Rango D Alergias [William & Catherine]

D_Numeritos

Usuario
"Alergias" [D]
- NPC involucrado: -
- Sinopsis: Con tantas duplas distintas en el Mundo Digital, es de esperarse que hayan algunas con incompatibilidades, pero pocas se asemejan a la del caso de hoy. Un Tamer recién llegado, compañero de un Floramon, se ha llevado una desagradable sorpresa al descubrir que es increíblemente alérgico al polen de su compañero, volviéndose víctima de ataques de estornudo y ojos llorosos con solo estar cerca de él. Un Tamer y Digimon no pueden trabajar así, ¿verdad? La buena noticia es que existe una cura para esto: Una medicina natural hecha a partir de los pétalos y polen una flor específica de la Selva Tropical, sin embargo en su estado actual es imposible que el Tamer las busque por su cuenta. Necesitamos a alguien que halle esa flor y la "coseche" para la medicina que necesitan
- Escenario: Selva Tropical
- Objetivos: Hallar la flor medicinal Tomar muestras de sus pétalos y polen para entregarlos al cliente
- Notas: La flor que buscan se caracteriza por ser de gran tamaño y poseer pétalos de colores muy brillantes. Fácil de distinguir pero no tanto de encontrar La flor es considerada manjar para algunos Digimon, por lo que es mejor tener cuidado

Ficha: https://zonaderoles.com/threads/compendio-de-fichas-digital-world-re.20/post-954
 
OP
OP
D_Numeritos

D_Numeritos

Usuario
La sala de reuniones de la Unión de Tamers, en el corazón de File City, siempre olía a papel viejo y a incienso digital. No era un aroma desagradable, pero sí peculiar: una mezcla de burocracia y solemnidad que encajaba muy poco con William Cuthbert, quien se entretenía más en atusarse el flequillo frente a un espejo de bolsillo que en atender al Digimon encargado de exponerles la misión.

"De todos los botánicos, exploradores y especialistas en plantas registrados… y terminamos llamando a vosotros", masculló Jijimon con un aire de resignación paternal, como si ya hubiese agotado todas las explicaciones posibles.

William chasqueó la lengua y soltó una risa nasal, coqueta:
—Oh, no se preocupe, darling. Que una flor ayude a salvar a otro infeliz con alergia a una flor… es de una ironía shakesperiana. No podía habérsele ocurrido a nadie mejor.

A su lado, Catherine —la Floramon que respondía únicamente a ese nombre humanoizado que ella misma se había otorgado— adoptó una postura elegante, con las manos enlazadas y una sonrisa cortés que ocultaba un regocijo muy real. Para ella, aquello no era un encargo menor, sino un reconocimiento a su saber botánico, un detalle que la distinguía de las Palmon y Alraumon vulgares que tanto despreciaba.

—No es ironía, William —replicó en voz baja, inclinando la cabeza con un aire de importancia—. Es justicia. La Unión reconoce que mi experiencia en herboristería es invaluable. Y, además, ayudar a una de las mías siempre será un honor.

El contraste entre ambos era casi cómico. Donde Catherine veía prestigio y oportunidad, William sólo veía la tragicomedia de ser llamado para rescatar a un Tamer que, por azar cruel del destino, resultaba alérgico a su propio compañero Floramon.

El afectado estaba presente en la sala, sentado con un pañuelo arrugado en la mano y los ojos enrojecidos como si hubiese llorado mares. Cada vez que intentaba hablar, un acceso de estornudos lo dejaba medio doblado. Su Floramon, compungida, trataba de consolarlo con palabras dulces, aunque su simple presencia era la causa del tormento.

William, incapaz de contenerse, se inclinó hacia Catherine y murmuró con sorna:
—Imagina, cariño, vivir atormentado por cada inhalación de polen que suelta tu propio Digimon. Es como casarte con alguien que te da migrañas permanentes. Una tragedia griega.

Catherine le lanzó una mirada reprobatoria, pero su sonrisa no se borró. La situación tenía, para ella, un matiz casi delicioso: no sólo estaba demostrando su utilidad, sino que se situaba por encima de otra Floramon menos afortunada.

