Rango C Protege el Fuerte [Jonah y Jorge]

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"¡Protege el Fuerte!" [C]
NPC involucrado: Ludomon,
Sinopsis: Hay información del avistamiento de un Ludomon, un Digimon perteneciente a una especie recién descubierta, transitando la Montaña de Basura. Al parecer Ludomon está trabajando en un pequeño proyecto de construcción: Un fuerte hecho a base de la chatarra que se puede encontrar por todo el vertedero. ¿Para qué construye un fuerte? No sabemos. ¿Que hará cuando lo termine? ¡Protegerlo, claro! ¿De qué o quién lo va a proteger? Tampoco sabemos. ¿Importa? ¡Claro que no, los fuertes son divertidos! Ludomon busca ayudantes que le permitan terminar el fuerte y luego lo protejan de... lo que sea que va a atacarlo, Escenario: Montaña de Basura, Objetivos:, Ayudar a Ludomon a construir el fuerte Proteger el Fuerte de los atacantes y a Ludomon
Notas:,
Construir el fuerte requerirá de mover chatarra pesada y apilarla, una labor árdua que requiere cautela. Tengan cuidado de no causar derrumbes o ser sepultados entre la basura Ludomon no ha dado información sobre qué o quién planea atacar el fuerte que está construyendo, solo que es algo que él (un Child) no podría enfrentar solo. Se cree que se trate de rufianes o de un Digimon habitante de la basura, aunque tampoco podemos descartar que se trate de un juego que están tomando muy en serio. Aunque el fuerte no sea importante, la especie de Ludomon si lo es. Existe la posibilidad que alguien más lo haya visto y aproveche que está distraído con la construcción para capturarlo

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El cuartel de Caliburn de la Isla File estaba en silencio cuando Jorge empujó la puerta y entró.

No era un silencio absoluto —los sistemas básicos seguían activos, algún monitor parpadeaba con luz tenue y el zumbido constante de la infraestructura digital seguía ahí—, pero sí era un silencio distinto. Más amplio. Más evidente. El tipo de silencio que solo se hacía presente cuando faltaban voces conocidas.

Jorge cerró tras de sí con cuidado, casi por costumbre, y dejó escapar un suspiro que no supo muy bien en qué punto del camino se le había formado en el pecho. Aflojó el nudo de su abrigo y avanzó unos pasos, mirando alrededor con una mezcla de familiaridad y ligera incomodidad. Aquella noche, el cuartel parecía más grande de lo normal.

No estaban los otros miembros de Caliburn.
No había risas lejanas, ni discusiones técnicas elevando el tono, ni Digimon moviéndose de un lado a otro ocupando demasiado espacio. Solo quedaban ellos tres.

—Volviste —dijo una voz desde el interior.

Jorge alzó la vista.

Lara estaba cerca de una de las mesas de trabajo, fingiendo revisar un montón de piezas que claramente ya había ordenado al menos dos veces. Sus alas se agitaban de forma irregular, demasiado rápido para alguien que pretendía parecer tranquila. Tenía la cabeza ligeramente ladeada, como si llevara rato esperando el sonido de la puerta.

Más atrás, cerca de una pared, Cassy observaba la escena en silencio. Tailmon estaba sentada con las piernas recogidas, con su cola balanceándose despacio, rítmica, como un metrónomo. No había sorpresa en su expresión. Ni reproche. Solo una atención serena, calculada.

Jorge tardó apenas un segundo en entenderlo.

No era casualidad que estuvieran allí.
Y tampoco era casualidad que no estuvieran haciendo nada realmente importante.

—Sí —respondió él, con un tono neutro—. Se me hizo un poco tarde.

Dejó el abrigo sobre una silla y caminó hacia el centro de la estancia. El eco suave de sus pasos parecía amplificarse por la falta de actividad. Notó entonces que Lara había dejado de fingir concentración y lo miraba de reojo, como si evaluara el momento exacto para hablar… o como si ya lo hubiera ensayado varias veces en su cabeza.

Cassy, por su parte, no se movió. Sus ojos azules seguían cada gesto de Jorge con calma, atentos pero sin invadir. Si Lara era un nervio a punto de saltar, Cassy era el ancla que mantenía la escena estable.

—Pensamos que… —empezó Lara, deteniéndose a mitad de frase—. Bueno, como no estabas y los demás tampoco…

No terminó la idea. No hizo falta. El narrador dejaba claro lo que ninguno decía en voz alta: el cuartel estaba vacío porque el resto de Caliburn no estaba. Y ellas dos habían decidido quedarse.

Jorge asintió despacio, como si aceptara una explicación que en realidad no había sido formulada del todo.

—Ha sido un día largo —comentó, más para sí mismo que para ellas.

Lara batió las alas una vez, breve, y retomó su falsa tarea con los restos de chatarra sobre la mesa. El sonido metálico fue innecesariamente fuerte en aquel ambiente callado. Cassy ladeó ligeramente la cabeza, observando a la halcón con una paciencia que rozaba la resignación.

El periodista caminó hasta apoyarse cerca de la consola central. Desde allí, la disposición del cuartel resultaba clara: demasiado espacio libre, demasiadas sombras suaves proyectadas por luces de bajo consumo. Aquello no era solo la ausencia de personas; era la ausencia de movimiento, de propósito inmediato.

Y, sin embargo, sentía las miradas.

Lara había estado esperando. Eso era evidente. No solo por cómo se había quedado despierta, sino por cómo sus alas se tensaban cada vez que Jorge se movía, como si temiera perder el momento adecuado. Cassy también lo sabía. Y había decidido no intervenir… al menos no todavía.

El silencio se estiró unos segundos más. No era incómodo aún, pero iba camino de serlo.

Jorge se pasó una mano por la nuca, consciente de que aquella calma no iba a durar demasiado. El cuartel de Caliburn rara vez se quedaba callado por mucho tiempo cuando Lara tenía algo en la cabeza. Y Cassy, aunque no lo demostrara, ya estaba evaluando cuánto iba a permitir que aquello avanzara sin poner un límite.

El silencio no duró mucho.

Lara fue la primera en romperlo, como casi siempre ocurría cuando algo le rondaba demasiado tiempo la cabeza. Se giró hacia Jorge con un movimiento que intentaba parecer natural, pero que delataba una energía contenida difícil de disimular.

—Y… —empezó, alargando la vocal mientras se acomodaba una pluma del ala— ¿cómo fue la cena?

El tono era ligero. Demasiado ligero. De esos que pretenden sonar casuales, como si la pregunta hubiese surgido de la nada, sin importancia alguna. Pero Lara no sabía fingir desinterés cuando algo realmente le importaba, y Jorge, aunque no siempre captara todas las señales, reconoció esa cadencia nerviosa en su voz.

—Bien —respondió él tras una breve pausa—. Tranquila. Nada fuera de lo normal.

No añadió más. No mencionó risas, ni conversaciones largas, ni detalles que pudieran alimentar una curiosidad que ya de por sí parecía ir un paso por delante. Se limitó a encogerse de hombros y a apoyar el peso del cuerpo de forma más cómoda, como si el asunto quedara ahí.

