Rango A El Legado del Sol [Tatsuya Kamisato]

Gennai

Eclipse Dynasty Member
"El Legado del Sol"​


- NPC involucrado: Coronamon
- Sinopsis: Llamado por la "sangre" (data) que recorre su cuerpo, un Coronamon se ha interesado en una leyenda antigua que involucra el Desierto Oasis a las afueras de la ciudad. Se trata del "Templo del Sol", un antiguo recinto erguido en honor al Olympos XII Apollomon, oculto entre las ardientes arenas del desierto hasta desaparecer de la memoria de la población. Se dice que este Templo oculta secretos que le permitirán a los descendientes del Olimpo liberar su verdadero potencial, una historia que ha despertado el interés del Child en aprender acerca de qué clase de legados habrán dejado sus ancestros en tan místico lugar. Es por esto que ha requerido la ayuda de un Tamer que lo ayude a sortear los peligros del desierto para hallar el Templo y descubrir sus misterios
- Escenario: Oasis Desert
- Objetivos:
  • Escoltar a Coronamon por Oasis Desert
  • Hallar y confirmar la existencia del Templo del Sol
  • Explorar su interior
- Notas:
  • Coronamon posee información sobre la leyenda del Templo, sin embargo no conoce su ubicación exacta. Su mejor pista es un pasaje específico, "el Templo se encuentra donde la tierra arde tanto como el Sol"
  • Como de costumbre, se requiere cuidado al viajar por el desierto. No solo las altas temperaturas son peligrosas, también la leyenda insinúa que estas temperaturas son aún mayores en los alrededores del Templo
  • Atentos a la presencia y ataque de los Digimon salvajes del área. Además, tengan cuidado de posibles bandidos o asaltatumbas que se interesen también en la leyenda.
  • Al explorar el Templo se debe ser cauteloso por la presencia de trampas. También se cree que puede habitar un "guardián" con el objetivo de deshacerse de los intrusos
Tamer: Tatsuya Kamisato​
 
OP
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Gennai

Gennai

Eclipse Dynasty Member
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El llamado de la sangre solar​



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La mañana había comenzado con una tranquilidad extraordinaria en File City, una de esas jornadas en las que los comerciantes abrían sus establecimientos sin demasiada prisa, los Tamers recorrían las calles buscando alguna oportunidad interesante y los Digimon aprovechaban la relativa seguridad de la ciudad para disfrutar de actividades que difícilmente podrían permitirse en los territorios salvajes del Mundo Digital. El cielo lucía despejado, una agradable brisa recorría las avenidas y el sol iluminaba las fachadas de los edificios con una calidez que todavía no resultaba incómoda. Era, en otras palabras, un día perfecto para no hacer absolutamente nada, una circunstancia que Tatsuya Kamisato había decidido aprovechar desde muy temprano. El ex-Yakuza descansaba cómodamente en una silla reclinable instalada en la terraza de un pequeño establecimiento, con sus largas piernas extendidas sobre otra silla y su smartphone descansando entre los dedos de una mano. Su cabello negro permanecía recogido en una coleta descuidada, mientras el habitual cubrebocas negro ocultaba la parte inferior de su rostro, dejando visibles únicamente aquellos ojos color miel que parecían examinar el mundo con perpetua indiferencia. Sobre la mesa descansaban algunos catálogos de antigüedades, una bebida fría y una pequeña libreta donde había anotado las ganancias obtenidas durante sus últimas operaciones comerciales. A juzgar por la satisfacción que transmitía su mirada, los números eran bastante favorables. Lamentablemente, aquella paz estaba destinada a terminar en cuanto cierta criatura blanca de capa roja decidiera abrir la boca.

—Tatsuya, llevas casi tres horas sentado en esa silla. ¿No piensas hacer nada productivo durante el resto del día? —preguntó Dainsleif, observando a su Tamer con evidente desaprobación.

—Estoy haciendo algo productivo, enano. Estoy descansando para mantener mi salud física y mental. Es una inversión a largo plazo—.

—¡Deja de llamarme enano! ¡Y no puedes considerar una inversión pasar toda la mañana acostado!—.

—Claro que puedo. Mi cuerpo es mi principal herramienta de trabajo. Si se descompone, pierdo dinero. Por lo tanto, descansar es una actividad empresarial—.

—Esa es la excusa más descarada que te he escuchado esta semana—.

—¿Solamente esta semana? Estoy perdiendo práctica—.

Dvalin, que permanecía cerca de ambos examinando una pequeña figura artesanal adquirida aquella mañana, soltó una carcajada al escuchar el intercambio. El Pteromon había dedicado buena parte de su tiempo a recorrer los puestos de artesanías de File City, fascinado por las distintas técnicas utilizadas por los Digimon para trabajar cristales, minerales y fragmentos de metal recuperados de antiguas ruinas. Su curiosidad artística había terminado contagiándolo del interés de Tatsuya por las antigüedades, aunque sus motivaciones eran considerablemente diferentes: mientras el comerciante calculaba cuánto podía obtener por revender una pieza, Dvalin imaginaba dónde podría exhibirla en aquella galería de arte que algún día esperaba construir. Dainsleif, por su parte, consideraba que ambos necesitaban urgentemente aprender a utilizar su tiempo de manera responsable. El pequeño dragón blanco se acomodó su preciada capa roja, observó nuevamente al humano y finalmente señaló con una de sus patas el edificio de administración de Quests de la Central de Tamers que se encontraba al otro lado de la calle.

—Por lo menos podríamos revisar las Quests disponibles. Hace varios días que no aceptamos una misión importante—.

—Y precisamente por eso mi esperanza de vida ha aumentado considerablemente—.

—¡Tatsuya!—.

—Dain, tampoco hace falta que lo obligues —intervino Dvalin con una sonrisa—. Aunque admito que me gustaría salir de viaje. Hace tiempo que no encontramos ruinas interesantes y todavía quiero conseguir algunas esculturas antiguas para mi colección—.

—Gracias, Dvalin. Tú sí entiendes el valor del descanso—.

—Eso no significa que esté de acuerdo contigo. También deberíamos hacer algo de ejercicio—.

—Retiro lo dicho. Los dos están conspirando contra mi felicidad—.

Sin embargo, la aparente indiferencia del comerciante desapareció parcialmente cuando su smartphone emitió una notificación procedente del sistema de Quests. La pantalla mostró una nueva solicitud de rango A, recientemente publicada y todavía sin un Tamer asignado. Tatsuya estuvo a punto de ignorarla, convencido de que cualquier misión de semejante categoría implicaría riesgos incompatibles con sus planes de jubilación anticipada, hasta que sus ojos repararon en dos palabras particularmente interesantes: Templo del Sol. Aquella denominación despertó una curiosidad que no tenía absolutamente nada que ver con el heroísmo. Durante sus numerosos viajes por el Mundo Digital había aprendido que los antiguos templos, las ciudades abandonadas y los santuarios olvidados podían contener objetos históricos de enorme valor, desde inscripciones y documentos hasta artefactos capaces de alcanzar precios absurdos entre determinados coleccionistas. Que el recinto estuviera asociado con uno de los Olympos XII incrementaba considerablemente su interés, porque cualquier vestigio auténtico relacionado con semejantes Digimon constituía un descubrimiento de extraordinaria importancia. El humano enderezó lentamente la espalda, examinó la descripción y comenzó a leer con una atención que no había mostrado en toda la mañana.

—Vaya, vaya... Esto sí podría resultar interesante—.

Dainsleif levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Qué encontraste?—

—Una Quest de rango A. Escoltar a un Coronamon hasta un templo perdido en Oasis Desert, investigar su existencia y explorar el interior. Según la descripción, el lugar fue construido en honor a Apollomon—.

—¿Apollomon? —repitió Dvalin, acercándose con evidente curiosidad—. ¿Uno de los Olympos XII?—.

—El mismo. Y aparentemente nadie recuerda dónde se encuentra ese templo—.

—Eso significa que podría tratarse de una ruina histórica completamente desconocida —comentó el Pteromon, entusiasmándose—¡Imaginen las esculturas, los relieves, las pinturas y los objetos ceremoniales que podríamos encontrar!—

—Imaginen las trampas, los Digimon salvajes y el calor infernal que tendremos que soportar— replicó Dainsleif, cuya expresión había cambiado considerablemente al escuchar el nombre del desierto.

Tatsuya observó al pequeño dragón blanco durante algunos segundos antes de dejar escapar una risa discreta detrás del cubrebocas. Conocía perfctamente la aversión de Dainsleif hacia las temperaturas abrasadoras de Oasis Desert, un territorio que el Hackmon consideraba uno de los lugares más desagradables del Mundo Digital. Aquello volvía la situación particularmente entretenida, porque el mismo Digimon que llevaba toda la mañana insistiendo en que debían aceptar una Quest ahora parecía estar buscando motivos para permanecer en la ciudad. Dvalin también lo había comprendido y no tardó en dirigirle una mirada traviesa a su compañero, quien inmediatamente comprendió que había cometido un error.

—¿Qué sucede, Dain? —preguntó Tatsuya con inocencia exagerada—Hace un momento estabas desesperado por trabajar. ¿Ahora quieres quedarte descansando?—.

—¡No he dicho eso!—.

—Entonces estupendo. Prepárate para unas vacaciones en el desierto—.


—¡Eso no son vacaciones, maldito holgazán!—.

—Para mí sí. Tú puedes entrenar mientras yo disfruto del paisaje—.

—¡Te voy a dejar enterrado en la arena!—.

—Dvalin, toma nota. Nuestro querido enano acaba de amenazar a su Tamer delante de testigos—.

—Yo también escuché la amenaza —respondió Dvalin, divertido—. Aunque debo admitir que probablemente te la mereces—.

Tatsuya soltó un suspiro teatral, guardó su smartphone y finalmente se levantó de la silla. La perspectiva de obtener alguna reliquia antigua había conseguido lo que los constantes sermones de Dainsleif rara vez lograban: convencerlo de abandonar voluntariamente su descanso. Antes de comprometerse, no obstante, decidió examinar cuidadosamente los términos del encargo, porque la descripción contenía demasiadas incógnitas como para aceptar sin hacer preguntas. No había una ubicación confirmada, se advertía sobre temperaturas excepcionalmente elevadas, existían rumores de posibles asaltatumbas y tampoco podía descartarse la presencia de un guardián. Para cualquier Tamer experimentado, aquellas advertencias justificaban una preparación considerable; para un comerciante acostumbrado a evaluar riesgos, representaban motivos suficientes para exigir información adicional antes de firmar cualquier acuerdo. El humano consultó la ficha nuevamente y comprobó que el solicitante se encontraba esperando en las instalaciones administrativas. Con un movimiento de cabeza indicó a sus compañeros que lo siguieran, ignorando los comentarios de Dainsleif sobre la conveniencia de llevar suficiente agua y evitando mencionar que, por primera vez en varios días, realmente tenía curiosidad por lo que encontrarían.

El edificio de la Central de Tamers presentaba una actividad moderada cuando Tatsuya atravesó sus puertas acompañado por Dainsleif y Dvalin. Varias pantallas mostraban solicitudes procedentes de distintos territorios de File Island, mientras algunos Tamers discutían las condiciones de sus próximas expediciones y otros regresaban para registrar los resultados de trabajos terminados. El ex-Yakuza conocía perfectamente aquellos procedimientos, pues su rango Chief y la considerable cantidad de misiones completadas le permitían acceder a encargos que muchos aventureros todavía consideraban inalcanzables. Pese a ello, seguía rechazando sistemáticamente las invitaciones para integrarse a alguna Guild, convencido de que compartir beneficios y aceptar órdenes permanentes constituía una pésima decisión empresarial. Tras identificar la solicitud correspondiente, se acercó al mostrador y solicitó hablar directamente con el responsable del encargo.
La encargada revisó el registro, comprobó su autorización para aceptar Quests de rango A y señaló una zona de espera donde un pequeño Digimon de pelaje anaranjado permanecía sentado junto a una mochila demasiado grande para su tamaño. Su melena parecía una corona de llamas, sus extremidades mostraban marcas oscuras y su cola se movía de manera inquieta mientras examinaba repetidamente un pergamino envejecido. Era Coronamon.
El pequeño Digimon levantó la mirada cuando observó acercarse a aquel humano extraordinariamente alto, vestido de negro y con buena parte del rostro oculto. Sus ojos se desplazaron inmediatamente hacia los dos compañeros que caminaban a su lado, deteniéndose especialmente en Dainslef, cuya capa roja y actitud disciplinada contrastaban con la despreocupación del Tamer. Coronamon se levantó apresuradamente, acomodó su mochila y realizó una pequeña reverencia, intentando demostrar una formalidad que resultaba casi cómica debido a su evidente nerviosismo. Tatsuya, por su parte, lo observó de arriba abajo antes de acomodarse frente a él, cruzar los brazos y adoptar aquella expresión indescifrable que tantos comerciantes habían aprendido a temer durante una negociación. Dvalin saludó amistosamente con una de sus alas, mientras Dainsleif permaneció atento al entorno, aparentemente decidido a comprobar si el solicitante comprendía realmente los peligros de la expedición.

—¿Tú eres Coronamon? —preguntó Tatsuya.

—¡Sí! ¡Mucho gusto! ¿Usted es el Tamer que aceptará mi solicitud?—.

—Todavía no he aceptado nada. Primero quiero escuchar tu historia y saber exactamente qué pretendes encontrar.

—¡Ah! ¡Entiendo! ¡Por supuesto! Mi nombre es Coronamon y estoy investigando una antigua leyenda sobre el Templo del Sol. Dicen que fue construido hace muchísimo tiempo para honrar a Apollomon, uno de los doce grandes dioses del Olimpo—.

—Eso aparece en el anuncio. Quiero saber qué información tienes que no esté escrita allí—.

