La sensación de irrealidad no se había disipado cuando Akatorimon batió las alas y el suelo de la plaza quedó atrás en una ráfaga de polvo y datos incandescentes. Jorge apenas tuvo tiempo de procesar la imagen del niño siendo arrastrado, su grito cortado por el viento, antes de que el instinto —ese que solo se activa cuando todo ha salido ya mal— tomara el control de su cuerpo.
—¡Ahora! —ordenó, sin saber muy bien a quién, mientras alzaba el Digivice con una mano firme que contrastaba con el vértigo que le subía por el estómago.
Jonah reaccionó antes incluso de escuchar la orden. Echó a correr, empujando a un par de curiosos digitales que aún no entendían qué acababa de pasar.
—¡Eh, espera! —gritó alguien desde un puesto— ¡Eso no es parte del espectáculo!
—¡Ojalá lo fuera! —respondió Jonah sin mirar atrás, ya con la vista fija en la silueta roja que se recortaba contra el cielo artificial.
Reed corría a su lado, sus garras golpeando el pavimento con un ritmo constante, casi metronómico. Sus ojos analizaban trayectorias, ángulos, la forma en que Akatorimon perdía y ganaba altura con cada batir de alas.
—Su patrón de ascenso no es estable —dijo, sin perder el aliento—. El peso adicional reduce su maniobrabilidad. Es probable que busque un punto elevado para estabilizarse.
—Genial —bufó Jonah—. ¿Alguna sugerencia que no implique pedirle amablemente que aterrice?
Antes de que Reed pudiera responder, una sombra cruzó por encima de ellos.
—Ya voy —anunció Lara, desplegando las alas con un golpe seco—. Pero la próxima vez, avisen antes de que empiece el caos.
Jorge alzó la vista justo a tiempo para verla ganar altura, su figura cortando el aire con precisión. Por un segundo, sintió ese alivio traicionero que siempre aparecía cuando Lara tomaba el cielo: mientras ella estuviera arriba, no todo estaba perdido.
—Lara, mantente a media altura —indicó—. No te acerques demasiado. Necesitamos saber hacia dónde se dirige.
—Recibido —respondió Hawkmon—. Y por si sirve de consuelo: no parece muy elegante volando.
Abajo, Cassy ya se había movido. Tailmon avanzaba por un flanco, saltando con agilidad entre barandillas y estructuras, su mirada fija en las calles que se abrían más adelante.
—Si baja, lo hará por ahí —dijo, señalando con la cola una sucesión de callejones—. Nadie vuela bien cuando empieza a entrar en pánico.
Jorge asintió, agradecido por no tener que verbalizarlo todo. Con Cassy, muchas órdenes eran innecesarias.
El grupo se fragmentó de manera casi instintiva: Jonah y Reed siguieron por la vía directa, Lara por el aire, Cassy anticipándose por tierra, y Jorge intentando mantener una visión de conjunto mientras corría con menos gracia de la que le habría gustado admitir.
—Esto se nos ha ido de las manos… —murmuró para sí mismo.
—¡Eh, Jorge! —gritó Jonah sin girarse—. ¡Admite que esto es más emocionante que el café!
—No es el tipo de emoción que recomiendo repetir —respondió, esquivando por poco a un Digimon despistado.
Arriba, Akatorimon lanzó un chorro de llamas hacia atrás, más intimidatorio que preciso. Lara ladeó el cuerpo y evitó el fuego con facilidad.
—Confirmado —anunció—. Está nervioso. Y el humano también. Se mueve demasiado.
Jorge apretó los dientes. El niño no era solo un rehén: era un factor impredecible. Cada sacudida, cada tirón, aumentaba el riesgo.
—Jonah —dijo, alzando la voz—. No hagas ninguna locura.
—¡Eso depende de cómo definamos "locura"! —respondió el aludido, ya subiendo por una escalera de incendios de dos en dos.
Reed se detuvo un instante, evaluando la distancia, y luego lo siguió con un salto limpio.
—La probabilidad de caída es elevada —comentó—. Recomiendo reducir la velocidad.
