Rango D 8blue Card [Jorge & Jonah]

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"8lue Card"
- NPC involucrado: -
- Sinopsis: Un Guilmon ha estado haciendo su negocio en la ciudad, vendiendo Blue Cards a los Tamers por un módico precio. El Guilmon resultó ser un estafador y las "Blue Cards" resultaron ser "8lue Cards". Encuentra a Guilmon y hazle devolver el dinero
- Escenario: Ciudad
- Objetivos:
  • Encontrar a Guilmon y hacer que devuelva el dinero
- Notas
  • Eviten que Guilmon salga de la ciudad
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—¿A dónde vamos? —preguntó Reed, curioso—. La Central queda hacía el otro lado.

Tal vez Hackmon no era originario de Ciudad File, pero había conseguido elaborar un mapa mental de la misma al cabo del tiempo, ahora era capaz de ubicar ciertas locaciones importantes en la misma, aunque su conocimiento aún estaba lejos de compararse a la de un local.

Jonah esbozó una amplía sonrisa ante la pregunta de su compañero.

—Jorge se ofreció a explicarme un poco más sobre el funcionamiento de las cartas y de paso mostrarme algunos buenos locales dónde comprarlas, quedamos de vernos cerca del distrito comercial.

—Entiendo
—asintió el dragón—. Es bueno que haya decidido aceptar tu petición, después de todo tiene más experiencia sobre el asunto.

—Y no pensaba pedirle ayuda a William...

—Yo conocí a un humano que se especializaba en cartas…
—al ver el rostro de esperanza y emoción de su compañero añadió—. Pero claro, a diferencia de ustedes, los Digimon no solemos tener métodos para comunicarnos a distancia. Fue hace unos años, no nos hemos vuelto a ver.

La conversación de la dupla fue interrumpida por un grupo de niños que corría emocionado por la calle, seguidos de cerca por sus Digimon. Lo que más les llamó la atención era el hecho de que todos llevaban consigo algo en sus manos y que admiraban como si se tratase de un tesoro invaluable: una tarjeta de color celeste, que parecía irradiar su propia luz al ser tocada por el sol.

—Con esto la prueba de ascenso a Medium será pan comido —decía uno de los jóvenes, tendría algunos doce años—. Ya quiero ver la cara de todos cuando llegue al final de la carrera en lomos de un poderoso Coredramon.

—Eh… No sabemos en qué me convertiré cuando evolucione —añadió nervioso quien debía tratarse de su compañero, un Dracomon.

Jonah barajó la idea de acercarse al grupo y preguntarles de lo que hablaban, sin embargo, los ojos de aquel chiquillo se abrieron de par en par cuando posó su mirada en ellos, más concretamente en Reed. Vino corriendo, quedándose solo unos centímetros de su compañero.

—¡Un Hackmon! —estaba maravillado—. ¿Es tu compañero?

—Así es
—asintió con torpeza. De vez en cuando algo así sucedía cuando salían a la calle: alguien veía a Reed, se quedaba impresionado y hacía toda clase de preguntas a la dupla. Al parecer en verdad los Hackmon eran una especie rara de ver en compañía de humanos. Decidió interrumpir la observación del chico, que ya parecía estar incomodando a su compañero—. Oye, ¿qué es esa carta azul que tienen tú y tus amigos?

—¿Oh, esto?
—el chico infló el pecho y puso en alto su singular tesoro—. Es una Blue card, ¿has oído hablar de ella? —Una sonrisa de superioridad apareció en su boca cuando Wesley le respondió con una negativa—. Es una de las cartas más raras y caras que existen, cuando se usa deja a tu compañero alcanzar su siguiente etapa evolutiva, sin limitaciones de rango.

—Eso suena… muy útil
—admitió, impresionado. Si algo le quedaba claro a Jonah sobre los Tamers era el asunto de los rangos de los mismos y las limitaciones que estos traían cuando te encontrabas en los primeros escaños, como era su caso por desgracia.

—¡Y lo mejor de todo es que la conseguimos a precio de ganga!, en verdad ese sujeto debe estar loco por venderlas así de baratas.

—Una carta así podría ser en verdad indispensable
—admitió Reed tras meditarlo un poco—. Si pudiese alcanzar mi forma Adult cuando quisiera… O incluso mi forma Perfect… —el dragón paró en seco, como si hubiese recordado algo en ese momento, limitándose a fruncir el ceño.

Jonah no le dio importancia a la repentina expresión de su compañero, puede que solo estuviese adelantándose a escenarios, como a veces solía hacer.

—¿Dónde la compraron?

—Con un Guilmon, tiene un puesto a mitad de la calle más adelante
—se giró y apuntó en una dirección—. Pero si están interesados yo me apresuraría, tenía clientes por montones.

[. . .]

Encontraron a Jorge recargado contra una pared, libreta y lápiz en mano.

—¿Dibujando de nuevo? —El castaño hizo un par de trazos antes de girar el cuaderno hacía él: la imagen era la serie de negocios que tenía justo delante, cruzando la calle, así como una serie de peatones. Aunque solo eran trazos veloces, Wesley quedó admirado por la facilidad con la cual estos transmitían la sensación de dinamismo—. Perdón por la tardanza.

—Apenas llegamos hace un instante
—movió su mano en gesto desinteresado—. De todas formas hoy pensábamos tomarnos el día libre, ¿verdad, Cassy? —en ese momento se dieron cuenta que la felina se encontraba al lado del castaño: tenía una habilidad innata para pasar desapercibida.

—Preferiría un lugar más tranquilo —admitió Tailmon.

—Puedes entrar al Digivice si quieres…
—ella negó a la propuesta—, de acuerdo —volvió su atención a Wesley—. Creo que ya sabes lo básico sobre las cartas, lo único que necesitas para usarlas es un lector o un Digivice especial —le tendió su lector para que lo viese—. Las cartas suelen agruparse en tres tipos principales: soporte, equipo y técnica. Soporte es la más variada, puede incrementar desde la velocidad y la resistencia del Digimon, hasta aportarle otras habilidades más peculiares. Equipo se centra en otorgar extremidades o armas de otros Digimon al compañero y las de técnica, pues creo que su nombre lo dice todo.

Jonah trató de digerir toda aquella información.

—Lo importante que debes tener en cuenta con las cartas son sus limitantes, o más bien, requerimientos —continuó Jorge—. Algunas técnicas requieren que tu compañero posea ciertas cualidades físicas, sobre todo encontraras esa limitante en el apartado de equipo, muchas armas no pueden ser usadas por el compañero si no posee manos humanoides —señaló a Hackmon—. Por ejemplo, Reed no podría usar armas convencionales como espadas o lanzas, pero podría usar cañones —sonrió—. Perdona si es mucha información, pero es muy basto el tema. Además, en estos casos, la práctica hace al maestro, ¿por que no vamos a comprar un par de cartas y las ven en acción?