Coronamon parpadeó, sorprendido por la franqueza del humano. Sin embargo, lejos de desanimarse, abrió cuidadosamente su mochila y extrajo un pergamino cuya superficie presentaba varias manchas oscuras, bordes desgastados y símbolos que parecían representar llamas dispuestas alrededor de un círculo central. Lo extendió sobre la mesa y permitió que los tres visitantes examinaran su contenido. Dvalin se inclinó inmediatamente para estudiar los dibujos, fascinado por el estilo de los trazos y los pigmentos utilizados, mientras Dainsleif observaba las inscripciones con evidente interés. Tatsuya reconoció que aquello no parecía una simple reproducción decorativa: el material presentaba un desgaste irregular, las tintas conservaban una profundidad característica de determinados documentos antiguos y algunos símbolos coincidían parcialmente con motivos que había visto en otras ruinas del Mundo Digital. No significaba que el pergamino fuera auténtico, pero sí que merecía una investigación más cuidadosa. El comerciante acercó la hoja a la luz, examinó su superficie sin tocar las partes más frágiles y señaló una línea escrita bajo la representación de una estructura piramidal.

—¿De dónde sacaste esto?— preguntó el Tamer.

—Lo encontré entre los objetos que dejó un anciano Firamon al que conocí hace algún tiempo. Él coleccionaba historias relacionadas con los Digimon solares. Antes de marcharse, me contó que sus antepasados hablaban de un lugar donde los descendientes del Sol podían descubrir el verdadero significado de su poder—.

—¿Y por qué estás tan interesado?—.

Coronamon bajó ligeramente las orejas antes de mirar el dibujo del templo. Durante unos instantes pareció debatirse entre ofrecer una respuesta convencional o explicar aquello que realmente lo había llevado a buscar ayuda. Finalmente, apoyó ambas patas sobre el pergamino y habló con una sinceridad que consiguió captar incluso la atención del escéptico Tatsuya. Explicó que desde pequeño había escuchado relatos sobre la grandeza de Apollomon, sobre las llamas solares que podían iluminar territorios enteros y sobre la responsabilidad que acompañaba a semejante poder. Sin embargo, aunque compartía características y una línea de datos evolutivos relacionada con aquellos seres legendarios, nunca había comprendido qué significaba realmente pertenecer a semejante legado. No pretendía proclamarse hijo directo de un dios ni reclamar un poder que todavía no poseía; simplemente deseaba averiguar si existía alguna verdad detrás de aquellas historias. Había investigado durante semanas, consultado a otros Digimon y recorrido distintos lugares buscando información, hasta que finalmente reunió suficientes indicios para creer que el Templo del Sol no era únicamente una leyenda. Su problema era que los indicios no ofrecían una dirección concreta y que adentrarse solo en Oasis Desert equivalía prácticamente a una sentencia de muerte.

—Quiero descubrir de dónde viene el poder que algún día podría alcanzar —confesó Coronamon— Si realmente existe algo que nuestros antepasados dejaron en ese templo, quiero verlo con mis propios ojos. No busco convertirme inmediatamente en Apollomon ni conseguir una fuerza que no merezca. Solamente quiero comprender quiénes fueron y qué esperaban de nosotros—.

Dainsleif contempló al pequeño Digimon con una expresión considerablemente más amable. Aquellas palabras le recordaban, inevitablemente, sus propios años de entrenamiento bajo la supervisión de Raiko (Gankoomon) y las Sistermons, cuando todavía creía que bastaba con esforzarse indefinidamente para alcanzar cualquier objetivo. Había descubierto de manera dolorosa que el crecimiento no siempre dependía únicamente de la voluntad y que algunas respuestas debían encontrarse recorriendo caminos desconocidos. Dvalin también parecía conmovido, aunque su atención continuaba alternándose entre Coronamon y las representaciones artísticas del pergamino. Tatsuya, en cambio, permaneció silencioso, estudiando los símbolos mientras evaluaba las posibles implicaciones de lo que acababa de escuchar. Finalmente señaló la inscripción que había identificado anteriormente y pidió al pequeño Digimon que le explicara su significado.

—Aquí menciona algo sobre la ubicación, ¿verdad?—.

—¡Sí! Esa es nuestra mejor pista. Según la traducción que conseguí, el pasaje dice: «El Templo se encuentra donde la tierra arde tanto como el Sol»—.

—Qué conveniente. Una pista que básicamente nos dice que busquemos un lugar caliente dentro de un desierto —murmuró Tatsuya.

—Bueno... dicho de esa manera...—.

—¿Tienes coordenadas, mapas, registros de expediciones anteriores o testimonios de alguien que haya visto el templo?—.

—No exactamente—.

—¿Algún monumento, montaña o formación rocosa que sirva como referencia?—.

—Tampoco—.

—¿Alguien que haya regresado de una expedición al lugar?—.

Coronamon guardó silencio. Tatsuya se recargó contra el respaldo de su silla y dejó escapar un suspiro particularmente largo. La situación resultaba peor de lo que esperaba. No solamente debían atravesar uno de los territorios más hostiles de File Island, sino que tendrían que encontrar una estructura cuya existencia ni siquiera estaba confirmada y cuya única referencia geográfica consistía en una metáfora. El comerciante había participado en expediciones considerablemente peligrosas, pero pocas cosas le desagradaban más que invertir tiempo y recursos en un proyecto sin información suficiente. Sin embargo, la presencia de aquel pergamino ofrecía una posibilidad interesante: si su antigüedad podía comprobarse, tal vez existieran otras referencias históricas que permitieran reconstruir la ubicación del templo. Además, la leyenda mencionaba una característica extraordinaria del terreno, una temperatura supuestamente superior a la del resto del desierto, lo que podría relacionarse con alguna anomalía geográfica o energética. Tatsuya no poseía poderes sobrenaturales ni la capacidad de percibir directamente la Data del entorno, pero llevaba demasiados años sobreviviendo gracias a su inteligencia como para depender exclusivamente de capacidades especiales. Donde otros veían una pista insuficiente, él veía un problema de investigación que necesitaba resolverse antes de avanzar.

—Dime algo, Coronamon. Cuando dices que la tierra arde tanto como el Sol, ¿estás seguro de que habla solamente de temperatura?—.

—¿A qué se refiere?—.

— Podría describir una zona de actividad térmica, un campo de minerales que acumule calor, una antigua instalación o cualquier otra cosa. Incluso podría ser una referencia simbólica. No sabemos si el autor pretendía describir el terreno literalmente—.

—Nunca había pensado en eso...—.

—Ese es tu primer problema. Estás buscando un templo, pero ni siquiera sabes qué significa la pista que debería llevarte hasta él—.

Dvalin acercó una de sus alas al pergamino y examinó nuevamente los símbolos. Su experiencia apreciando obras de arte y estudiando piezas antiguas le permitió advertir ciertos detalles que ninguno de los presentes había mencionado. La representación del supuesto templo mostraba un círculo solar sobre una estructura escalonada, pero debajo aparecían varias líneas onduladas que podían interpretarse como llamas, corrientes de agua o movimientos del terreno. También observó que una parte del dibujo había sido cubierta deliberadamente con una capa adicional de pigmento, posiblemente mucho tiempo después de elaborarse la ilustración original. Dvalin señaló aquella diferencia y pidió permiso para examinar el documento con mayor detenimiento, cuidando de no dañar su superficie. Coronamon aceptó inmediatamente, sorprendido de que el Pteromon pudiera encontrar información donde él solamente veía manchas antiguas.

—Tatsu, hay algo extraño aquí. Mira esta sección. El pigmento que cubre estas líneas no parece tener la misma antigüedad que el resto del dibujo—.

—¿Una modificación posterior?—.

—Posiblemente. Alguien pudo haber intentado ocultar una parte de la representación original. No puedo asegurarlo sin examinar mejor el material, pero la diferencia es bastante evidente—.

—Interesante... Muy interesante—.

—¿Crees que alguien escondió deliberadamente la ubicación del templo? —preguntó Dainsleif.

—Es una posibilidad— indicó el comerciante — Otra es que el pergamino haya sido restaurado incorrectamente. Todavía no tenemos razones suficientes para elegir una explicación. Pero si alguien modificó el documento para ocultar información, tendremos que considerar por qué lo hizo—.

Coronamon observó el pergamino con renovada preocupación. Hasta ese momento había imaginado que su mayor dificultad consistiría en soportar las temperaturas del desierto y defenderse de posibles Digimon salvajes. La posibilidad de que alguien hubiera alterado intencionalmente los registros históricos introducía una dimensión completamente diferente en su búsqueda. Tatsuya comprendió aquella inquietud, aunque decidió no alimentarla con especulaciones. En su experiencia, los tesoros más valiosos solían estar rodeados de rumores, documentos falsificados y relatos deliberadamente exagerados, pero también había encontrado ocasiones en las que una leyenda aparentemente absurda escondía información extraordinariamente precisa. Recordó ciertas operaciones comerciales relacionadas con antigüedades de Metal Empire, donde pequeños errores en una inscripción habían terminado revelando la procedencia auténtica de piezas que otros consideraban inútiles. Aquello le había enseñado una lección muy sencilla: antes de perseguir una historia, convenía descubrir quién la había contado y qué podía ganar con ella. Sin embargo, también sabía que demasiadas preguntas podían paralizar una investigación indefinidamente, por lo que decidió concentrarse en aquello que sí podían comprobar.

—Bien. Supongamos que acepto acompañarte. ¿Qué esperas exactamente de nosotros?—.

—Quiero que me ayuden a atravesar Oasis Desert, encontrar el Templo del Sol y explorar su interior. Si descubrimos algo relacionado con mis antepasados, me gustaría estudiarlo—.

—Eso coincide con la Quest. Mi pregunta es qué sucederá si encontramos objetos históricos valiosos—.

—¿Objetos históricos?—.

—Estatuas, monedas, herramientas, joyas, artefactos ceremoniales, documentos... Ese tipo de cosas—.

—¡Tatsuya! —intervino Dainsleif inmediatamente—¡El pequeño está hablando de sus antepasados y tú ya estás pensando en vender sus pertenencias!—.

—No confundas investigación arqueológica con saqueo, enano. Precisamente estoy preguntando para establecer límites antes de comenzar—.

—¡Sabes perfectamente que no me refiero a eso!—.

—Entonces guarda silencio y déjame trabajar—.

Coronamon observó aquel intercambio sin saber exactamente cómo reaccionar. Dvalin, acostumbrado a las discusiones del trío, intervino antes de que Dainsleif comenzara a enumerar los defectos morales de su compañero humano. Explicó que Tatsuya era comerciante de antigüedades y que su insistencia en establecer acuerdos tenía un propósito práctico: impedir que surgieran conflictos posteriores sobre la propiedad de los objetos encontrados. También aclaró que ninguno de ellos necesitaba apropiarse de reliquias sagradas ni destruir un santuario para obtener beneficios. De hecho, Tatsuya había rechazado anteriormente transacciones muy lucrativas cuando descubrió que los artículos ofrecidos procedían de robos o falsificaciones. El comerciante permaneció en silencio durante aquella explicación, aparentemente satisfecho de que Dvalin estuviera realizando gratuitamente una parte importante de su trabajo de negociación.
Coronamon terminó comprendiendo la situación y aceptó establecer condiciones razonables: cualquier objeto vinculado directamente con los misterios del templo sería documentado y estudiado antes de considerar otro destino, mientras que los hallazgos ajenos al patrimonio sagrado podrían evaluarse conforme a su procedencia y a las reglas aplicables al lugar. La recompensa oficial por la Quest cubriría el servicio de escolta, pero los gastos extraordinarios y cualquier riesgo no contemplado tendrían que discutirse antes de asumirlos.

—Entonces tenemos un principio de acuerdo —concluyó Tatsuya— No prometo que encontremos el templo, pero sí que utilizaremos los medios razonables para buscarlo. Si aparece algún peligro que supere nuestras posibilidades o comprometa tu seguridad, nos retiraremos—.

—¡Entendido!—.

—Y otra cosa. Durante la expedición vas a seguir nuestras instrucciones. Nada de separarte del grupo porque veas una inscripción interesante o una luz misteriosa—.

—¡Lo prometo!—.

—Perfecto. Dainsleif, Dvalin, tenemos trabajo—.

—Al fin —respondió el Hackmon, satisfecho.

—Aunque quisiera aclarar que aceptar esta Quest no significa que haya abandonado mis planes de retirarme. Solamente estoy financiando mi futura jubilación—.

—¡Maldito holgazán!—.

La preparación comenzó poco después del mediodía, cuando Tatsuya decidió que no pondrían un pie en Oasis Desert sin disponer de suficiente información sobre sus condiciones actuales. Durante las siguientes horas visitaron establecimientos especializados en suministros para expediciones, consultaron registros de rutas comerciales y conversaron con algunos viajeros que habían atravesado recientemente las zonas periféricas del desierto. El humano examinó los mapas disponibles, identificó varios puntos donde tradicionalmente se abastecían las caravanas y marcó algunos lugares que podrían utilizar como refugio en caso de que las temperaturas alcanzaran niveles peligrosos. También verificó la existencia de tormentas de arena recientes, caminos abandonados y áreas donde se habían registrado ataques de Digimon salvajes. La información era incompleta, pero suficiente para diseñar una ruta inicial que evitara las zonas más peligrosas. Contrariamente a su apariencia despreocupada, Tatsuya se mostraba extremadamente meticuloso cuando una operación implicaba riesgos reales, especialmente porque era consciente de sus propias limitaciones. No poseía Digisoul activo, ni habilidades sobrehumanas, ni ninguna capacidad que le permitiera resistir temperaturas imposibles o enfrentarse personalmente a un Digimon poderoso. Si algo salía mal, dependería de su preparación, de su capacidad para tomar decisiones y de la protección de Dainsleif y Dvalin.