Jijimon, cansado de las florituras verbales, carraspeó y golpeó su bastón contra el suelo.
—La misión es sencilla, pero urgente. Hay una flor medicinal en la Selva Tropical. Sus pétalos y su polen, preparados correctamente, neutralizan cualquier reacción alérgica al polen de Floramon. El problema es que la flor es escasa, difícil de localizar y manjar predilecto de ciertos Digimon anfibios.

William arqueó una ceja, divertido.
—Ah, qué maravilla. Una caminata sofocante por la jungla, todo para arrancar flores a escondidas de unos batracios glotones. Ni el mismísimo Byron podría haber soñado un cuadro más romántico.

Catherine, en cambio, asintió con formalidad.
—Aceptamos la misión. Mi conocimiento de las plantas garantizará el éxito.

—Eso espero —gruñó Jijimon—. Aunque es una quest de rango D, que nadie piense que el Mundo Digital regala soluciones.

El Tamer enfermo intentó expresar su gratitud, pero sólo consiguió otro estornudo devastador que obligó a William a apartarse con teatral exageración.

—¡Por favor! Que alguien le dé un cubo, o voy a necesitar un paraguas —dijo, sacando su peine de plata para volver a retocar su melena.

Catherine, en cambio, se inclinó con una cortesía refinada.
—No tema, pronto tendrá su remedio. Y podrá volver a disfrutar del té con su Floramon sin lágrimas involuntarias.

William la observó de reojo y, aunque mantenía la sonrisa irónica, había un brillo de complicidad en sus ojos. La situación era absurda, sí, pero también era la primera oportunidad real de demostrar que ellos, recién llegados, podían ser útiles.

Mientras abandonaban la sala rumbo al portón de la ciudad, William se estiró como si acabase de terminar una función teatral.

—Bueno, querida, nuestra primera misión oficial: salvar a un hombre de morir asfixiado… por el amor alérgico de su propia Floramon. Espero que al menos nos paguen en algo más que pañuelos usados.

Catherine, con su tono de superioridad serena, respondió:
—No lo entenderías, William. Algunas cosas no se hacen por dinero. Se hacen por prestigio… y porque es lo correcto.

Él la miró, alzando una ceja rubia perfectamente peinada.
—Y yo que pensaba que ambas cosas eran lo mismo.

Y así, entre sarcasmos, sonrisas falsas y una extraña chispa de determinación, el dúo partió hacia la selva tropical, ignorantes aún de los chapoteos que los esperaban bajo las hojas gigantes.
 
OP
OP
D_Numeritos

D_Numeritos

Usuario
El sol del Mundo Digital nunca parecía decidirse entre lo real y lo artificial. Brillaba con un calor sofocante, pero su resplandor tenía una textura de mosaico pixelado que desconcertaba a William Cuthbert, más acostumbrado a los cielos nublados y los jardines bien podados de la campiña inglesa.

Apenas cruzaron el portón de File City y se internaron por la senda que conducía a la Selva Tropical, William suspiró con dramatismo, como si estuviese a punto de adentrarse en el mismísimo purgatorio.

—Querida Catherine, si alguna vez me pierdo entre estas lianas y humedad indecente, por favor asegúrate de que en mi epitafio figure: aquí yace un joven de buen linaje, devorado por mosquitos digitales antes de poder debutar en la alta sociedad de este mundo absurdo.
Catherine, acostumbrada a su verborrea, no pudo reprimir una risita contenida. Caminaba con gracia, alzando apenas el faldón de hojas que conformaba su cuerpo, sin que el barro ni la vegetación la incomodaran lo más mínimo.

—Dramático como siempre, William. Pero deberías saber que este lugar fue mi hogar durante mucho tiempo. La Selva Tropical… —hizo una pausa breve, como quien evoca un recuerdo con matices contradictorios—. Aquí crecí, aquí aprendí a sobrevivir recolectando plantas, comerciando con lo que encontraba.

William arqueó una ceja rubia, sacando su inseparable cepillo para dar un par de pasadas a su flequillo antes de responder.

—¿Y abandonaste este paraíso verde por las comodidades de la civilización? Qué valiente… o qué astuta.

—Astuta, sin duda —replicó ella, con su sonrisa refinada, aunque en sus ojos brillaba un destello de orgullo—. En la jungla no hay prestigio, ni oportunidades, sólo lucha por cada pétalo. En la ciudad, en cambio, hay contratos, contactos, alojamiento… y té servido a la temperatura correcta. Créeme, William, fue la mejor decisión que pude tomar.