Al peliplata parecieron brillarle los ojos.

Jorge les llevó a un primer local, atendido por un Nanimon. Ahí Jonah adquirió su propio lector de cartas, el dispositivo aunque simple le fascinó a Wesley, más por el simple hecho del potencial que este les estaba desbloqueando para las batallas venideras. Después arribaron a un comercio que, según el Expert, tenía una gran variedad de naipes del tipo equipo y que además, manejaba los mejores precios de la zona; ahí el castaño le ayudó a escoger entre una serie cartas que llamaron su atención, sobretodo para evitar que comprase aquellas incapaces de funcionar en Hackmon. La tercera tienda era una más modesta, el local era más una especie de largo pasillo, con ambas paredes transformadas en enormes vitrinas llenas de cartas de extremo a extremo.

—Cuántas cartas —quedó anonadado el Amateur—. Imagina tener una colección así… serías imparable en batalla.

—Bueno, si te soy sincero tener una baraja tan grande tampoco es recomendable. Es mejor hacer menos con más
—explicó—. Recuerda que solo puedes usar tres cartas a la vez, cada una funciona por tres minutos y además, en medio del combate tal vez no tengas tiempo de buscar entre montones de cartas.

—No lo había pensado así
—parpadeó, sorprendido de su propio error de cálculos.

—Si estás en un combate, debes prestar a tu compañero y sus necesidades para darle apoyo, sobretodo ante peligros de los cuáles él aún no es consciente —esto pareció agradarle a Jonah.

—Dejaría de ser un mero espectador.

—Un Tamer nunca es solo un espectador
—le regaló una sonrisa—. Siempre debe estar ahí para su compañero. Ah, creo que aquí tienen un par de cartas interesantes —miró sobre su hombro y alzó la mano para llamar la atención del tendero.

Un Bakumon llegó hasta ellos flotando con parsimonia, después deslizó con cuidado una puerta bien camuflada con el resto de la pared-vitrina y tomó el puñado de cartas que Jorge le había indicado previamente. Le entregó las cartas a Jonah, quien comenzó a verlas una por una.

—¡Ah, mira esta! —el rostro de Jonah pareció iluminarse, se acercó al castaño para mostrarle el naipe—, dice que tiene efectos adicionales si el Digimon es un dragón, ¿puede venirle bien a Reed, no?

Jorge se sorprendió tanto por la emoción del otro chico que esbozó una sonrisa, no burlesca sino más bien nostálgica. Se preguntaba si él había mostrado el mismo interés y pasión cuando comenzó a armar su primera baraja.

El peliplata seguía observando las cartas cuando algo llamó su atención en la vitrina: como si se tratase del santo grial, una carta estaba ubicada en una sección justo en el centro, con un espacio despejado a su alrededor para que ninguna otra carta compitiese en llamar la atención de los compradores y además, un sistema de iluminación proyectaba un halo de luz dorada desde la parte superior, dándole una apariencia magnánima.

—Una Blue card —dijo admirado el peliplata.

—Ah, sí, son… útiles —Jorge se rascó la nuca—. Pero también algo caras, no creo que debas pensar en comprar una por el momento.

Jonah soltó una risita.

—Bueno, la cosa es que ya lo hice —Wesley regresó las cartas al Bakumon y entonces extrajó algo de su bolsillo: estiró hacía Velázquez su brazo, entre sus dedos sostenía una carta de tono azulado—. Me dijeron que si la usaba, Reed podría alcanzar su siguiente etapa sin importar mi rango.

—Va-vaya
—Jorge estaba impresionado—. Pues sí, ese es su efecto… Igual supongo que ahora que la tienes, te servirá para una emergencia.

—Sí, es justo lo que…

—Es falsa.


Jonah y Jorge se miraron un momento, después se giraron para ver al Bakumon, quien literalmente se había acercado tanto a la Blue Card que su rostro casi se fusionaba con el naipe.

—¿Qué cosa?

—Es falsa, esta carta es falsa
—repitió, mientras levitaba hacía la vitrina.

—N-no… no puede ser falsa… —Wesley no sonaba muy convencido—, ¿verdad? —miró a Jorge, buscando apoyo, pero el castaño solo se limitó a tomar la carta del peliplata y comenzó a analizarla.

—Las Blue Card originales tienen este efecto cuando la luz incide en ellas —Bakumon tomó el naipe en cuestión de la exposición y la acercó a los Tamers: cuando inclinaba la tarjeta y cualquier luz golpeaba su superficie un peculiar logo aparecía en su centro, parecía ser una letra "D" acompañada de una criatura que emergía de la misma—. ¿Lo ven?

Jonah se quedó petrificado.

—Entonces, ¿están planeando usar cartas? —Tailmon preguntó aquello para romper el hielo, tanto ella como Hackmon decidieron quedarse en la entrada del local, debido al poco espacio dentro del mismo.

—No me siento cómodo con la idea de usar recursos que no me he ganado en batalla —admitió Reed—, pero tampoco puedo negar el aparente potencial que tienen.

—Ya te acostumbrarás a usarlas
—asintió la felina—, además, es en cierta forma una manera de cooperar en sincronía con tu Tamer.

Reed pareció meditar sobre estas palabras, pero algo interrumpió su reflexión: tanto el dragón como la gata giraron bruscamente hacía el interior de la tienda cuando escucharon a Jonah gritar.

—¡Suéltame, Jorge! —bramaba el peliplata, mientras intentaba salir del lugar, el castaño había atrapado su chamarra por la espalda y trataba de restringir sus movimientos—. ¡Voy a matarlo, juro que voy a matarlo!

Reed y Cassy se miraron, confundidos.

—¡Hey! —Lara aterrizó justo enfrente de sus compañeros de armas—. A que no saben de lo que me he enterado mientras estiraba mis alas: alguien está estafando a incautos con Blue Card falsas —la halcón se mostró orgullosa de revelar aquello—. ¿Qué pasa ahí dentro? —preguntó Lara, girando ante el espectáculo que estaba montando Jonah.

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El silencio dentro de la tienda del Bakumon duró exactamente tres segundos. Tres preciosos segundos en los que todos procesaron lo que acababan de escuchar. Después, el infierno se desató.

—¡¿CÓMO QUE FALSA?! —bramó Jonah, el color abandonando su rostro para reaparecer en forma de indignación absoluta. Su voz rebotó entre las vitrinas y las paredes llenas de cartas como si la tienda fuera una cueva hecha de eco.
El Bakumon, flotando imperturbable, parpadeó lentamente.
—Falsa, defectuosa, adulterada… como prefiera llamarla. No es una Blue Card, es una "8lue Card". Con ocho.
—¡¿CON OCHO?! —repitió Jonah, horrorizado—. ¡Eso ni siquiera tiene sentido!
—Técnicamente, —empezó Reed con su tono sereno y analítico, porque Reed no conocía el concepto de "momento equivocado"— el número ocho puede simbolizar el infinito en algunas culturas digitales, así que tal vez el vendedor quiso decir—
—¡Quiso decir que me estafó! —cortó Jonah, agitando la carta en el aire como si fuera una prueba de crimen—. ¡Voy a encontrar a ese Guilmon y le haré comer todas sus "8lue Cards" una por una!
Intentó salir disparado por la puerta, pero una mano lo detuvo: la de Jorge, que lo sujetó por el cuello de la chaqueta justo a tiempo para evitar que hiciera una escena aún mayor.