Lara parpadeó una vez. Solo una.

Pero fue suficiente para que Cassy lo notara.

Tailmon, que hasta ese momento había permanecido en silencio, observaba la escena con atención desde su lugar. Sus ojos se estrecharon apenas un grado cuando Lara dio un pequeño paso más cerca, como si estuviera a punto de preguntar algo adicional y se contuviera en el último segundo.

Cassy entendía perfectamente lo que estaba pasando. No era curiosidad inocente. No era solo interés amistoso. Era insistencia. Y, aunque no le gustaba, decidió no intervenir.

Su cola se detuvo un instante antes de retomar su balanceo lento. Cassy cruzó los brazos con suavidad, sin tensión visible, pero en su expresión había una sombra de desaprobación contenida. No hacia Jorge, sino hacia la halcón. Lara llevaba rato orbitando alrededor de una idea que no terminaba de verbalizar, y Cassy podía sentir cómo ese ir y venir comenzaba a rozar el límite de lo incómodo.

Aun así, permaneció al margen.

No porque no le importara. Sino porque sabía que intervenir en ese momento solo añadiría fricción innecesaria. Ya había aprendido que batallas luchar contra Lara.

Jorge, por su parte, no parecía incómodo. O, al menos, no lo suficiente como para reaccionar. Contestó con la naturalidad de quien no cree estar diciendo nada comprometedor, ajeno —como tantas otras veces— a las capas de lectura que otros podían encontrar en sus palabras.

—Me alegro —dijo Lara al fin, con una sonrisa que se armó un segundo tarde—. Digo… que haya sido tranquila.

Sus alas se plegaron un poco más de lo habitual, y dio medio giro, fingiendo interés por otro punto del cuartel. El gesto era revelador: había preguntado lo que necesitaba, pero no había obtenido la respuesta que buscaba.

Cassy la observó de reojo.

Sabía que Lara estaba forzando el ritmo. Sabía también que Jorge no siempre era bueno poniendo límites claros, no por falta de carácter, sino porque tendía a asumir que todo se decía con la misma intención con la que él hablaba: directa, simple, sin dobles fondos.

Aun así, Cassy confió. Confió en que, llegado el momento, Jorge sabría marcar la distancia necesaria. O, al menos, en que aprendería a hacerlo. Era algo que ella misma se lamentaba mucho de no hacer, con su antiguo tamer. Agradecía no tener que hacerlo con Jorge, pero ello no quitaba para que la dinámica entre los tres fuera complicada.

Por ahora, se limitó a seguir observando, en silencio, dejando que la conversación avanzara sola, consciente de que aquella pregunta aparentemente inocente era solo el inicio de algo más.

Lara no tardó en volver a la carga.

—Quiero decir… —añadió, como quien recuerda algo de pronto—, no es que salgas a cenar todos los días con Jonah, ¿no?

El comentario cayó con una ligereza ensayada, pero la intención era clara. Lara se apoyó en una mesa cercana, cruzando una pierna sobre la otra, fingiendo una postura relajada que no terminaba de encajar con el brillo atento de sus ojos.

—Supongo que no fue solo una cena cualquiera —remató, encogiéndose de alas—. Con él nunca lo es. Ya viste como terminó el café que nunca llegó.

Jorge levantó ligeramente la cabeza, sorprendido más por el énfasis que por el contenido.

—Bueno… —dijo tras pensarlo un segundo—, fue una cena para celebrar que la misión salió bien. Nada más.

Su respuesta fue honesta. Y, como tantas veces, insuficiente para desactivar lo que realmente flotaba en el ambiente.

Cassy alzó la mirada entonces. No habló. No hizo falta.

Sus ojos se clavaron en Lara con una claridad casi incómoda, una advertencia silenciosa que no dejaba lugar a interpretaciones: basta. La molestia no era explosiva ni abierta, sino medida, contenida… precisamente por eso más evidente. Cassy no protegía a Jorge de Lara; protegía al grupo de una tensión innecesaria que empezaba a filtrarse por una grieta mal cerrada.

Lara captó la mirada al instante.

Se tensó apenas un segundo, lo justo para delatar que había entendido el mensaje. Pero no se disculpó. Nunca lo hacía cuando sentía que no había cruzado una línea explícita. En su lugar, soltó el aire despacio y dejó caer las alas con un gesto más comedido.

—En fin —dijo, cambiando el peso de un pie al otro—. Me alegra que haya salido bien. Jonah puede ser… intenso.

Una sonrisa ladeada acompañó el comentario, esta vez menos punzante, más cercana a la broma compartida que a la insinuación. El tema había girado, no por rendición, sino por estrategia.

Jorge, ajeno a la mayor parte de ese intercambio silencioso, asintió.

—Sí —respondió—. Pero es buen chico. Tiene iniciativa.

No había notado la advertencia de Cassy ni la retirada calculada de Lara. Para él, la conversación seguía siendo una charla normal, sin subtextos ni pulsos ocultos. Su mente estaba aún en otro lugar, en el cansancio acumulado del día y en la tranquilidad momentánea de estar de vuelta en un espacio seguro.

Cassy relajó apenas la postura cuando Lara dio por cerrado el comentario. No sonrió, pero la tensión en sus hombros disminuyó un grado. Había cumplido su función sin decir una sola palabra.

Lara, por su parte, mantuvo el nuevo rumbo de la charla sin volver atrás. Había empujado un poco más de lo prudente, lo sabía, pero también había medido hasta dónde podía hacerlo sin romper nada.

Y Jorge… Jorge seguía sin entender del todo qué acababa de esquivar.

Lara fue quien rompió el pequeño silencio que se había instalado después del cambio de tema.

—Oye, Jorge… —dijo, estirando las alas con aparente despreocupación—. Estaba pensando que quizá no sería mala idea tomar otra misión pronto, aunque sea una D o una C tontorrona.

El periodista alzó la vista hacia ella, sorprendido. No tanto por la propuesta en sí —las misiones formaban parte de su rutina—, sino por el momento en que llegaba. Acababan de cerrar una quest particularmente enrevesada, y el cansancio todavía se notaba en el ambiente.

—¿Otra ya? —preguntó, sin reproche—. Pensé que querrías algo más… intenso, después de todo lo que pasó.

Lara negó con la cabeza casi de inmediato.

—No necesariamente —respondió—. Algo sencillo estaría bien. Nada que requiera a todo Caliburn movilizado, ni que nos meta en un lío innecesario.

Mientras hablaba, caminó unos pasos por el cuartel, observando la ausencia evidente del resto del equipo: puestos vacíos, herramientas sin usar, el eco de un lugar que solía estar mucho más vivo. Su tono era razonable, incluso prudente.

—Además —añadió, como quien recuerda un detalle secundario—, podríamos invitar otra vez a Jonah y a Reed. Funcionaron bien con nosotros la última vez, ¿no?