Él se llevó una mano al pecho, como si hubiese escuchado un poema sublime.

—Por supuesto. No podía esperar menos de ti. Abandonar la vida salvaje para abrazar las ventajas de la civilización… suena como algo que yo mismo habría hecho. Aunque, francamente, yo jamás habría sobrevivido a una sola noche entre estos mosquitos mutantes.

Mientras avanzaban, la selva se desplegaba ante ellos como un organismo vivo: hojas gigantes rezumaban humedad, lianas colgaban como serpientes dormidas, y un murmullo constante de insectos digitales zumbaba en el aire. El suelo estaba cubierto de barro viscoso que hacía chasquidos sonoros bajo cada paso de William, quien protestaba con cada nueva mancha en sus zapatos impecables.

—Esto es una ofensa directa a la moda —gimió, levantando el dobladillo de sus pantalones—. Estoy seguro de que estos zapatos fueron diseñados para los pasillos alfombrados de Eton, no para pantanos infestados de datos.
Catherine, en cambio, se movía con naturalidad. Sus sentidos botánicos reconocían cada olor, cada vibración. Se detuvo frente a una orquídea resplandeciente y aspiró su aroma digital.

—Ésta no sirve para lo que buscamos, pero es deliciosa… solía venderlas a los Gabumon viajeros. Tenían un gusto caro, como yo.

—Un gusto caro, dices… —respondió William con ironía—. Justo lo que necesitamos ahora que nuestra primera misión nos pagará lo justo para… ¿comprar un terrón de azúcar?

El comentario arrancó una risita de Catherine, que pronto se apagó al escuchar un chapoteo en la distancia. Ambos se miraron en silencio, y por un instante, la teatralidad cedió a la tensión. Entre el rumor de las hojas y el zumbido de insectos, se filtraba un sonido acuático: como pequeños cuerpos deslizándose en charcos.

—Betamon… —murmuró Catherine con seguridad, entornando los ojos—. Y si no me equivoco, también Modokibetamon. Les encantan las flores brillantes, especialmente las medicinales.

William suspiró como un actor que recibe su primera línea trágica.

—Magnífico. No sólo tenemos que encontrar una flor que se esconde mejor que un aristócrata arruinado, sino que también debemos competir con sapos glotones que se creen gourmets. ¿Seguro que no prefieres regresar a tu cómoda habitación en la ciudad y dejar que otro loco se encargue?
Pero Catherine negó con calma.

—No, William. Esta misión es nuestra. Es la primera, y aunque sea pequeña, será la prueba de que podemos abrirnos camino en este mundo. Además… —se inclinó hacia él con una sonrisa taimada— me niego a dejar que esos anfibios disfruten de un manjar botánico que yo aún no he probado.

William la miró de reojo, sorprendido por un instante de honestidad casi voraz en aquella Floramon siempre tan educada. Luego, con un ademán exagerado de capa invisible, declaró:

—Pues adelante, Catherine. Conduce tú. Yo, como buen caballero británico, me limitaré a seguirte, a quejarme en exceso y a salvar tu vida en caso de que alguna liana intente estrangularte.

El dúo avanzó entre la espesura, uno con la dignidad de una investigadora botánica y el otro con la histriónica gracia de un actor que teme ensuciarse el traje. Pero en el fondo, ambos compartían una chispa de entusiasmo: la certeza de que aquella humilde misión —cazar flores antes que los sapos glotones— era, en realidad, su primera prueba como compañeros.

Y la selva, con susurros húmedos y sombras verdes, parecía sonreír ante su llegada.
 
OP
OP
D_Numeritos

D_Numeritos

Usuario
La selva se cerraba sobre ellos como un teatro con las cortinas bajadas. Cada paso que daban abría un nuevo acto, revelando luces verdes filtradas, sombras danzantes y un coro de insectos digitales que parecían ensayar sin cesar una pieza experimental.

William, con un pañuelo blanco que agitaba para espantar zumbidos, dejó escapar un suspiro digno de tragedia griega.

—Si alguna vez regreso vivo a File City, querida Catherine, exigiré una medalla. No por el hallazgo de esa bendita flor, sino por sobrevivir a este sauna de hojas pixeladas.