—¡Recomendación rechazada!
Jorge cerró los ojos un segundo, conteniendo un suspiro que no tenía tiempo de permitirse. Aquello era exactamente lo que había temido desde el principio: una situación delicada, un niño asustado… y Jonah convirtiendo la persecución en una carrera.
Sin embargo, algo había cambiado. Jonah no gritaba por bravura ni por desafío; gritaba para que el niño supiera que no estaba solo. Y Jorge lo vio, incluso mientras corría detrás, incluso mientras calculaba rutas alternativas y consecuencias.
—Lara —dijo con voz firme—. Necesito que lo obligues a desviarse hacia el mercado viejo. Cassy ya está adelantándose.
—En camino.
Hawkmon plegó ligeramente las alas y descendió en picado, lo justo para hacerse notar. Akatorimon reaccionó de inmediato, virando hacia el este con un graznido irritado.
—Funcionó —informó Lara—. Aunque no está nada contento.
—Me conformo con que esté distraído —replicó Jorge.
Jonah llegó al borde del tejado y se detuvo en seco, observando la distancia hasta el siguiente edificio.
—No es tan largo… —murmuró.
—Es demasiado largo —corrigió Reed—. Pero puedo impulsarte.
—¡Eso suena como un plan!
—No he terminado.
Demasiado tarde. Jonah ya estaba saltando.
Por un segundo eterno, Jorge sintió que el corazón se le subía a la garganta. Vio el cuerpo del peliplata suspendido en el aire, los brazos extendidos, la expresión concentrada… y luego a Reed impulsándolo con un golpe preciso de su cola, desviando la trayectoria lo justo para que Jonah cayera rodando sobre el otro tejado.
—¡Lo sabía! —gritó Jonah desde el suelo—. ¡Perfecto!
—Eso no ha sido perfecto —replicó Reed, aterrizando a su lado—. Ha sido aceptable.
Jorge no pudo evitar una risa breve, casi histérica, que se le escapó mientras retomaba la carrera. No porque la situación fuera graciosa, sino porque, pese a todo, seguían avanzando. Improvisando. Juntos.
Arriba, el cielo digital parecía cerrarse sobre la figura de Akatorimon. Abajo, la ciudad se abría en rutas, obstáculos y posibilidades.
Y en medio de todo, cinco voluntades distintas empujaban en la misma dirección, sin un plan perfecto, sin garantías… pero sin intención alguna de rendirse.
La persecución acababa de empezar.
El mercado viejo se extendía bajo ellos como un tablero mal ensamblado: tejados de alturas irregulares, anuncios holográficos medio rotos parpadeando sin ritmo, y pasarelas de datos que crujían cada vez que alguien —o algo— las atravesaba. Akatorimon cayó con un impacto pesado sobre una azotea amplia, el concreto digital resquebrajándose en líneas luminosas. El niño gritó al sentir la sacudida, aferrándose con desesperación al cuello del ave.
—¡No mires abajo! —le ordenó Rael, tirando de él con brusquedad—. Si te caes, no me sirve de nada.
Desde un tejado contiguo, Lara frenó en seco su descenso, desplegando las alas para mantenerse en el aire con precisión quirúrgica.
—Ha bajado —informó—. Zona del mercado viejo. Y no está aterrizando por gusto.
—Perfecto —respondió Jorge, llegando justo entonces a la cornisa de un edificio—. Eso significa que podemos alcanzarlo.
Jonah apareció a su lado, con la respiración agitada y una sonrisa que mezclaba adrenalina y nervios.
—¿Ves? Te dije que no volaría muy lejos.
—No dije que no lo haría —corrigió Jorge—. Dije que sería mala idea seguirlo sin un plan.
—Detalles.
Reed dio un paso al frente, sus ojos analizando la disposición de los tejados, los huecos, los puntos de apoyo.
—El área es inestable —dijo—. Muchas estructuras están parcialmente desfragmentadas. Un impacto fuerte podría provocar colapsos en cadena.