La forma en que lo dijo fue ligera, casi casual. Como si el nombre de Jonah no tuviera más peso que cualquier otro aliado ocasional. Como si no hubiera insistido tanto en la conversación previa.

Jorge se quedó pensativo.

—No te apetece algo más grande, entonces —dijo—. Algo que nos saque un poco de la rutina.

—Ahora mismo, no —contestó Lara sin dudar—. Con medio equipo fuera, no sería lo más inteligente. Ya habrá tiempo para lo espectacular cuando estemos todos.

Cassy, que había permanecido en silencio hasta entonces, observó a Lara con atención. No intervino. La explicación era sólida, lógica, difícil de refutar. Incluso sensata viniendo de alguien que solía buscar el riesgo con entusiasmo.

Y sin embargo, Lara dejaba claro lo que Cassy sí alcanzaba a intuir.

La excusa era válida… pero incompleta.

Lara no mentía, pero tampoco decía toda la verdad. Había algo más empujando esa propuesta: una necesidad menos práctica y más personal, un deseo de mantener cierto equilibrio antes de que algo —o alguien— volviera a descolocarlo.

Jorge asintió despacio, aceptando la lógica de sus palabras sin cuestionarlas.

—Está bien —dijo al fin—. Buscaremos algo tranquilo.

Lara sonrió, satisfecha, aunque no del todo por las razones que acababa de exponer.

[...]

Pasaron un par de días.

No ocurrió nada extraordinario durante ese tiempo, y quizá por eso mismo el cuartel de Caliburn se sintió distinto. Las jornadas transcurrieron entre pequeñas rutinas: informes a medio redactar, mantenimiento básico del equipo, conversaciones breves que no terminaban de cuajar en algo más profundo. Sin el resto de miembros, el lugar parecía vivir en un estado de pausa controlada, como si estuviera conteniendo el aliento. Eran los únicos que no habían ascendido a élite aún. Les quedaba poco, pero ello les había impedido ir a la misión.

Jorge retomó su ritmo habitual con la disciplina que lo caracterizaba. Revisó tablones de encargos, ordenó archivos, cruzó un par de mensajes con la Central. Pero, de forma inevitable, su mente regresaba una y otra vez a la conversación con Lara.

No era la propuesta en sí lo que le daba vueltas —tomar una misión sencilla era perfectamente razonable—, sino el momento y la forma. Lara rara vez pedía bajar el ritmo sin una razón clara. Que lo hiciera ahora, y además sugiriendo aliados concretos, era… inusual. Hawkmon era quién más ansiaba el ascenso. Velázquez no quería ir con prisas: no quería forzar a Cassy a tomar misiones demasiado arriesgadas. Apenas habían hecho una B como trío y, pese a terminar bien, le hizo sentir que ninguno de los tres estaba preparado aún para el ascenso.

Sin embargo, había algo en la propuesta de su compañera que le mosqueaba. No llegó a ponerle nombre a esa sensación. Simplemente la dejó reposar, como hacía con muchas otras cosas que prefería no analizar demasiado.

Cassy, por su parte, parecía más relajada que la noche anterior. Observaba a Jorge desde la distancia, sin la tensión contenida que había marcado su actitud durante la conversación con Lara. No había intervenido entonces, y no lo lamentaba ahora. Confiaba en que el tiempo, como casi siempre, se encargaría de suavizar los bordes.

Cuando Lara cruzaba el cuartel con su energía habitual, Cassy la seguía con la mirada un instante más de lo necesario, evaluando sin juzgar. No detectaba urgencia, ni conflicto inminente. Solo un movimiento lento, casi imperceptible, en la dinámica del grupo.

Y eso, para ella, era suficiente por ahora.

La puerta del cuartel se abrió con un sonido seco, reconocible incluso antes de que la figura que la empujaba terminara de cruzar el umbral.

—¡Hey! —la voz llegó primero, cargada de esa energía despreocupada que parecía desafiar cualquier intento de solemnidad—. ¿Se puede o el cuartel está en modo "solo Experts serios"?

Jorge alzó la vista desde el terminal que estaba revisando y, durante un segundo, su expresión fue la de quien necesita ajustar el contexto antes de aceptar la escena. Luego relajó los hombros.

Jonah estaba allí, apoyado con demasiada confianza en el marco de la puerta, como si nunca hubiera pasado un solo día desde la última vez que apareció sin previo aviso. Vestía igual que siempre, con esa mezcla de descuido y comodidad que parecía ser parte de su identidad como Tamer. A su lado, un paso más atrás, Reed observaba el interior del cuartel con atención silenciosa, registrando cada detalle como si se tratara de un entorno que debía evaluar antes de darlo por seguro.

—Supongo que sí —respondió Jorge al final—. Mientras no vengas a traer problemas.

—Prometo que hoy solo traigo… —Jonah hizo un gesto vago con la mano— buenas intenciones. Y quizá algo de curiosidad.

Reed inclinó levemente la cabeza a modo de saludo.

—Buenas tardes, Jorge. Cassy. Lara.

Su tono era el mismo de siempre: correcto, medido, sin una sola sílaba de más. A diferencia de su Tamer, no parecía alguien que llegara a un lugar sin saber exactamente por qué estaba allí.

Lara fue la primera en reaccionar. Sus alas se agitaron apenas un poco, gesto mínimo pero revelador, y una sonrisa ladeada se dibujó en su rostro.

—Vaya —comentó—. Pensé que tardarían más en aburrirse de la tranquilidad.

—Nos duró lo justo —replicó Jonah sin perder la sonrisa—. Dos días sin meternos en nada raro es mi límite personal.

Cassy los observó desde su lugar, sin levantarse. No había hostilidad en su postura, pero tampoco la familiaridad inmediata que Lara mostraba. Sus ojos dorados se detuvieron primero en Jonah y luego en Reed, evaluando. Al final, asintió con un gesto breve.

—Llegan sin aviso —dijo, más como constatación que como reproche.

—Es parte del encanto —respondió Jonah, encogiéndose de hombros—. Además, Reed insistió en que era mejor no interrumpir… demasiado.

—Consideré apropiado no llegar sin un propósito claro —aclaró Reed—. Entendemos que el cuartel no siempre está abierto a visitas improvisadas.

Jorge cerró el terminal y se levantó, adoptando esa postura suya que equilibraba cortesía y autoridad sin esfuerzo consciente.

—Entonces supongo que no vienen solo a saludar.

Jonah intercambió una mirada rápida con su compañero. No era una conspiración, pero sí una confirmación silenciosa.

—Digamos que… —empezó— nos preguntábamos si había algo en lo que pudiéramos echar una mano.

Lara no dijo nada, pero la satisfacción era evidente en la forma en que se acomodó, como si aquella llegada confirmara algo que ya había previsto. Cassy, en cambio, permaneció atenta, sin intervenir todavía. No los rechazaba, pero tampoco se apresuraba a dar por sentado el reencuentro.

Jorge los miró a ambos durante un segundo más, calibrando la escena.