El equipo adquirido reflejaba aquella filosofía. Tatsuya consiguió recipientes adicionales de agua, soluciones de rehidratación, provisiones resistentes al calor, mantas para aislamiento térmico, cuerdas, herramientas de excavación, filtros para protegerse del polvo y diversos suministros médicos. También revisó cuidadosamente sus dispositivos digitales, comprobando el funcionamiento del D-Arc, el Xros Loader y el D-Pet, además de verificar las cartas disponibles para situaciones de combate o emergencia. Aunque sus compañeros poseían evoluciones extraordinariamente poderosas, el humano no pretendía depender de ellas para resolver cada dificultad del viaje. La fuerza de JESmon o Zephagamon podría resultar indispensable frente a ciertos enemigos, pero ninguna evolución resolvería por sí sola un problema de orientación, una ruta mal calculada o la falta de suministros. Además, utilizar demasiado poder en unas ruinas desconocidas podía destruir accidentalmente aquello que buscaban. Coronamon observaba todos los preparativos con creciente admiración, sorprendido por la diferencia entre la actitud aparentemente perezosa del comerciante y la precisión con la que organizaba cada detalle. Dainsleif, aunque no lo reconociera abiertamente, también parecía satisfecho al comprobar que su Tamer estaba tomando la Quest con la seriedad necesaria.

—¿Siempre se preparan de esta manera? —preguntó Coronamon mientras observaba los suministros.

—Cuando vamos a un territorio peligroso, sí —respondió Dvalin—Tatsuya puede parecer despreocupado, pero no le gusta correr riesgos innecesarios—.

—No me gusta perder dinero —corrigió el humano sin levantar la vista de su smartphone—Morirme sería una pérdida económica irreparable—.

—También significaría que nosotros perderíamos a nuestro compañero —añadió Dainsleif.

—Eso también. Aunque estoy seguro de que extrañarían especialmente mi talento para conseguir descuentos—.

—¡Nadie extrañaría eso!—.

—Mentiroso. La última vez que compraste chocolate blanco, utilicé un cupón que te ahorró bastante dinero—.

Dainsleif abrió la boca para responder, pero finalmente decidió guardar silencio, consciente de que cualquier discusión terminaría desviándose hacia las supuestas virtudes comerciales del humano. Coronamon sonrió por primera vez desde que comenzaron los preparativos, descubriendo que aquellos tres compañeros mantenían una relación mucho más cercana de lo que sugerían sus constantes insultos.
Dvalin aprovechó el momento para preguntarle acerca de los relatos que conocía sobre Apollomon, especialmente aquellos relacionados con las representaciones artísticas de sus antiguos templos. El pequeño Digimon respondió con entusiasmo, describiendo grandes columnas decoradas con motivos solares, esculturas de guerreros que protegían las entradas y cámaras interiores donde supuestamente ardían llamas que jamás se extinguían. Algunas historias afirmaban que los antiguos seguidores del Olimpo construían sus santuarios siguiendo la posición del Sol, de manera que determinados corredores únicamente recibían luz durante momentos específicos del día. Otras hablaban de pruebas destinadas a distinguir a quienes buscaban conocimiento de aquellos que solamente deseaban apropiarse de un poder que no comprendían. Tatsuya escuchó aquellas explicaciones sin interrumpir, aunque anotó discretamente varios detalles en su smartphone.

—Entonces existe la posibilidad de que el templo contenga mecanismos relacionados con la luz solar —comentó el comerciante.

—¡Eso dicen las historias!— agregó Coronamon.

—Si es así, tendremos que estudiar la orientación de cualquier estructura que encontremos. También convendría evitar tocar superficies desconocidas—.

—¿Por las trampas?—.

—Por las trampas, por los mecanismos antiguos y porque no pienso morir aplastado por una puerta de piedra mientras alguno de ustedes intenta conseguir un recuerdo—.

Dvalin apartó discretamente la mirada.

—¿Por qué me miras cuando dices eso?—.

—Porque conozco perfectamente tus debilidades, querido socio—.

—Solamente quiero admirar las esculturas—.

—Y posiblemente llevarte tres a casa—.

—¡Dos, como máximo!—.

—¡Dvalin! — exclamó Dainsleif, escandalizado.

El resto de los preparativos transcurrió sin mayores dificultades, aunque Tatsuya insistió en realizar una última comprobación antes de abandonar File City. Aprovechando un momento de privacidad, abrió su D-Pet y revisó el pequeño compartimento donde Lumine descansaba cómodamente, ajeno a la conversación sobre ruinas peligrosas y desiertos infernales. El Culumon levantó la cabeza al reconocer la voz de su Tamer y comenzó a moverse alegremente, interesado principalmente en saber si el próximo viaje incluiría frutas dulces o algún lugar interesante donde jugar. Tatsuya le explicó que se dirigirían a Oasis Desert y que, debido a las condiciones del territorio, permanecería protegido en su dispositivo durante las etapas más peligrosas. No permitiría que la presencia del pequeño Digimon llamara la atención de desconocidos, especialmente en una región donde podían encontrarse bandidos o exploradores poco confiables. Lumine pareció decepcionado durante unos instantes, pero su expresión cambió cuando el humano le mostró una pequeña bolsa con frutas deshidratadas que había comprado especialmente para él.

—¿Lumine puede salir cuando estén descansando? —preguntó el Culumon con una sonrisa esperanzada.

—Cuando encontremos un lugar seguro, sí. Pero nada de escaparte para explorar por tu cuenta—.

—¡Lumine promete portarse bien!—.

—Eso dijiste la última vez que encontramos un mecanismo antiguo—.

—¡Pero brillaba muy bonito!—.

—Precisamente por eso—.

Dvalin se acercó y acarició suavemente la cabeza del pequeño Digimon antes de ayudar a Tatsuya a cerrar el dispositivo. Coronamon, que permanecía ocupado revisando su propia mochila, no alcanzó a observar aquella conversación. Mantener en secreto la identidad de Lumine seguía siendo una prioridad para los tres compañeros, pues conocían demasiado bien las consecuencias que podría tener su descubrimiento. Una vez asegurado el D-Pet, Tatsuya confirmó que todos los suministros estaban completos y anunció que pasarían la noche en las proximidades de la ruta comercial que conducía hacia Oasis Desert. No pretendía realizar la travesía durante las horas de mayor temperatura y prefería comenzar el avance hacia las dunas cuando las condiciones fueran más favorables. Coronamon aceptó sin protestar, aunque su impaciencia resultaba evidente. Llevaba demasiado tiempo soñando con aquella expedición y ahora, cuando finalmente tenía una oportunidad real de encontrar el templo, cada hora de espera parecía interminable.

El trayecto desde File City hacia las regiones periféricas de Oasis Desert permitió que Coronamon conociera mejor a sus nuevos acompañantes. Dvalin tomó la iniciativa de explicarle algunas experiencias del trío, especialmente aquellas relacionadas con sus viajes por Folder Continent y los enfrentamientos que habían librado contra enemigos extraordinariamente poderosos. El pequeño Digimon escuchó fascinado la historia de Osial, aquel gigantesco Giga Seadramon que había aterrorizado un puerto pesquero antes de ser derrotado gracias al esfuerzo conjunto del equipo y a la evolución de Dvalin en Zephagamon. Dainsleif también participó ocasionalmente, aunque prefería destacar las lecciones aprendidas durante aquellas batallas en lugar de recrearse en sus victorias. Tatsuya, por su parte, caminaba revisando su smartphone y realizando comentarios sarcásticos cada vez que alguno de sus compañeros exageraba determinados acontecimientos. Para él, aquellas historias representaban principalmente una colección de situaciones peligrosas en las que había perdido oportunidades de negocio, gastado cantidades absurdas de Bits y estado demasiado cerca de morir. Sin embargo, Coronamon comenzó a comprender por qué aquel humano había alcanzado un rango tan elevado: detrás de su aparente desinterés se encontraba alguien que había sobrevivido a conflictos que habrían acabado con la carrera de numerosos Tamers.

—Entonces... ¿ustedes realmente se enfrentaron a un Digimon del nivel de Kazuchimon? —preguntó Coronamon, incapaz de ocultar su admiración.

—Sí —respondió Dainsleif con seriedad—. Y no fue una batalla sencilla—.

—¡Pero consiguieron vencerlo!—.

—Después de perder una vez —aclaró Tatsuya— Conviene mencionar esa parte para que no pienses que somos invencibles—.

—La derrota nos enseñó mucho —añadió Dvalin—Especialmente a Dain—.

—Comprendí que todavía tenía un largo camino por recorrer —admitió el Hackmon— La fuerza que uno posee no significa nada si no sabe utilizarla correctamente—.

Coronamon permaneció pensativo durante algunos segundos, observando sus propias patas y la pequeña llama que parecía acompañar naturalmente los movimientos de su cuerpo. Había imaginado muchas veces cómo sería alcanzar formas evolutivas superiores, cómo se sentiría dominar un poder comparable al de Firamon, Flaremon o incluso Apollomon. Sin embargo, escuchar las experiencias de aquellos Digimon le permitió comprender que semejante crecimiento no dependía exclusivamente de encontrar secretos antiguos. La voluntad, la disciplina, los vínculos y las derrotas también formaban parte de aquel camino. Dainsleif reconoció inmediatamente aquella expresión reflexiva y decidió compartir con él algunos consejos relacionados con su propio entrenamiento, mientras Dvalin señalaba que no debía olvidar disfrutar del viaje ni convertir cada experiencia en una competencia por volverse más fuerte. Tatsuya permaneció callado hasta que Coronamon le dirigió una pregunta que no esperaba.

—Señor Kamisato, ¿usted también quiere hacerse más fuerte?—.

El humano levantó lentamente la vista del smartphone.

—No—.

—¿Eh?—.

—Quiero hacerme más rico. Son cosas completamente diferentes—.

—¡Tatsuya! —protestó Dainsleif.

—¿Qué? Me preguntó y respondí con sinceridad—.

—¡Podrías explicarle que la experiencia y el crecimiento personal también son importantes!—.

—Perfecto. La experiencia me enseña a ganar dinero y el crecimiento personal consiste en aprender a no perderlo. ¿Contento?—.

Dvalin soltó una carcajada tan espontánea que Coronamon terminó riéndose también. Dainsleif, en cambio, murmuró algo acerca de los pecados capitales y la terrible influencia que su compañero ejercía sobre las nuevas generaciones de Digimon. El ex-Yakuza fingió no escucharlo y continuó caminando, aunque sus ojos permanecieron atentos al terreno. Conforme avanzaban, la vegetación comenzó a disminuir progresivamente y las superficies fértiles fueron reemplazadas por extensiones de suelo seco, piedras erosionadas y pequeños grupos de arbustos capaces de sobrevivir con cantidades mínimas de agua. La temperatura también comenzó a elevarse, acompañada por una corriente de aire cálido que anunciaba la proximidad del desierto. A lo lejos aparecieron las primeras dunas, elevándose sobre el horizonte como olas petrificadas bajo un cielo cada vez más luminoso. Era un paisaje de impresionante belleza, pero también un recordatorio de que estaban acercándose a un territorio donde los errores podían resultar fatales.

Al caer la tarde llegaron a un pequeño asentamiento comercial ubicado cerca de una de las rutas de acceso a Oasis Desert. El lugar consistía en varias construcciones sencillas levantadas alrededor de depósitos de agua y refugios para viajeros, protegidos parcialmente por grandes formaciones rocosas. Algunos Digimon descansaban bajo toldos improvisados, mientras otros intercambiaban provisiones, herramientas y fragmentos minerales recuperados del desierto. Tatsuya identificó rápidamente a varios comerciantes experimentados y decidió aprovechar la oportunidad para obtener información adicional antes de continuar. Mientras Dvalin acompañaba a Coronamon para conseguir algo de comida y Dainsleif supervisaba los suministros, el humano se acercó a un pequeño establecimiento atendido por un anciano Monochromon que parecía conocer perfectamente las costumbres de aquella región. El comerciante reconoció inmediatamente la actitud evaluadora de Tatsuya y no tardó en iniciar una conversación sobre rutas, mercancías y peligros recientes.

—Hace tiempo que no veía a un Tamer tan bien preparado — comentó Monochromon, examinando los recipientes de agua que Tatsuya había comprado—. La mayoría llega aquí pensando que atravesar Oasis Desert consiste solamente en caminar sobre arena—.

—La mayoría descubre su error cuando ya es demasiado tarde. Estoy buscando información sobre las regiones donde el calor es particularmente intenso—.

—¿Más intenso? Muchacho, todo este maldito desierto es un horno—.

—Lo sé. Me refiero a lugares donde la temperatura sea anormal incluso para esta región—.

Monochromon dejó de acomodar sus mercancías y observó al humano con una expresión difícil de interpretar. Durante unos instantes pareció considerar si aquella pregunta merecía una respuesta o si resultaría más conveniente fingir ignorancia. Finalmente dirigió la mirada hacia las dunas que se extendían más allá del asentamiento y bajó ligeramente la voz. Explicó que algunos comerciantes evitaban una zona situada al interior del desierto, un territorio del que circulaban historias contradictorias y donde varias expediciones habían sufrido problemas aparentemente inexplicables. Algunos hablaban de tormentas de arena que aparecían sin previo aviso, otros aseguraban haber visto columnas de aire tan caliente que deformaban la luz y algunos viajeros afirmaban que determinadas rocas permanecían abrasadoras incluso después de ponerse el Sol. No existían registros suficientemente precisos para confirmar aquellos relatos, pero la zona había terminado adquiriendo una reputación poco favorable entre las caravanas. Tatsuya escuchó cuidadosamente, evitando interrumpir hasta que el anciano terminó su explicación.

—¿Y cómo llaman a ese lugar?—.