—Entonces evitemos los impactos fuertes —replicó Jonah, como si fuera la cosa más sencilla del mundo.
Cassy surgió desde un nivel inferior, saltando con agilidad felina hasta situarse junto a ellos. Tailmon se sacudió el polvo digital de una pata, con expresión poco impresionada.
—Si van a saltar como idiotas, avisen —dijo—. Hay rutas más seguras si miran antes de lanzarse.
—¿Ves? —Jonah señaló a Cassy—. Voz de la razón.
—No abuses —respondió ella, sin mirarlo.
Akatorimon avanzó a trompicones por el tejado, claramente incómodo en tierra firme. Sus alas se abrían y cerraban de forma irregular, levantando ráfagas de aire caliente y chispas de datos corruptos. Rael miraba atrás una y otra vez, calculando distancias, maldiciendo en voz baja.
—Nos están cerrando el paso —gruñó—. Malditos metiches…
El niño sollozaba, con los ojos muy abiertos, incapaz de apartar la vista del vacío entre los edificios.
—Yo… yo solo estaba jugando… —murmuró—. No quería que nadie se lastimara…
—Cierra la boca —espetó Rael—. Si de verdad tuvieras a Arkadimon, esto no estaría pasando.
Desde el aire, Lara tomó la iniciativa. Se lanzó en picado, no para atacar, sino para pasar rozando el tejado frente a Akatorimon, obligándolo a frenar.
—¡Hey, pájaro grande! —gritó—. ¿Nunca te enseñaron a respetar las zonas peatonales?
Akatorimon respondió con un chillido y un aleteo violento que lanzó una oleada de calor hacia ella. Lara giró sobre sí misma, esquivando por poco, pero el impacto térmico hizo que perdiera altura y tuviera que aterrizar de emergencia en una azotea más baja.
—Estoy bien —anunció de inmediato—. Pero no le gusta que lo provoquen.
—Anotado —dijo Jorge—. Cassy, ¿puedes flanquearlo?
Tailmon asintió y desapareció entre los tejados, moviéndose por rutas que solo alguien de su tamaño y agilidad podía aprovechar. Jorge respiró hondo y se giró hacia Jonah y Reed.
—No intentes ser un héroe.
—No prometo nada.
—Jonah.
El peliplata lo miró un segundo más de lo habitual, leyendo la preocupación genuina en los ojos del periodista.
—No haré ninguna estupidez innecesaria —dijo al fin—. Solo las necesarias.
Reed no comentó nada, pero se colocó ligeramente delante de Jonah, como un escudo discreto.
Akatorimon intentó despegar de nuevo, pero el espacio era reducido y el peso extra lo traicionó. Sus patas resbalaron, rompiendo parte del borde del tejado. Un bloque entero de datos se desprendió y cayó al vacío con un sonido que se desvaneció demasiado rápido.
—¡Está perdiendo terreno! —gritó Lara—. Si lo presionamos ahora…
—Con cuidado —añadió Jorge—. El niño sigue ahí.
Como si hubiera esperado esa distracción, Rael tiró del chico y lo empujó hacia el borde, usándolo de nuevo como escudo humano.
—¡Un paso más y lo suelto! —amenazó.
El tiempo pareció ralentizarse.
Jonah dio un paso adelante antes de pensar.
—¡No! —alzó las manos—. Espera. No tienes que hacer esto.
Rael arqueó una ceja, divertido.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Convencerme con otro peluche?
—No —respondió Jonah, con una sonrisa tensa—. Pero sí puedo decirte algo: ya perdiste.
—¿Ah, sí?
—Mírate —continuó—. Un renegado temido, huyendo por tejados con un niño que ni siquiera tiene el Digimon que creías. ¿De verdad vale la pena?
Rael apretó los dientes.
—Cállate.
—No —repitió Jonah—. Porque él —señaló al niño— solo quería que alguien pensara que era genial. Y tú… tú solo viste una oportunidad.
Un destello pasó por la mirada del chico. Por primera vez desde que lo habían atrapado, dejó de forcejear.
Ese segundo fue suficiente.