No era una visita casual. Y todos, de una forma u otra, parecían saberlo.

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Tal vez Reed aún no tenía un buen ojo para leer a los humanos, pero a medida que pasaba más tiempo con Jonah comenzaba a notar ciertos comportamientos que podría catalogar como ordinarios, o normales. Por esa razón podía asegurar que justo ahora su Tamer exhibía un comportamiento que podría catalogar como “peculiar”.

Ya habían estado realizando Quests por su propia mano para conseguir algo de dinero y también las hicieron en compañía de aquel trío perteneciente a Caliburn, sin embargo, desde el término de aquella misión que dio píe a que Jonah y Jorge celebrasen la conclusión de la misma con una cena, notó que su Tamer se mostraba un poco más animado… Si es que eso podía ser posible siquiera.

Reed había concluido que se encontraba motivado por una buena racha de misiones realizadas, puede que incluso ya estuviera notando mejorías al momento de desarrollarse como Tamer. Tal vez colaborar con Jorge había sido una buena estrategia al final del día.

Ahora mismo se encontraban en las afueras de Ciudad File y estaban poniendo rumbo a dónde realizarían su siguiente asignación: el Monte de Basura. Es verdad que la locación no le llamaba para nada la atención, pero también era iluso creer que uno siempre podría controlar, o incluso elegir, el terreno donde un encargo se llevaría a cabo. Realizar tareas simples en sitios adversos podría ser un buen entrenamiento para ganar adaptabilidad.

Como era costumbre, apenas se internaron en un ambiente extraño Hackmon se desapareció de buenas a primeras mientras escudriñaba el perímetro: nada de que preocuparse, al menos por el momento. Solo había manadas de Digimon como Triceramon y Monocromon, pastando y llevando sus vidas en relativa calma; mientras no les molestaran no representarían una amenaza en el trayecto y a cambio, estos podrían servir como una alarma de emergencia si alguna amenaza se presentase, pues serían los primeros en reaccionar a esta.

–Parece que será un trayecto tranquilo, ¿verdad? –Hackmon miró a Lara aterrizando junto a él.

–Así parece –asintió–. Aunque, ¿no deberías estar escoltando a nuestros Tamers?

–Tranquilo, Cassy está con ellos –hizo un ademán con su ala para restarle importancia–. Además, quería hacerte una pregunta en privado.

–Intuyo que no es una pregunta sobre la misión.

–Iré al grano, ¿notaste algo extraño en Jonah recientemente?

Reed parpadeó por la precisión de esa pregunta, ¿era simple coincidencia o en verdad había algo “extraño” en Jonah que saltaba a la vista? Además, Hawkmon tenía un mayor historial de interacciones con humanos, no solo con su propio Tamer, sino con otros más si consideraba el hecho de que formaban parte de una de esas agrupaciones a las que llamaban Guild.

–Pues ahora que lo dices, puede que sí… pero no estoy seguro.

–¿Qué cosa en especifico?, ¿algo sucedió después de la cena?

–Ha estado de muy buen humor desde la cena –hizo una pausa recordando algo–. Aunque Jonah parece siempre estar con los ánimos altos… Sería difícil precisarlo.

–¿Pero dirías que hubo un cambio después de esa noche?

Reed asintió, Lara pareció satisfecha con esa respuesta.

–¿A qué se debe la pregunta?

La halcón cruzó sus alas y miró extrañado a Hackmon.

–¿Cómo…?, ¿no es obvio?

–¿Qué cosa?

–Jonah está interesado en Jorge.

–Eso lo sé, quiere aprender de él como Tamer. Creo que eso quedó claro desde la primera misión que hicimos.

–Sí, eso parecía... Al menos al principio, pero su interés es diferente ahora, parece ser algo más… romántico.

Reed se quedó un instante pensativo. Estaba consciente de la existencia del concepto de “amor”, después de todo, había conocido Digimon que alguna vez demostraron dicho sentimiento por otros de su especie, o incluso de una ajena, pero para su perspectiva este no difería demasiado de términos como lo serian la amistad y la camaradería.

–Pues… Si tú lo dices –frunció el ceño, un poco frustrado de no poder notar la obviedad que al parecer Lara había avistado.

Lara quiso continuar con la charla, pero parecía algo conflictuada. Puede que explicarle su teoría a alguien como Reed podría llevar un esfuerzo mucho mayor del necesario.


[. . .]


El hedor llegó mucho antes de que la Montaña de Basura fuera visible desde la lejanía. Tal y como uno podría esperarse, el lugar se trataba de un basurero, el sitio donde incontable toneladas de desechos habían sido congregadas y parte de dicho material se acumuló hasta formar un pequeño monte de deshechos que daba honor a su nombre.

Resultaba sorprendente como había basura de todo tipo, desde equipos electrónicos e incluso vehículos como trenes y coches, hasta simples envoltorios y toda clase de artefactos confeccionados con plástico.

Otro detalle que no pasó por alto la mirada curiosa de Johan fue la diversidad de Digimon que parecían haber colonizado aquél rincón del Digimundo y habían hecho del mismo su hogar. Incluso existían viviendas, montadas usando como base los esqueletos de los vehículos o contenedores de gran tamaño.

–Pareces más contento de lo que imaginé –dijo Jorge al sorprender a Jonah distraído, admirando los alrededores.

–¿Y por qué no debería estarlo? –sonrió–. Este sitio es una locura.

–Si tu lo dices –suspiró el castaño, mirando hacia abajo y haciendo una mueca al ver que esquivó por poco una caca de tono rosado, probablemente un proyectil perdido empleado por algún Numemon–. Pero yo te recomendaría ver por dónde pisas.

Al principio, creyeron que dar con Ludomon sería complicado en ese laberinto donde cualquier estructura retorcida podía ser la casa de un Digimon, o bien, una pila de simples desechos. Por fortuna, los locales sí que tenían bien ubicado al peculiar ser digital que la Central les pidió ayudar. Ludomon parecía ser una figura reconocida en los alrededores, aunque su nombre solo sonaba por la extravagante operación en la cual se encontraba sumido.

Ludomon decidió levantar su fuerte en las afueras del basurero y era por mucho la estructura dominante de los alrededores. Además sobresalía del resto de edificios en la Montaña de Basura por una simple razón: la coherencia en su armado y su evidente diseño. El edificio estaba bien construido siguiendo la lógica en lugar de simple creatividad: los cimientos se encontraban fijados al suelo, se avistaban torres a medio hacer aquí y allá funcionando como pilares estructurales que no eran mera decoración, sino también funcionaban como soporte y ramas echas de vigas metálicas creaban una red estructural fungiendo como esqueleto.

A simple vista el fuerte solo tenía un evidente acceso a su interior, donde dedujeron debería encontrarse Ludomon. Sin embargo, el grupo fue detenido a pocos metros de una zanja de apenas unos centímetros de profundidad.

–¡Identifíquense y digan su propósito!

Aunque peinaron la zona con la mirada, les resultó imposible saber de dónde provino aquel grito; incluso Reed fue incapaz de localizar al emisor del mensaje.