—Algunos viajeros lo conocen como la Tierra de las Brasas. No aparece con ese nombre en todos los mapas. Es más bien una forma de referirse a ciertos parajes que nadie quiere atravesar—.

—¿Has estado allí?—.

—No. Y tampoco pienso hacerlo. Conozco a varios que intentaron explorar esas tierras buscando minerales raros. Algunos regresaron sin encontrar nada. Otros perdieron sus provisiones o abandonaron la expedición antes de tiempo. También hubo quienes nunca volvieron a pasar por este establecimiento, aunque eso no significa necesariamente que hayan muerto—.

—¿Alguno mencionó construcciones antiguas?—.

El Digimon anciano permaneció silencioso. Tatsuya reconoció inmediatamente aquel cambio de actitud. No era necesariamente la reacción de alguien que ocultaba un secreto extraordinario, pero sí la de un comerciante que recordaba información potencialmente valiosa y estaba calculando cuánto debía compartir. El humano no lo presionó. En lugar de ello, extrajo discretamente una pequeña cantidad de Bits y la colocó sobre el mostrador, dejando claro que no estaba solicitando información gratuita. Monochromon observó el dinero, soltó una breve carcajada y finalmente comenzó a relatar una historia que había escuchado años atrás. Según explicó, un grupo de buscadores de minerales había encontrado fragmentos de piedra tallada cerca de una región de suelo extraordinariamente oscuro, muy diferente de las dunas habituales. Las piezas mostraban inscripciones difíciles de identificar, pero uno de los exploradores aseguró haber reconocido una representación solar. El hallazgo despertó el interés de algunos coleccionistas y atrajo a varias personas que esperaban encontrar ruinas antiguas. Sin embargo, nadie había presentado pruebas concluyentes de la existencia de un templo y los rumores terminaron perdiendo fuerza con el paso del tiempo.

—¿Conservas alguno de esos fragmentos? —preguntó Tatsuya.

—No personalmente. Pero recuerdo haber visto uno. Era una piedra oscura, bastante pesada, con un círculo rodeado de marcas que parecían llamas. Nunca supe qué significaba—.

—¿Como esto?—

El humano mostró en su smartphone una fotografía que había tomado del pergamino de Coronamon. Monochromon examinó la imagen durante varios segundos y, aunque no aseguró que se tratara exactamente del mismo símbolo, reconoció cierta semejanza con el fragmento que había visto años atrás. Aquella respuesta bastó para que Tatsuya considerara la información suficientemente interesante como para incluirla en su investigación. No demostraba que el Templo del Sol existiera, pero establecía una posible relación entre la leyenda, una zona geográfica concreta y vestigios de construcciones antiguas. El comerciante agradeció la información, solicitó algunas referencias adicionales sobre las rutas hacia la llamada Tierra de las Brasas y finalmente regresó con sus compañeros, quienes lo esperaban cerca de uno de los refugios.
Coronamon levantó inmediatamente la cabeza cuando observó la expresión reflexiva del humano.

—¿Descubrió algo, señor Kamisato?—.

—Tal vez. Parece que existe una zona del desierto donde algunas rocas conservan temperaturas extraordinariamente elevadas. También hay rumores sobre fragmentos de construcciones antiguas—.

—¡Eso podría ser el templo!—.

—Podría ser. También podría tratarse de otra ruina sin relación alguna. Todavía no tenemos pruebas—.

—¡Pero es una pista!—.

—Eso sí. Y es mejor que caminar sin rumbo hasta morir deshidratados—.

Dainsleif examinó el mapa que Tatsuya había preparado y frunció el ceño al observar la distancia aproximada entre el asentamiento y la región mencionada por Monochromon. Aunque el itinerario todavía necesitaba verificarse, resultaba evidente que no podrían completar el recorrido mediante una simple caminata de pocas horas. Tendrían que atravesar extensiones considerables de terreno expuesto y probablemente enfrentarse a condiciones climáticas difíciles de predecir. Dvalin propuso realizar reconocimientos aéreos cuando las corrientes de aire fueran favorables, aunque reconoció que las tormentas de arena y las distorsiones provocadas por el calor podrían dificultar la observación. Tatsuya estuvo de acuerdo y añadió que prefería dividir la exploración en etapas, estableciendo puntos de referencia antes de internarse demasiado en territorios desconocidos. Coronamon escuchó aquellas indicaciones con atención, decidido a no convertirse en una carga para sus acompañantes. Sin embargo, mientras discutían los detalles, ninguno de ellos reparó inicialmente en dos figuras cubiertas con mantos de viaje que permanecían sentadas al otro extremo del asentamiento. Ambas habían observado discretamente la llegada del grupo y parecían mostrar un interés particular por la mochila donde Coronamon guardaba su pergamino.


La noche cayó lentamente sobre las fronteras de Oasis Desert, transformando el paisaje en una inmensa extensión de sombras azuladas y dunas apenas iluminadas por el resplandor de las estrellas. El descenso de temperatura ofreció un alivio bienvenido después del calor acumulado durante la tarde, aunque Tatsuya sabía que aquellas variaciones térmicas podían resultar tan peligrosas como la exposición prolongada al Sol. El grupo se instaló en un refugio destinado a viajeros, donde pudieron descansar sin necesidad de levantar un campamento completamente expuesto. Dainsleif aprovechó parte de la noche para revisar nuevamente el equipamiento y practicar algunos movimientos de combate en un espacio despejado, mientras Dvalin examinaba el pergamino de Coronamon con ayuda de una lámpara, buscando detalles que hubieran pasado inadvertidos durante el día. Tatsuya permaneció sentado cerca de la entrada, consultando información almacenada en su smartphone y comparando las referencias geográficas recogidas en el asentamiento con las características de los mapas disponibles. Aquel hombre de treinta y cuatro años, cuya mayor ambición seguía siendo acumular suficiente fortuna para pasar el resto de su vida descansando, se encontraba nuevamente organizando una expedición potencialmente mortal hacia unas ruinas que quizá ni siquiera existieran. La ironía no pasó desapercibida para él.

—Qué vida de mierda... —murmuró, observando el mapa.

Dainsleif, que acababa de terminar su entrenamiento, se acercó al escuchar aquellas palabras.

—¿Qué sucede ahora?—.

—Estaba pensando que debería dedicarme exclusivamente a vender antigüedades. Comprar barato, vender caro y dormir ocho horas. Una existencia perfecta—.

—Llevas años diciendo lo mismo—.

—Y cada año estoy más convencido de que tengo razón—.

—Entonces, ¿por qué aceptaste esta Quest?—.

Tatsuya guardó silencio durante algunos segundos antes de observar a Coronamon, que conversaba animadamente con Dvalin sobre las posibles representaciones de Apollomon en el templo. El pequeño Digimon parecía incapaz de ocultar su entusiasmo, aunque también mostraba una evidente preocupación ante las dificultades que podrían encontrarse. El comerciante recordó brevemente sus propios primeros días en el Mundo Digital, cuando todavía no comprendía sus reglas y había tenido que aprender a sobrevivir mediante una combinación de precaución, oportunismo y ayuda inesperada. Dainsleif y Dvalin habían terminado convirtiéndose en algo mucho más importante que simples compañeros de negocios, aunque jamás admitiría semejante sentimiento delante de ellos. Tal vez por eso no encontraba particularmente desagradable la idea de ayudar a un pequeño Digimon que intentaba comprender su propio origen, siempre que pudiera justificarlo como una inversión razonable. Finalmente se encogió de hombros y respondió con su habitual indiferencia.

—Porque podría haber objetos valiosos en el templo—.

—Claro —respondió Dainsleif, sin parecer demasiado convencido.

—¿Qué significa ese tono?—.

—Absolutamente nada—.

—No empieces a imaginar motivos sentimentales, enano. Soy un comerciante, no una organización benéfica—.

—Por supuesto, Tatsu—.

—Te estoy hablando en serio—.

—Yo también—.


El humano frunció ligeramente el ceño, aunque decidió no prolongar aquella conversación. Conocía demasiado bien a Dainsleif para no comprender que el pequeño dragón había interpretado sus motivaciones de una manera distinta y que cualquier intento de corregirlo solamente empeoraría las cosas. Se levantó, revisó la hora y anunció que descansarían unas horas antes de iniciar la expedición durante la madrugada. Coronamon aceptó inmediatamente, aunque pidió permiso para permanecer despierto un poco más, pues deseaba continuar estudiando el pergamino. Tatsuya accedió con la condición de que no abandonara el refugio y encargó a Dvalin que lo acompañara. Dainsleif, por su parte, insistió en establecer turnos de vigilancia, argumentando que habían escuchado suficientes historias sobre bandidos y asaltatumbas como para descartar completamente la posibilidad de un encuentro desagradable. El humano aprobó la medida sin discutir, una reacción que sorprendió ligeramente al Hackmon. Después de todo, la seguridad del grupo era una de las pocas responsabilidades que Tatsuya jamás consideraba innecesarias.

Fue precisamente durante aquella última revisión cuando el comerciante observó algo que llamó poderosamente su atención. Desde la entrada del refugio podía distinguir parte del asentamiento y algunos de los senderos que conducían hacia las dunas. A cierta distancia, dos siluetas caminaban junto a los depósitos de provisiones, deteniéndose ocasionalmente para conversar en voz baja. No había nada particularmente sospechoso en su presencia, salvo por el hecho de que Tatsuya recordaba haberlas visto anteriormente cerca del establecimiento de Monochromon y, antes de eso, en las proximidades del lugar donde Coronamon había estado mostrando su pergamino. Una coincidencia podía explicarse fácilmente, pero tres encuentros sucesivos merecían atención. El humano no hizo ningún gesto que revelara su sospecha. Simplemente continuó fingiendo que revisaba el smartphone mientras observaba discretamente cómo las figuras desaparecían detrás de una construcción.

—Dain —murmuró finalmente.

—¿Sí?—.

—¿Ves a esos dos individuos cerca del depósito del fondo?—.

Dainsleif dirigió una mirada breve hacia el lugar indicado, procurando no llamar la atención.

—Los vi hace unos minutos. ¿Ocurre algo?—.

—Todavía no lo sé. Pero estaban observando a Coronamon cuando llegamos al asentamiento—.

—¿Crees que son bandidos?—.

—Creo que no debemos permitir que nadie se acerque a sus pertenencias mientras duerme—.

La expresión del pequeño dragón blanco cambió inmediatamente. Su actitud relajada desapareció, reemplazada por aquella serenidad vigilante que había adquirido durante años de entrenamiento y enfrentamientos contra enemigos peligrosos. No necesitaba que Tatsuya explicara más para comprender la situación. El humano tampoco parecía dispuesto a provocar un enfrentamiento innecesario, especialmente cuando todavía carecían de pruebas de que aquellos individuos tuvieran intenciones hostiles. Sin embargo, decidió modificar discretamente la distribución de los suministros y mantener el pergamino bajo custodia durante la noche. También pidió a Dvalin que evitara mencionar nuevamente el Templo del Sol delante de desconocidos. Coronamon, sorprendido por aquellas precauciones, estuvo a punto de preguntar si habían descubierto algo peligroso, pero la expresión seria de Dainsleif le indicó que no era el momento adecuado para hacerlo.

A varios metros de distancia, oculto parcialmente detrás de una formación rocosa, uno de los desconocidos observaba la entrada del refugio mientras sostenía un pequeño dispositivo de comunicación. Su acompañante permanecía cerca, vigilando la calle principal y comprobando que nadie prestara atención a sus movimientos. La conversación que mantuvieron fue breve, apenas suficiente para confirmar que habían identificado al Digimon que transportaba el documento y que un Tamer experimentado había aceptado acompañarlo. Ninguno parecía particularmente satisfecho con aquella última circunstancia, aunque tampoco mostraban intención de abandonar su objetivo. Cuando el dispositivo emitió una respuesta, el primero de los individuos inclinó ligeramente la cabeza y escuchó durante varios segundos antes de guardar el aparato bajo su manto.

—Así que el pequeño Coronamon finalmente consiguió escolta...—.

—¿Qué hacemos? Ese humano no parece un principiante—.

—No importa. Mientras siga buscando el templo, terminará llevándonos hacia donde necesitamos ir—.

—¿Y si descubre que lo estamos siguiendo?—.

—Entonces tendremos que decidir qué hacer con él. Pero todavía no. Primero necesitamos encontrar la entrada.

Ambos desaparecieron poco después entre las construcciones del asentamiento, dejando atrás únicamente el murmullo del viento nocturno que comenzaba a levantar pequeñas cantidades de arena. Dentro del refugio, Coronamon finalmente guardó su pergamino y se acomodó para descansar, completamente ajeno a la conversación que acababa de producirse en las inmediaciones. Dvalin permaneció a su lado durante algunos minutos, relatándole historias sobre otros santuarios antiguos que había tenido oportunidad de visitar, mientras Dainsleif ocupaba su primer turno de vigilancia. Tatsuya se sentó cerca de una ventana y observó el horizonte oscuro, donde las dunas parecían extenderse indefinidamente bajo el cielo estrellado. Todavía no habían encontrado el Templo del Sol, ni siquiera habían comenzado verdaderamente la travesía de Oasis Desert, pero las primeras señales indicaban que aquella Quest encerraba más dificultades de las que aparecían en su descripción.

El ex-Yakuza revisó por última vez la fotografía del pergamino. Sus ojos se detuvieron nuevamente sobre aquella representación del círculo solar, sobre las líneas oscuras que Dvalin había identificado y, finalmente, sobre el misterioso pasaje que constituía su única pista.
«El Templo se encuentra donde la tierra arde tanto como el Sol».