—¡Ahora! —ordenó Jorge.
Desde abajo, Cassy emergió como un relámpago. Con un salto preciso, golpeó la pierna de Akatorimon justo en la articulación, desestabilizándolo sin hacerle caer. El ave graznó, perdiendo el equilibrio.
Al mismo tiempo, Lara volvió a ganar altura y lanzó un ataque rasante que obligó a Rael a soltar al niño para no caer.
Reed se movió sin que Jonah tuviera que decírselo. En dos zancadas estaba allí, atrapando al chico antes de que cayera, envolviéndolo con cuidado.
Akatorimon retrocedió, confuso, y Rael gritó de rabia.
—¡Malditos…!
Jorge avanzó despacio, firme.
—Se acabó, Rael —dijo—. No tienes nada que ganar aquí.
El caos seguía latiendo alrededor: tejados dañados, datos inestables, Digimon alterados por el alboroto. Pero en medio de todo, el niño estaba a salvo, temblando en brazos de Reed.
Jonah soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—¿Ves? —murmuró—. Te dije que no necesitábamos un Arkadimon para que esto se pusiera feo.
La tensión no había terminado, pero el equilibrio había cambiado. Y todos lo sabían.
El equilibrio que habían conseguido duró exactamente lo que tarda un segundo en romperse.
Akatorimon retrocedió dos pasos más, sus garras arañando el borde del tejado mientras su pecho se inflaba de manera antinatural. Líneas de datos carmesí recorrieron sus alas como venas encendidas, y el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse por el calor.
—Retrocedan —ordenó Jorge al instante—. Reed, aléjate con el niño. ¡Ahora!
Hackmon no dudó. Se giró sobre sí mismo y saltó hacia un tejado inferior, protegiendo al chico con su propio cuerpo al aterrizar. Jonah fue tras ellos, patinando al caer, pero logrando mantener el equilibrio de milagro.
—¡Odio los tejados! —gruñó.
Rael soltó una carcajada corta, cargada de rabia.
—¿Creíste que con eso bastaría? —escupió—. Akatorimon, quema la zona.
—¡No! —gritó el niño, girándose hacia él—. ¡Para, por favor!
El renegado ni siquiera lo miró.
Akatorimon abrió el pico y el mundo pareció contener el aliento. El fuego no salió de inmediato: primero se formó una red de líneas incandescentes, como si el calor estuviera tejiendo algo en el aire. Después, la llamarada estalló, expandiéndose en abanico y devorando el espacio entre los edificios.
—¡Lara! —alertó Cassy.
Hawkmon reaccionó al instante, batiendo las alas con fuerza para ganar altura y salir del alcance directo. El calor le rozó las plumas, arrancándole un siseo de dolor.
—Eso cuenta como exceso de fuerza —gruñó—. Definitivamente.
La red de fuego impactó contra los tejados, derritiendo partes del concreto digital y haciendo que fragmentos enteros se desplomaran. Pasarelas de datos colapsaron, dejando huecos peligrosos entre edificios.
—Está usando el entorno como arma —dijo Jorge, evaluando la situación con rapidez—. Si seguimos así, alguien va a salir herido.
—Ya lo sé —respondió Cassy, clavando las garras en el suelo—. Pero no podemos dejar que siga lanzando eso.
Jonah apretó los puños.
—Entonces hay que detenerlo.
—Con cabeza —replicó Jorge—. No estamos aquí para ganar una batalla, sino para salvar a todos los involucrados.
Rael, ajeno a cualquier consideración, señaló con brusquedad.
—¡Avanza! ¡No dejes que se reagrupen!
Akatorimon dio un salto poderoso, cayendo en un tejado más amplio, justo entre los dos grupos. El impacto levantó una nube de polvo digital que redujo la visibilidad a casi nada.
—Perfecto —murmuró Cassy—. Cortina de humo versión monstruo gigante.
—No es humo —corrigió Reed, desde el tejado inferior—. Son partículas de datos inestables. Pueden interferir con ataques directos.
—Traducción —añadió Jonah—: pegarle ahora es mala idea.