Jonah puso las manos en alto y habló.

–Venimos de la Central de Tamers y estamos buscando a Ludomon.

Hubo un corto silencio.

–¿La Central de Tamers?, ¿y cómo sé que dicen la verdad?

Jonah se quedó pensativo, no se le ocurrió nada al instante. Por fortuna no era el único ahí.

–Tengo entendido que fuiste tú quien se acercó a la Central para solicitar mano de obra que te ayudase a terminar este fuerte y luego defenderlo –explicó Jorge–. ¿Alguien más sabía de eso?

Otro momento de silencio que pronto fue desplazado por el sonido de objetos deslizándose y regándose por doquier. El dúo de Tamers y sus compañeros observaron anonadados como de repente un Digimon emergía de una pila de basura que había estado frente a sus narices todo este tiempo.

Ludomon era un Digimon que estaba revestido en una armadura de píes a cabeza, sin embargo esta era de un tono verdoso y la misma parecía estar conformada por incontables placas unidas de manera improvisada, creativa. Eso sumado a las incontables manchas de pintura y aceite en su superficie, hacían que el Digimon poseyera un camuflaje idóneo para la zona en la que se encontraban.

El Digimon escudo se acercó hacia ellos y los observó con detenimiento.

–Tuve los cuidados necesarios para que mi solicitud solo fuese conocida por mi y la Central, así que confiaré en sus palabras… Por ahora –asintió el escudo–. Soy Ludomon y este de aquí es mi fuerte –asintió, con orgullo–. Llegan en buen momento, he sufrido desafortunados retrasos en la construcción. Como pueden ver ni siquiera he comenzado a excavar la fosa –señaló la zanja a sus píes–. Y por supuesto, el muro perimetral ni siquiera tiene sus cimientos…

Ludomon pareció perderse en sus pensamientos mientras hablaba y les señala dónde iría cada cosa en su magna obra. Era evidente que el Digimon poseía en su cabeza una imagen clara de lo que deseaba construir, en ese sentido podría decirse que era un artista intentando materializar su obra.

–Espera un momento, Ludomon –le interrumpió el Expert–. Antes de comenzar, creo que seria justo que respondieras algunas de nuestras dudas. Por ejemplo, ¿para qué construyes el fuerte?, ¿qué amenaza vas a enfrentar para construir algo así?

Ludomon miró a Jorge y luego negó con la cabeza.

–Esa información no la necesitan ahora –dijo con un tono de recelo–. Tal vez si me demuestran ser de confianza… Les cuente algo.

–Pero si no contamos con esos detalles, ¿cómo sabremos que tan altos deben ser los muros? –trató de abogar.

–Los muros deben ser tan altos como puedan ser y tan resistentes como para soportar el embiste de la más colosal de las bestias –asintió Ludomon. Jorge arqueó una ceja, aún tratando de comprender si el Digimon estaba hablando en serio, o si todo ese asunto solo se trataba de una broma.

Jonah colocó una mano sobre el hombro de Jorge para llamar su atención.

–Ya lo oíste Jorge, esos detalles nos los contará luego. Lo único importante aquí y ahora es concluir el fuerte.

El castaño miró al de cabello cenizo. El rostro del chico parecía resplandecer y pudo notar en el tono de su voz que estaba emocionado. Velázquez pudo intuir lo que pasaba por su cabeza.

–Solo quieres construir un fuerte, ¿verdad?

Jonah respondió con una sonrisa a modo de respuesta.

–Vamos, no todas las misiones deben tomarse como si hubiese peligro de muerte, ¿o sí?

El comentario del peliplata parecía englobar bastante bien la naturaleza de aquella misión. Era verdad que alguien tan experimentado como Jorge tal vez estuviese preparado para mil y un escenarios hostiles porque solo así pudo abrirse paso en ese mundo hostil, pero era verdad que no siempre se necesitaba estar con la guardia en alto. No siempre debería existir una amenaza desconocida de la cual defenderse, o si quiera considerar su existencia.

Como Jorge no protestó, ni agregó nada más, Jonah sonrió triunfal dando por hecho de que había aceptado su argumento. De modo que se dirigió hacia Ludomon.

–Bien, jefe, ¿entonces por dónde deberíamos empezar?

–El muro es prioridad, así al menos tendremos oportunidad de defendernos si ocurre un ataque sorpresa –extendió uno de sus brazos–. Aunque abunda la materia prima, en este caso es preferible usar materiales resistentes.

–Me parece perfecto, entonces está dicho –asintió Jonah–. Trabajemos en el muro primero. Oh, podríamos buscar neumáticos, tal vez de esos contenedores que usan los barcos para transportar mercancía.

Mientras hablaba, los ojos de Jonah parecían brillar cada vez más de emoción.


[. . .]

A través de unos binoculares un Pawnchessmon de color negruzco observó como dos humanos y un trío de Digimon se acercaban al fuerte de Ludomon y sostenían una charla con este. Apenas el grupo observado se separó, pegó un salto y se zambulló en la basura.

Moviéndose a través de pasadizos despejados y diseñados para un Digimon de su especie, comenzó a descender cada vez más y más. Al final de su trayecto, el túnel se amplío hasta dar píe a una caverna.

Aquel sitio estaba decorado con la basura más fina que sus ocupantes pudieron encontrar: metales que aunque retorcidos fueron pulidos hasta sacarles algo de brillo y colocados en las paredes, telas blancuzcas colgaban del techo como si de estandartes se tratasen, docenas de alfombras y prendas rojizas habían sido acomodadas para concebir una especie de camino extendido que cruzaba la habitación hasta una plataforma construida a base de bicicletas, llantas y en la cima de la misma se hallaba un sillón reclinable, ocupado en ese momento por una figura.

Pawnchessmon se abrió paso hasta aquel trono improvisado y se arrodilló ante su ocupante.

–Traigo noticias de la superficie, señor –dijo el peón tras agachar su cabeza–. Ludomon parece haber recibido ayuda.

–¿Quién en Monte de Basura sería tan tonto como para unirse a su causa?

–No parecen ser de estas tierras, mi señor. Había dos humanos entre ellos.

–¿¡Humanos!?, ¿tan bajo has caído, Ludomon? –chasqueó la lengua.

–¿Cómo deberíamos proceder?

–Subestimar a los humanos sería un error fatal, no tendremos oportunidad alguna contra ellos si Ludomon consigue terminar su fuerte. Debemos detener esa construcción a toda costa.


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El trabajo comenzó sin una orden concreta más allá de la que Ludomon había repetido con una insistencia casi obsesiva: el muro primero. No hubo una distribución formal de tareas, ni necesidad de ella. Cada uno ocupó su lugar con la naturalidad de quienes están acostumbrados a colaborar… aunque no siempre bajo las mismas reglas.

La montaña de basura ofrecía materia prima en abundancia, pero no toda era útil.