Tatsuya contempló aquellas palabras durante un largo rato, intentando descubrir qué clase de lugar podría corresponder a semejante descripción. Un desierto entero resultaba demasiado amplio, pero la información proporcionada por Monochromon sugería que existían anomalías capaces de diferenciar ciertas regiones. Si el templo realmente había permanecido oculto durante tanto tiempo, tendría que existir algún mecanismo natural o artificial que explicara su desaparición. También existía la posibilidad de que la estructura estuviera enterrada, de que sus entradas hubieran sido destruidas o de que las leyendas fueran simplemente el resultado de generaciones de relatos mal interpretados. Ninguna hipótesis podía descartarse todavía.

Finalmente bloqueó el smartphone, se acomodó contra el respaldo de su asiento y cerró parcialmente los ojos.

—Apollomon, ¿eh...? Espero que tus seguidores hayan dejado algo que justifique semejante molestia—.

—¿Dijiste algo, Tatsu? —preguntó Dainsleif desde la entrada.

—Nada importante. Estaba calculando cuánto voy a cobrar por trabajar bajo este calor infernal—.

—¡Todavía no hemos entrado al desierto!—

—Precisamente. Estoy sufriendo por adelantado—.

—¡Maldito holgazán!—.

La risa de Dvalin resonó discretamente desde el otro extremo del refugio, mientras Coronamon sonreía antes de quedarse dormido. Afuera, las corrientes nocturnas recorrían las dunas y borraban lentamente las huellas dejadas por los últimos viajeros, ocultando bajo nuevas capas de arena los vestigios de incontables generaciones. En algún lugar de aquellas extensiones desoladas, si las antiguas leyendas eran ciertas, permanecía escondido un santuario dedicado a uno de los Olympos XII. Nadie sabía qué secretos aguardaban en su interior, qué clase de guardián protegía sus cámaras ni por qué las generaciones anteriores habían permitido que desapareciera de la memoria colectiva. Para Coronamon, aquel viaje representaba la posibilidad de descubrir el significado de su herencia. Para Dainsleif, una nueva oportunidad de demostrar su disciplina y fortalecer sus capacidades. Para Dvalin, la promesa de contemplar obras de arte perdidas durante siglos.
Y para Tatsuya Kamisato, al menos según sus propias palabras, simplemente se trataba de otra oportunidad de negocio.
Aunque el comerciante todavía ignoraba que, en las profundidades del desierto, existían secretos que ningún puñado de Bits sería suficiente para comprar.

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Gennai

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Las arenas que devoran a los viajeros

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Los primeros rayos del amanecer apenas comenzaban a iluminar las dunas cuando una figura humana de imponente estatura abandonó el pequeño refugio comercial situado en las inmediaciones de Oasis Desert. Tatsuya Kamisato caminaba con una mochila de expedición sobre los hombros, el cabello negro recogido en su habitual coleta y el cubrebocas ocultando la mitad inferior de su rostro. A pesar de la hora, sus ojos miel mostraban una expresión de profundo fastidio, particularmente cuando contempló el horizonte y descubrió que la interminable extensión de arena parecía continuar hasta donde alcanzaba la vista. Detrás de él avanzaban Dainsleif y Dvalin, ambos transportando parte de los suministros adquiridos durante la jornada anterior, mientras Coronamon corría de un lado a otro con una energía que contrastaba considerablemente con el cansancio del comerciante. El pequeño Digimon solar había despertado mucho antes que sus acompañantes y, desde entonces, apenas había conseguido permanecer quieto durante unos minutos. Las primeras corrientes de aire caliente comenzaban a recorrer el terreno, levantando pequeñas nubes de polvo alrededor de las rocas que señalaban el inicio del desierto.

—¡Por fin! ¡Oasis Desert! ¡Estamos cada vez más cerca del Templo del Sol! —exclamó Coronamon, levantando ambas patas con entusiasmo.

—Estamos cada vez más cerca de morir rostizados, querrás decir —respondió Tatsuya mientras ajustaba las correas de su mochila.

—¡No seas tan pesimista, Tatsu! —intervino Dvalin—. Mira nada más ese paisaje. Las dunas parecen montañas doradas—.

—Son montañas doradas de arena que no puedo vender. No les encuentro ningún atractivo—.

—¿Y si hubiera oro debajo? —preguntó Dvalin con una sonrisa traviesa.

Tatsuya se detuvo inmediatamente.

—¿Oro?—.

Dainsleif cerró los ojos.

—No debiste decir eso—.

—¿Hay depósitos de oro en esta región? —preguntó el humano, mirando directamente al Pteromon.

—Era una broma, Tatsu—.

—Qué decepción. Por un momento pensé que este viaje tendría algún beneficio garantizado—.

—¡Estamos buscando un templo de Apollomon! —recordó Coronamon.

—Precisamente, pequeño. Los templos antiguos suelen tener objetos valiosos. Si tu ancestro fue tan importante como dicen las historias, espero que sus seguidores no fueran unos miserables—.

—¡Tatsuya! ¡No hables así de un Olympos XII! —lo reprendió Dainsleif.

—¿Qué? ¿Ahora resulta que Apollomon va a bajar del cielo para cobrarme impuestos?—.

—¡No se trata de eso!—.

—Entonces deja de gritar, enano. Apenas estoy despertando—.

—¡Y DEJA DE LLAMARME ENANO!—.

Las protestas del Hackmon resonaron sobre las dunas mientras Dvalin soltaba una carcajada y Coronamon observaba a los integrantes del trío con una mezcla de sorpresa y diversión. Tatsuya continuó caminando sin prestar demasiada atención a su pequeño compañero, aunque la ligera curvatura de sus ojos revelaba que estaba disfrutando de provocarlo. El terreno comenzó a cambiar conforme se alejaron del último asentamiento. Los senderos marcados por las caravanas desaparecieron progresivamente y fueron reemplazados por extensiones irregulares de arena fina, rocas erosionadas y depresiones que acumulaban el calor del Sol. El sonido de sus pasos quedó amortiguado por la superficie arenosa, mientras el viento arrastraba pequeñas partículas que golpeaban suavemente la ropa del humano. Dvalin desplegó sus alas y realizó un breve vuelo sobre el grupo, ascendiendo hasta una altura desde la que podía observar las formaciones del terreno sin perder de vista a sus compañeros. Dainsleif permaneció cerca de Coronamon, vigilando las pequeñas ondulaciones que aparecían ocasionalmente bajo la arena.

—Dvalin, no te alejes demasiado —ordenó Tatsuya, consultando el mapa de su smartphone—. Quiero que mantengas contacto visual con nosotros—.

—¡Entendido! ¿Quieres que busque alguna formación rocosa?—.

—Sí. Prioriza lugares donde podamos refugiarnos del Sol. También observa si encuentras huellas, restos de campamentos o cualquier señal de actividad reciente—.

—¿Y si encuentro una escultura antigua?—.

—La fotografiamos antes de tocarla—.

—¡Perfecto!—.

—Dije fotografiarla, Dvalin. No meterla en tu mochila—.

—¡Ni siquiera he hecho nada!—.

—Todavía—.

Dvalin agitó sus alas con evidente indignación antes de elevarse nuevamente. Tatsuya guardó el smartphone y continuó caminando detrás de Coronamon, quien había comenzado a contar sus pasos mientras observaba constantemente el pergamino que llevaba cuidadosamente protegido dentro de su mochila. Dainsleif mantenía la vista fija en el horizonte, aunque cada vez resultaba más evidente su incomodidad conforme la temperatura comenzaba a elevarse. La capucha roja que normalmente portaba con orgullo parecía haberse convertido en una pequeña prisión de tela que atrapaba el calor alrededor de su cabeza. El Hackmon intentó acomodársela varias veces, sacudiendo las orejas y resoplando cada vez que una ráfaga de aire caliente le golpeaba el rostro. Tatsuya tardó muy poco en advertirlo.

—¿Qué sucede, Dain? ¿Ya te estás derritiendo?—.

—Estoy perfectamente—.

—Claro. Por eso llevas diez minutos peleándote con tu capa—.

—¡No estoy peleando con mi capa!—.

—Entonces la capa está peleando contigo. Qué carácter tan violento tiene—.

—¡Tatsuya!—.

Coronamon observó al pequeño dragón blanco y levantó una de sus garras delanteras.

—¿Quieres que te ayude, Dainsleif?—.

—No es necesario, gracias—.

—Es que yo estoy acostumbrado al calor. ¡Podría mostrarte algunos trucos para soportarlo!—.

—Te lo agradezco, Coronamon, pero puedo manejarlo—.

—El truco principal es mantener una temperatura interna equilibrada. ¡Los Digimon relacionados con el fuego podemos tolerar temperaturas muy altas!—.

—¿Escuchaste, enano? —comentó Tatsuya—. El cachorro solar está ofreciéndote clases de supervivencia—.

—¡NO NECESITO CLASES DE SUPERVIVENCIA!—.

—Bueno, tampoco hace falta gritar —murmuró Coronamon, bajando ligeramente las orejas.

Dainsleif se quedó inmóvil durante unos instantes. Al observar la expresión del pequeño Digimon, su irritación desapareció casi inmediatamente. Se acercó a él, inclinó un poco la cabeza y le ofreció una disculpa sincera. Coronamon recuperó rápidamente la sonrisa y comenzó a explicarle algunos métodos que había utilizado durante sus recorridos por zonas calurosas, mientras Tatsuya continuaba caminando con las manos en los bolsillos y una expresión de inocencia completamente fingida. Dainsleif terminó lanzándole una última mirada acusadora, convencido de que su Tamer había provocado deliberadamente toda aquella situación.

El avance continuó durante varias horas. La posición del Sol fue elevándose progresivamente hasta convertir el horizonte en una extensión de reflejos temblorosos, donde las dunas parecían deformarse bajo el efecto del calor. Tatsuya había sustituido su ropa habitual por prendas ligeras de expedición, aunque conservaba el cubrebocas negro que jamás abandonaba. Las gafas protectoras y la tela que cubría parcialmente su cabeza impedían que la arena alcanzara directamente sus ojos, mientras el sudor comenzaba a acumularse bajo la ropa. Coronamon avanzaba con relativa facilidad, saltando ocasionalmente sobre pequeñas formaciones rocosas, mientras Dainsleif mantenía un paso disciplinado pese a su evidente incomodidad. Dvalin descendía periódicamente para beber agua y comunicar sus observaciones, extendiendo las alas para aprovechar las corrientes ascendentes que se formaban sobre determinadas regiones. El terreno permanecía aparentemente deshabitado, salvo por algunos insectos digitales que se ocultaban entre las piedras y pequeñas criaturas que desaparecían bajo la arena al percibir la aproximación del grupo.

Tatsuya levantó una mano cuando alcanzaron una depresión situada entre dos elevaciones rocosas. Se aproximó cuidadosamente a la sombra proyectada por una de ellas, comprobó la temperatura de la superficie con un instrumento y finalmente depositó su mochila sobre una zona relativamente firme. Dainsleif se acomodó inmediatamente bajo la protección de la roca, mientras Coronamon permaneció de pie observando las dunas con impaciencia. El humano extrajo varios recipientes de agua, entregó uno a cada compañero y comenzó a revisar el mapa digital. Dvalin aterrizó poco después, sacudiendo las alas para desprenderse de la arena acumulada entre sus plumas.

—Descansaremos aquí —anunció Tatsuya.

—¿Ya? ¡Pero todavía puedo continuar! —protestó Coronamon.

—Me alegra mucho por ti, p equeño. Yo no soy un Digimon de fuego—.

—¡Pero apenas llevamos unas horas!—.

—Y quiero seguir vivo cuando terminemos las próximas—.

—Tatsuya tiene razón —intervino Dainsleif—. Debemos conservar nuestras energías—.

El humano giró lentamente hacia su compañero.

—Vaya. ¿Estás de acuerdo conmigo?—.

—No te acostumbres—.

—Dvalin, toma una fotografía. Es un momento histórico—.

—¡No pienso participar en tus tonterías! —gruñó el Hackmon.

—Demasiado tarde —respondió el Pteromon, levantando una pequeña cámara.

Dainsleif observó horrorizado el dispositivo que Dvalin sostenía entre sus garras, mientras Coronamon comenzaba a reírse abiertamente. Tatsuya aprovechó la distracción para revisar los recipientes de agua, distribuir las provisiones y comprobar el funcionamiento de sus dispositivos digitales. El calor comenzaba a sentirse incluso dentro de la pequeña zona de sombra, aunque la roca ofrecía suficiente protección para descansar durante un tiempo. El humano se sentó sobre una manta térmica, apoyó la espalda contra su mochila y extrajo nuevamente la fotografía del pergamino. Coronamon se acercó de inmediato, acomodándose a su lado con una expresión expectante.

—Señor Kamisato, ¿cree que vamos por el camino correcto?—.

—Todavía estamos siguiendo una ruta de exploración, no un camino confirmado hacia el templo—.

—¿Pero qué hay de la Tierra de las Brasas?—.

—Es nuestra primera referencia. Necesitamos encontrar alguna evidencia física que coincida con la descripción—.

—¿Y si la leyenda es falsa?—.

Tatsuya apartó momentáneamente la mirada de la pantalla.

—Entonces habremos perdido tiempo y dinero. Pero eso no significa que debamos inventarnos un templo para sentirnos mejor—.

—Oh...—.

—Coronamon, escúchame. ¿Qué harás si encontramos el templo, pero no contiene ningún secreto que te permita volverte más fuerte?—.

El pequeño Digimon guardó silencio.

—No lo sé... Supongo que me sentiría decepcionado—.

—¿Abandonarías tu búsqueda?—.

—¡No! ¡Claro que no!—.

—¿Entonces?—.

—Seguiría entrenando. Y buscaría otra manera de aprender sobre Apollomon—.

—Bien. Entonces no tienes nada que perder salvo el tiempo que inviertas aquí. Encontrar el templo sería una ganancia adicional—.

Dainsleif levantó la cabeza al escuchar aquellas palabras.