—Exacto.
Lara descendió en picado, atravesando la nube por arriba, buscando un ángulo limpio. Desde allí, vio algo que los demás no.
—¡Jorge! —gritó—. El fuego no es solo ofensivo. Está creando una especie de malla térmica alrededor del área. Si sigue así, va a aislar este sector por completo.
Jorge frunció el ceño.
—¿Una trampa?
—O una huida —respondió ella—. Puede cubrir su retirada mientras todo arde.
Rael parecía pensar lo mismo. Aprovechando la confusión, tiró del niño para colocarlo de nuevo delante de él, avanzando hacia el borde opuesto del tejado.
—No se acerquen —advirtió—. O lo suelto.
—¡Ya basta! —exclamó Jonah, dando un paso adelante antes de que Jorge pudiera detenerlo—. ¿De verdad crees que esto te va a salir bien?
—Me saldrá mejor que quedarme —replicó Rael—. Tú no entiendes cómo funciona esto, Amateur. El miedo mueve más que la verdad.
—Tal vez —admitió Jonah—. Pero ahora mismo, el único que parece tener miedo eres tú.
El renegado vaciló apenas un instante.
Ese instante fue suficiente para que Cassy actuara.
Tailmon se movió como una sombra, aprovechando una brecha en la red de calor. Saltó, rodó y lanzó su ataque justo al suelo frente a Akatorimon, no para herirlo, sino para obligarlo a retroceder. El ave dio un paso atrás, rompiendo parte de la malla de fuego.
—¡¿Qué haces?! —rugió Rael.
—Comprando tiempo —respondió Cassy, con una sonrisa ladeada—. Deberías probarlo alguna vez.
Akatorimon respondió con un nuevo estallido de llamas, esta vez más concentrado. Lara descendió en espiral, desviando parte del ataque con una ráfaga de viento, mientras Jorge gritaba instrucciones desde atrás.
—¡Reed, ahora!
Hackmon plantó los pies, clavando la mirada en el caos frente a ellos. Golpeó el suelo con fuerza, enviando una onda vibratoria que recorrió las estructuras cercanas. Las llamas titilaron, perdiendo cohesión por un segundo.
—La red se está debilitando —informó—. No puede mantenerla y moverse al mismo tiempo.
—¡Eso es! —exclamó Jonah—. Está forzando demasiado.
Rael lo notó también. Sus dientes se apretaron, la frustración evidente.
—¡Maldita sea…!
El fuego comenzó a apagarse en algunos puntos, dejando tras de sí superficies ennegrecidas y datos corruptos flotando en el aire como ceniza.
El niño, temblando, miró a su captor.
—Yo… yo no soy Arkadimon —dijo, casi en un susurro—. Solo… quería que alguien me escuchara.
Rael no respondió. Su silencio fue más elocuente que cualquier grito.
Jorge avanzó un paso, firme, sin alzar la voz.
—Esto se acaba aquí —dijo—. Baja al niño y retírate. No tienes salida.
Durante un segundo largo, solo se oyó el crepitar residual del fuego.
Akatorimon bajó la cabeza, jadeando. La red térmica se deshizo por completo, disipándose en fragmentos de luz.
Rael soltó una carcajada amarga.
—Siempre igual —murmuró—. Un rumor basta para encender medio mundo… y al final no queda nada.
Con un empujón brusco, soltó al niño, que cayó hacia adelante. Jonah reaccionó sin pensar, lanzándose y atrapándolo justo antes de que resbalara por el borde.
—Te tengo —dijo, respirando agitado—. Ya pasó.
Rael dio un paso atrás, reuniéndose con Akatorimon.
—Esto no ha terminado —advirtió—. Solo eligieron el fuego equivocado.
Y, aprovechando los últimos restos de caos en los tejados, comenzó su retirada, perdiéndose entre las sombras del distrito.
El silencio que quedó después fue denso, cargado de calor residual y emociones sin procesar.
Jorge cerró los ojos un instante.
—Definitivamente —dijo al fin—. Solo quería un café.
Everyday