Jorge se encontraba en un punto intermedio, tanto físico como funcional. No era quien más peso podía mover ni quien tenía el ojo más rápido para detectar fallos, pero sí el que conseguía que ambos aspectos encajaran. Arrastraba piezas junto a Jonah cuando era necesario, pero también se detenía lo justo para observar la estructura en conjunto, ajustando, recolocando, asegurándose de que cada nuevo elemento no comprometiera lo ya construido. Había en sus movimientos una meticulosidad discreta. No buscaba destacar.

A unos metros, Lara imponía el ritmo.

No lo hacía levantando la voz en exceso, ni dando órdenes constantes, pero su presencia se notaba en cómo se distribuía el flujo del trabajo. Sus alas se agitaban con energía contenida cada vez que detectaba una colocación incorrecta o un ángulo mal calculado, y no tardaba en intervenir.

—Esa viga no va ahí —indicó con rapidez, señalando con una de las plumas—. Si la apoyas así, todo el peso se te va a ir hacia dentro cuando añadamos otra capa.

Su tono no era áspero, pero tampoco amable. Era práctico. Directo. Había en ella una necesidad visible de que aquello saliera bien, de que el conjunto funcionara como debía sin margen de error. No era solo eficacia; era control.

Jonah, sin embargo, parecía operar bajo una lógica completamente distinta.

Había asumido la tarea con una energía que rozaba lo lúdico. Se movía entre montones de chatarra como si estuviera explorando un parque de juegos improvisado, encontrando utilidad donde otros veían obstáculo. Escogía piezas poco convencionales, proponía soluciones que no siempre encajaban en la lógica inmediata del resto, pero que, tras un segundo de evaluación, a veces resultaban sorprendentemente viables.

—¿Y si usamos esto como base? —propuso en cierto momento, señalando la carcasa de un motor oxidado—. Puede aguantar bastante peso si lo encajamos bien.

Lara lo miró un instante, evaluando. No respondió de inmediato. Ese pequeño silencio fue suficiente para marcar la diferencia entre cómo trabajaba ella y cómo lo hacía él. Finalmente, negó con suavidad, aunque sin descartar del todo la idea.

—Si refuerzas los laterales quizá —concedió—. Pero ahora mismo es un punto débil.

Jonah se encogió de hombros, sonriendo, como si la negativa fuera solo parte del proceso.

—Entonces lo reforzamos.

Ajustó la pieza… y esta resbaló un par de centímetros antes de encajarla. Y siguió adelante, sin tomárselo como una corrección, sino como una ampliación de la idea inicial.

Reed, por su parte, se mantenía más apartado, pero no inactivo. Observaba cada movimiento con atención clínica, desmenuzando la estructura en su mente como si se tratara del planteamiento de un combate. Cuando intervenía, lo hacía con precisión.

—Ese soporte no resistirá un impacto lateral —señaló en voz firme, dirigiéndose a Jorge—. Requiere un doble anclaje o una redistribución del peso.

No había juicio en sus palabras, solo una evaluación objetiva. Para él, aquello no era muy distinto de preparar una defensa ante un enemigo desconocido. De hecho, probablemente lo fuera en esencia.

Cassy completaba el conjunto desde un lugar menos visible… pero no menos importante.

No competía por levantar las piezas más grandes ni por dirigir el proceso. Se movía con una cadencia constante, recogiendo, descartando, desplazándose entre los demás casi sin interrumpir el flujo general. Sin embargo, cada intervención suya tenía un propósito exacto.

Se detenía ante una unión, observaba, ajustaba apenas un ángulo, sustituía una pieza por otra más sólida. Y, sobre todo, anticipaba.

—Ese punto cederá si añadimos más peso encima —dijo en voz baja, señalando una unión que, a simple vista, parecía estable.

Jorge se acercó, siguió su indicación y, tras una breve comprobación, asintió sin cuestionarla.

—Tiene razón —añadió, reajustando el soporte—. Cambiamos esto antes de seguir.

No hubo debate. No hizo falta.

Lara lanzó una mirada rápida en esa dirección, breve pero lo suficientemente larga como para registrar lo ocurrido, antes de volver a centrarse en su tarea. No dijo nada, pero redobló el pulso de su trabajo, como si la estructura misma le exigiera responder con mayor precisión.

Conforme pasaban los minutos, el muro comenzaba a tomar forma.

No era uniforme. Las piezas encajaban por necesidad más que por diseño, y aun así, había en el conjunto una lógica interna que empezaba a hacerse evidente. Vigas cruzadas formando un esqueleto firme, neumáticos encajados entre capas metálicas absorbiendo posibles impactos, fragmentos de maquinaria reconvertidos en refuerzos improvisados.

Era irregular, sí, pero funcional. Y, sobre todo, resistente.

Ludomon recorría el perímetro como una presencia constante, supervisando cada detalle con una intensidad que no disminuía a medida que avanzaban, sino todo lo contrario. Sus intervenciones eran mínimas, pero siempre precisas, corrigiendo ángulos, reforzando uniones, exigiendo más de lo que, en apariencia, la estructura necesitaba.

—Más alto —indicó en una ocasión—. Aún no es suficiente.

No especificó por qué. No explicó para qué. Solo observó el muro con ese orgullo inquieto de quien no construye por placer, sino por necesidad.

La tarea continuó. Durante un tiempo, todo encajó.

—Si vas a encajar eso ahí, al menos asegúrate de que no esté hueco por dentro —comentó Lara sin mirar directamente a Jonah, mientras señalaba con una de sus plumas la pieza que él acababa de arrastrar hasta el perímetro del muro—. Ese tipo de chatarra se deforma en cuanto soporta peso real.

Jonah, agachado junto al objeto en cuestión —una especie de contenedor metálico parcialmente intacto—, alzó la vista hacia ella con una sonrisa que no terminaba de ser desafiante, pero tampoco completamente dócil. Pasó la mano por la superficie oxidada, como si pudiera evaluar su resistencia con un simple gesto.

—No todo tiene que ser perfecto desde el principio —respondió con ligereza—. A veces funciona mejor ver hasta dónde aguanta y ajustar sobre la marcha.

Lara arqueó levemente la cabeza, y durante un instante no dijo nada. El silencio no fue incómodo, pero sí lo suficientemente largo como para subrayar la diferencia de enfoques. Al final, exhaló por la nariz con un deje casi imperceptible de impaciencia contenida.

—Eso funciona cuando puedes permitirte fallar —replicó—. Aquí no.

Lara no apartó la mirada. Jonah se encogió de hombros, aceptando la corrección sin tensionar la situación, pero tampoco cediendo del todo.

—Entonces no fallaremos —añadió, ajustando finalmente la pieza como ella había sugerido, aunque no sin antes reforzarla con un par de fragmentos adicionales que él mismo escogió.

Reed no intervino. Entrecerró levemente los ojos, sin apartar la vista.

Mientras tanto, en el otro extremo del tramo en construcción, Cassy se había detenido frente a una sección aparentemente estable. Sus dedos, ligeros pero firmes, recorrieron el borde de una unión metálica. La inclinó apenas unos grados, probando la resistencia, dejando que el peso hablara por sí mismo.