—Tranquilo, vaquero —dijo el mayor con voz relajada, aunque tiraba con fuerza—. No vale la pena perder la compostura por un trozo de cartón.
—¡No es un trozo de cartón, es mi dignidad!
—Técnicamente —intervino Reed de nuevo—, es cartón de mala calidad.
—¡Reed! ¡No ayudes!
—Solo constataba un hecho.
—¡Constata este! —rugió Jonah, agitando la carta en su dirección, pero el gesto perdió toda amenaza porque Jorge lo sujetó con más fuerza.
Cassy, apoyada contra el mostrador, observaba el espectáculo con los brazos cruzados y una ceja arqueada.
—Los humanos —suspiró—. Tan dramáticos por un pedazo de papel.
—Te recuerdo que tú también te alteras cuando Jorge gasta tus bits en accesorios horteras— respondió Cassy.
—Eso es diferente —replicó Lara—. Si al menos los accesorios tuvieran estilo.
—Ajá. —Cassy sonrió, dándole una palmada al marco de la puerta—
—Al menos ahora sabemos quién está haciendo el negocio del siglo —añadió Lara con una risita.

Jonah giró hacia ella, los ojos encendidos como si acabara de oír la palabra "culpable".
—¡¿Sabes quién fue?!
—Tranquilo, detective digital, solo bromeaba. Pero si me das un minuto para estirar las alas, quizás lo encuentre.
—Lara, ni lo intentes —pidió Jorge—. Si lo sueltas, no lo recuperamos hasta el amanecer.
Cassy soltó una risita nasal.
—Deberíamos cobrar entrada por esto.

El Bakumon carraspeó flotando entre todos, su expresión tan neutra que resultaba ofensiva.
—¿Van a seguir gritando o puedo seguir con mis ventas?
Jonah giró tan rápido que Reed creyó por un segundo que se iba a transformar en un Beymon.
—¡VENTAS! ¡¿A QUIÉN MÁS LE VENDISTE ESTAS COSAS?!
—Jonah, te recuerdo que acabamos de llegar a la tienda...compraste la carta bajo tu cuenta y riesgo...— le recordó Velázquez. El joven estaba tan fuera de sí que no razonaba.
—El vendedor fue un Guilmon con un puesto en la calle lateral. Muy amable, aunque un poco pegajoso— explicó Reed.
—Perfecto —Jonah se zafó del agarre de Jorge con un movimiento brusco—. ¡Vamos allá! ¡Antes de que escape!
—Claro, porque un Guilmon rojo brillante puede esconderse tan fácilmente —comentó Cassy con sarcasmo.
—Lara —dijo Jorge, pasándose una mano por el cabello y resignado—, encárgate de que no lo mate.
—¿Y si lo hace?
—Entonces procura que al menos lo haga fuera del horario comercial.

Salieron del local en medio del murmullo de los transeúntes, que miraban con curiosidad a la estrafalaria comitiva: un Jonah con la "8lue Card" aún en la mano, marchando con determinación exagerada; Jorge detrás, con expresión de profesor cansado; Reed caminando con la serenidad de quien ya ha aceptado el caos; Lara volando en círculos sobre ellos, y Cassy cerrando la retaguardia con su habitual elegancia irritada. Cuando llegaron al lugar donde Jonah había comprado la carta, no había ni rastro del estafador. Decidieron reorganizarse.

—Muy bien —anunció Jorge—. Si queremos atrapar al estafador antes de que huya, debemos pensar con cabeza fría.
—Lo único que quiero es pensar con el puño —gruñó Jonah.
—Por eso mismo necesitas supervisión de adulto —dijo Cassy sin perder su tono tranquilo—. Y aquí solo hay uno.
—Gracias por el voto de confianza —respondió Jorge con ironía.
—No era un voto, era un recordatorio.
—En fin —Lara descendió un poco, batiendo las alas para mantenerse suspendida—, ¿qué tal si me encargo de buscarlo desde el aire? Si es un Guilmon, debería ser visible incluso entre la multitud.
—Hazlo, pero mantén distancia —ordenó Jorge—. No queremos que se asuste y huya.
—Entendido. —La halcón se elevó en el cielo con un grito—: ¡Buscando lagartos sospechosos, repito, lagartos sospechosos!
—¿Tiene que decirlo tan alto? —preguntó Jonah.
—Sí —respondió Cassy—. Es parte de su encanto.

Mientras tanto, Reed examinaba el suelo con una concentración casi científica.
—¿Qué haces? —preguntó Jorge.
—Intento localizar rastros de energía residual —respondió el dragón sin levantar la vista—. Todo Digimon deja una firma digital al moverse. Si el Guilmon ha estado vendiendo aquí, es probable que haya partículas de datos residuales en la zona.
—¿Y cómo se ve eso? —preguntó Jonah.
—No se ve —respondió Reed, como si fuera obvio—. Se siente.
—¿Se siente?
—Sí, en el flujo de código ambiental.
—¿Tienes idea de lo que estás diciendo o solo suena impresionante?
Reed parpadeó.
—Ambas cosas.
Jorge sonrió para sí, tomando notas en una libreta.
—Siempre quise registrar cómo los Digimon perciben el entorno. Fascinante…
Cassy le lanzó una mirada de advertencia.
—No estamos en una excursión escolar, Jorge.
—Solo apunto observaciones.
—Observa que el Amateur va a interrogar a una farola.
Jorge levantó la vista justo a tiempo para ver a Jonah preguntándole a un poste metálico:
—¿Ha visto un Guilmon con cara de culpable?
—…
—No contesta —murmuró Reed—. Sospechoso.
—Lo peor —dijo Cassy, encogiéndose de hombros— es que le sigue el juego.