Floramon se giró hacia él con paciencia cultivada, la misma que usaría una institutriz con un niño mimado.

—Te quejas demasiado, William. Escucha —levantó una de sus manos verdes y sus pétalos se estremecieron como antenas—. ¿Lo oyes?

El joven calló. Entre los chillidos distantes de algún Birdramon y el rumor de las hojas agitadas por el viento húmedo, emergía un sonido distinto: chapoteos acompasados, como si cuerpos viscosos se arrastraran de charco en charco.
William alzó una ceja con gesto teatral.

—Ah, nuestros rivales anfibios hacen su entrada en escena. No dudo que vendrán con la discreción de un elefante en una tienda de porcelanas.
Floramon esbozó una sonrisa, no tanto por el comentario como por la ironía del destino.

—¿Lo notas, William? Dos Floramon persiguiendo una flor rara… ¿No es un poco ridículo? Casi podría decirse que es poético.
Él rió suavemente, aunque en su interior sintió un retazo de verdad en sus palabras.

—Poético, dices. Aunque si me das a escoger, prefiero la poesía de Keats antes que la de los sapos glotones que compiten con nosotras.

El sendero se tornó cada vez más fangoso. Aquí y allá, huellas redondeadas quedaban marcadas en el barro húmedo: pequeños círculos con hendiduras, evidentes incluso para los ojos poco entrenados de William. Floramon se inclinó para examinarlas, rozándolas con su mano vegetal.

—Son frescas. Muy frescas. Apostaría mis raíces a que hay Betamon cerca.

William se agachó con cierta dificultad, arrugando la nariz con gesto de asco.

—¿Y esos otros rastros más grandes? Porque no me digas que este surco en el barro lo hizo un simple Betamon.
Floramon lo miró con una calma orgullosa.

—Modokibetamon. Más grandes, más voraces, y también más testarudos. Si están aquí, la competencia será dura.

El joven se enderezó con gesto resignado, sacudiéndose la humedad de las manos con repugnancia.

—Magnífico. Un concurso de botánica compartido con un jurado de sapos que babean. No puedo imaginar mejor debut para nuestra carrera de tamers.

Floramon lo observó, y aunque su expresión era refinada, en el fondo se la notaba satisfecha. Había algo curioso en ayudar a otra de su especie, en demostrar que una Floramon podía guiar y proteger en la jungla donde había crecido. Había dejado atrás aquella vida, sí, pero volver para guiar a alguien más le producía una especie de satisfacción secreta.

Continuaron avanzando, atentos a los rastros. La humedad se volvió más densa, casi pegajosa, y un olor dulce, floral, empezó a filtrarse entre los troncos. Floramon aspiró profundamente y sus ojos brillaron.

—Es aquí. Muy cerca. El aroma de esa flor es inconfundible… medicinal, delicado, y al mismo tiempo poderoso.

William fingió desmayo, apoyándose contra un árbol como un actor en su gran escena final.

—Por fin, un rastro de esperanza. Catherine, si esa flor resulta estar oculta en algún pantano putrefacto, prometo que haré de tripas corazón. Pero no me pidas sonreír mientras me hundo en barro hasta la cintura.

Floramon se rio suavemente, aunque enseguida alzó la mano para imponer silencio. El chapoteo estaba más cerca. Entre las raíces encharcadas y los charcos que reflejaban un cielo verdoso, dos siluetas asomaron apenas: una piel verdiazulada que brillaba húmeda y una cresta dorsal que se movía lentamente. Betamon.

—Ya están aquí… —susurró Catherine, con una mezcla de calma y alerta.

William entrecerró los ojos, su tono cargado de ironía.

—Perfecto. Los comensales han llegado al banquete, y nosotros aún no tenemos la mesa puesta.
Los anfibios se detuvieron, como si hubieran percibido algo. El silencio fue pesado, denso, roto sólo por el goteo constante de agua desde las hojas gigantes.

Floramon entrelazó los dedos y murmuró:

—Será difícil, William. Encontrar la flor antes que ellos no será cuestión de suerte, sino de ingenio.
Él sonrió con esa elegancia británica que parecía inmutable incluso en la selva.