—Esto no está bien equilibrado —murmuró.

No elevó la voz. No miró a nadie en particular. La observación quedó ahí, disponible para quien quisiera recogerla.

Jorge fue el primero en hacerlo.

Se acercó, se agachó junto a ella y siguió el punto exacto que señalaba. No hizo preguntas inmediatas; simplemente observó. Luego apoyó una mano en la estructura, aplicó presión en un ángulo distinto y comprobó lo que Cassy ya había visto.

—Si añadimos otra capa encima, va a ceder hacia dentro —confirmó.

Cassy asintió, apenas.

—Tendríamos que redistribuir desde la base.

Jorge no dudó demasiado.

—Vale —respondió—. Recolocamos esta sección y reforzamos por detrás antes de seguir.

Fue una decisión práctica, directa, sin demasiado peso aparente… y, sin embargo, suficiente.

Lara lo observó desde su posición, sin detener del todo su propio trabajo. El movimiento de sus alas se redujo un instante, apenas perceptible, mientras captaba la escena: la intervención de Cassy, la validación inmediata de Jorge, la ausencia total de debate.

No dijo nada.

Se limitó a girarse de nuevo hacia el muro, pero esta vez su siguiente corrección llegó medio segundo antes de lo habitual, como si se hubiera adelantado al error antes de que alguien más pudiera señalarlo.

—Ese apoyo está mal alineado —indicó con rapidez—. Muévelo ahora o tendrás que rehacer todo el tramo.

No hubo ningún cambio brusco. Nadie respondió de forma distinta a como lo habría hecho antes.

Reed fue ese alguien.

No intervino, ni siquiera modificó su postura, pero en su mirada hubo un cálculo silencioso, una especie de reajuste interno. Nadie se movía al mismo tiempo.

Aun así, la estructura seguía creciendo.

Y pese a esas pequeñas fricciones, o quizá precisamente por ellas, el trabajo no se detenía.

Ludomon no tardó en hacerse notar de nuevo.

Hasta ese momento había permanecido en un segundo plano aparente, desplazándose entre los tramos del muro con pasos firmes pero contenidos, como quien observa una obra en progreso sin querer interrumpir su flujo natural. Sin embargo, esa distancia era engañosa. Nada de lo que ocurría en la estructura escapaba a su atención, y cuando intervenía, lo hacía sin margen de error.

Se detuvo junto a uno de los segmentos que Jorge y Cassy habían reajustado instantes atrás. Inclinó ligeramente el cuerpo blindado, observando la unión desde varios ángulos antes de extender uno de sus brazos y presionar la estructura con fuerza contenida. El metal crujió apenas, pero no cedió.

—Aceptable —murmuró, más para sí que para ellos.

Avanzó un par de pasos más y señaló con decisión otro punto del muro.

—Aquí no —dijo, con un tono más cortante—. Esto se vendrá abajo si no se refuerza desde dentro.

Jorge se acercó, evaluando lo que Ludomon indicaba. A primera vista, la sección parecía estable, pero tras observar con más detenimiento comprendió el problema: el refuerzo estaba bien colocado, sí, pero dependía en exceso de una única pieza base.

—Tiene razón —reconoció, llevándose una mano a la barbilla con un gesto pensativo—. Si esto falla, arrastra todo el tramo.

Ludomon asintió con un movimiento rápido.

—No podemos permitirnos fallos en cadena.

Su brazo se tensó un instante más de lo necesario antes de apartarse. No sonó técnico.

Jonah, que había estado observando la escena con los brazos apoyados sobre una estructura cercana, ladeó ligeramente la cabeza, curioso.

—Tampoco parece que vaya a venir una catástrofe en cualquier momento —comentó con una media sonrisa, en un tono distendido que contrastaba con la seriedad del Digimon escudo—. Podemos ir ajustando sobre la marcha, ¿no?

El cambio fue sutil, pero existió.

Ludomon no reaccionó de inmediato. Su mirada —oculta tras la armadura improvisada, pero perceptible en la leve inclinación de su "rostro"— se posó en Jonah durante un segundo más de lo necesario. Cuando habló, su tono había descendido un grado, más grave, menos flexible.

—No.

La respuesta salió demasiado rápido, casi cortante.

—Debe quedar correcto desde el principio —continuó—. Si fallamos, no habrá margen para corregir.

No explicó más. No miró a nadie en particular después de decirlo.

Simplemente se giró y siguió recorriendo el perímetro, inspeccionando otras secciones con la misma intensidad creciente, como si cada nueva pieza añadida incrementara también el nivel de exigencia.

El silencio que dejó tras de sí no llegó a consolidarse del todo, pero alteró ligeramente el ritmo previo.

Jonah se encogió de hombros, sin perder del todo la sonrisa, aunque esta se volvió más tenue.

—Vale… mensaje recibido —murmuró, retomando su tarea con un gesto despreocupado que parecía restarle importancia al intercambio.

Reed, en cambio, no apartó la vista de Ludomon mientras este se alejaba. No dijo nada, pero ese matiz quedó registrado, silenciosamente, junto a todos los demás parámetros que ya venía evaluando desde que habían llegado.

Jorge permaneció unos segundos más observando la sección corregida antes de reanudar el trabajo. Algo no terminaba de encajar.

A unos metros, Lara continuaba trabajando, aunque esta vez su atención oscilaba con mayor frecuencia entre el muro… y Ludomon. No necesitaba oír cada palabra para percibir el cambio. Bastaba con el tono. Con la cadencia. Con esa rigidez súbita que no había estado presente al principio.

Sus alas se tensaron apenas un instante, antes de volver a su movimiento habitual.

No dijo nada.

Pero empezó a trabajar con un punto más de precisión de lo estrictamente necesario. Algo que, quizá, no podrían permitirse.

Fue un detalle mínimo.

Algo que, en otra circunstancia, habría pasado desapercibido entre el ruido constante de metales al rozar, de piezas al encajar y del mismo vertedero respirando a su manera irregular. Sin embargo, en ese momento concreto —justo cuando el grupo había alcanzado una inercia casi cómoda— bastó ese pequeño desajuste para que algo dejara de encajar.

Cassy fue la primera en percibirlo.

No fue un sonido claro, ni un movimiento evidente. Más bien una variación en la resistencia de la estructura bajo sus dedos, una sensación que no correspondía con lo que recordaba haber ajustado minutos antes. Se detuvo frente a una sección concreta, una de las que Jorge y ella habían reforzado personalmente, y ladeó ligeramente la cabeza mientras su mirada recorría la unión metálica.

Hubo una pausa.

Luego empujó con cuidado.

La pieza cedió.

No de forma abrupta ni peligrosa, pero lo suficiente como para que el desplazamiento resultara imposible de ignorar. El metal chirrió en un tono bajo, contenido, como si la propia estructura tratara de ocultar el fallo.

—…Esto no estaba así —dijo en voz baja.