Jonah, frustrado, se giró hacia un tendero Numemon que vendía baratijas digitales.
—¡Disculpe! ¿Ha visto un Guilmon rojo, con cara de no saber hacer negocios?
El Numemon lo observó fijamente.
—Eso describe a la mitad de los Guilmon que conozco, joven.
—¿Y la otra mitad?
—Están en la cárcel.
—Perfecto, ya tengo una pista —anunció Jonah con una sonrisa triunfal.
Jorge se llevó una mano a la frente.
—Esto va a ser un largo día…

Lara descendió de nuevo, aterrizando con gracia frente al grupo.
—He visto tres Guilmon diferentes en las últimas dos calles. Uno vendía palomitas, otro pintaba retratos y el último estaba discutiendo con un Terriermon por el precio del helado.
—¿Y alguno tenía un cartel de "Blue Cards"? —preguntó Jorge.
—No, pero el del helado intentó venderme uno. Aun así tenía un saco... sospechoso detrás de su puesto. Quizás ahí guarda las falsificaciones.
Jonah palideció.
—¡Ese debe ser!
—¿Estás seguro? —preguntó Cassy, escéptica.
—El perfil encaja con un vendedor improvisado.
—Vamos antes de que desaparezca —ordenó Jorge, ajustando su mochila—. Reed, Lara, tomen los flancos. Cassy, vigila que Jonah no haga nada… impulsivo.
—Eso no es un trabajo, es un castigo.
—Considera que te lo ganaste en la última misión —le recordó con una sonrisa.
La felina resopló, pero obedeció.
—Está bien, pero si lo muerde, no lo detengo.

El grupo avanzó entre los puestos del mercado, una escena tan pintoresca que algunos Digimon se detenían solo para observarlos: el tamer furioso con una carta en alto, su mentor con cara de resignación, un dragón olfateando el aire, una halcón girando en círculos y una gata blanca caminando con porte real.
Si el Mundo Digital tuviera redes sociales, alguien ya habría subido el video con el título:

"Grupo de Tamers persigue a vendedor de cartas falsas: el drama continúa".
Lara voló más bajo, señalando con el ala.
—Ahí está. —El grupo giró hacia donde ella indicaba. Al fondo, en una esquina polvorienta, un Guilmon enclenque atendía un puesto improvisado hecho con cajas. Detrás del carrito de los helados, cuando la Digital Security se retiraba de la plaza, sacaba un cartel mal escrito que decía:

"8lue Cards – Evoluciona sin límites. Garantía (más o menos)."
Jonah apretó los puños.
—Lo encontré…
—Recuerda respirar —le advirtió Reed.
—Voy a hacerlo… después de que lo encuentre.
Cassy suspiró.
—Jorge, tu alumno necesita un calmante.
—No tengo, pero si esto sale bien, le invito un helado.
Lara se posó cerca, sonriendo con picardía.
—Con suerte, el mismo Guilmon se lo venderá.

Y con eso, el grupo se encaminó hacia el puesto, el aire cargado de determinación, caos y un poco de comedia involuntaria.
La caza del "estafador más torpe del Mundo Digital" acababa de comenzar.

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—Buenos días, ¿en qué puedo ayuda…?

Guilmon no pudo terminar el saludo usado hasta el cansancio en todos sus potenciales clientes, pues en ese momento el humano delante de su mostrador, improvisado con un puñado de cajas, dejó caer sobre este un objeto fácil de reconocer: una carta celeste, pero no una cualquiera. El dragón se quedó quieto observando el naipe un breve instante, como quien se topa con un objeto nuevo, después dijo al humano:

—Disculpe, pero en este puesto solo vendo cartas, no hago compras ni intercambios…

Tal vez fue la naturalidad con la cual el vendedor soltó aquellas palabras, o puede puede que fuese el hecho de saber sobre sus mentiras lo que avivó la molestia e indignación en el peliplata, como si alguien le hubiese azotado en ese instante con un látigo.

—Sé que la carta es falsa, ¡me estafaste! —le señaló con el índice de manera acusatoria.

—Hey, hey, baja la voz —Guilmon levantó ambos brazos y miró en todas direcciones, el escándalo del Tamer consiguió que un par de transeúntes mirasen hacía su dirección—. Soy un simple vendedor que trata de ganarse la vida y no pienso permitir que arruines mi reputación —se defendió—. Además, yo ni te recuerdo.

—Literalmente nos vimos hace poco menos de una hora
—Wesley negó con la cabeza—, estabas en otra calle, pero eras tú sin duda.

—Mira, yo tengo muchos clientes al día y la verdad, para mi todos los humanos son iguales
—se cruzó de brazos y ladeó la cabeza, desinteresado—. Además, tengo una política de cero devoluciones. Una vez que has pagado y te has llevado el producto cualquier problema es tuyo, no mío.

Jonah hizo chocar sus dientes. No era solo el hecho de que ese Digimon le hubiese estafado de lo lindo, sino su actitud pedante y hasta cierto grado soberbia la que le estaban empujando poco a poco fuera de sus casillas.

—Pero nos has dicho que la carta funcionaba —Reed se colocó junto a su Tamer—. Conseguiste que aceptáramos la compra por medio de mentiras y eso es deshonesto.

—Osea, una estafa
—Jonah frunció el ceño—. Y eso anula cualquier política tonta que quieras inventar para protegerte.

—¿Y cómo sabes que no funciona?
—la pregunta de Guilmon tomó tanto al Hackmon como al Tamer con la guardia baja. El vendedor esbozó una sonrisa entre maliciosa y triunfal—. Los veo muy seguros diciendo que la carta es falsa, pero el simple hecho de que aún la tengan es signo de que no la han usado: las Blue Card solo funcionan una vez y después se desintegran, nadie sabe a qué se debe, pero tampoco nadie sabe cómo es que consiguen romper las leyes de la evolución en primer lugar.

Jonah sacudió la cabeza.

—Otro vendedor nos mostró una Blue Card real.

—¿Y cómo saben que él no estaba intentando venderles una falsa?, ¿les dejó usar esa carta para comprobar sus efectos?


La respuesta era obvia, si la carta se consumía era evidente que ningún vendedor permitiría tal tontería como deja a alguien probarla, además, tampoco tenía sentido que un Tamer la usara en un momento donde no la necesitaba, pues sería tirar a la basura sus enormes beneficios. Jonah comprendió en ese momento cómo es que ese Guilmon había conseguido engañar a tantos: ¿quién en su sano juicio usaría la carta tras comprarla? Era como ese niño con el que se toparon, hablaba de usar la carta para una prueba de ascenso, si los rumores nunca llegaban al pobre crío, este se terminaría enterando de la estafa hasta el momento en que deslizase la carta y nada ocurriese.

—Bien, entonces si estas tan seguro de tu producto, podemos probarlo aquí y ahora, ¿verdad? —Guilmon ladeó la cabeza ante la proposición de Jonah, quién tomó la carta del mostrador con una mano mientras con la otra sacaba su recién comprado lector—. Si tu carta es original, Reed debería evolucionar al instante, ¿no es así? —apuntó a Hackmon con el mentón.

—Tú lo dijiste, una evolución sin limitaciones de rango —el encapuchado clavó su mirada en Guilmon, quien tragó saliva.

—N-no tengo intención de repontertela si la usas —el vendedor amenazó al humano señalándole con una garra.

—Por supuesto, estoy usándola de manera voluntaria después de todo —se encogió de hombros, los orbes dorados del chico parecieron brillar con malicia—. ¿Pero qué sucederá si no funciona?