—Querida, si hay algo en lo que siempre confié más que en mi fortuna familiar, ha sido en mi ingenio.
Con esas palabras, ambos se adentraron un poco más, con la certeza de que la verdadera búsqueda —la primera prueba de su dúo— apenas estaba comenzando.
 
OP
OP
D_Numeritos

D_Numeritos

Usuario
El silencio en la selva era un espejismo: debajo de esa calma aparente bullía un pulso contenido, como si la misma vegetación supiera que había algo en juego. Las huellas frescas de Betamon se multiplicaban a su alrededor, marcando charcos, raíces y lodo con la insistencia de quienes conocían cada rincón húmedo de ese ecosistema.

William avanzaba con un pañuelo en la mano, no para limpiarse el sudor, sino como si fuese un estandarte improvisado. En su rostro había una mezcla de desdén y nerviosismo; no soportaba la humedad, pero odiaba aún más la idea de ser derrotado por unos "renacuajos tragaflores", como los había bautizado en su mente.

—Querida Catherine —murmuró mientras apartaba una liana digital con gesto teatral—, si la ironía es el motor de este mundo, creo que acabamos de comprar pasaje en primera clase. Dos Floramon compitiendo por salvar a un pobre humano alérgico… ¡cuando lo más lógico sería que fueran a terapia de pareja!

Floramon rio por lo bajo, aunque no apartó sus ojos brillantes del entorno.

—Yo lo llamaría justicia poética. Admitámoslo: es refrescante ayudar a alguien que de verdad comparte mi especie. Al menos no me han pedido que rescate a una Palmon o a una Alraumon.

William arqueó una ceja, intrigado.

—¿Tanto las detestas?

Ella respondió con voz suave, casi melancólica:

—No es odio. Simplemente… la vida en la selva me enseñó que no todas las flores se cuidan igual. Yo elegí civilización, conocimiento, palabras. Ellas eligieron raíces, sombras y tierra. No somos enemigas, pero tampoco somos hermanas.

William la miró con renovada seriedad, sorprendido por la franqueza. Seguía dudando de que fuera cierto. Él era dado al rencor y a la inquina. Un segundo después volvió a su pose habitual, elegante y distante.

—Pues bien, Catherine, este caballero hará de escudero digno para la dama de los jardines. No dejaré que unos sapos babosos arruinen tu primera incursión como miembro oficial de la Unión de Tamers.

El suelo cedió bajo sus pasos con un chasquido fangoso. El olor dulzón de la flor medicinal se intensificó, señal inequívoca de que estaban cerca. Y no eran los únicos en notarlo.

Entre las raíces sobresalientes, dos Betamon se deslizaron con la agilidad de flechas viscosas. Sus ojos amarillos brillaban con hambre, no de violencia, sino de gula. El polen de la flor era un manjar demasiado tentador como para dejarlo escapar. Tras ellos, un movimiento más pesado y lento agitó el agua estancada: un Modokibetamon, con su caparazón endurecido y sus patas fornidas, emergía como un rey anfibio dispuesto a reclamar su botín.

William palideció un instante, pero recuperó su compostura con rapidez.

—Ah, la noble competencia. Qué pintoresco sería todo esto si no estuviera en juego mi integridad física.
Floramon dio un paso al frente, los pétalos de su cabeza vibrando como si respiraran vida.

—William, no podemos perder tiempo. La flor está cerca, puedo sentirla. Si esos tres llegan primero… adiós cura, adiós recompensa.

—Y adiós dignidad —añadió él, en tono solemne.

El grupo de anfibios se detuvo, midiendo a los intrusos. No parecían tener intención de luchar de inmediato, pero la tensión en el aire era clara: una carrera contra reloj. Cada cual entendía que sólo habría una cosecha válida.

Floramon no esperó. Sus raíces golpearon el suelo, extendiéndose como látigos vivos para ganar terreno y crear un sendero entre los charcos. William la siguió, maldiciendo su ropa salpicada de barro, mientras detrás los Betamon chapoteaban con rapidez sorprendente.

El aroma floral los guiaba como un faro invisible. Entre ramas densas y lianas que colgaban como trampas, lograron abrirse paso hasta un claro diminuto. Allí, rodeada de helechos digitales que parecían reverenciarla, crecía la flor medicinal. Sus pétalos eran enormes, cada uno de un color distinto: azul, amarillo, rojo y violeta, y todos brillaban con un fulgor que casi parecía líquido.
William se detuvo, fascinado.