—Tatsu, eso fue sorprendentemente razonable—.

—Soy un hombre razonable—.

—Cuando te conviene—.

—Siempre me conviene—.

Dvalin se acomodó junto a Coronamon y observó el pergamino.

—Además, aunque no encontremos un poder especial, podríamos descubrir cosas maravillosas. ¿Te imaginas encontrar una estatua de Apollomon que nadie haya visto durante siglos?—.

Los ojos de Coronamon brillaron inmediatamente.

—¡Eso sería increíble!—.

—¿Y sabes qué sería todavía mejor? —preguntó Dvalin.

—¿Qué?—.

—¡Encontrar una galería entera de esculturas antiguas!—.

—¡DVALIN! —exclamaron Tatsuya y Dainsleif al mismo tiempo.

—¿¡Qué hice ahora!?—.

El descanso terminó cuando una corriente de viento arrastró una pequeña nube de arena hacia la entrada del refugio natural. Tatsuya guardó los suministros y se incorporó lentamente, sacudiendo el polvo acumulado sobre sus pantalones. Dainsleif avanzó primero, seguido por Coronamon, mientras Dvalin realizaba un breve reconocimiento desde el aire. El grupo comenzó a internarse en una región donde las dunas eran considerablemente más elevadas y la arena presentaba tonalidades rojizas. Grandes formaciones de piedra sobresalían ocasionalmente de la superficie, algunas cubiertas por grietas y otras erosionadas hasta adquirir formas que recordaban columnas naturales. Tatsuya examinaba constantemente el terreno, deteniéndose cuando encontraba cambios de textura o pequeñas depresiones que podrían indicar zonas inestables. Coronamon avanzaba unos pasos por delante, aunque regresaba inmediatamente cuando el humano se lo indicaba.

El primer indicio de peligro apareció cuando Dvalin interrumpió bruscamente su vuelo y comenzó a descender. Sus alas se plegaron parcialmente mientras sus ojos permanecían fijos en una zona situada entre dos dunas. Dainsleif advirtió inmediatamente el cambio de comportamiento de su compañero y se adelantó, colocando su cuerpo entre Coronamon y el terreno abierto. Tatsuya detuvo la marcha, guardó el smartphone y llevó una mano hacia el D-Arc. Durante varios segundos, nada pareció moverse. La arena permanecía inmóvil, salvo por las pequeñas ondulaciones provocadas por el viento. Entonces apareció una vibración apenas perceptible cerca de una roca, seguida por otra varios metros más adelante.

—Tatsu, hay algo moviéndose debajo de la arena —advirtió Dvalin.

—¿Cuántos?—.

—No estoy seguro. Vi dos movimientos distintos, pero podría haber más—.

—Dain, protege a Coronamon. Dvalin, mantente en el aire y no desciendas hasta que sepamos qué está pasando—.

—Entendido —respondió el Hackmon.

Coronamon levantó ambas manos, observando el suelo con una expresión decidida.

—¡Yo también puedo pelear!—.

—Nadie ha dicho lo contrario —respondió Tatsuya—. Pero primero quiero saber contra qué estamos peleando—.

Una explosión de arena interrumpió la conversación. Una criatura de cuerpo alargado y alas transparentes emergió violentamente desde la pendiente de una duna, proyectando una nube de partículas que obligó a Tatsuya a cubrirse el rostro. El zumbido de sus alas resonó sobre el terreno mientras sus ojos compuestos se fijaban en los intrusos. Un segundo ejemplar apareció detrás de una formación rocosa y comenzó a describir círculos alrededor del grupo. Los dos SandYanmamon se desplazaban con movimientos rápidos e irregulares, aprovechando su familiaridad con el desierto para mantener una posición ventajosa. Uno de ellos lanzó una ráfaga de aire cargada de partículas abrasivas hacia Coronamon, obligando a Dainsleif a intervenir inmediatamente.

—¡Coronamon, atrás! —ordenó el Hackmon.

El pequeño dragón blanco saltó frente al Digimon solar y rechazó la primera ráfaga con un movimiento de sus garras. La arena se dispersó alrededor de su cuerpo mientras Dvalin descendía en diagonal, obligando al segundo SandYanmamon a modificar su trayectoria. Tatsuya retrocedió varios pasos hasta alcanzar una superficie rocosa, evitando permanecer sobre la arena inestable. Sus dedos se desplazaron rápidamente por el D-Arc mientras examinaba las posiciones de los enemigos. Coronamon intentó avanzar para ayudar a Dainsleif, pero el humano levantó una mano y le indicó que permaneciera a su lado.

—¡Dain, no los persigas! ¡Están intentando separarnos!—.

—¡Lo sé!—.

—¡Dvalin, controla al segundo! ¡No permitas que nos rodee!—.

—¡Voy!—.

El SandYanmamon situado a la derecha descendió bruscamente y lanzó otra corriente de arena hacia el grupo. Dvalin se interpuso mediante un movimiento descendente, golpeando lateralmente al insecto con una de sus alas antes de recuperar altura. La criatura perdió estabilidad durante unos instantes, aunque consiguió enderezarse antes de impactar contra el suelo. Mientras tanto, Dainsleif avanzó hacia el primer enemigo y lanzó una pequeña llamarada desde su boca, obligándolo a elevarse para evitar el impacto. Coronamon observó la abertura creada por el ataque y comenzó a reunir energía entre sus manos, dispuesto a intervenir.

—¡Señor Kamisato, puedo alcanzarlo!—.

—Espera a que Dain despeje tu línea de ataque—.

—¡Entendido!—.

—¡Dain, hacia la izquierda!—.

El Hackmon se desplazó inmediatamente, dejando un corredor despejado entre Coronamon y el SandYanmamon que intentaba recuperar altura. El pequeño Digimon solar avanzó unos pasos, reunió una esfera de fuego y la lanzó con todas sus fuerzas hacia el enemigo.

—¡Petit Prominence!—.

La esfera llameante atravesó el aire y alcanzó una de las alas del SandYanmamon. El insecto emitió un chillido agudo, perdió altura y terminó estrellándose contra una pendiente arenosa. Una pequeña nube de polvo se levantó alrededor del impacto. El segundo ejemplar reaccionó inmediatamente y descendió hacia Coronamon, aprovechando que el Digimon solar todavía se encontraba recuperándose del ataque. Dainsleif intentó interceptarlo, pero la criatura cambió de dirección bruscamente y lanzó una ráfaga de arena hacia el rostro del pequeño dragón blanco.

—¡Dain! —exclamó Dvalin.

Tatsuya extrajo una carta de su mazo y la deslizó con precisión a través del lector del D-Arc: Children's Blessing

Un resplandor blanco envolvió inmediatamente el cuerpo de Dainsleif, reforzando temporalmente sus capacidades mientras el Hackmon sacudía la cabeza para recuperar la visión. El SandYanmamon continuó descendiendo hacia Coronamon, pero el pequeño dragón blanco reaccionó con una velocidad superior, saltando sobre la trayectoria del insecto y golpeándolo violentamente con sus garras. El impacto desvió al enemigo hacia una formación rocosa, donde terminó chocando antes de caer sobre la arena. Dvalin aterrizó cerca del primero, manteniendo sus alas extendidas y vigilando cualquier nuevo intento de ataque.

—¡Los tenemos! —exclamó Coronamon.

—Todavía no —respondió Tatsuya.

El primero de los SandYanmamon comenzó a incorporarse mientras el segundo agitaba violentamente sus alas, levantando una nube de arena que redujo considerablemente la visibilidad. Dainsleif se adelantó y adoptó una postura defensiva, preparado para continuar el enfrentamiento, pero ambos insectos aprovecharon la cobertura para elevarse y alejarse rápidamente hacia el interior del desierto. Dvalin ascendió unos metros con intención de perseguirlos, aunque una orden de su Tamer lo detuvo inmediatamente.

—¡Déjalos, Dvalin! ¡No vamos a perseguirlos!—.

—¡Podría alcanzarlos!—.

—¿Y para qué? Ya se retiraron—.

El Pteromon descendió nuevamente y plegó sus alas. Dainsleif sacudió la arena acumulada sobre su capa mientras el resplandor de la carta comenzaba a desvanecerse. Coronamon permanecía junto a Tatsuya, todavía emocionado por haber participado en su primer enfrentamiento de aquella expedición. El humano guardó el D-Arc, examinó rápidamente a sus compañeros y se acercó al pequeño Digimon solar para comprobar que no hubiera sufrido heridas. Después revisó su propia ropa, descubriendo varias pequeñas abrasiones provocadas por la arena proyectada durante el ataque.

—¿Todos están bien?—.

—Sin heridas importantes —respondió Dainsleif.

—Yo estoy perfectamente —añadió Dvalin.

—¡Yo también! ¡Fue emocionante!—.

Tatsuya observó a Coronamon durante varios segundos.

—Pequeño, necesito que entiendas algo—.

—¿Sí?—.

—Una pelea no es emocionante cuando estás escoltando a alguien por un territorio peligroso. Es un gasto innecesario de energía, tiempo y recursos—.

—Pero conseguimos vencerlos...—.

—Y mañana podría aparecer un enemigo mucho más fuerte. Si gastamos todo nuestro poder en cada encuentro, terminaremos en problemas cuando realmente lo necesitemos—.

Coronamon bajó ligeramente las orejas.

—Lo siento...—.

Dainsleif se acercó inmediatamente.

—No tienes que disculparte por defenderte. Tu ataque estuvo bien ejecutado y esperaste la orden de Tatsuya antes de intervenir—.

—¿De verdad?—.

—Sí. Pero debes recordar que nuestro objetivo no es derrotar a todos los Digimon del desierto. Es encontrar el templo y regresar con vida—.

—¡Entendido!—.

Tatsuya observó al Hackmon y asintió discretamente. Dvalin aprovechó aquel momento para acercarse a Coronamon y felicitarlo por su puntería, consiguiendo que el pequeño Digimon recuperara rápidamente el entusiasmo. Mientras los tres conversaban, el comerciante volvió a examinar las ondulaciones de arena que habían aparecido antes del ataque. Se agachó cerca de una de ellas y descubrió varias huellas recientes parcialmente borradas por el viento. Después levantó la mirada hacia la pendiente desde la que había emergido el primer SandYanmamon.

—Dvalin, ¿viste de dónde salieron exactamente?—.

—El primero apareció detrás de esa duna. El segundo estaba oculto cerca de las rocas—.

—¿Los viste acercarse mientras explorabas?—.

—No. Estaban allí antes de que los detectara—.

—Entonces probablemente entramos en su territorio. Mantendremos una mayor distancia de las zonas donde puedan ocultarse—.

—Tatsu, ¿crees que encontraremos más? —preguntó Dainsleif.

—En un desierto lleno de Digimon salvajes, sería bastante ingenuo pensar que estos dos eran los únicos—.

La marcha se reanudó después de comprobar que ninguno de los integrantes del grupo necesitaba atención médica. El Sol había alcanzado una posición considerablemente más elevada y sus rayos golpeaban las dunas con una intensidad sofocante. El calor parecía brotar tanto del cielo como del suelo, convirtiendo cada paso en un esfuerzo progresivamente más incómodo. Tatsuya comenzó a reducir el ritmo, deteniéndose con mayor frecuencia para beber agua y revisar los indicadores de temperatura. Dainsleif mantenía su expresión seria, aunque había comenzado a caminar con la lengua ligeramente fuera de la boca, mientras Dvalin realizaba vuelos cortos para evitar gastar demasiada energía. Coronamon continuaba avanzando con relativa facilidad, pero incluso él empezó a mostrar señales de cansancio conforme el terreno se volvía más irregular. El grupo atravesó una zona cubierta por pequeñas piedras oscuras y finalmente alcanzó una extensión donde la arena presentaba tonalidades rojizas mezcladas con fragmentos minerales.

Fue entonces cuando Tatsuya advirtió un cambio significativo en la superficie. Entre las dunas aparecían pequeñas placas de material oscuro que reflejaban la luz solar con un brillo extraño. Algunas parecían fragmentos de vidrio natural, mientras otras formaban superficies irregulares adheridas a las piedras circundantes. El comerciante se detuvo y se agachó junto a una de aquellas formaciones, utilizando sus guantes de protección para retirar cuidadosamente una pequeña cantidad de arena. La superficie descubierta mostraba una tonalidad negra y brillante, atravesada por líneas rojizas que parecían haberse formado durante un proceso de calentamiento extremo. Dvalin aterrizó inmediatamente a su lado, fascinado por la apariencia del material.

—¡Tatsu, mira esto! ¡Parece cristal volcánico!—.

—Se parece, aunque no voy a identificarlo solamente por su apariencia—.

—¿Podría ser obsidiana?—.

—Es una posibilidad. También podría tratarse de arena vitrificada por temperaturas extremadamente elevadas—.

Coronamon se acercó con curiosidad.

—¿Arena vitrificada?—.

—Arena que ha sufrido suficiente calor para fundirse parcialmente y luego solidificarse en una superficie semejante al vidrio—.

—¡Entonces estamos cerca!—.

—Eso todavía no lo sabemos—.

Dainsleif observó la extensión oscura que aparecía entre las dunas.

—¿Crees que encontramos la Tierra de las Brasas?—.

Tatsuya levantó cuidadosamente un pequeño fragmento utilizando una herramienta y lo examinó bajo la luz del Sol. El material presentaba una superficie relativamente lisa, aunque sus bordes eran irregulares y algunas zonas conservaban pequeñas partículas de arena adheridas. Después colocó el fragmento sobre una superficie aislante y acercó un instrumento para comprobar su temperatura. La lectura apareció inmediatamente en la pantalla, provocando que sus ojos se entrecerraran.

—Interesante...—.

—¿Qué sucede? —preguntó Dvalin.