—E-eso no va a pasar
—se defendió—. Todas mis cartas son originales, de la mejor calidad.

Lara no podía estar más entretenida con la escena, se había forzado a cerrar el pico y no intervenir con tal de que esta siguiese su curso de manera orgánica, pero ganas no le faltaban de lanzar un comentario mordaz con tal de que las cosas subiesen aunque fuese un escalón más. Por su parte, Jorge seguía un poco tenso y lanzaba miradas ocasionales para asegurarse de que Cassandra estaba en buena posición para interceptar a su alumno, solo en caso de que este tomase la estúpida decisión de cobrar justicia por su propia mano.

—Ahí va —Jonah deslizó la carta por el lector.

El tiempo pareció detenerse. Todos los presentes miraron a Reed.

—Pues… No siento nada —admitió el encapuchado.

—¡E-es el lector! —Guilmon frunció el ceño—. ¡Tu lector no sirve!

—¡Venga ya!
—Wesley puso ambas manos sobre el mostrador—. ¡Admite que tu porquería es falsa!

Jorge se aclaró la garganta, atrayendo la atención de los dos en disputa. Aquel seguía siendo un día libre y en verdad no tenía ánimos de enfrascarse en discusiones tontas más allá de lo necesario.

—Creo que yo puedo ayudarles con eso —Velázquez ya sostenía su propio lector y una carta ordinaria, los puso en alto mientras realizaba Card Slash y acto seguido un casco similar al cráneo de los Greymon apareció sobre Lara—. Eso fue para probar que el lector sirve —Jonah sonrió al comprender a dónde iba el Expert y se acercó para darle la Blue Card—. Entonces, si deslizo esta de aquí… —frunció el ceño y la deslizó por la ranura.

—Pues… Nada —admitió la Hawkmon—, yo me siento igual que antes, sin ganas de evolucionar…

Todas las miradas fueron a Guilmon.

—Eh… ¡Esa carta no es la que te vendí!

Jonah se sostuvo el puente de la nariz con los dedos mientras fruncía el ceño y sopesaba las posibles consecuencias que tendría si decidía lanzarle un puñetazo al estafador. Jorge le sujetó por el hombro, invitándolo a calmarse, cosa que intentó respirando profundo. No podía dejarse llevar por sus emociones, además no era un buen peleador contra otros humanos, ya ni hablar si se ponía al tu por tu con un Digimon.

—Supongo… que podemos dejar que la Central arregle este asunto —dijo por fin Wesley.

Jorge suspiró, intentó que su alivio no fuese tan evidente.

—¿La Ce-central? —sin embargo, el rostro de Guilmon perdió ese aire de soberbia—. ¿Po-por qué deberíamos meter a la Central en algo tan trivial como esto?, e-ellos tienen cosas mejores que hacer…

—¿No dijiste hace un momento que la reputación era algo importante para ti? —preguntó Lara—. ¿Qué mejor manera de mantenerla intacta que callando a un par de acusadores con el respaldo de las autoridades?, claro, si es que Jonah está mintiendo y no tú.

—Prefiero no meterme en problemas eso es todo…

—Por desgracia esto ya no es decisión tuya, Guilmon
—sentenció Jorge—. Si Jonah quiere llevar el asunto a la Central, ellos son quienes decidirán si esto vale la pena atenderlo o ignorarlo.

El vendedor se quedó con la boca abierta, sin ser capaz de articular ninguna palabra. No podía formular ningún argumento o excusa, aquello había sido un jaque mate en toda regla y debía admitirlo, había perdido. Por fortuna, un mero debate callejero y una discusión acalorada estaban lejos de arruinar su carrera: mientras siguiese vivo siempre podía volver a empezar.

—Data Load: ¡Smoky Fang! —Guilmon regurgitó una cortina de humo que pronto se propagó por la zona, provocando que los varones se cubriesen la nariz, mientras que los Digimon adoptaban posiciones defensivas al ser tomados por sorpresa por aquel movimiento. Aprovechó la conmoción para salir corriendo a toda velocidad en la dirección contraria, cargando su preciado saco repleto de "8blue Cards" sobre su espalda.

Un brillo consiguió escapar desde la nube de humo, anunciando la Digievolución. Con un solo batir de sus alas, Aquilamon desvaneció aquella cortina sin demasiado esfuerzo, permitiéndoles ver lo evidente.

—¡Se escapa! —Cassandra señaló al Guilmon fugitivo a la distancia.

—¡Ustedes síganlo a píe, nosotros lo haremos desde el aire! —indicó Jorge, tanto Tailmon como Hackmon asintieron y comenzaron a correr, siguiendo la misma ruta que el estafador. Lara se inclinó para que pudiese trepar a su lomo—. Sube, Jonah y sujetate bien —le ofreció la mano al peliplata para treparse.

Al menos Wesley tendría que admitir algo bueno de todo aquello: por primera vez iba a experimentar lo que se sentía volar sobre un Digimon. Se acomodó lo mejor que pudo al trepar en Aquilamon, hasta ahí todo bien, el problema empezó cuando el coloso halcón comenzó a levantar vuelo y Jonah sintió que se iba de lado. Por mero acto reflejo se impulsó hacía adelante y se aferró a Jorge.

—Ah, lamento eso —dijo sin más tras notar el sobresalto que sufrió Velázquez—, ahora mismo me acomodo y…

Lara miró sobre su hombro y se dio cuenta lo que estaba pasando, de modo que hizo un movimiento brusco a propósito para obligar al peliplata a mantenerse aferrado al castaño.

—¡Lara! —al parecer Velázquez la atrapó infraganti.

—¿Qué?, las corrientes de aire están más agitadas de lo que pensé —mintió—. Por cierto, puedo verlo.

En efecto, a Aquilamon no le tomó demasiado esfuerzo alcanzar a un mero Child como lo era Guilmon, además, desde su posición también divisó a sus compañeros de armas acortando distancias. Sería cuestión de tiempo para que lograran interceptarlo. Estaba acorralado.

Y Guilmon lo sabía. No era la primera vez que le descubrían estafando y le perseguían buscando cobrarle, de hecho, en aquellas ocasiones su vida había corrido peligro, aunque ahora se jugaba algo igual de valioso para él: su libertad. Si le llevaban ante la Central o DS terminaría encerrado en un calabozo, lo sabía. No iba a aceptar eso.

—¡Data Load: Divanish!

Lara abrió los ojos de par en par cuando el cuerpo de Guilmon comenzó a desdibujarse, como si su piel fuese una mera proyección en la pantalla de un televisor y, por un instante, sufriese de interferencia. Pero cuando el singular espectáculo se desvaneció de la misma forma que había aparecido, el dinosaurio desapareció del campo de visión del ave.