—Por todos los clásicos ingleses… Shakespeare se habría inspirado en esto para un nuevo sueño de una noche de verano.
Pero la poesía dio paso al peligro. El Modokibetamon avanzaba detrás, pesado y decidido, con la certeza de que esa flor sería su banquete. Los Betamon ya saltaban por los charcos, cerrando distancia.

Floramon apretó los dientes y se giró hacia su compañero.

—William, no hay elección. Yo mantendré ocupados a esos anfibios. Tú toma los pétalos y polen, rápido.

Él la miró como si acabara de pedirle que se lanzara al mar con un saco de piedras.

—¿Yo? ¿Arrancar una flor que podría estornudarme encima de por vida?

—¡William! —replicó Floramon, con un tono que no admitía réplica.

El joven suspiró con resignación, desplegando toda su teatralidad.

—Muy bien, querida. Pero que conste en actas que si muero ahogado en polen, mi fantasma te culpará por la eternidad.
Se arrodilló con torpeza, extendiendo un pañuelo sobre la flor para evitar tocarla directamente. Mientras tanto, Floramon alzaba sus brazos, y de sus manos brotaron látigos de enredaderas que chasquearon en el aire, interponiéndose entre los anfibios y su objetivo.

El primer choque había comenzado. Y aunque era apenas su primera misión, ambos sabían que el éxito dependía de algo más que fuerza: dependía de ingenio, sincronía y la confianza que apenas empezaban a forjar.
 
OP
OP
D_Numeritos

D_Numeritos

Usuario
El claro se convirtió en escenario, y Floramon en la bailarina principal. Cada movimiento suyo desprendía la gracia de quien conocía cada rincón de aquella selva, pero también la determinación de alguien que no pensaba ceder ni un pétalo. Sus enredaderas se agitaban en el aire como cintas de un espectáculo coreográfico, aunque el chasquido seco al golpear el lodo contra los Betamon recordaba que aquello era una contienda real.
Los dos anfibios saltaron en un intento de flanquearla, sus cuerpos eléctricos lanzando chispazos apenas perceptibles en la humedad del ambiente. Floramon giró sobre sí misma, clavando raíces en el suelo y levantando una muralla improvisada de helechos que brotaron al instante, espantando a uno de los Betamon con un sobresalto.

—¡Qué escándalo! —exclamó William, que aún forcejeaba con el pañuelo extendido sobre la flor medicinal—. ¡Parece un número de ballet, salvo por el detalle repugnante de los sapos!

—¡Concéntrate, William, o serás tú quien de príncipe pase a sapo! —gritó Catherine, sin perder la compostura de su combate—. ¡Necesito tiempo!

Él resopló, sacudiendo la cabeza para apartarse un mechón rubio empapado de sudor. Arrodillado, examinó la flor con esa mezcla de repulsión y fascinación que sólo alguien como él podía mantener. El polen brillaba en el aire como un polvo de estrellas, provocándole cosquillas en la nariz. Contuvo el estornudo con un esfuerzo sobrehumano.

—Maldita ironía… el remedio para un tamer alérgico a su Floramon podría dejarme igual que él. Si esto no es poesía, que alguien me corrija.

El Modokibetamon dio un paso adelante, pesado como un tambor de guerra. Sus ojos ámbar reflejaban más hambre que furia, pero su imponente caparazón y sus patas palmeadas recordaban que era un rival muy distinto a los inquietos Betamon. Floramon tensó sus enredaderas como si fuesen cuerdas de un arco, dispuesta a frenar a aquella mole anfibia.

—¡Catherine! —advirtió William, alzando apenas la vista—. Ese parece más tragón que sus primos.

—Lo sé —respondió ella con frialdad—. Pero he vivido aquí antes, William. Conozco su tipo. No tienen paciencia, sólo hambre.

Dio un salto hacia adelante, estrellando una de sus enredaderas contra el caparazón del Modokibetamon. El golpe resonó como una campana hueca, pero no lo detuvo. El anfibio avanzó un par de pasos más, sus fauces abiertas en dirección a la flor.
En ese instante, William actuó. Quizás más por instinto teatral que por valentía, arrancó con cuidado un pétalo, doblándolo con mimo dentro de su pañuelo. El polen flotó en el aire y le arrancó un inevitable estornudo.

