formo parte de la civilización, de un tejido social. Puedo aspirar a más que recolectar y vender hojas para no morir de hambre. —Una chispa brilló en sus ojos—. No hay comparación, William. File City es… el centro de posibilidades.
El rubio sonrió, aunque en su expresión se filtraba una sinceridad que pocas veces mostraba.
—Pues, querida, celebro que coincidamos en algo. La civilización siempre será superior a la soledad de un bosque. —Se llevó la mano al pecho—. Aunque yo, incluso en internados aburridos, ya era un prodigio de sociedad.
—Un prodigio de escándalos —corrigió Floramon, divertida.
La carcajada de William retumbó entre los árboles, rompiendo la solemnidad del bosque como un rayo de insolencia juvenil.
Conforme avanzaban, la atmósfera del Bosque Inquebrantable fue transformándose. La luz se filtraba a través de las copas en haces dorados, como vitrales en movimiento. El aire, sin embargo, era pesado y cargado de humedad; cada respiración parecía arrastrar consigo el aroma de la corteza húmeda y el musgo.
De repente, un sonido quebró el silencio: un aullido breve, agudo, como el lamento de un cachorro que se perdía entre la espesura.
Floramon tensó los pétalos de inmediato.
—¿Lo escuchaste?
William frunció los labios, dramatizando.
—Mi fino oído británico jamás dejaría pasar semejante nota desafinada.
Catherine alzó la vista, con sus ojos verdes fijos en la dirección del sonido.
—Ese debe ser el Plotmon. Harlan dijo que no habla… pero sí aúlla. Y los testimonios mencionaban algo así.
El rubio adoptó un aire solemne, como si se hallara en medio de un drama shakesperiano.
—¡El cachorro sin anillo! Una criatura sin voz, abandonada a la fiereza del bosque… Casi me siento identificado.
Floramon, sin paciencia, replicó:
—William, no es momento para tus monólogos.
Se internaron más en el bosque, siguiendo el eco de los aullidos. La vegetación se volvió más densa, obligándolos a apartar hojas gigantes y raíces enrevesadas. Cada paso parecía un pequeño desafío, como si el propio Bosque se resistiera a dejarlos pasar.
De pronto, encontraron las primeras señales: ramas desgarradas, tierra removida, y marcas de garras pequeñas sobre la corteza de un árbol.
—Definitivamente ha pasado por aquí —dijo Catherine, examinando las marcas con mirada experta.
William se inclinó sobre las huellas, sacudiéndose el cabello rubio hacia atrás con un gesto estudiado.
—Un rastro tan obvio que hasta un lord ciego podría seguirlo. Me siento casi insultado.
Pero el tono ligero no lograba ocultar la tensión en el ambiente. El Plotmon salvaje estaba cerca, y el aire se impregnaba de un aura inquietante.
—Usaré mi aroma especial para atraerlo. Puede que un par de insectos molestos se nos acerquen, pero valdrá la pena.
Tras espantar a unos cuantos Kunemon, no tardaron en verlo. SIn duda Floramon había sido seleccionada para ese trabajo por algo.
Entre las raíces de un árbol caído, una figura se agitaba con movimientos rápidos y alertas. Era, sin duda, un Plotmon, aunque distinto: su pelaje era de un color mostaza profundo, como si la data de su cuerpo se hubiera teñido con el oro viejo del bosque. Su mirada, en cambio, no tenía la dulzura juguetona de su especie habitual, sino un brillo salvaje, indómito. Y, lo más evidente: su cuello carecía del característico Holy Ring.
El cachorro gruñó, mostrando los colmillos, los ojos fijos en la dupla.
William, incapaz de resistirse, murmuró con voz seductora:
—¿No es precioso, Catherine? Hasta salvaje, mantiene un aire adorable.
El Plotmon respondió con un ladrido feroz, erizando el pelaje. La vibración del aire anunciaba el inicio de un Puppy Howling incipiente.
Catherine alzó un brazo, en alerta.
—William, cuidado. No está jugando.
El rubio se llevó una mano al pecho, adoptando pose trágica.
—Oh, por todos los cielos… ¡un perrito que no me adora al instante! Mi autoestima jamás se recuperará.
Floramon, sin apartar la vista del cachorro, replicó con voz seca:
—No es tu club de admiradores, William. Y si no actuamos con cuidado, ese aullido nos dejará sordos.
El Plotmon lanzó otro gruñido, sus músculos tensos para saltar. La misión había dejado de ser un mero encargo administrativo: el verdadero desafío estaba frente a ellos, en la mirada salvaje de un cachorro que no reconocía lazos ni amos.
Y así, en pleno corazón del Bosque Inquebrantable, comenzó el primer enfrentamiento entre la dupla y el misterioso cachorro mostaza.