—¡Ya no esta! Debe haberse ocultado de alguna manera…

—Cuando emprendió la huida usó una técnica que no es propia de los Guilmon, debe de tener algún repertorio de técnicas vía data load
—concluyó Jorge.

—¿Data Load? —preguntó Jonah, curioso.

—Bueno… son… técnicas que los Digimon aprenden absorbiendo data de otros Digimon —Jorge suspiró—. Creo que no es momento para esas explicaciones, además… —Otro movimiento brusco de Lara tuvo lugar, sintió como Jonah volvía a sujetarlo como si su vida dependiese de ello—. ¡Lara! —El ave solo miró sobre su hombro y le regaló una risa burlona a Velázquez.

En tierra, Cassandra y Reed miraron como su objetivo desapareció a tan solo a un par de metros de alcanzarlo. Sin embargo, a diferencia de la Aquilamon en las alturas y gracias a su cercanía a este cuando el evento sucedió, ellos pudieron notar algo extraño en el escenario de fondo cuando Guilmon desapareció.

—¿Pudiste verlo?, fue una especie de efecto visual, como las ondas de calor en concreto caliente —dijo Reed.

—No ha desaparecido, está usando camuflaje —asintió Cassy—¿Qué tan bueno es tu oído y olfato? —puso sus orejas en alto, sin dejar de correr.

—Rara vez alguien puede sorprenderme si estoy quieto, pero esto es diferente. Confiaré en tus sentidos.

Cassandra asintió y apretó la marcha.


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El aire del distrito comercial aún estaba impregnado del olor metálico del humo digital. Los píxeles suspendidos en el ambiente parecían escarcha azulada, flotando donde antes Guilmon se había desvanecido. Cassandra frunció el ceño y agitó la mano frente a su rostro.

—Odio cuando hacen eso. —Se llevó las orejas hacia atrás, aguzando el oído—. ¿Lo ves, Reed?

El Hackmon inclinó ligeramente la cabeza. Sus ojos, tan precisos como sensores calibrados, analizaban el espacio vacío donde el estafador había desaparecido. Entre el parpadeo de los hologramas y el zumbido eléctrico del entorno, algo distorsionaba el aire, como calor sobre asfalto.

—No es invisibilidad —dictaminó finalmente con tono seguro—. Está refractando los datos del entorno. La luz se curva en torno a él; el camuflaje es parcial, imperfecto.

Cassandra asintió con una sonrisa ladeada.
—Traducción: brilla como un anuncio barato si sabes mirar bien.

Desde lo alto, un grito se mezcló con el viento digital.

—¡Y yo tengo visión de halcón premium! —vociferó Lara, su silueta dorada recortándose contra el cielo con un aire orgulloso.

—¡Literalmente, Lara! —gruñó Jonah, aferrándose con todas sus fuerzas a las plumas del lomo del Aquilamon mientras una ráfaga ascendente lo sacudía—. ¿De verdad era necesario volar tan alto?

—Claro —replicó el ave con tono divertido—. Mejores vistas, más estilo, y un cliente con cara de pánico gratis. Es un dos por uno.

Jorge, sentado tras ella, soltó una risa breve.
—Concéntrate en la misión, Lara. No queremos otro incidente aéreo como el del vendedor de chips falsos.

—¡Eso fue una ráfaga lateral! —protestó Lara con indignación selectiva, aunque sus ojos seguían rastreando el suelo—. Aunque admito que fue divertido verlo correr con los chips explotando en los bolsillos…

Jonah suspiró.
—Estoy empezando a notar un patrón preocupante con tus anécdotas.

Debajo de ellos, Reed caminaba con paso firme. A su lado, Cassy olfateaba el aire como si pudiera captar el rastro de Guilmon. El Hackmon levantó el hocico, dejando que sus sensores captaran las fluctuaciones en la data ambiental.

—Hay una variación en el flujo energético —anunció—. El campo de camuflaje tiene una firma inestable; su estructura se degrada rápido. No podrá mantenerla más de tres minutos si no recarga.

Jorge, que escuchaba desde el comunicador integrado en su Digivice, intervino:
—Entonces no puede huir eternamente. Necesitará un punto de recarga… algún sitio con flujo de datos constante.

—O comida —añadió Cassy sin dudar—. Los tramposos siempre se esconden cerca de la tentación. Apostaría mis anillos sagrados a que busca un puesto de comida rápida digital.

Lara, desde el aire, soltó una carcajada.
—Genial, eso reduce las opciones a toda la calle. ¿Te das cuenta de cuántos "DigiDonuts" hay en este distrito?

—Tú solo vigila desde arriba —replicó Jorge, con esa paciencia de quien ha aprendido a sobrellevar el caos—. Cassy, Reed, acérquense al cuadrante norte; nosotros cubriremos la zona aérea. Jonah, si puedes dejar de rezar para no caer, activa tu visor. Necesitamos rastreo térmico.

Jonah apretó los dientes, pero obedeció.
—Hecho. Aunque si muero aquí arriba, quiero que conste que fue por exceso de sarcasmo aviar.

—Lo anotaré en el informe —dijo Jorge, impasible.

Mientras tanto, en el nivel del suelo, los callejones se estrechaban y se llenaban de pantallas parpadeantes, anuncios suspendidos en el aire y tuberías de datos que vibraban con energía. Reed se adelantó, su mirada fija en las pequeñas ondulaciones visuales que delataban al culpable.

—Está usando un sistema de camuflaje derivado de técnicas Data Load. Copió la capacidad de algún Digimon con manipulación de luz —comentó el Hackmon, casi con admiración técnica—. Ingenioso, aunque ineficiente.

Cassy bufó.
—¿Ingenioso? Es un lagarto que vende papel pintado y corre como pollo sin cabeza.

Reed la miró de reojo.
—Precisamente. La biología del pollo limita la velocidad, pero si tuviera cola y fuego… —No terminó la frase, porque un destello al final del callejón captó su atención.

—Ahí está —dijo Cassy, bajando el centro de gravedad y tensando las garras—. Hora de cazar lagartos.

Las calles laterales del distrito eran un laberinto de luces intermitentes y hologramas parpadeantes. Un cableado de datos colgaba entre los edificios, zumbando con energía digital. Allí, en medio del caos, el aire titilaba como agua bajo el sol.

Reed levantó una garra y Cassy se detuvo en seco.
—Está aquí —murmuró el Hackmon, su tono bajo pero preciso—. El campo se agota; su camuflaje fluctúa.

Cassy sonrió con picardía.
—O sea que el lagarto se está quedando sin pilas.

Ante sus ojos, la figura de Guilmon comenzó a parpadear, como un holograma defectuoso. Primero se delineó el contorno de su cola, luego una garra, después su enorme cabeza roja surgió de la nada, con los ojos desorbitados de sorpresa.

—¡Oh, no, no, no! —balbuceó—. ¡Aún me quedaban treinta segundos de invisibilidad! ¡No vale!