—¡Ah-CHÍS! —exclamó, tambaleándose con lágrimas en los ojos—. ¡Por todos los vinos caros de mi padre, Catherine, espero que esto valga la pena!

El Modokibetamon giró hacia él, atraído tanto por el aroma de la flor como por el movimiento brusco del humano. Y por un momento, William sintió que todo su mundo se reducía al reflejo viscoso de aquellos ojos anfibios.

Floramon no dudó.

—¡Ahora!

Con un chasquido, liberó su polén directo hacia su oponente. Esta vez fue Modokibetamon el que estornudó su fuerza, tropezando. El peso del Digimon lo traicionó: al dar un paso más, quedó atrapado entre lianas y raíces, resbalando en su propio esfuerzo. Rugió, furioso, mientras los Betamon lanzaban chorros eléctricos que apenas alcanzaban la muralla improvisada de helechos. Catherine soltó otra ráfaga de polen, que este esquivó, alejándose un poco de ellos.

William, recuperando un ápice de coraje, aprovechó la distracción. Arrancó otro pétalo, luego un tercero, hasta reunir lo suficiente. Con cada corte, el polen le hacía lagrimear y le arrancaba otro estornudo, pero se obligó a seguir, doblando las muestras con pulcritud dentro de su pañuelo de lino.

—Tres pétalos, una pizca de polen… y una reputación que jamás se recuperará. Magnífico.

Floramon retrocedió hacia él, aún tensando sus enredaderas para mantener a raya a los anfibios.

—¿Lo tienes?

—Lo tengo —respondió él, alzando el improvisado paquete como si fuese un trofeo—. Y creo que jamás volveré a ver el té de manzanilla con los mismos ojos.

Los Betamon, frustrados, lanzaron un último chapoteo antes de retirarse, conscientes de que la flor ya no era suya. El Modokibetamon, aún atrapado, emitió un sonido grave, más decepción que ira, y tras unos segundos de forcejeo se liberó y se perdió entre las aguas, dejando tras de sí sólo ondas y silencio.

El claro quedó en calma, con la flor aún brillando pese a la pérdida de algunos pétalos. Floramon respiró hondo, girando hacia William con una sonrisa tenue.

—Buen trabajo.

Él, con los ojos rojos y el pañuelo en alto, soltó una carcajada irónica.

—Querida, si esto es lo que significa ser un tamer amateur, temo que jamás llegaré a profesional.
Ambos sabían, sin embargo, que habían superado algo más que una simple prueba. No se trataba sólo de un combate o de una recolección; era el inicio de un vínculo. Entre estornudos, ironías y enredaderas, se habían demostrado capaces de apoyarse mutuamente. Y en el Mundo Digital, ese era el primer y más valioso paso.
 
OP
OP
D_Numeritos

D_Numeritos

Usuario
El camino de regreso a File City se sintió más ligero, aunque sus botas aún chapoteaban en barro y el pañuelo con los pétalos seguía impregnando el aire con aquel aroma dulzón que había hecho llorar a William durante buena parte de la marcha. La jungla, siempre vibrante, parecía ahora un coro de susurros satisfechos, como si los árboles se alegraran de que aquella flor no hubiese terminado en el estómago de un anfibio glotón.

William, con el torso erguido y un aire de nobleza lastimosa, hablaba sin cesar, como si cada estornudo anterior necesitase ser compensado con un comentario ingenioso.

—Estimada Cath, debo confesarlo: jamás pensé que mi primera hazaña en este mundo consistiría en robarle la cena a un ejército de sapos. Esperaba algo más… caballeresco, quizá un dragón, una espada mística, un baile de máscaras. Y sin embargo aquí estamos: yo, el eterno antihéroe, cargando un ramo que podría matarme de rinitis.

Floramon lo escuchaba con la paciencia de quien sabe que William necesitaba esas palabras tanto como aire para respirar. Caminaba junto a él con un porte distinto: orgullosa, serena, como si haber protegido aquella flor y a su compañero le hubiese devuelto un pedazo de la dignidad que había perdido en la selva cuando su tribu la dejó atrás.