—Esta pieza está considerablemente más caliente que las rocas cercanas—.

—¿Cuánto?—.

—Lo suficiente para que no quiera tocarla directamente—.

Dvalin retrocedió ligeramente y observó nuevamente el fragmento. Coronamon se inclinó para examinar las líneas rojizas, mientras Dainsleif recorría el terreno con la mirada. A medida que avanzaban unos metros, las placas oscuras comenzaron a aparecer con mayor frecuencia, formando pequeñas extensiones que contrastaban claramente con la arena. Algunas estaban parcialmente enterradas, mientras otras sobresalían como costras endurecidas sobre el suelo. El aire que ascendía desde aquellas superficies producía ondulaciones visibles, deformando las rocas que aparecían a cierta distancia. Tatsuya guardó el fragmento dentro de un recipiente aislante y comenzó a fotografiar el lugar, procurando registrar tanto las formaciones minerales como su distribución sobre el terreno.

—Coronamon, enséñame otra vez el pergamino—.

—¡Aquí está!—.

El pequeño Digimon extrajo cuidadosamente el documento. Tatsuya lo extendió sobre una superficie protegida y colocó su smartphone a un lado, mostrando una fotografía ampliada del dibujo original. Dvalin se inclinó junto a ellos y comparó las líneas onduladas del pergamino con las formaciones oscuras que se extendían sobre la arena. Dainsleif permaneció de pie, manteniendo la vigilancia mientras el resto examinaba el hallazgo.

—¿Recuerdas las líneas que parecían haber sido cubiertas con otro pigmento? —preguntó Dvalin.

—Sí —respondió Tatsuya.

—Mira su forma. No son simplemente llamas. Parecen representar una superficie agrietada—.

—¿Como el terreno que tenemos enfrente?—.
V
—Exactamente—.

Coronamon abrió los ojos con sorpresa.

—¡Entonces el pergamino podría estar mostrando este lugar!—.

—Podría —respondió Tatsuya—. Pero necesitamos algo más concreto—.

Dvalin giró el documento unos grados y señaló una pequeña representación geométrica situada debajo del círculo solar.

—Espera... Hay otra cosa—.

—¿Qué encontraste?—.

—Estas líneas no parecen parte del dibujo principal. Mira cómo se interrumpen aquí y continúan debajo de esta mancha—.

Tatsuya acercó el rostro al pergamino.

—¿Una estructura?—.

—Eso creo. Podría ser una escalera... o una serie de plataformas—.

Coronamon miró alternativamente el dibujo y las dunas.

—¿Una escalera enterrada?—.

El humano guardó silencio durante unos segundos antes de levantar la cabeza hacia las formaciones rocosas que sobresalían a cierta distancia. Una de ellas presentaba una disposición particularmente irregular: varias piedras oscuras aparecían alineadas sobre una pendiente, formando una sucesión de elevaciones que difícilmente se distinguían desde lejos. Tatsuya entrecerró los ojos y señaló aquella dirección.

—Dvalin, necesito que sobrevueles esa formación—.

—¡Entendido!—.

—No aterrices todavía. Quiero que observes si las piedras forman algún patrón artificial—.

El Pteromon desplegó sus alas y comenzó a elevarse, aprovechando una corriente ascendente que lo impulsó suavemente sobre la pendiente. Desde aquella posición pudo observar la disposición de las rocas con mayor claridad. Varias placas oscuras aparecían distribuidas sobre la arena, pero en el centro de la formación sobresalían seis piedras rectangulares parcialmente enterradas, alineadas de manera casi perfecta. Dvalin descendió ligeramente, rodeó la estructura y examinó sus bordes. Una de las piedras presentaba una superficie considerablemente más lisa que las demás, mientras otra parecía contener pequeñas marcas grabadas. El Pteromon sintió una oleada de entusiasmo al reconocer la posibilidad de encontrarse frente a una construcción antigua.

—¡Tatsuya! ¡Aquí hay algo!—

—¿Qué encontraste?—

—¡Piedras rectangulares! ¡Están alineadas y parecen haber sido trabajadas!—.

—¿Ves alguna inscripción?—.

Dvalin descendió un poco más.

—¡Sí! ¡Una de ellas tiene símbolos!—.

Coronamon dio un salto de emoción.

—¡Vamos! ¡Tenemos que verlo!—.

—¡Quieto! —ordenó Tatsuya inmediatamente.

El pequeño Digimon se detuvo.

—¿Qué pasa?—.

—No vamos a correr hacia una estructura desconocida en un lugar donde el suelo está alcanzando temperaturas anormales—.

—Pero...—.

—Dvalin, comprueba si hay alguna zona firme por donde podamos acercarnos sin caminar sobre las placas oscuras—.

—¡Entendido!—.

La formación rocosa resultó encontrarse a una distancia mayor de lo que aparentaba desde el punto donde habían realizado el descubrimiento. El grupo tuvo que rodear varias depresiones cubiertas por arena fina y atravesar una pequeña pendiente antes de alcanzar una superficie suficientemente estable. Tatsuya caminaba con cuidado, utilizando una vara para comprobar la consistencia del terreno antes de avanzar, mientras Dainsleif permanecía a su lado preparado para intervenir si alguna sección cedía bajo sus pies. Coronamon observaba constantemente las piedras rectangulares que aparecían más adelante, incapaz de ocultar su impaciencia. Dvalin descendió junto a la formación y comenzó a retirar cuidadosamente pequeñas cantidades de arena con una de sus garras, procurando no dañar las posibles inscripciones.

Cuando Tatsuya finalmente llegó a la estructura, descubrió que las piedras no solamente estaban alineadas: también presentaban dimensiones extraordinariamente similares, bordes tallados y superficies que parecían haber sido pulidas antes de quedar expuestas a siglos de erosión. Varias permanecían parcialmente enterradas y una de ellas sobresalía formando un pequeño escalón. El humano dejó su mochila sobre una roca cercana, extrajo sus herramientas de inspección y se arrodilló junto a la pieza que Dvalin había señalado. La superficie mostraba marcas casi borradas por el tiempo, pero todavía podían distinguirse varios trazos curvos alrededor de una figura circular. Coronamon se acercó lentamente, mientras Dainsleif permanecía atento a las inmediaciones.

—No puede ser... —murmuró Coronamon.

Tatsuya limpió cuidadosamente una sección del relieve.

—¿Reconoces el símbolo?—.

—¡Sí! ¡Es el mismo que aparece en mi pergamino!—.

Dvalin observó ambas representaciones.

—La semejanza es evidente. El círculo central, las marcas alrededor y esta pequeña abertura en la parte inferior...—

—No son idénticos —señaló Tatsuya—, pero tienen suficientes elementos en común como para considerar una relación—.

Coronamon se arrodilló frente a la piedra.

—¡Entonces es real! ¡La leyenda es real!—.

—Todavía no hemos encontrado el templo, pequeño—.

—¡Pero encontramos algo relacionado con él!—

Tatsuya examinó nuevamente la superficie.

—Eso sí podemos decirlo. Alguien trabajó estas piedras y grabó un símbolo que coincide con el documento que llevas—.

Dainsleif se acercó unos pasos.

—¿Podría tratarse de una señal colocada para indicar el camino?—.

—Es posible. También podría ser parte de una construcción más grande—.

Dvalin levantó la cabeza.

—¿Quieres que retiremos la arena?—.

—Solamente la superficial. Nada de excavar hasta comprobar qué tenemos debajo—.

El Pteromon asintió inmediatamente y comenzó a retirar pequeñas cantidades de arena alrededor de las piedras. Coronamon se unió a la tarea, utilizando sus patas para despejar cuidadosamente los bordes de la estructura. Dainsleif también colaboró, aunque procuró mantenerse sobre superficies firmes mientras observaba las pequeñas grietas que aparecían entre algunas placas oscuras. Tatsuya supervisaba el trabajo, fotografiando cada sección descubierta y comparando las marcas con las ilustraciones del pergamino. Conforme la arena desaparecía, una figura comenzó a emerger sobre la superficie de la piedra principal: un círculo rodeado por doce marcas alargadas, semejantes a llamas estilizadas, debajo del cual aparecían varios símbolos antiguos.

Coronamon permaneció inmóvil durante algunos segundos antes de acercar lentamente una de sus patas hacia el relieve. Sus ojos brillaban con una emoción difícil de contener, mientras una pequeña llama se elevaba involuntariamente sobre su cabeza. Dvalin contempló el descubrimiento con auténtica fascinación artística, recorriendo cuidadosamente las líneas grabadas sin llegar a tocarlas. Tatsuya, por su parte, observó con particular interés las marcas situadas debajo del círculo.

—Coronamon, ¿puedes leer esto?—.

—No completamente...—.

—¿Reconoces alguna parte?—.

—¡Sí! Este símbolo aparece en algunas historias antiguas sobre Apollomon. Representa al Sol—.

—Eso era bastante evidente—.

—¡Pero los otros símbolos son diferentes! Nunca los había visto juntos—.

Dvalin examinó las marcas inferiores.

—Tatsu, observa su distribución. No están colocadas como una decoración común—.

—Parecen formar una inscripción—.

—¿Crees que podríamos traducirla?—.


—No sin una referencia adecuada. Fotografiaré todo para compararlo después con otros registros—.

Coronamon levantó una garra.

—¡Podríamos intentar encontrar más piedras!—.

—Primero terminaremos de documentar esta —respondió el comerciante.

Dainsleif se volvió bruscamente hacia una pequeña depresión situada detrás de las rocas.

—Tatsuya...—.

El Tamer levantó la mirada.

—¿Qué sucede?—.

—¿Escuchaste eso?—.

Durante unos instantes, el grupo permaneció completamente inmóvil. El viento continuaba recorriendo las dunas, levantando pequeñas cantidades de arena alrededor de las piedras descubiertas. Entonces se escuchó un sonido seco, semejante al roce de una superficie metálica contra una roca. Dainsleif dio un paso hacia el origen del ruido, mientras Dvalin desplegaba parcialmente sus alas. Coronamon retrocedió instintivamente hacia Tatsuya, quien guardó el smartphone y llevó una mano hacia el D-Arc.

—Dvalin, sube un poco y revisa los alrededores—.

—Voy—.

El Pteromon ascendió sobre la formación rocosa, describiendo un círculo amplio antes de detenerse en el aire. Desde aquella posición observó varias dunas aparentemente desiertas, pequeñas elevaciones rocosas y una serie de huellas parcialmente borradas por el viento. No encontró ningún Digimon moviéndose abiertamente, aunque una de las pendientes presentaba marcas recientes que parecían haber sido producidas por criaturas de tamaño considerable.

—No veo a nadie —informó finalmente—. Pero hay huellas cerca de la duna occidental—.

—¿Huellas nuestras?—.

—No. Parecen venir desde otra dirección—.

Dainsleif frunció el ceño.

—¿Crees que alguien nos está siguiendo?—.

Tatsuya observó el terreno durante varios segundos.

—Es una posibilidad—.

Coronamon levantó la cabeza.

—¿Bandidos?—.

—No lo sabemos todavía. Pero desde este momento quiero que mantengas el pergamino guardado—.

—¡Entendido!—.

—Dain, no pierdas de vista esa pendiente. Dvalin, termina de revisar las huellas y regresa—.

Mientras sus compañeros cumplían las instrucciones, Tatsuya comenzó a guardar cuidadosamente las herramientas utilizadas para examinar la piedra. Coronamon permaneció a su lado, sujetando la mochila contra su pecho. El comerciante realizó una última fotografía del relieve y observó nuevamente el círculo rodeado por doce marcas solares. Después dirigió la mirada hacia el terreno que se extendía más allá de la formación rocosa. A unos cientos de metros, las dunas parecían adquirir tonalidades cada vez más oscuras, mezclándose con superficies brillantes que reflejaban intensamente la luz solar. El aire temblaba sobre aquellas extensiones, generando una distorsión tan intensa que resultaba imposible distinguir claramente lo que había detrás.

—Dain, ¿notas algo extraño en esa dirección?—.

El Hackmon siguió la mirada de su Tamer.

—¿Además del calor insoportable?—.

—Sí—.

—El terreno parece diferente. Hay menos arena y más superficies oscuras—.

—Exactamente—.

Coronamon se acercó lentamente.

—¿Crees que el templo está por allí?—.


Tatsuya guardó la cámara y se incorporó.

—No voy a prometerte nada todavía. Pero si esta estructura es una señal de camino, tendremos que investigar qué está indicando—.

Dvalin regresó poco después y aterrizó junto a sus compañeros. Sus ojos mostraban una expresión considerablemente más seria que durante el resto del viaje. Había encontrado varias huellas que descendían desde una duna cercana y desaparecían entre las rocas, pero no parecían corresponder a los SandYanmamon que los habían atacado anteriormente.

—Tatsu, tenemos un problema—.

—Habla—.

—Las huellas son recientes. Hay al menos dos rastros distintos y uno de ellos parece corresponder a alguien que caminaba sobre dos piernas—.

Dainsleif levantó inmediatamente la cabeza.

—¿Un Tamer?—.

—O un Digimon humanoide. No pude identificarlo—.

—¿En qué dirección continuaban? —preguntó Tatsuya.

Dvalin señaló una pendiente situada detrás de ellos.

—Hacia el lugar donde encontramos estas piedras—.

El humano permaneció silencioso durante unos instantes. Después recogió su mochila, comprobó que Coronamon hubiera guardado correctamente el pergamino y observó nuevamente las dunas cercanas. Dainsleif comenzó a tensar ligeramente las patas, preparado para intervenir ante cualquier movimiento sospechoso.

—Nos vamos —ordenó Tatsuya.

—¿Ya? —preguntó Coronamon—. ¡Pero todavía hay mucho que investigar!—.

—Y precisamente por eso no quiero hacerlo mientras alguien podría estar observándonos desde una duna—.