Desde lo alto, una sombra cruzó el cielo. Jorge divisó el parpadeo digital desde la montura y señaló hacia abajo.
—Lara, ahí —ordenó con calma.

Aquilamon cerró las alas, descendiendo en picado con un silbido ensordecedor. Jonah gritó algo ininteligible que probablemente no era un conjuro, y ambos cayeron en picado hacia el callejón.

—¡Beak Pierce! —Lara lanzó su ataque con precisión quirúrgica, clavando el pico justo frente a Guilmon, a un milímetro de su nariz. El dragón rojo saltó hacia atrás, sobresaltado.

—¡Eso fue intento de asesinato comercial! —chilló indignado, agitando las garras—. ¡Podrías haber dañado mi mercancía!

Jonah, todavía abrazado al cuello del ave y con el cabello despeinado por el viento, lo señaló con un dedo tembloroso.
—¡Ríndete, estafador! ¡Tu descuento ha caducado!

Guilmon jadeaba, sus hombros subiendo y bajando.
—¡Solo necesito cinco minutos más para recargar el camuflaje! —suplicó con desesperación—. ¡Cinco!

Cassy cruzó los brazos, sus anillos brillando suavemente.
—¿Y si en vez de eso recargas tu sentido moral?

Lara se rio por lo bajo.
—Difícil, está fuera de stock.

El estafador resopló y levantó las manos.
—¡Data Load: Smoky Fang! —exclamó, y su garganta empezó a emitir un brillo grisáceo.

—Otra vez no —murmuró Reed. Con un movimiento ágil, golpeó el suelo con su garra—. Rock Breaker.

El impacto generó un pulso de energía que recorrió el pavimento y desintegró la nube de humo antes de formarse. Los restos de datos se dispersaron como polvo azul, y Guilmon quedó al descubierto, paralizado y con el hocico aún abierto.

Jorge descendió lentamente, apoyando los pies en el suelo con elegancia. Cruzó los brazos y habló con esa calma que solo usaba cuando la paciencia estaba a punto de agotarse.
—Supongo que se acabó la función.

Guilmon lo miró con una mezcla de frustración y resignación.
—Yo… solo intentaba ganarme la vida —musitó—. ¿Acaso no hay espacio para el emprendimiento en este mercado cruel?

—No cuando vendes basura digital a novatos confiados —replicó Jonah, acercándose. Tomó una de las cartas del saco que el dragón acababa de soltar. La miró… y esta se partió en dos al tacto, como si estuviera hecha de cristal viejo.

Lara soltó una carcajada sonora.
—Bueno, al menos son biodegradables.

Cassy no tardó en rematar:
—Perfectas para estafar con conciencia ecológica.

Guilmon suspiró y levantó las garras en rendición.
—Vale, vale… Pero podríamos arreglarlo entre nosotros. Nada de Central, ¿eh? Puedo ofrecerles una compensación: tres cartas por el precio de una, oferta exclusiva por arresto frustrado.

Reed arqueó una ceja.
—Incluso en la derrota sigue vendiendo.

Jonah suspiró y negó con la cabeza.
—Lo peor es que casi suena tentador.

—No lo escuches, Amateur —gruñó Lara, bajando la cabeza hasta quedar frente a él—. Así empiezan las secuelas.

Jorge ya estaba registrando el incidente en su Digivice.
—La Central decidirá qué hacer contigo —dijo sin levantar la vista.

Guilmon gimió.
—¡La Central! ¡No, no, no, eso arruina mi reputación! ¡Mi clientela! ¡Mi negocio honesto de cartas mágicas falsificadas!

Cassy le lanzó una mirada sardónica.
—Honesto y falsificado en la misma frase. Eres todo un poeta del crimen.

El dragón bajó la cabeza, derrotado. El brillo de su camuflaje se había extinguido por completo, y con él, toda la arrogancia.
El aire del callejón volvió a la normalidad, vibrando con los ecos digitales de la reciente batalla.

Jonah respiró hondo, relajándose al fin.
—Supongo que eso es todo —murmuró.

Jorge asintió, guardando el dispositivo.
—Sí. Se acabó el espectáculo.

Y mientras el viento levantaba un par de cartas rotas y las hacía girar en el aire, Lara añadió con una sonrisa:
—Lo bueno es que hoy no volaron golpes… solo marketing fallido.

El aire de la tarde digital tenía ese tono de descanso posterior al caos. Las luces neón del distrito comercial titilaban lentamente mientras el bullicio de los puestos callejeros regresaba a su ritmo normal. El escándalo del "vendedor de Blue Cards genuinas" ya se había disipado… aunque su protagonista seguía refunfuñando incluso después de que la patrulla de la Central se llevara al estafador, custodiado y todavía protestando sobre su "libre emprendimiento".

La persecución había terminado, pero la adrenalina tardaba en irse. Así que, por decisión casi unánime (y por una mirada tajante de Jorge), el grupo acabó refugiado en una pequeña cafetería del distrito.
El local era sencillo: sillas metálicas, paredes decoradas con viejos anuncios de Digicoffee™ y el zumbido constante de los hologramas del menú flotando sobre la barra.

Jonah tenía los codos sobre la mesa y la cabeza hundida entre las manos. Frente a él, una taza humeante de café oscuro despedía un aroma intenso que contrastaba con su expresión de derrota.

—¿Te vas a quedar mirando el café hasta que te devuelva el dinero? —preguntó Cassy, cruzada de brazos, con el rabo moviéndose de un lado a otro en evidente diversión.

El peliplata suspiró.
—Estoy considerando si puedo demandarlo por daños psicológicos.

—No sería rentable —intervino Reed, que ya había desplegado una pequeña pantalla holográfica de datos, tecleando con precisión científica—. Conclusión: los criminales de bajo nivel recurren a técnicas de camuflaje con tiempo de enfriamiento.
Hizo una pausa y añadió, con absoluta seriedad:
—Recomendación: evitar interacciones comerciales con individuos que comiencen sus frases con "esta oferta no la verás en ningún otro lado".

Cassy apoyó la barbilla en una mano.
—Traducción: se desinflan rápido.

Lara soltó una risilla desde su silla, acomodando una de sus alas tras la espalda.
—Como Jonah cuando intenta hacerse el serio.

El aludido levantó la mirada con lentitud.
—Estoy justo aquí, ¿sabías?

—Sí —replicó el ave con toda la naturalidad del mundo—, y estás haciendo una expresión excelente para "cliente arrepentido".

Jorge, que hasta ese momento había estado removiendo su propio café con calma de relojero, levantó la vista y sonrió con ese tono sereno que lo caracterizaba.
—No te preocupes tanto, Jonah. Todos caemos alguna vez. La diferencia está en si aprendemos a reírnos de ello… o si terminamos amargados por un cartón azul.

El joven soltó una risa baja, casi a regañadientes.
—Supongo que aprendí más sobre comercio que en toda mi vida. —Le dio un sorbo al café y frunció los labios—. Y sobre control de ira.