—No lo subestimes —respondió con voz tranquila—. Cada pétalo que llevamos es una prueba de que podemos cumplir lo que prometemos. Hoy es polen, mañana será algo mayor. Así funcionan las raíces: crecen poco a poco, pero al final sostienen todo un bosque.

William arqueó una ceja, intrigado por aquella metáfora.

—¿Me estás llamando… árbol?

—Quizá bonsái —rió Catherine, con esa falsa dulzura que escondía siempre un filo de ironía—. Hermoso, cuidado, pero necesitado de constante atención.

Él soltó una carcajada sincera, sorprendido por lo certero de la comparación. Por un instante, ambos caminaron en silencio, disfrutando de esa complicidad recién nacida.


Cuando llegaron a la plaza central de File City, Jijimon ya los esperaba. Su bastón golpeaba suavemente el suelo, marcando el compás de la vida en esa ciudad que tanto debía a la llegada constante de nuevos tamers. Junto a él, un joven de aspecto pálido, ojos hinchados y nariz enrojecida esperaba con ansiedad. A su lado, una Floramon que intentaba ocultar su incomodidad, manteniéndose a prudente distancia para no empeorar la situación de su compañero.

William se detuvo, observando la escena con una sonrisa cargada de ironía.
—El reflejo en el espejo, Catherine. Nosotros mismos, pero con mocos.

Floramon le dio un codazo leve.
—Compórtate.

Con gesto ceremonioso, William desplegó el pañuelo, presentando las muestras como si fueran reliquias sacras. El joven receptor abrió los ojos con alivio inmediato, mientras Jijimon asentía satisfecho.

—Han hecho un buen trabajo —dijo el anciano Digimon, tomando los pétalos con sumo cuidado—. Con esto podremos preparar el remedio. No es una misión gloriosa, pero es necesaria.

William sonrió, inclinando ligeramente la cabeza.
—En mi experiencia, Jijimon, lo necesario rara vez es glorioso. Pero sin duda paga las cuentas… ¿verdad?

El anciano rio por lo bajo y le entregó una pequeña bolsa con bits. El tintineo metálico fue menos épico de lo que William había imaginado; apenas unas monedas que sonaban huecas. Él alzó la bolsa, la pesó con la mano y suspiró.

—Ah, la cruel realidad de ser amateur. Ni siquiera me alcanza para un té de calidad.

Floramon, en cambio, parecía satisfecha.

—Lo importante es que cumplimos. Y que la Unión nos tendrá en cuenta. Un día, estas pequeñas misiones serán el suelo sobre el que creceremos.

El joven alérgico los miró con lágrimas de agradecimiento en los ojos, aunque era imposible saber si eran por emoción o por el polen aún en el aire.

—Gracias… de verdad. No sé qué habría hecho sin ustedes.

William se inclinó con un gesto teatral, como si recibiera una ovación invisible.

—Querido, lo que has hecho es regalarnos nuestra primera victoria. Y, con suerte, la primera de muchas.

Floramon observó a la otra Floramon durante unos segundos. No había rivalidad en su mirada, sino una chispa de satisfacción: esta vez, había sido ella la que tendió la mano.


Cuando la pareja se retiró hacia el alojamiento que Jijimon ofrecía a los recién llegados, el sol comenzaba a caer sobre File City, tiñendo las calles con un brillo anaranjado. William, jugando con la bolsa de bits, soltó un comentario final.

—Catherine, querida, creo que hemos aprendido dos cosas hoy: primero, que soy terriblemente fotogénico incluso cubierto de barro; y segundo, que las aventuras empiezan con pasos pequeños… y pagos aún más pequeños.

Ella rio suavemente, sacudiendo sus pétalos como si asintiera.

—Pero mientras tengamos té, William, podremos esperar las grandes recompensas.

El joven lo pensó un instante, y con una sonrisa pícara concluyó:

—Entonces brindemos con té, por nuestro futuro. Aunque sea barato.

Y así, entre risas, cansancio y una ironía compartida, terminó su primera misión: un gesto modesto en apariencia, pero el comienzo de una alianza que, como las raíces bajo tierra, crecería en fuerza con cada día en el Mundo Digital.
 
Arriba