—¿Regresaremos después? —preguntó Dvalin.

—Si es necesario. Primero encontraremos un lugar más seguro desde donde continuar la exploración—.

A varios cientos de metros de distancia, dos figuras cubiertas con mantos de viaje permanecían agazapadas detrás de una formación rocosa. Una de ellas sostenía un pequeño instrumento óptico, mientras la otra examinaba varias fotografías almacenadas en un dispositivo digital. La arena se acumulaba sobre sus ropas y el calor había comenzado a afectar sus movimientos, pero ninguno parecía dispuesto a abandonar la vigilancia. El primero bajó lentamente el instrumento cuando observó que el grupo de Tatsuya comenzaba a alejarse de las piedras descubiertas. Su acompañante levantó inmediatamente la cabeza y dirigió la mirada hacia el mismo lugar.

—Se están moviendo—.

—Lo veo—.

—¿Encontraron algo?—.

—Parece que sí. Estuvieron examinando una estructura de piedra durante bastante tiempo—.

—Entonces el pergamino es auténtico—.

—Todavía no podemos asegurarlo. Pero ese Coronamon sabía más de lo que imaginábamos—.

El segundo individuo extrajo un dispositivo de comunicación y comenzó a introducir una serie de datos. La pantalla emitió un resplandor tenue mientras aparecía una señal de conexión. Después de varios segundos, una voz distorsionada respondió desde el otro extremo.

—Reporten—.

—Hemos seguido al objetivo hasta una zona de terreno vitrificado. El Tamer y sus Digimon encontraron una estructura antigua con inscripciones—.

—¿Confirmaron la entrada al templo?—.

—Negativo. Solamente encontraron lo que parece ser un marcador—.

—¿Y el pergamino?—.

—Continúa en posesión de Coronamon—.

La voz permaneció silenciosa durante unos instantes.

—No intervengan todavía.

—¿Qué hacemos con el humano?

—¿Han conseguido identificarlo?

El primero de los individuos observó nuevamente la figura de Tatsuya a través del instrumento óptico.

—Alto, cabello negro recogido, cubrebocas. Viaja con un Hackmon y un Pteromon—.

Del otro lado de la comunicación se produjo un silencio considerablemente más prolongado.

—Repítelo—.

—Un Hackmon y un Pteromon. El humano parece ser un Tamer experimentado—.

—...Tatsuya Kamisato—.

Ambos individuos intercambiaron una mirada.

—¿Lo conoce?—

—He escuchado suficientes historias sobre ese hombre para saber que no debemos subestimarlo—.

—¿Cancelamos la operación?—.

—No. Continúen siguiéndolos, pero mantengan la distancia. No quiero que ese comerciante descubra nuestras intenciones antes de encontrar el templo—.

—Entendido—.

—Y una advertencia más—.

—¿Sí?—.

—No intenten enfrentarse directamente a sus Digimon. Si las historias sobre ellos son ciertas, terminarían muertos antes de comprender su error—.

La comunicación terminó abruptamente. Las dos figuras permanecieron inmóviles durante varios segundos, observando al grupo que se alejaba lentamente hacia las regiones más oscuras del desierto. Finalmente comenzaron a recoger sus pertenencias y descendieron por el lado opuesto de la formación rocosa, procurando mantener suficiente distancia para no llamar la atención de Dvalin durante sus reconocimientos aéreos.

El Sol comenzaba a descender lentamente cuando Tatsuya y sus compañeros alcanzaron una pequeña elevación formada por rocas oscuras. El terreno había adquirido una apariencia cada vez más extraña: las dunas tradicionales aparecían interrumpidas por grandes extensiones de superficie endurecida, algunas cubiertas por grietas profundas y otras atravesadas por vetas minerales de tonalidades rojizas. La temperatura permanecía extraordinariamente elevada pese a que las horas de mayor exposición solar habían quedado atrás. Dainsleif avanzaba con evidente dificultad, aunque continuaba negándose a reconocer que necesitaba descansar. Coronamon había reducido considerablemente su entusiasmo inicial y ahora caminaba cerca del pequeño dragón blanco, mientras Dvalin observaba con preocupación la forma en que el aire caliente ascendía desde las superficies oscuras.

Tatsuya se detuvo sobre una roca relativamente elevada y consultó nuevamente sus instrumentos. Después de comprobar la temperatura, examinó las condiciones del terreno y observó una pequeña grieta situada varios metros más adelante. Una corriente de aire caliente emergía de su interior, levantando diminutas partículas de polvo que desaparecían casi inmediatamente. El humano acercó cuidadosamente el instrumento de medición sin introducir las manos en la abertura. La pantalla mostró un aumento considerable respecto a los valores registrados anteriormente.

—Esto ya no me gusta —murmuró.

Dainsleif se acercó.

—¿Qué ocurre?—.

—La temperatura del suelo está aumentando demasiado. Y no parece depender solamente de la exposición directa al Sol—.

Dvalin aterrizó junto a ellos.

—¿Podría haber alguna fuente de calor debajo de la superficie?—.

—Es una posibilidad. Pero no pienso comprobarlo metiéndome en una grieta—.

Coronamon contempló la abertura—.

—¡Quizá sea el poder del templo!—.

—O quizá sea una zona geotérmica que podría cocinarnos vivos —respondió Tatsuya—. Prefiero no apostar mi vida por ninguna de las dos hipótesis—.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Dainsleif.

—Buscaremos un lugar seguro para pasar la noche. Mañana podremos investigar con mejores condiciones—.

Dvalin levantó la cabeza hacia una formación rocosa situada al otro lado de una pequeña depresión.

—Tatsu, vi algo parecido a una cueva en esa dirección. Podría servirnos como refugio—.

—¿Comprobaste la entrada?—.

—Solamente desde el aire. No vi movimientos, pero no puedo asegurar que esté vacía—.

—Entonces iremos a revisar, pero nadie entrará hasta que confirmemos que es segura—.

El grupo comenzó a rodear cuidadosamente la depresión, avanzando sobre una sucesión de piedras que sobresalían de la superficie oscura. Tatsuya caminaba detrás de Dainsleif, utilizando una vara para comprobar la estabilidad del terreno, mientras Coronamon permanecía cerca de Dvalin. El descenso de temperatura que normalmente acompañaba al atardecer parecía no producirse en aquella región, y cada corriente de aire traía consigo un calor seco que dificultaba la respiración del humano. Las sombras de las rocas se alargaban progresivamente sobre el suelo, creando formas oscuras que parecían extenderse entre las grietas. A medida que se aproximaban a la formación señalada por Dvalin, una estructura comenzó a distinguirse parcialmente entre las piedras: una superficie vertical demasiado regular para confundirse fácilmente con una pared natural.

Tatsuya levantó una mano y ordenó detenerse.

—Esperen—.

Dainsleif se volvió inmediatamente.

—¿Qué viste?—.

El humano señaló la pared.

—Eso—.

Dvalin entrecerró los ojos.

—¿Una formación rocosa?—.

—Observa sus bordes—.

El Pteromon avanzó cuidadosamente unos pasos y se detuvo frente a la superficie. Parte de la pared permanecía cubierta por arena endurecida y depósitos minerales, pero debajo podían distinguirse bloques de piedra acomodados en una disposición regular. Dvalin retiró una pequeña cantidad de polvo con su garra y descubrió una línea perfectamente recta que separaba dos secciones del material. Coronamon se aproximó lentamente, observando la estructura con creciente emoción.

—¡Es una pared construida!—.

—Eso parece —respondió Dvalin.

Dainsleif contempló las piedras.

—¿Podría pertenecer al templo?—.

Tatsuya avanzó hasta situarse frente a la estructura y examinó cuidadosamente su superficie. Una parte de la pared parecía haberse desprendido muchos años atrás, dejando expuesto un pequeño espacio oscuro que se extendía hacia el interior de la formación rocosa. Cerca de aquella abertura aparecían varias marcas casi borradas por la erosión, aunque una de ellas conservaba suficiente profundidad para distinguir su forma. El humano retiró cuidadosamente una capa de polvo y descubrió un relieve circular rodeado por pequeñas llamas estilizadas.

Coronamon dejó escapar un grito de emoción.

—¡EL SÍMBOLO DEL SOL!—.

Dvalin abrió sus alas.

—¡Tatsu, es el mismo que encontramos en las piedras!—.

Dainsleif se acercó inmediatamente.

—Entonces estamos siguiendo el camino correcto—.

Tatsuya observó el relieve durante varios segundos. Después dirigió la mirada hacia la abertura oscura, desde cuyo interior emergía una corriente de aire sorprendentemente cálida.

—Parece que finalmente encontramos algo interesante—.

Coronamon avanzó un paso hacia la entrada.

—¡Entremos!—.

La mano de Tatsuya se interpuso inmediatamente frente a él.

—Ni lo sueñes, pequeño—.

—¡Pero podría ser el templo!—.

—Y también podría estar lleno de trampas, Digimon salvajes o gases peligrosos. Nadie entra hasta que revisemos el lugar—.

Dainsleif asintió.

—Estoy de acuerdo. Debemos proceder con cuidado—.

Dvalin observó la abertura.

—Tatsu... Hay algo más—.

—¿Qué sucede?—.

El Pteromon se inclinó ligeramente hacia la entrada.

—¿No escuchan ese sonido?—.

Los cuatro permanecieron en silencio. Desde el interior de la estructura llegaba un murmullo profundo, semejante al movimiento de aire a través de un corredor subterráneo. Sin embargo, entre aquellas corrientes aparecía ocasionalmente un sonido distinto: un golpe metálico, distante y regular, que se repetía después de varios segundos de silencio. Tatsuya apagó momentáneamente la pantalla de su smartphone y concentró toda su atención en la abertura. Dainsleif adoptó una postura defensiva, mientras Coronamon retrocedía lentamente hacia el humano.

Un nuevo golpe resonó desde las profundidades.

Después otro.

Y finalmente, un tercero.

—Eso no suena como el viento —murmuró Dainsleif.

—No —respondió Tatsuya, llevando una mano hacia su D-Arc—. Definitivamente no—.

Coronamon contempló la oscuridad con los ojos completamente abiertos.

—¿Creen que haya alguien adentro?—.

El comerciante permaneció inmóvil durante unos instantes, observando la abertura que se extendía bajo la antigua pared. Después levantó lentamente la mirada hacia el relieve solar, cuyos bordes parecían adquirir una tonalidad rojiza bajo los últimos rayos del atardecer.

—No lo sé, pequeño...—.

Una vibración recorrió repentinamente la estructura. Pequeñas cantidades de polvo descendieron desde las grietas superiores y varias piedras emitieron un chasquido seco. Coronamon retrocedió sobresaltado, mientras Dvalin extendía sus alas para cubrirlo parcialmente. Dainsleif se colocó inmediatamente delante de Tatsuya, preparado para interceptar cualquier amenaza que pudiera surgir del interior.

Entonces el sonido metálico se detuvo.

Durante varios segundos, solamente pudo escucharse el viento recorriendo las dunas.

Hasta que una pequeña inscripción comenzó a iluminarse sobre la pared.

El resplandor rojizo se extendió lentamente por las líneas grabadas alrededor del círculo solar, iluminando símbolos que habían permanecido ocultos bajo la arena y el polvo. Coronamon observó fascinado cómo las marcas parecían responder a su presencia, mientras una pequeña llama se elevaba involuntariamente sobre su cabeza. Tatsuya retrocedió inmediatamente un paso, sin apartar la mirada de la inscripción.

—Coronamon... —murmuró.

—¿Sí?—.

—Aléjate de la pared—.

—Pero...—.

—Ahora—.

El pequeño Digimon obedeció inmediatamente.

El resplandor comenzó a desvanecerse tan repentinamente como había aparecido, dejando nuevamente la superficie sumida en la oscuridad del atardecer. Dvalin observó la pared durante varios segundos antes de girarse hacia Tatsuya.

—¿Viste eso?—.

—Sí—.

—¿Crees que reaccionó ante Coronamon?—.

Tatsuya contempló al pequeño Digimon solar.

—Es una posibilidad. Pero no quiero comprobarlo otra vez hasta saber qué clase de mecanismo tenemos enfrente—.

Dainsleif examinó la abertura.

—Entonces deberíamos alejarnos y establecer un campamento fuera de esta estructura—.

—Exactamente —respondió el comerciante—. No pienso dormir junto a una puerta que comienza a brillar cada vez que alguien se acerca—.

Coronamon permaneció contemplando el relieve con una mezcla de asombro y felicidad. Su cola se movió lentamente mientras sus ojos seguían las líneas de aquella antigua representación solar.

—Señor Kamisato...—.

—¿Qué ocurre?—.

—Gracias por traerme hasta aquí—.

Tatsuya lo observó de reojo.

—Todavía no hemos terminado la Quest—.

—¡Lo sé! ¡Pero por primera vez siento que estoy realmente cerca de descubrir algo sobre Apollomon!—.

El comerciante guardó lentamente su D-Arc y comenzó a recoger las herramientas.

—Entonces procura seguir vivo hasta que lo encontremos. Sería bastante molesto que mi cliente muriera antes de pagarme—.

—¡Sí, señor!—.

Dvalin sonrió discretamente, mientras Dainsleif dejó escapar un suspiro resignado. El grupo comenzó a retirarse hacia una zona de terreno más estable, donde podrían establecer un campamento y continuar investigando al día siguiente. Detrás de ellos, la antigua pared permaneció inmóvil, cubierta por las sombras que avanzaban lentamente sobre Oasis Desert.

Sin embargo, cuando el último rayo del Sol desapareció detrás de las dunas, una pequeña luz volvió a encenderse en las profundidades de la estructura.

Y desde algún lugar situado muy por debajo de la superficie, el sonido metálico regresó.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Como si algo acabara de despertar.
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