Cassy asintió con satisfacción felina.
—Un avance notable. Si logras mantener ese temple en la próxima misión, quizá sobrevivas sin romper nada.

Reed lo observó en silencio unos segundos antes de agregar, en su tono siempre impecablemente neutral:
—La próxima vez verificaremos antes de confiar. Consideraré desarrollar un algoritmo de detección de estafas.

—¿Eso existe? —preguntó Lara, arqueando las cejas.

—No —contestó Reed sin parpadear—. Pero debería.

Jonah no pudo evitar sonreír ante la respuesta. Su socio digital, tan lógico como siempre, había dicho aquello sin una pizca de ironía, y de algún modo eso le resultaba reconfortante. Había aprendido a interpretar el afecto de Reed en esos gestos casi imperceptibles: la forma en que lo analizaba, lo corregía… o lo apoyaba sin decirlo explícitamente.

—Gracias, Reed —dijo finalmente, y el Hackmon inclinó ligeramente la cabeza, apenas un gesto, pero suficiente.

Lara bebió de su taza —un capuchino tamaño industrial que amenazaba con cubrirle el pico de espuma— y miró alrededor de la mesa con expresión satisfecha.
—Bueno, al menos hoy conseguimos un criminal menos en las calles, un nuevo informe para la Central, y una lección de vida gratis. ¿Qué más se puede pedir?

—Que no nos vuelvan a mandar a una misión con "poco riesgo" —rezongó Cassy—. Las misiones de rango D siempre terminan con explosiones o humo.

Jorge rió suavemente.
—A veces, lo inesperado es lo que hace que valga la pena. —Apoyó los codos en la mesa, mirando a sus compañeros—. Y, en serio, buen trabajo. No hubo daños, no hubo bajas, y atrapamos al culpable. Eso ya es un triunfo.

Jonah asintió, más animado.
—Sí… —sonrió con un aire de autocrítica—. Supongo que puedo reírme de mí mismo ahora. Me dejé llevar por la promesa de poder rápido, y… bueno, terminé corriendo detrás de un lagarto con aspiraciones de influencer.

Cassy soltó una carcajada tan sonora que varios clientes se giraron.
—¡Oh, por favor, anoten eso en el informe! "Lagarto influencer con técnica de humo y carisma de vendedor de feria". Lo enmarcaré.

—Sería una descripción precisa —añadió Reed, imperturbable—. Técnicamente, sí promovía su producto con insistencia.

Lara se inclinó hacia Jorge, susurrando en tono divertido:
—Creo que estos dos están aprendiendo a trabajar juntos… a su manera.

—Eso espero —respondió él con una sonrisa de mentor satisfecho—. Si algo he aprendido, es que las mejores alianzas nacen del caos compartido.

El sonido de las tazas, el murmullo del local y las luces parpadeantes del letrero exterior creaban una atmósfera casi acogedora. Por primera vez en toda la jornada, el grupo parecía relajado.

Jonah miró su café una última vez, ahora casi vacío, y dejó escapar una risa genuina.
—Quién diría que todo esto empezó por una carta falsa.

Lara levantó su taza en un brindis improvisado.
—Por las falsas que enseñan lecciones verdaderas.

—Y por los novatos que sobreviven para contarlo —añadió Cassy, chocando su vaso con el de la ave.

—Y por la paciencia de los que los acompañan —cerró Jorge, alzando una ceja hacia los dos Digimon alborotadores.

Las risas se mezclaron, suaves y sinceras.
La tormenta había pasado.
El café sabía a alivio.



El sol digital del distrito comenzaba a ocultarse, tiñendo los edificios de un tono ámbar con reflejos naranjas. La tarde olía a bytes recién horneados y a la ligera electricidad de los servidores en reposo. Afuera del café, los carteles luminosos ya anunciaban la hora feliz.

Jorge revisaba la cuenta mientras Cassy intentaba convencer al camarero de que las galletas estaban sobrevaloradas. Lara se estiraba perezosamente, disfrutando del calor del sol sobre sus plumas, y Reed analizaba el registro de datos de la misión, siempre meticuloso.

Entonces, el camarero —un Tentomon con delantal— se acercó con un pequeño sobre azul y lo dejó con un zumbido alegre sobre la mesa.
—Esto lo dejaron para ustedes —dijo, moviendo las antenas—. Hace unos minutos, justo antes de que entraran.

Jonah arqueó una ceja.
—¿Nosotros? —preguntó, y tomó el sobre con cierta sospecha. Era azul celeste, con una pequeña marca en la esquina que parecía… una huella de garra.

Lo abrió lentamente.

Dentro, había una carta dibujada a mano. Una caricatura de Guilmon levantando un pulgar, con una sonrisa exagerada y una nube de humo dibujada detrás.

Abajo, en letras torcidas, se leía:

"Gracias por la persecución gratuita. Me he escapado de la Digital Security, no son tan eficientes como vosotros. Mi camuflaje se recargará pronto, ¡así que nos vemos en la próxima promoción!
—G."
El silencio que siguió fue casi sagrado. Solo el zumbido del letrero y el viento digital moviendo el sobre sobre la mesa.

Lara fue la primera en hablar.
—Bueno… al menos es agradecido.

Reed observó el mensaje, analizando los trazos del dibujo.
—Y eficiente. Su técnica debe necesitar veinte minutos exactos de recarga.

Cassy suspiró, llevándose una mano a la frente.
—Ojalá su ética se recargara igual de rápido.

Jorge soltó una carcajada suave.
—Y pensar que solo salí a comprar un café.

Jonah miró la caricatura, y en lugar de frustrarse, terminó riendo. Una risa ligera, sincera, que arrastró a los demás.
—Supongo que… he aprendido el verdadero valor de una carta falsa.

—El valor educativo, diría yo —replicó Cassy, sonriendo.

—O el valor de entretenimiento —añadió Lara, levantando vuelo con un movimiento elegante, planeando sobre ellos—. ¿Moraleja del día? Si una oferta parece demasiado buena para ser verdad, probablemente viene con humo incluido.

El grupo estalló en carcajadas mientras salían del café, con el sol digital desvaneciéndose tras los edificios. Reed caminaba en silencio junto a Jonah, su mirada más tranquila que nunca. Cassy y Lara discutían sobre si el humo contaba como "efecto especial gratuito", mientras Jorge los seguía, sonriendo de manera casi paternal.

El viento arrastró el sobre azul, que cayó boca arriba sobre el pavimento, reflejando el atardecer.
El dibujo de Guilmon brilló un instante antes de desvanecerse en un pixelado suave.

Y así, entre risas y café, concluyó la llamada Operación Blue Card:
la misión menos heroica, más caótica y más humana que aquellos Tamers recordarían… aunque, en el fondo, jurarían que valió la pena cada byte de humo.

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