Jorge, que se encontraba a poca distancia, se volvió de inmediato. El tono —más que las palabras— fue lo que le hizo reaccionar. Se acercó sin prisa, pero sin distraerse en nada más, y se colocó a su lado para observar el punto que señalaba.

A simple vista, la sección seguía en pie.

Jorge aplicó presión.

La estructura respondió con una flexión controlada, pero no con la firmeza que debería haber tenido tras las correcciones anteriores.

Frunció ligeramente el ceño.

—La dejamos fijada —murmuró, más para sí que para nadie en particular—. No tendría que moverse.

Cassy no respondió de inmediato. Sus ojos se detuvieron en el borde inferior, donde la capa de chatarra se hundía apenas unos milímetros más de lo esperado. No era un fallo de colocación superficial.

Algo afectaba al apoyo.

—Alguien la tocó… —añadió, en el mismo tono bajo.

Dudó apenas un instante, imperceptible—. O… eso parece.

Más que una acusación, fue una conclusión.

A unos metros, Reed alzó la vista hacia ellos. No necesitó más de un segundo para abandonar su posición actual y acercarse con paso firme, atento a cualquier indicador que pudiera confirmar o desmentir lo que estaba ocurriendo. Se agachó junto a la base, observando sin intervenir primero.

Sus ojos recorrieron el suelo.

La capa de residuos sobre la que habían fijado el tramo no presentaba alteraciones evidentes… pero había algo extraño en la forma en que los materiales se asentaban. Demasiado limpios en un punto concreto. Demasiado removidos en otro.

—Esto no es un fallo estructural —dijo, finalmente.

No alzó la voz. No hizo de ello una alarma.

Pero la diferencia entre esa afirmación y cualquier comentario previo era clara.

Jonah, que hasta ese momento había estado trabajando en otro tramo, se acercó con curiosidad evidente. Se inclinó ligeramente hacia el grupo, observando la sección en cuestión con expresión pensativa.

—¿Seguro? —preguntó, con un deje todavía ligero—. Este sitio entero es inestable. Igual solo cedió un poco el suelo.

No era una negación, pero sí una forma de reducir el peso de lo que se estaba insinuando.

Jorge no respondió al instante. Repasó lo que recordaba de esa sección.

—Podría… —empezó, sin terminar la frase.

Lara aterrizó a su lado en ese momento.

No había sido llamada. No había recibido una señal clara. Simplemente había visto la interrupción, la pequeña concentración de atención en un único punto, y eso le había bastado. Sus ojos pasaron de la estructura a Cassy, de Cassy a Jorge, y luego se detuvieron unos segundos más en la base desplazada.

No necesitó más.

—Esto está mal —dijo, sin rodeos.

Se acercó un paso más, examinando la unión con esa rapidez analítica que la caracterizaba. Su ala se crispó ligeramente al detectar el tipo de fallo.

—Y no es por cómo lo colocamos.

El silencio que siguió no fue brusco ni tenso.

Fue denso.

Como si la montaña de basura entera hubiera bajado el volumen solo un poco, lo suficiente para permitir que ese pequeño detalle adquiriera más peso del que debería tener.

A su alrededor, el fuerte seguía en pie. El trabajo continuaba en otras secciones. Ludomon, a cierta distancia, permanecía enfocado en otro tramo.

Nada había cambiado.

Y, sin embargo, algo ya no encajaba del todo.

No hubo una reacción inmediata ni uniforme. Nadie dio un paso atrás ni alzó la voz.

Jorge siguió observando la sección unos segundos más, como si esperara que el propio material le diera una respuesta distinta si insistía lo suficiente. Volvió a probar la unión con cuidado, cambió el ángulo de presión, incluso revisó los puntos de anclaje laterales. Todo respondía… pero de una forma que no coincidía con su recuerdo.

No era una prueba concluyente.

—Podría ser el terreno —dijo finalmente, sin demasiada convicción—. Esta zona no es estable. Quizá… ha cedido más de lo que parecía.

Cassy no discutió.

Su mirada se mantuvo fija unos instantes más en la base antes de desplazarse, lentamente, hacia el perímetro más cercano. No parecía interesada en convencer a nadie. Había dicho lo que consideraba necesario, y eso bastaba. Sin embargo, su cuerpo ya no se movía con la misma naturalidad de antes. Había una leve contención en sus gestos, una atención más afinada a los espacios entre estructuras, a lo que no formaba parte directa del muro.

No insistió.

Solo empezó a observar de una forma distinta, repasando mentalmente si había pasado algo por alto.

Lara, en cambio, no parecía dispuesta a dejarlo en una duda abierta, aunque tampoco lo verbalizara de forma frontal. Volvió a examinar la unión, más por confirmar que por descubrir algo nuevo, y luego enderezó la postura con un leve batir de alas.

—Da igual por qué ha pasado —resolvió, con ese tono práctico que usaba cuando decidía cerrar una discusión antes de que se convirtiera en un problema mayor—. Si una parte falla, la reforzamos. Y ya está.

No sonaba imprudente.

Pero tampoco sonaba despreocupada.

Su mirada se desplazó un segundo más allá del muro, hacia el mar irregular de chatarra que rodeaba el fuerte, como si midiera algo que no terminaba de reconocer del todo. Luego regresó al trabajo con una precisión renovada, marcando un ritmo más exigente en su sector sin necesidad de decirlo abiertamente.

Jonah soltó una pequeña exhalación por la nariz, medio sonrisa incluida, como si todo aquello hubiera estado a punto de volverse innecesariamente serio.

—Eso es —añadió—. No es para tanto. Si algo se mueve, lo volvemos a poner en su sitio y listo— Se agachó para recolocar una pieza cercana, que crujió más de lo esperado. — Este lugar es un desorden continuo… sería raro que no pasaran estas cosas.

Reed fue el único que no suavizó nada.

No replicó a Jonah ni contradijo a Jorge. Simplemente se incorporó despacio, dejando que su mirada recorriera el perímetro inmediato del fuerte con una atención distinta a la de antes. Ya no observaba la estructura únicamente como una construcción, sino como un punto en un entorno potencialmente hostil.

—Independientemente de la causa —dijo, con su habitual tono neutro—, debemos asumir que puede repetirse.

No añadía dramatismo.

Pero sí cambiaba el enfoque.

—Conviene revisar las bases con más frecuencia y mantener un margen de reacción si vuelve a ocurrir.

Jorge asintió, aceptando el planteamiento sin mostrar oposición.

—Bien —concedió—. Revisaremos por tramos antes de seguir subiendo altura. No tiene sentido avanzar si abajo no está firme.

La decisión cerró el momento sin resolverlo del todo.

El trabajo continuó.

Las piezas volvieron a moverse, el metal a encajar, las manos a repetir gestos ya aprendidos. Todo recuperó la normalidad anterior: el ritmo, las posiciones, incluso el sonido constante de la construcción.

Y, sin embargo, algo había cambiado.

No en lo que hacían.

Sino en cómo lo hacían.

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